Meretrice CAPÍTULO 52
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CAPÍTULO 52

U NA ESMERALDA EN LA INMENSIDAD DEL MAR

Sentados en el despacho de Maurizio, repasábamos las frases más controvertidas o llamativas que Luca había apuntado del diario. En un bloc aparte tenía las pistas que habíamos conseguido por orden de aparición. Lo metódico que era resultaba admirable.

Mientras releía en silencio aquellos párrafos, recordé varias menciones repetitivas que me habían desconcertado durante la lectura y que no estaban reseñadas en sus notas.

—Hades —pronuncié reflexiva en voz alta.

Luca alzó la vista de sus anotaciones para mirarme intrigado.

—¿Hades?

—Sí. Se nombra unas cuantas veces a ese dios del inframundo.

—Cierto, pero como un símil, un recurso literario.

—Yo no lo creo —repliqué, fiel a mi intuición.

—Se hace referencia al reino de Hades por la obra de Monteverdi La fábula de Orfeo —repuso Luca—. De hecho, lo menciona él mismo en una conversación con Alonza en el patio del Palacio Ducal. No veo que tengan interpretación posible las palabras del maestro.

—Ahí no, pero luego Alonza vuelve a nombrar el reino de Hades, justo tras decir que piensa esconder la última página del libro sagrado, donde Lanzo dejó escrita la clave.

Luca me miró asombrado. Frunció el ceño meditabundo y sus ojos comenzaron a relumbrar excitados por aquella nueva posibilidad.

Tomé el diario y comencé a pasar páginas en busca de la frase en cuestión. Chasqueé la lengua cuando la encontré y la leí en voz alta. Luca dejó sus anotaciones para prestarme atención.

—«Lo escondería donde nadie ajeno a nosotros pudiera encontrarlo, dejando una serie de pistas que únicamente Lanzo podría seguir si yo no sobrevivía. Custodiado por Hades, para que sólo un valiente Orfeo pudiera atreverse a adentrarse en su reino.»

—¡Dios santo! ¿Cómo pudo pasarme eso desapercibido?

Se inclinó sobre el diario y retrocedió algunas páginas, buscando otra frase.

—Aquí está —murmuró entusiasmado—. Monteverdi compara a Lanzo con Orfeo. Y que esté custodiado por Hades sólo puede significar que se halla escondido en el reino de los muertos. En efecto, era una pista.

Me sonrió admirado y encendió el ordenador de Maurizio. Abrió el navegador y tecleó en el buscador planos de Poveglia.

—Hay un cementerio en la isla —musité buscándolo en la imagen.

—Poveglia entera es un cementerio —puntualizó entornando los ojos en su escrutinio del plano—.

Es un vertedero de restos humanos. El suelo de la isla es un fango pegajoso de cadáveres calcinados.

Se calcula que más de ciento sesenta mil personas fueron llevadas allí, tanto muertas como vivas, y lanzadas a fosas comunes.

Pero no hay un cementerio como tal. Allí sólo se construyó en los años veinte un hospital psiquiátrico con un enorme campanario sobre los antiguos lazaretos, no hay más edificaciones.

Y dudo que Alonza fuera tan imprecisa en su pista.

Resoplé desanimada y fijé mi atención de nuevo en aquel plano. La isla del no retorno era pequeña, estaba cubierta de abundante vegetación y dividida por un estrecho canal. Sin embargo, en la parte sur una figura llamó mi atención. Era un pequeño islote con forma de octógono, claramente artificial.

—¿Qué es eso? —inquirí señalándolo con el dedo.

—Es el octógono de Poveglia, un islote construido en el siglo catorce para la defensa de Venecia, una superficie donde apostar baterías de artillería.

Por aquel entonces se libraba la guerra de Chioggia, que enfrentó a la República de Venecia con la de Génova.

En Poveglia había un castillo y quisieron reforzar su defensa con cañones apuntando a la entrada de Venecia.

Además, fue utilizado por los soldados ingleses durante las guerras napoleónicas para emboscar a los comandos franceses.

Los prisioneros eran llevados allí para torturarlos, y todavía hay varios barcos destruidos en el fondo de la laguna alrededor del octógono.

Pero, claro, ningún buceador es tan incauto como para sumergirse en esas aguas en busca de pecios.

—Tampoco creo que haya muchos buscadores de tesoros en la isla, nosotros posiblemente seremos los únicos.

