Meretrice CAPÍTULO 51
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CAPÍTULO 51

E L DESPERTAR

«Por fin libres...»

Ya no había más páginas.

Ya no tenía más lágrimas.

Me recosté en la almohada, cerré los ojos y exhalé un largo suspiro entre sufrido y aliviado que implantó en mi fuero interno una sensación angustiosa.

Era como la luz parpadeante de una vela que iluminaba cosas que no quería ver.

Soplé mentalmente, ansiando apagarla. No supe bien por qué, pero sentía que la negrura me protegía.

Era como un manto cálido que me había arropado siempre, protegiéndome, y me negaba a desprenderme de él.

Y aquella maldita luz, aunque titilante, me provocaba escalofríos.

Su resplandor mostraba dolor, pérdida y algo más, algo mucho más inquietante que me atemorizaba.

Algo que sentí como una presencia ominosa que me observaba paciente.

Sin abrir los ojos, sacudí enérgica la cabeza, pero aquella sensación insidiosa de no estar sola no desapareció. La luz pareció ganar intensidad y yo me encogí. Quise abrir los párpados, pero no pude, y eso me asustó todavía más.

El resplandor iluminó entonces un vestido.

Un hermoso vestido renacentista bordado con pedrería, en seda adamascada en rojo y oro, punteado de pequeñas perlas, mangas acuchilladas, escote trapezoidal y camisola blanca con mangas de encaje. La precisión de los detalles aceleró mi pulso y acentuó mi pánico. Reconocí aquel atuendo.

Comencé a gemir mortificada. Quise gritar, pero tampoco pude.

La luz no iluminaba el rostro de la mujer que lo llevaba, tan sólo el recargado y hermoso corpiño, aunque yo sabía quién era.

Una mano pálida y delicada se tendió hacia mí, pero yo mentalmente retrocedí.

Y entonces me topé con algo. Era un escritorio, me giré sobresaltada y vi que sobre él había un teléfono que sonaba estridente.

Quise taparme los oídos, pero mis manos fueron al auricular y lo descolgaron.

Una voz de mujer me llamó por mi nombre y, aunque no la reconocí, había algo en su deje que me resultó familiar.

Me pidió algo y yo obedecí. Me dijo que era mi abuela y confié en ella.

Era como un juego, una pequeña travesura que mis padres no debían conocer.

Requería una carta y me pidió que la leyera.

Empecé a hacerlo, aunque la letra estaba desvaída y el trazo era extraño.

Justo cuando comenzaba, alguien me quitó el auricular de las manos bruscamente y yo me asusté y dejé caer la carta al suelo.

Salí corriendo, y entonces aquella luz tímida y cálida que iluminaba aquella escena en mi mente se tornó brillante y furibunda, tanto que estalló en llamas.

Grité y grité y me revolví aterrada, sintiendo el punzante calor de aquel fuego que en rabiosas lenguas intentaba devorarme.

Oí pasos apresurados y un portazo y grité más alto.

—¡Alessia!

Alguien me sacudió vehemente y entonces logré abrir los ojos y mirar un rostro alarmado al que pude ponerle nombre.

Salí abruptamente de aquella angustiosa ensoñación respirando de manera entrecortada.

Luca aferró mis brazos y acercó su rostro al mío impregnado de preocupación.

—¿Estás bien?

Asentí, todavía confusa y con el pulso acelerado, tratando de asimilar o de naturalizar aquel extraño desvarío.

—Una... pesadilla —mentí, esperando engañarme a mí misma.

Su mirada se suavizó y su rictus se destensó. Aun así, me escudriñó atentamente, buscando en mis ojos una constatación.

Intenté sonreír, aunque me encontraba mareada y todavía asustada.

Luca me abrazó y su calor amortiguó mis temblores.

Aspiré su fresca fragancia masculina, acaricié su terso cabello y me aparté sólo para mirarlo a los ojos.

Deseé besarlo. De hecho, aquel impulso era muy agudo, como si mi cuerpo supiera que únicamente en sus labios hallaría consuelo y serenidad.

Seguramente mi semblante evidenció mi deseo, pues él miró mi boca y oprimió la suya conteniendo sus ganas de complacerme.

Se apartó a regañadientes y adoptó una expresión más distante.

—Casi se me sale el corazón por la boca —repuso con una sonrisa tímida—. Estaba dormitando tras una larga noche en vela y he saltado como un resorte.

—Debí de quedarme dormida leyendo.

Reparé en sus ojeras, sus ojos cansados y su barba incipiente. Su cabello negro estaba alborotado, lo que le daba un atractivo aspecto pendenciero.

—¿Lo has terminado?

Asentí.

Arqueó las cejas y me escrutó expectante.

Ahora comprendía que lo que me acababa de ocurrir era lo que él había estado esperando. No había sido una ensoñación, sino un recuerdo enterrado que asomó entre los escombros calcinados de aquel día.

—Tremenda historia, la he sentido mía.

Me miró tan gravemente, de manera tan penetrante que me abrumó su intensidad. Luego bajó los ojos y llenó los pulmones lentamente. Cuando volvió a alzar la vista, no me pasó desapercibido un tinte desilusionado en ella.

—Y ¿qué tal tu noche?, ¿ha funcionado lo del colgante?

