CAPÍTULO 51 #2
Saboreé vanidosa la lujuria que oscureció su mirada y tensó sus facciones. Tampoco cohibí la mía, que devoró su cuerpo, tan sólo cubierto por una toalla blanca alrededor de sus caderas, una prenda que también remarcaba sus formas, en especial su henchido y palpitante deseo.
Supe que relamerme en ese momento no era lo más acertado. Pero fue lo que hice.
Quizá él también supo que acercarse con aquel gesto depredador no era lo más coherente a tenor de nuestras firmes decisiones. Pero fue lo que hizo.
Y, equivocados o no, ambos hicimos lo mismo, dejarnos llevar por aquella impetuosa necesidad, que era más fuerte que nosotros mismos.
No me moví cuando llegó hasta mí, pero sí sostuve su ardiente mirada.
No me retiré cuando su mano abarcó mi nuca para ceñirme a él, pero sí gemí ante su vehemencia.
—Alessia... —jadeó sufrido. Su rostro estaba prensado por un deseo dolorosamente insatisfecho.
Su mirada en mi boca quemó mis labios, que entreabrí anhelantes.
Luca rodeó mi cintura con su otro brazo y su contacto inundó mis sentidos, despertando una voracidad como nunca antes.
Su respiración era agitada, su pecho caliente y su mirada turbia. Lo vi luchar contra sí mismo, desgarrarse en una contención que yo pensaba ayudar a vencer.
Tenía el cabello húmedo y olía a su loción de afeitado.
Deseé devorarlo. Y comencé por la barbilla.
La mordí, y él echó la cabeza hacia atrás y gruñó haciendo vibrar su garganta.
Fue mi siguiente objetivo. Volvió a gruñir, esta vez más rotundo.
Enlacé mis brazos en su nuca y besé su cuello.
Y entonces él liberó por fin aquella bestia que intentaba reprimir.
Volvió a mirarme, y lo que refulgía en sus ojos me secó la garganta y acicateó mi bajo vientre.
Tomó mi boca como una alimaña hambrienta, con esa desesperación que desdibuja el mundo y todo lo transforma en urgencia por colmar una necesidad vital.
Nuestras lenguas se buscaron famélicas, y entonces la locura se desató.
Me agarró por las nalgas y me alzó con apremio.
Enlacé mis piernas en torno a sus caderas y me alejó del balcón en dirección a la pared más próxima.
Allí, me atrapó contra ella para derramar en mí todo su deseo.
Su toalla cayó y mi camisón desapareció hecho jirones bajo sus ansiosas manos, que buscaban mi piel, desquiciadas y voraces.
Sin despegar nuestras bocas, nos acariciamos con tal pasión que el placer nos nubló, convirtiéndonos en animales salvajes.
Cuando me penetró, lo hizo de un seco empellón, pero estaba tan húmeda que el acople fue perfecto.
Clavé mis uñas en su espalda y mordí su hombro acometida por agudas punzadas de goce desatado.
Todo mi cuerpo ardía con sus bruscos movimientos.
Con las manos fuertemente ancladas en la tierna piel de mis nalgas, Luca me subía y me bajaba contra sus caderas, controlando el ritmo de las embestidas.
Mis pezones, acariciados por el suave y disperso vello de su torso, estaban erectos; ese roce me erizaba, además, la piel, sumando aquella sensación a la del inmenso placer que ya me consumía.
Luego se detuvo y, sin salir de mí, cruzó la estancia para sentarme en un aparador.
Colocó una de mis piernas sobre su hombro, se encorvó sobre mí y empezó a moverse tomando mi boca con el mismo apetito.
Una de sus manos recorrió mi cuerpo y la otra recogió mi cabello en una cola para controlarme mejor.
Sentí que tenía sobre mí un lobo hambriento e implacable, fuera de control. Y ese sumiso sometimiento a su imperativa voluntad arrancó de mí un violento orgasmo que arqueó mi cuerpo preso de repetitivos espasmos que me dejaron laxa entre sus brazos.
No obstante, él quería más de mí.
Su sonrisa depredadora y pícara así lo dijo.
Me llevó a la cama y me tumbó en ella. Salió de mí y se sumergió entre mis muslos para saborear su premio.
No tardó en conseguir otro, casi más abundante que el anterior.
Me cimbreé como una espiga de trigo sacudida por una brisa estival, y grité mi dicha a aquellas cuatro paredes por el hombre que tan pleno dejaba mi cuerpo y tan desbordado mi corazón.
Jadeante y rendida, permanecí inmóvil recuperando el resuello.
Luca se estiró sobre mí y comenzó a besarme con dulzura, pausado, desplegando toda su dedicación y su ternura.
Me dije que si Alonza había amado a Lanzo la mitad de lo que yo amaba a aquel hombre, ya era bastante.
Y, de algún modo, supe que seguramente tanto ella como yo teníamos en común ese amor tan profundo que nos había inundado el alma, y quizá también más cosas.
Lo aparté y lo empujé, obligándolo a tumbarse para cernirme sobre él.
Me puse a horcajadas y sus manos aferraron mis caderas.
Alcé las mías para cobijarlo en mi interior y me deslicé gozosa saboreando aquella enloquecedora fricción.