—Lo que he dicho: incautos. —Hizo una mueca sardónica y se pasó las manos por el cabello—. Entraremos por el canal que la divide —decidió fijando nuevamente su atención en la pantalla.

Asentí y permanecí un instante abstraída mirando el monitor. Luca comenzó a pasar imágenes, y una de ellas me arrancó una exhalación asombrada.

—¿Ocurre algo?

—Mira ese plano aéreo —indiqué exaltada—. ¿A qué se asemeja el octógono?

Luca frunció el ceño, dibujando una expresión concentrada, y al cabo de unos segundos pude ver cómo su mirada destellaba de conocimiento. Una amplia e ilusionada sonrisa iluminó su rostro.

—¡La esmeralda! —clamó impresionado.

Nos miramos exultantes, compartiendo una expresión triunfal.

—¡Eres increíble! —alabó orgulloso.

Se inclinó sobre mí y depositó un rotundo beso en mis labios.

—¡Lo tenemos! Ahora debo ingeniar la manera de volver.

En mi mente comenzó a bullir una picazón molesta, como si un pájaro carpintero golpeara en ella insistente y molesto. Había algo que se nos escapaba, o ésa fue la sensación que tuve en aquel momento.

Mientras Luca trazaba un plan de huida, permanecí en silencio, rebuscando datos del diario en mi cabeza, intentando casar piezas sueltas que no terminaban de encajarme.

Alonza había escondido tres objetos en tres lugares distintos.

En el tablón del suelo del ático había guardado, en un cilindro, aquellos documentos: la lista de los miembros de la sociedad, el acta matrimonial entre Fabrizio y Rosella, y el dictamen del tribunal que había juzgado a Fabrizio por estupro.

La otra cosa se suponía que era el tesoro, sus joyas y sus escudos, y, naturalmente, justo debajo había escrito la pista correspondiente, el acróstico de Poveglia y la esmeralda en mitad del mar, o sea, el octógono.

Pero justo lo que buscaba Sofia Rizzoli, la clave desvelada del libro sagrado, se suponía que estaba en el reino de Hades, todavía en paradero desconocido.

—En el octógono, con suerte, encontraremos un cofre con sus joyas y monedas —comencé preocupada—, pero no la clave que busca Sofia.

—Es justo lo que estaba pensando —masculló Luca—, pero no importa. No pensaba entregarle la página, sino destruirla, aunque por fortuna no hará falta. Está custodiada por Hades.

Me guiñó un ojo con agudeza, pero mi inquietud permaneció latente.

—Tu plan es dar esquinazo a Sofia y llevarnos el tesoro de Alonza. No obstante, ella no es estúpida, habrá previsto sobradamente esa posibilidad —aseveré desazonada.

—No se puede salir de la isla sin una embarcación. Y necesitamos la suya para regresar. Así que falsificaré la clave que busca.

—¿Crees que podrás engañarla?

—No puedo saberlo hasta que llegue el momento, pero no hay más opciones.

De repente, un flash relumbró en mi cabeza, focalizando un dato elemental. De hecho, el más importante de todo el diario. Sonreí para mis adentros.

—Sé dónde escondió Alonza la clave —murmuré complacida.

—Yo también —coincidió Luca—. La pista más significativa se oculta en un personaje aparentemente irrelevante en la historia.

—Claudio Monteverdi —dije apabullada por el ingenio de Alonza.

—En efecto —constató Luca—. Anoche, en mi revisión del diario con el colgante, descubrí la frase que había anotado en el reverso de la lista que encontramos en el ático, en el párrafo que habla de las exequias del maestro.

—«Flores frescas sobre su tumba y un secreto bajo ella» —señalé sonriente—.

La promesa del hombre que agravió en público a Monteverdi y luego en su funeral juró que siempre habría flores frescas sobre su tumba.

Alonza, con ayuda de Leonardo, levantó la lápida grabada del suelo de la capilla donde está enterrado el compositor, en la basílica de Santa Maria dei Frari, y la dejaron junto a él.

Luego escribió esa frase con la pista tras el pergamino que contenía el listado de los miembros de la sociedad y también lo escondió.

—Y ahí quedará por siempre —aseguró Luca—.

Sin embargo, no pienso entregarle ni un escudo del tesoro a Sofia.

Es tuyo por derecho, te pertenece y lo necesitas.