Se pasó las manos por el cabello acomodándolo hacia atrás con gesto cansado.

—Sólo hallé tres palabras con un mínimo de sentido respecto al tesoro y su ubicación. Es más pequeño de lo que imaginaba y no tenía ni idea de la posición en que debía usarlo. Así que decidí aplicarlo en el centro de cada página.

—¿Qué palabras son?

—Una es embarcadero , otra nordeste y, la última, almacén .

Fruncí el ceño y lo miré desconcertada.

—Yo, en cambio, creo que el colgante no es un portador, sino una llave.

Me observó interesado y se encogió de hombros aceptando mi planteamiento.

—Es bastante posible, se lo dio junto al cofre, y la frase que él le dice es una clave en sí: «Es más de lo que parece y menos de lo que debería. Encierra nuestro destino y abre nuestro corazón». Pero tenía que intentarlo.

—Te la sabes de memoria —murmuré admirada.

—Algunas frases las transcribí aparte para estudiarlas.

—También opino que el diario no está cifrado —añadí con pleno convencimiento—. No hay en él técnicas específicas, quizá la frase que encierra la palabra Poveglia sí sigue unas pautas, pero os centrasteis en ese descubrimiento y obviasteis el resto.

Su semblante se iluminó impresionado. Esbozó una sonrisa complacida y sus ojos brillaron con agudeza.

—Has dado con la frase, pero ¿cómo la interpretas tú?

Respiré hondo y acudí a mi memoria. Lo tenía todo tan fresco que me fue fácil rememorarla.

—«Podía ver la negligencia como una solución y, aun así, no esperar que la vieran los demás, como podía ver una esmeralda en mitad del mar como refugio de su inmensidad.

» Llama la atención la palabra negligencia , pues no encaja en la frase.

Y si miras detrás es fácil ver que con un salto de 3-5-5 letras se compone la palabra Poveglia .

—Pero esa misma pauta la trabajé con el resto del párrafo y no descubrí nada relevante —replicó contrariado.

—Esa frase es únicamente para esconder la palabra Poveglia , pero el resto encierra la verdadera pista sobre su ubicación dentro de la isla.

—«... una esmeralda en mitad del mar como refugio de su inmensidad»... —pronunció caviloso.

—No sé a qué podría referirse —admití frustrada.

—Quizá en la isla encontremos pistas sobre una esmeralda —confió—. Ya he avisado a Sofia... Vendrán a recogernos después del almuerzo.

—Pero iremos a ciegas, se nos hará de noche buscando alguna pista.

—¿Temes a los fantasmas? —inquirió burlón.

—Sólo si se quitan la sábana: no me gustan los fantasmas exhibicionistas.

Luca rio y, por un momento, el cansancio desapareció de sus ojos.

—Voy a la ducha —arguyó—, necesito despejarme.

Estuve a punto de decirle que lo acompañaba, y lo habría hecho de buen grado. Mi cuerpo comenzaba a aquejar la ausencia del suyo.

En cambio, asentí con una sonrisa y él se puso en pie y, mientras abandonaba la habitación, devoré cada línea de su cuerpo, recreándome en sus andares felinos, en su amplia espalda y en su duro trasero.

Me mordí el labio y suspiré, pensando en la gran evasión que todo él podría procurarme.

Resoplé resignada y me recosté en la cama, repasando mentalmente las frases que a mí más me habían llamado la atención para analizarlas con Luca.

Sin embargo, cuando oí el rugido de la ducha sólo pude imaginarlo bajo ella.

Y únicamente tuve fuerzas para mantenerme anclada a la cama, luchando contra la imperante necesidad de reunirme con él para perderme en su cuerpo, en su mirada y en su boca.

Y por mucho que intenté distraer mi mente de aquel cuarto de baño, regresaba hambrienta a él una y otra vez.

Me levanté frustrada y me asomé al balcón.

Tenía calor, aunque la primavera en Venecia estaba resultando más fresca de lo habitual. Tan sólo llevaba un camisón de gasa con tirantes a mitad de muslo y la brisa de la mañana lo batía contra mi cuerpo, otorgándome algo de alivio.

La laguna estaba preciosa, punteada de diminutas perlas doradas que el sol engarzaba con su sonrisa.

En el horizonte, una difusa neblina se arremolinaba contra las pequeñas islas que lo silueteaban, confiriéndole un toque místico, como si fueran las brumas de Ávalon protegiendo el reino de los dioses antiguos.

Y yo sabía que una de ellas era Poveglia, pues era reconocible incluso a aquella distancia el pináculo de su campanario.

Fijé mi vista en ella y tuve la impresión de que, en efecto, era un mundo aparte; no sólo un cementerio del pasado y una leyenda en el presente, sino una puerta a algo más.

—De todos los amaneceres que he tenido el placer de contemplar, ninguno me ha turbado igual.

Me volví apenas para descubrir a Luca absorbiendo cautivado las líneas de mi cuerpo a contraluz. La diáfana gasa no dejaba mucho a la imaginación.

Desde aquella postura de medio lado, fui plenamente consciente de que la luz del alba lamía mis curvas mostrándoselas abiertamente, haciendo ondear el liviano tejido contra mi piel y remarcando las enhiestas y rosadas cumbres de mis pechos.