Meretrice CAPÍTULO 53
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CAPÍTULO 53

L A ISLA DEL NO RETORNO

La lancha de Sofia Rizzoli fondeó en el angosto canal que dividía Poveglia en dos.

La tarde comenzaba a caer, bruñendo de oro viejo un cielo despejado, cubriendo al mismo tiempo de sombras la laguna.

La espectral silueta del antiguo hospital psiquiátrico se recortó contra aquel lienzo cobrizo, recordándonos su trágica leyenda, tan negra como la sombra que proyectaba.

El alto campanario dominaba la isla entera como un pájaro de mal agüero aposentado altivo en aquel terreno.

Contaban muchos pescadores que faenaban por los alrededores, siempre evitando aproximarse a Poveglia por miedo a recoger en sus redes osamentas humanas, que habían oído tañer la campana de la torre más de una noche.

Lo más que hacían era persignarse y alejarse todo lo posible.

Y, aunque yo no era mujer que diera pábulo a rumores, no podía evitar sentir un aprensivo estremecimiento ante la amedrentadora figura de aquel edificio en ruinas.

—Tenéis claro el lugar, ¿no? —inquirió Sofia.

Luca se calzó al hombro su mochila y asintió circunspecto.

—Tenemos clara la ubicación aproximada —precisó—. ¿Tienes tú claro lo fácil que prende el pergamino? —amenazó abiertamente—. Ni un paso en falso, Sofia, o lo destruiré.

La mujer tensó las facciones y lo fulminó con la mirada.

A su lado, Stefano, cruzado de brazos junto a la viuda en actitud protectora, observaba a Luca con aguda inquina.

—Lo mismo digo —aseveró receloso—, o yo mismo me encargaré de comprobar cuánto tardas en arder.

—Depende de quién intente encenderme —replicó Luca desafiante.

Stefano frunció ofuscado el ceño y apretó los puños contenido.

—No perdamos más tiempo —intervine—, pronto oscurecerá.

Tras romper el duelo de miradas con su enquistado rival, saltamos de la borda hacia el embarcadero techado y abandonado de principios de siglo.

A un lado había un grupo de edificaciones decrépitas que habían sido antiguos almacenes. Frente a nosotros, una tupida arboleda, y más allá pudimos vislumbrar el blancor de muros derruidos.

Comenzamos a caminar a buen paso atravesando aquella silvestre alameda.

Teníamos que salvar raíces nudosas y un cerrado entramado de arbustos en aquella senda intransitada desde hacía ya tantos años.

En el horizonte, la esfera de fuego descendía lánguida, dejándonos en penumbra.

Sin embargo, no podíamos arriesgarnos a ir a plena luz del día.

La isla tenía el acceso prohibido al público y la guardia costera patrullaba a menudo por su costa.

Conforme la luz del ocaso daba galante paso a aquel manto azulado que precedía a la noche, todo comenzó a adquirir otra dimensión. Los árboles se me antojaron más fantasmagóricos, las siluetas más huidizas y los ruidos del bosque más inquietantes.

El ulular de un búho anunció oficialmente la aparición de una luna casi llena.

—Con suerte, no necesitaremos la linterna —murmuró Luca—. Por cierto, parece que Sofia ha cambiado de perfume.

Lo miré sin entender, me encogí de hombros y proseguí atenta a mi alrededor.

El seco crujido de las ramas bajo nuestros pies nos acompañó hasta las ruinas que habíamos visto desde el embarcadero.

Era el antiguo lazareto, ya prácticamente derruido por el paso del tiempo.

Impresionaba observar tan de cerca aquel desolador y tétrico paraje donde Alonza había luchado por su vida.

Recordé con claridad su agonía en aquel lugar y se me erizó la piel.

—¿Sigue estando aquel lodazal donde ella resbaló? —pregunté precavida.

Luca se detuvo y miró alerta a nuestro alrededor.

—Pues no tengo ni idea. Pero miremos bien dónde pisamos, por si acaso.

Caminamos cautelosos, asegurándonos de adentrarnos en terreno firme.

De pronto, un extraño aullido me sobresaltó. Luca se giró hacia mí.

—Es sólo el silbido del viento entre las ramas —aseguró.

—Este lugar es escalofriante. El ambiente es pesado, el olor ácido y extraño, y todo el tiempo me acompaña una sensación ominosa, como si estuviéramos siendo observados —confesé desasosegada.

—Te diría que es pura sugestión por todo lo que sabes de este sitio, pero la verdad es que a mí también me sucede. Démonos prisa.

Aceleremos el paso y dejamos atrás los vestigios del derruido lazareto, donde sólo tuve la impresión de ver de reojo sombras extrañas. Y aquel sonido que Luca había adjudicado al viento a mí me parecieron lamentos agónicos.

De nuevo nos introdujimos en un denso bosque, donde esquivábamos ramas y enredada vegetación. Finalmente, Luca se vio obligado a sacar la linterna para poder avanzar.

—Esto parece el muro de espinos que encerraba el castillo de la Bella Durmiente —bromeó para aligerar la caminata.

