Meretrice CAPÍTULO 51 #3
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CAPÍTULO 51 #3

—¿Para pasar de un orfanato a un psiquiátrico?

—espetó mordaz—. No, era justo lo que evitaba.

Aquello era mi problema y yo lo resolvería.

Y fue así como comenzó mi afición por los enigmas de todo tipo.

Me dije que quizá aquellos sueños tenían que ver con mi desconocido origen.

Hasta pensé que mis padres eran extraterrestres —sonrió avergonzado—, creo que nunca un niño tuvo la cabeza tan llena de hipótesis.

Sin duda ahí se desarrolló mi capacidad analista.

—¿Qué sentiste al descubrir que había un diario de Alonza? ¿O recordaste que lo había escrito y por eso lo buscabas?

—No lo recordé todo, ni mucho menos, pero sí lo suficiente para que me cambiara la vida.

No recordaba apellidos ni conversaciones, sólo sensaciones y escenas sueltas que terminaron uniéndose en pasajes más extensos, conformando la historia de un hombre que a todas luces fui yo.

Cuando, siguiendo la pista de mi madre, encontré a Piero Rizzoli, todo comenzó a encajar.

Saber que había un diario y que estaba a mi alcance fue lo que me introdujo en toda esta historia y lo que me llevó a ti.

Flexioné el brazo y apoyé el mentón en la palma de mi mano para observarlo con atención.

—A medida que avanzaba en la investigación sobre mis orígenes, comenzaron a asomar otros recuerdos, más nítidos y concisos —prosiguió con la mirada perdida—.

Ya no los temía como al principio, ahora los buscaba, y quizá esa predisposición mía ayudó a que todo surgiera con más fluidez.

No puedo explicar lo que sentí cuando tuve en mis manos el diario: fue como tener esa confirmación que tanto busqué durante toda mi vida y, además, con profusión de detalle.

No era mi vida, sino la de ella, y conocer sus más íntimos secretos, sus pensamientos más profundos, todo lo que vivió y sufrió me conmocionó.

Poder situar esas escenas que pendían en mi mente en momentos precisos de su historia, leer palabras que me habían acicateado todo ese tiempo sin encontrarles sentido.

.. Todo en mí se reavivó al instante y, cuando lo terminé, todo lo que no había llorado mientras mi cabeza intentaba desentrañar esa maraña de cosas inexplicables lo lloré ese día.

Me permití regodearme en las emociones, esas que tan ferozmente había logrado estrangular todos esos años.

Lo observé compasiva y admirada a un tiempo.

—Y ¿cómo intuiste que ella... podía estar en mí?

—Por el impacto que sufrí cuando te vi. Aquel día te hice una fotografía, fue la que encontraste en mi apartamento.

No sólo era una aguda sensación familiar, era esa subyugación que únicamente sentía cuando en mis sueños aparecía ella, sin rostro entonces, era el sentimiento de pertenencia que me despertaste.

Ese imán me atrajo a un nivel tan profundo que me hizo reconocerte.

Hay una frase en el diario, una que pronuncia Lanzo en la carta.

.., curiosamente una carta de la que yo recordé frases sueltas, y una de ellas es la que me confirmó que eras tú.

Tragué saliva, cada vez más inquieta y aprensiva. Lo miré expectante, simulando una calma que no sentía.

—«Mía, mi Alonza, así suenan mis latidos, y en mi último suspiro esa “A” penderá en el aire y te buscará.

Quizá lo oigas allá donde estés, porque donde tú estés, allí estaré yo.

» — Hizo una pausa y clavó en mí una mirada tan penetrante que encendió de nuevo aquella luz de mi interior que tanto me atemorizaba—.

Esa «A» compartida con ella me buscó —añadió—, como mi «L» permaneció a través de los tiempos en esas dos iniciales que nos unieron por siempre y que afloraron para reencontrarnos.

Suspiré hondamente con el corazón en un puño, desbordada y atenazada por un sentimiento añejo y tan profundo que resurgió a través de los tiempos.

Tragué saliva presa de un creciente desasosiego.

Sentí vértigo, un amago angustioso y taquicardia.

Las palabras de Luca volvieron a encender aquella luz y el vestido apareció de nuevo en mi mente.

Cerré los ojos e intenté centrarme en el tema que me ocupaba: despejar las dudas y llegar al fondo de todo.

Cuando los abrí, respiré hondo y lo miré decidida a descubrir toda la verdad.

—Entiendo entonces que te aliaste con Sofia Rizzoli armando todo este ardid de seudoinvestigación sólo para que yo recordara. Pero ¿cómo descubrió Sofia que perdí la memoria ese día crucial en el que murieron mis padres?

Luca me observó con rictus grave, suspiró y asintió para sí.

—Yo se lo conté. Y no fue una seudoinvestigación, es cierto que embaucamos a Gina y que predispuse algunas cosas —aceptó justificándose—, pero también descubrí pistas que no poseía y...

—Déjalo —pedí envolviéndome en la sábana y saliendo de la cama. Comenzaba a estar saturada de todo aquello y necesitaba serenarme—. No creo que pueda asimilar nada más por hoy.

Luca aferró mi muñeca y me detuvo en seco.

—Se lo conté por un motivo, para...

—¡He dicho que basta por hoy! —exclamé impaciente.

Me giré hacia él, y aquella veta frustrada se tornó en furia—.

¿Acaso alguien me ha preguntado si quiero recordar?

Todos actuáis según vuestra jodida conveniencia.

Tú quieres que recupere la memoria porque buscas en mí a la mujer que amas.