Así pues, nos reservaremos la ubicación para nosotros.

Ella sólo espera que regresemos con la clave, por lo que le pediré fondear en otro lugar y recorreremos la isla a pie hasta llegar al octógono.

Otro detalle acudió entonces a mi cabeza. En el punto el que nos encontrábamos no podíamos dejar nada al azar.

—¿Dónde piensas escribir la clave? Francamente, me intriga lo que piensas poner y dónde para que parezca un pergamino del siglo diecisiete.

Luca alzó una ceja y me miró con ofendida suficiencia.

—¿No confías en mí, nena?

Su tono fue tan sugerente como una caricia recorriendo cada palmo de mi piel. Me estremecí y puse mentalmente los ojos en blanco. ¡Por Dios, ese hombre atacaba todos mis sentidos con una facilidad pasmosa!

Tardé un rato en contestar, todavía intentando despegar mis ojos de su golosa boca.

—Confío, sólo tengo curiosidad. —Carraspeé y sonreí embobada, esta vez en su penetrante y seductora mirada.

¿Era posible que, tras dos apasionados y entregados encuentros sexuales, nuestros cuerpos no estuvieran saciados? Nunca parecíamos tener suficiente, y aquello sólo podía ser indicativo de que no sólo estábamos hambrientos de piel, sino también sedientos de alma.

Su cautivadora sonrisa se amplió arrogante.

—Tenía pensado arrancar otra página del diario, para escribir lo que se me ocurra. Naturalmente en latín, para conseguir ganar tiempo y poder escapar antes de que sospechen que les he tomado el pelo.

—¿También sabes latín, nene?

Luca alzó una ceja divertido y sonrió de medio lado con gesto pícaro.

—Sé latín, nena. ¿Te traduzco algo? —musitó burlón.

—Ahora mismo no se me ocurre nada —respondí mordaz—. Además, lo considero demasiado litúrgico para lo que seguramente te pediría.

Soltó una carcajada y sacudió la cabeza. Su cabello se movió, cubriendo parte de su ojo. Instintivamente, aparté el mechón, y su mirada chispeó penetrante. En aquel momento pensé que me pasaría la vida entera perdida en sus ojos.

—¿No tienes curiosidad por conocer la verdadera clave? —pregunté resiguiendo con mis dedos la línea de sus hombros.

Un brillo travieso refulgió en su mirada con un conocimiento que me hizo agrandar los míos.

—¡No puedo creerlo! ¿La recuerdas? —inquirí impávida.

Sonrió de medio lado y asintió.

—Era uno de los párrafos que no dejaba de garabatear en el internado. Solía arrugar el papel en forma de bola y jugaba a encestarlos en la papelera. Ahora sé lo que es jugar con el poder mundial —repuso sarcástico.

Esbocé una sonrisa divertida y, de manera natural, me apoyé en su hombro y lo besé. Él suspiró.

—¿Por qué no me lo habías dicho antes?

—No quería ponerte en peligro. No debía adelantarte nada ni contarte de más hasta que estuvieras preparada y confiaras en mí.

—Me parece razonable. Y, ahora que sabes con lo que jugabas, ¿no te tienta dominar el mundo?

—Lo único que me tienta dominar es tu boca.

Posó sus ojos en ella y me hormiguearon los labios.

—Tentador —susurré arrobada.

—¿Sabes? —comenzó—. Me secas la garganta cuando me miras así.

—Y yo no puedo apartar los ojos de ti —reconocí embriagada en su rostro—. Y, respecto a lo que siento por ti, es bastante positivo, sí. —Sonreí afectada recordando sus palabras antes de la interrupción de Maurizio.

Acerqué mi boca a la suya y la besé con pausada dedicación. Él dejó que me prodigara en sus labios, gimiendo suavemente ante cada húmeda caricia.

—Te amo, Luca, y esa verdad se muestra clara y brillante. Lo que surja a partir de ahora lo afrontaré a tu lado. No puedo ni imaginar lo solo que debiste de sentirte cuando emergieron tus recuerdos.

—Aquello ya pasó. Y si mi premio fue encontrarte, poco sufrí.

Me acurruqué contra él respirando hondo, deleitándome en su calor y agradeciendo a la vida que lo hubiera puesto en mi camino, comprendiendo que yo sí había encontrado una valiosa esmeralda en la inmensidad del mar.