Ondulé mi cuerpo sobre el suyo, marcando el compás de mi sensual danza, paladeando los diversos gestos que componía su rostro, gozando de su propio placer.
Me incliné sobre él y lo besé. Sus manos recorrieron mi espalda. Me arqueé sin dejar de balancear las caderas y entonces apresó mis pechos en su boca. Creí desfallecer presa de un goce desatado.
Aceleré mis movimientos, convirtiéndolos en vertiginosos, y él jadeó y gruñó enloquecido.
—¡Dios, me arrancas el alma...! —gimió apretando los dientes.
—¡Es mía, me pertenece! —exclamé apasionada.
Sus ojos brillaron emocionados, su gesto afectado me lo confirmó.
—Siempre lo ha sido, y por eso te buscó incansable —murmuró quedo.
Sentí una dicha tan burbujeante que hizo hormiguear cada rincón de mi ser. Pero algo más emergió.
Su hermoso cabello negro continuó igual, quizá algo más corto de lo que debería, pero su nariz era diferente de como debía ser y sus ojos oscuros, por algún extraño hechizo, se aclararon hasta convertirse en un profundo cielo azul.
Su rostro se espigó y sus labios se afinaron.
Y entonces lo vi. Vi a Lanzo Rizzoli a mi merced, tan cautivado como debía de mirar a Alonza en la misma situación.
Luego, ante mi completo estupor, mis largos mechones castaños también se aclararon hasta convertirse en un rubio platino. Si no hubiera sido por el grito liberador de Luca al derramarse en mi interior, creo que me habría desmayado.
Me desplomé sobre su pecho y él me abrazó todavía trémulo y agitado.
Cerré los ojos e intenté recomponer mis zarandeados sentidos.
Era como si la lectura del diario hubiese abierto una puerta al pasado, como si el alma de nuestros antepasados intentara infiltrarse en nuestros cuerpos para volver a encontrarse.
Un pensamiento atravesó mi cabeza. Quizá el alma de Lanzo ya se encontrara dentro de Luca, quizá hubiese nacido ya con ella.
Todo así lo indicaba. Sus sueños, sus inclinaciones, sus preferencias y su mismo origen.
Y si eso era así..., entonces, ¿qué pasaba conmigo? ¿Acaso él sólo esperaba que el alma de Alonza despertara en mí? ¿Era eso lo que realmente buscaba desde el principio, y no que recordara la carta del día del incendio?
Mi intuición me dijo que eso era lo que siempre había anhelado: mi despertar.
Sentí una sensación desazonadora, insidiosa, como si hubiera alguien oculto aguardando para arrebatarme la identidad.
Pero que ella despertara en mí no tenía por qué significar que borraría mis recuerdos ni quien yo era ahora.
Sin embargo, aunque me lo repetí, no terminó de tranquilizarme.
Ese vestido envuelto en penumbras que había visto me sobrecogía, y lo que más me inquietaba era pensar que las visiones extrañas no habían hecho más que empezar.
Me deslicé hacia un lado y rodeé su torso con un brazo, acomodándome contra su costado. Cobijé la cabeza sobre su hombro y él apoyó su barbilla en ella. Necesité un instante para reordenar mis pensamientos antes de hablar:
—Alonza está en mí, ¿no es así? Como Lanzo está en ti.
Levanté el rostro para ver su expresión. No parecía conmocionado, ni siquiera levemente sorprendido.
—Yo recuerdo, tú apenas despiertas. Pero somos Alessia y Luca, y así seguirá siendo.
Respiré hondo, intentando controlar el pánico que crepitaba todavía encerrado en una burbuja de cristal, pero en la que ya comenzaban a surgir peligrosas grietas.
—¿Cómo lograste asimilar eso sin volverte loco, siendo tan joven?
—Siendo un niño —concretó—. Creo que por eso me aislé del mundo, para poder batallar contra esto sin perder el juicio y sin que nadie advirtiera mi lucha interna.
—Hizo una pausa, en la que su mirada relució atormentada—.
Tampoco es que tuviera a nadie que se preocupara por mí, con lo que tristemente fue más fácil.
Al principio eran retazos fugaces y extraños de imágenes sueltas.
Luego se aunaron en pesadillas reiterativas e inconexas que aterraban mis noches.
Pero cuando despertaba aún estaban ahí, en mi memoria, y durante el día me acompañaban.
Flotaban nombres desconocidos en mi cabeza y sucesos dispares.
Con el tiempo comprobé que era yo quien los protagonizaba, y eso me turbó aún más.
Así que decidí evitar dormir —esbozó una sonrisa condescendiente—, con lo que dediqué mis noches a leer todo lo que encontraba y, aunque finalmente caía rendido, al menos eran pocas horas.
Por el día sentía la necesidad de dibujar, y a menudo ni siquiera era consciente en realidad de lo que mi mano creaba, pero no había titubeo alguno en los trazos; al contrario, surgían fluidos y firmes.
Luego comencé a interesarme por las hierbas y, sin una utilidad justificable, las agrupaba y las estudiaba, apuntándolas en mi libreta.
Hacía tantas cosas extrañas y sin sentido que resolví buscar una explicación a mi caso.
—¿Nunca te planteaste pedir ayuda?