Ellos, para que recuerde la carta y los guíe hacia la clave descifrada de la sociedad.

Mi abuela, por el tesoro. Pero ¿quién demonios piensa en mí?

Yo no pedí nada de esto. ¡Yo no soy ella, maldita sea!

Aquel rechazo rasgó mi voz y quemó mis ojos, y me dirigí rauda hasta la puerta. Luca salió de la cama apresurado y me interceptó en el pasillo. Me tomó de los brazos y me pegó a la pared, reteniéndome contra ella.

—Lo único que yo quería desde un principio era que me amases.

Tú, Alessia, tú. Porque yo, Luca Vandelli, te amé nada más verte.

Quienes fuimos en otro tiempo fue a lo que me agarré para conseguir mi objetivo.

Porque, ¿sabes?, era tal mi inseguridad para creer que podían amarme por mí mismo que ni siquiera barajé otra opción. Nadie lo hizo nunca, nadie.

Las lágrimas brotaron, así como una caótica mezcla de emociones que no supe gestionar.

—También deseaba llegar al final de todo esto —admitió afectado—.

Arrancar hasta el último velo que ocultara esta historia, pensando que sólo así todo quedaría en paz.

—Acercó tanto su rostro al mío que nuestras narices se tocaban—.

Alessia, yo le conté a Sofia lo de la carta para que confiara en mí y me dejara participar en sus planes.

Y el motivo siempre fue protegerte de ellos. Tarde o temprano irían a por ti.

Inclinó la cabeza y apoyó su frente en la mía.

—A veces, uno no tiene ninguna capacidad de decisión en las cosas que le ocurren —murmuró suavemente, aunque su tono era quebrado y tembloroso—.

Por ello es mejor aceptarlas que negarlas, yendo más allá, incluso buscar algo positivo a lo que aferrarse.

Y yo..., bueno, desearía creer que lo que quiera que sientas por mí lo sea.

Puede sonar pretencioso o vanidoso, pero, Dios. .., es que te amo tanto...

Un gemido mortificado escapó de sus labios y yo estrangulé un sollozo.

No pude evitar abrazarlo y adherirme a su pecho, donde descargué mis miedos.

—Estoy... despertando, Luca, y me asusta —sollocé.

Sus brazos me ciñeron con más fuerza. Me susurró tranquilizador y me acarició con mimo.

—Nadie mejor que yo comprende cómo te sientes. Pero no estás sola, no lo estás.

Besó mis lágrimas y, como si sus labios fueran mi panacea, logré calmarme.

En aquel momento se abrió la puerta de la entrada y ante nosotros apareció el perplejo rostro de Maurizio, que nos observó impávido.

Luca estaba completamente desnudo, y yo envuelta precariamente en una sábana.

—¿Interrumpo? —murmuró apretando los dientes.

Luca se puso delante de mí cubriéndome con su cuerpo.

—Eres jodidamente inoportuno, sí —masculló molesto.

—¿No habéis tenido suficiente con estar solos toda la noche? No me extraña que la hayas cogido con ganas —musitó Maurizio burlón—. ¿Cuánto hacía que...?

—¡Largo! —gruñó Luca.

Su amigo ya se daba la vuelta cuando se giró y chasqueó la lengua apoyándose en el marco de la puerta.

—Espero que se haya portado bien —agregó dirigiéndose a mí—. Esta casa tiene una excelente reputación y no me gustaría que me avergonzara, por muy amigo mío que sea.

Oculté una sonrisa ante la expresión malhumorada de Luca.

—Puedes sentirte orgulloso —proferí divertida.

—Menos mal —resopló aliviado con gesto exagerado—. Ya puedo desayunar tranquilo.

Luca puso los ojos en blanco y bufó irritado.

—En la cafetería, no aquí —aclaró lanzándole una mirada admonitoria.

—Eres un toro, Luca, me rindo a tus pies —acicateó Maurizio burlón—. Creo que voy a comprarte una de esas chapitas...

Luca se apartó de mí para avanzar completamente desnudo y belicoso hasta la puerta. Maurizio abrió los ojos como platos y alzó la mano en actitud conciliadora, pero viendo que Luca iba a por él, salió apresurado cerrando la puerta y dejándonos el eco de su carcajada.

No pude evitar sonreír, como tampoco pude dejar de contemplar al hombre que avanzaba hacia mí con aquella maldita mirada taimada que removía cada fibra de mi ser.

—Nada como la intervención de tu amigo para aligerar dramatismos —espeté todavía risueña.

—Si al menos ha servido para hacerte sentir mejor, bienvenido sea.

Denoté en su tono un deje abatido y preocupado al tiempo.

—Lo estoy —afirmé—, pero no por eso, sino porque no estoy sola en este despertar. Y, sea lo que sea lo que ocurra, sólo sé que quiero estar a tu lado.

Su sonrisa ilusionada animó su faz y la mía.

Su respuesta fue un beso entregado. Sí, me amaba, como yo lo amaba a él, no importaban los motivos. Cuando se apartó de mí, deslicé mis manos por su torso embebida en su rostro.

Sentí un roce acerado y cálido en mi bajo vientre.

—Al final llevará razón Maurizio: eres un toro.

Sonrió sin un ápice de vanidad en su gesto.

—Sólo soy un hombre frente a la mujer a la que venera en cuerpo y alma.

—Luca..., me dejas sin palabras.

—Si no te vistes, te dejaré sin aliento —prometió con mirada gatuna.

No me moví. Y cumplió su amenaza con renovado ahínco.