—Espero que detrás no nos aguarde un dragón.

—Pues no nos vendría mal un buen fuego —repuso sardónico—. Hace un frío de mil demonios. ¿Cómo es posible que haya aquí tanta diferencia de temperatura a tan poca distancia de Venecia?

La respuesta que se me ocurrió no ayudó lo más mínimo a tranquilizarme. Había oído que, cuando se materializaban entes o espíritus, la temperatura caía en picado, y maldita sea si no era vaho blanquecino lo que resollábamos.

—Joder, me castañetean los dientes —se quejó Luca—. ¿Dónde se mete un dragón cuando se lo necesita? ¿No podrías llamar a uno, khaleesi ?

Sonreí, frotándome los brazos y alargando las zancadas para mantenerme a su altura.

—Pues no sé. A este paso no dudo de que se me quede el pelo a lo Targaryen. Voy a parecer en breve un caminante blanco.

Luca se detuvo y se quitó la chaqueta deportiva que llevaba para ofrecérmela.

—¿Estás loco? Prefiero morir congelada a que lo hagas tú. Quedarme sola me aterra más —bromeé.

—Yo tampoco soy Khal Drogo, pero quiero creer que una noche fría no me matará. Anda, toma.

Se empeñó y me cubrió con su chaqueta. Me la puse a regañadientes y agradecí el calor corporal que acompañaba a la prenda.

De repente, un siseo extraño hizo que me tensara. Luca también se detuvo; que él también lo hubiera oído me sobrecogió más aún.

Permanecimos inmóviles, con todos los sentidos alertas, aguzando el oído en busca de algo que pudiéramos identificar como normal.

Otro siseo, esta vez más prolongado, pasó junto a nosotros proveniente de otra dirección.

Nos giramos alterados hacia el sonido, sin poder comprobar qué era o qué lo producía.

—¡Salgamos de la arboleda cuanto antes! —sugirió Luca con inusitada inquietud.

—Lo has oído... ¿Qué puede ser?

—Quizá serpientes —barajó sin mucho convencimiento.

—A mí me parecen susurros.

—Algún roedor —quiso justificar sólo para tranquilizarme.

—No tiene nada que ver con animales, y lo sabes —argüí insistente.

Volvió el rostro hacia mí y se encogió de hombros.

—Si lo que buscas que te diga es que son almas en pena, te lo diré. Pero, sea lo que sea, mientras se limite a susurrar, aullar o gimotear, o lo que quiera que hagan los fantasmas, sin materializarse, me doy por satisfecho.

—Veo que te tomas muy bien un supuesto tan sobrenatural. No lo esperaba de una mente tan analista como la tuya.

Necesitaba entablar conversación para no dejarme llevar por el pánico.

—Recuerdo parcialmente una vida anterior —repuso moviendo el haz de la linterna a un lado y a otro antes de seguir avanzando—.

En retazos, sí, pero mirarme al espejo y esperar ver otro rostro diferente del mío impacta.

Sentirme otra persona con vivencias y pensamientos desconocidos impresiona.

Me he pasado toda la vida buscando explicación en la lógica, en toda clase de teorías basadas en la neurociencia, y he perdido el tiempo y ganado frustración.

No me ha quedado más remedio que aceptar lo inconcebible: la única verdad, la que cada día me mostraba su luz, y yo, empecinado en no verla, cerraba los ojos y la sufría, simplemente porque no era usual.

A veces me pregunto cuántas verdades calla la gente sólo por temor a ser diferentes, a ser marginados, vilipendiados, convertidos en objeto de burla o simplemente no aceptados en una sociedad cuadriculada y estereotipada que nos obliga a ser masa, rebaño, clones, y nos arrebata nuestras individualidades.

Nos negamos todo lo que se sale de esa normalidad, nos decimos que no existe lo que no podemos ver ni demostrar, nos asusta lo diferente y lo condenamos con crueldad.

Y lo único que conseguimos con nuestra rígida intolerancia es negarnos a nosotros mismos.

Voy a decirte realmente lo que pienso de esta isla y de las historias que se cuentan de ella.

Sorteó dos troncos caídos y yo lo seguí.

—Pienso que aquí no hay un halo de maldad como todos creen.

Pero sí creo, en cambio, que hay una energía negativa proveniente de un sufrimiento infinito prolongado en el tiempo.

Demasiada gente ha muerto aquí y de manera atroz, enterrados vivos algunos, quemados otros, agonizando todos.

Miles de almas han sufrido un calvario, y esa energía se concentró en este lugar.

Muchas, dicen, vagan por aquí intentando salir de la isla sin saber que no están vivos.

Otras piden ayuda y otras quizá exudan resentimiento, y toda esa energía incorpórea se acumula como una densa niebla que pende sobre esta tierra teñida de muerte.

Aquí sólo ha habido desgracias y tormentos, las vibraciones de todo ese horror impregnan cada palmo de terreno, cada ladrillo, cada árbol.

No es maldad, es puro dolor, es desolación y rencor.

