CAPÍTULO 50 #2
Caí de rodillas presa de un llanto que me convulsionó. Fue un llanto liberador, donde toda la angustia, el miedo, la soledad, la desesperación y la nostalgia emergieron y volaron con el viento, aligerando así mi alma.
Me alcanzó con dos apresuradas zancadas y cayó de rodillas junto a mí.
Tomó mi rostro entre las manos y besó las lágrimas que perlaban mis mejillas.
Su mirada, tan húmeda como la mía, se desbordó de amor, un amor tan puro y profundo como la inmensidad del mar y tan luminoso como todas las estrellas del firmamento.
Nos fundimos en un abrazo apasionado, y ese hilo que nos unía restalló vigoroso y crepitante, fortalecido y resplandeciente.
—Mi Alonza...
Entrelacé mis dedos en su larga y sedosa melena oscura, sintiendo cómo su contacto cauterizaba mis heridas, cómo su calor evaporaba mi aterida alma, cómo su abrazo recomponía las partes rotas de mi espíritu.
Permanecimos un largo instante así, derramando nuestras emociones en aquel conmovedor abrazo. Me ceñía con fuerza, tan trémulo como yo.
Cuando logramos apartarnos, de nuevo abarcó mis mejillas con sus grandes manos y su celeste mirada penetró hasta lo más profundo de mi ser.
Luego comenzamos a besarnos con arrobada urgencia.
Párpados, mejillas, frente, nariz, barbilla, boca.
.., con apremio, con torpe anhelo. Mi corazón derrochaba tal liviandad, tan alborozado alivio, tan desbordante dicha que saltaba en mi pecho alocado.
—He soñado con esto cada noche desde que me arrancaron de tu lado. Y ha sido lo único que me ha mantenido con vida todo este tiempo.
Recorrí con la vista su rostro, deleitándome en cada línea. Descubrí una cicatriz en su sien y otra en su barbilla. Fruncí el ceño y las acaricié con la yema de los dedos.
—Logré escapar —explicó, absorbiendo también mis rasgos con avidez—, pero me capturaron. Me llevaron a la corte del sultán en Constantinopla. Jamás imaginé a quién encontraría allí.
—A Marco.
Asintió. Su mandíbula se tensó y su mirada se oscureció ante aquel recuerdo.
—Era apenas un despojo, lo habían castrado y, cuando yo lo vi, deliraba de fiebre en una celda de palacio.
Me habló de ti, te culpaba de su desgracia.
Al principio pensé que aquello era producto de sus desvaríos, pero al borde de la muerte, en ese instante de aparente mejoría y clarividente lucidez, me dijo que habías ido a buscarme a La Canea y que lo habías canjeado por información sobre mí.
—Suspiró afectado, sonrió emocionado y besó la punta de mi nariz—.
Fue aquello lo que me dio las fuerzas necesarias para resistir.
—¿Encontraste las pistas que te dejé en mi cuarto, por eso llegaste hasta mí?
Su ceño se acentuó y su expresión confusa me desconcertó.
—No. Cuando llegué, la casa estaba cerrada. Habían clavado tablones en las puertas y en las ventanas con carteles ofensivos y cruces pintadas.
—¿Entonces? —inquirí curiosa.
—Acudí a la única persona que podía saber de ti: Leonardo.
Fui a su casa y él sólo me dijo que te habías marchado a Padua, pero desconocía a qué parte.
Me invitó a cenar y, aunque me negué, insistió.
—Hizo una pausa y su rostro se ensombreció—.
Me dijo que te había pedido matrimonio y que lo habías rechazado, me confesó que me envidiaba y que te hiciera feliz por ambos.
Que él se quedaba con tu recuerdo y con tu réplica.
—¿Mi réplica?
Asintió y repasó el contorno de mis labios con gesto reverente, como si estuviera ante un icono sagrado. Sus ojos, fijos en mi boca, preñaron su expresión de un anhelo tan agudo que forjó una mueca casi dolorosa.
—La repisa de su chimenea exhibía la pieza más hermosa de su colección —murmuró embriagado en mi rostro—.
Era un hada de cristal, de una exquisita minuciosidad en los detalles.
Eras tú, tu rostro, tu cuerpo, tu cabello, y todo en vidrio coloreado.
Tenía las alas desplegadas, casi parecían aletear ante la viveza del modelado.
Una bellísima obra de arte que me robó el aliento.
—Hizo otra pausa, sus dedos mariposearon por mi rostro, su semblante casi hechizado me abrumó—.
No fue fácil estar ante un hombre que te ama con semejante veneración y que además posee una nobleza fuera de lo común.
Sentí celos, pero también comprensión, pues lo que no concibo es que no te amen.
Además, saber que renunciaste a él incluso pudiendo estar yo muerto.
.. —Su mirada se veló emocionada—. Casi me derrumbé cuando vi aquella figura.
Era de una belleza tan etérea pero, al mismo tiempo tan rotunda, que no pude evitar acariciarla con la punta de los dedos.
Ver mis propios celos en los ojos de Leonardo consiguió forjar una peculiar complicidad entre nosotros, pues comprendimos que no éramos rivales, que tú habías sido fiel a tu corazón y que, aunque yo era el afortunado, él no era el perdedor, pues te tenía y te llevaba consigo.
En aquella delicada pieza había volcado su amor por ti, y con él viviría. Me hizo prometerle algo.
Delineó el óvalo de mi rostro con infinita ternura antes de proseguir:
—Que si él moría antes que yo, yo debía custodiar su hada de cristal.
—Mi corazón fue tuyo desde la primera vez que te vi —susurré—, y no es justo para nadie que te entreguen un pecho vacío.
—Arriesgaste tu vida por mí. En Venecia me enteré de tu valiente apuesta, de tu ardid para venir en mi busca enfrentándote al mismo dux . Y yo me pregunto qué hice para merecer a la gran mujer que tengo enfrente, y cómo poder demostrarle que soy y seré suyo por toda la eternidad.
Dejé escapar un suspiro y parpadeé tratando de aclarar la mirada. Las perlas traslúcidas y saladas engarzadas a mis pestañas se derramaron por mis mejillas, trazando sinuosos senderos que sus labios borraron.
—Abrázame y no me sueltes nunca —le pedí.
—Nunca, amor mío, nunca.
Enlazó sus brazos en torno a mí con un gemido estrangulado que escapó de sus labios. La emoción nos constriñó con la misma fuerza que ese abrazo.
Hicimos el amor tendidos en aquel mullido manto de hojas, volcando en cada caricia, en cada beso, la angustia sufrida y la dicha compartida, reafirmando en esa entrega aquel amor que nos reventaba el corazón y nos incendiaba el alma.
Por fin juntos.
Por fin felices.
Por fin libres.