La Parca se cebó en Poveglia, y aquí reside, con las víctimas que no supieron irse en paz.

—Maldad o dolor, la sensación es angustiosa y el lugar, escalofriante. Y mi instinto sólo me grita que corra lejos de aquí —aduje mirando a mi alrededor sin dejar de caminar.

Llegamos a las inmediaciones del hospital y la sensación ominosa se acrecentó, provocándome una aprensión que detuvo mis pies.

Miré los claros muros desconchados por el tiempo y cómo la impetuosa vegetación colindante se había filtrado por ventanas, puertas y oquedades, reclamando el que antaño había sido su reino.

Luca enfocó con la linterna el interior de la larga nave: camillas oxidadas, azulejos rotos, sillas con correajes, un largo lavabo, una mesilla metálica y diverso mobiliario médico me erizaron la piel.

En aquella desvencijada sala se respiraba un ambiente rancio y pegajoso, un extraño aroma acre a podredumbre, y ahí, en aquel pesado y latente silencio, el rechazo que despuntó en mis sentidos casi me paralizó.

—Aquí sí se respira maldad —musité con aguda aprensión.

—Aquí experimentaban con los enfermos. Les practicaban trepanaciones, lobotomías y toda clase de atrocidades para investigar el cerebro humano.

Algunos pacientes decían ver espíritus errantes deambulando por el lugar, lo que conllevaba un correctivo: duchas frías y encierro a oscuras en la celda de castigo.

Sofoqué un escalofrío y me rodeé el cuerpo con los brazos, frotándolos para entrar en calor. Miré culpable a Luca, que sólo llevaba una camiseta deportiva.

Continuamos avanzando y ambos nos giramos sobresaltados a un tiempo ante el crujido de unos pasos tras nosotros.

Me abracé a él y temblé mientras inspeccionaba con la linterna a nuestro alrededor.

—Esta noche, los espíritus nos rondan —masculló alzando incomprensiblemente el tono. En su mirada capté un gesto alerta que me desconcertó. Pegada a él, percibí cómo su cuerpo se tensaba y su rictus se contraía preocupado.

Acercó su boca a mi oído y bajó la linterna.

—Nos siguen —susurró disimulando.

Fue curioso que sintiese alivio, a pesar de estar seguramente más en peligro que rodeada de espectros.

Reanudamos la marcha rumbo al sur de la isla. Justo tras el hospital estaba el final de la misma y, enfrente, rodeado por la laguna, el octógono.

Luca se descolgó la mochila con gesto distraído y rebuscó en su interior. Pude ver cómo escondía una pistola bajo su camiseta. Tragué saliva, todos mis miedos se concentraron en uno solo: perderlo.

—¿Sabías que se han denunciado agresiones físicas por fuerzas invisibles mientras se encontraban en la isla? —continuó la conversación de manera natural.

—Difícil tarea para los carabinieri —espeté aguzando el oído tras nosotros.

—Las archivan, naturalmente —prosiguió avanzando—.

Un grupo de parapsicólogos y buscadores de emociones huyeron despavoridos tras toda una noche de experimentos psíquicos.

Pero hay más: una familia estadounidense adinerada pensó en comprar la isla y decidieron visitarla con su hija pequeña.

Algo sucedió, porque a la niña le dieron veinte puntos de sutura en el rostro, y la familia no quiso volver a saber nada de la isla.

No quisieron dar más información, sólo juraron no regresar jamás.

—Espeluznante.

Luego se demoró intencionadamente inspeccionando un rincón del edificio sólo para pasarme la linterna y volver a susurrarme al oído:

—Ve a la parte de atrás del hospital. El octógono está enfrente, rodeado por el canal. Espérame al inicio del puente que conduce a él. Habla como si te dirigieras a mí.

No pude replicar. Acto seguido, Luca desapareció como un gato silencioso. Sujeté temblorosa la linterna y respiré hondo diciéndome que, si Alonza, en su situación, logró sobrevivir a aquella isla, yo también podía hacerlo.

Comencé una especie de monólogo absurdo sobre diversos temas, enfocando la linterna al frente y siguiendo el muro del edificio.

Y, entre pausas, aguzaba el oído para intentar captar pasos tras de mí.

Llegué a la bahía que daba a la laguna y, en efecto, comprobé que una sombra octogonal sobresalía de ella.

Busqué el puente, que resultó ser bastante angosto y estar desvencijado, y caminé a buen paso hasta la entrada. Luego volví la vista atrás con el corazón acelerado, aguardando la llegada de Luca. La tétrica fachada del hospital se cernía inquietante sobre mí, con todas aquellas ventanas mirándome.

Oí un gemido lastimero que me erizó la piel y recorrí con el haz de luz la parte exterior del edificio. Al pasar por una de las ventanas, una sombra fugaz la atravesó y di un respingo asustada.

Acto seguido, dos figuras se acercaron a mí. Temblorosa, apunté mi linterna en su dirección y, angustiada, descubrí a Luca caminar con las manos tras la nuca delante de otro hombre: Stefano.