CAPÍTULO 50
D OS INICIALES , UN FINAL
Pasó el tiempo y Lanzo fue declarado desaparecido oficialmente, aunque todos lo consideraron muerto. Y, como tal, su viuda recibió el pésame de sus convecinos.
Yo fui la única que no lo veló, que no derramó una lágrima, que lo esperó. Yo sabía que seguía vivo, como aquella otra vez en que había desaparecido haciéndome creer que estaba muerto, porque así lo sentía mi corazón.
Ese vínculo que nos unía continuaba tenso y vibrante, pues si él ya no hubiera respirado, parte de mí habría dejado de hacerlo.
Lanzo era Alonza y Alonza era Lanzo, compartíamos todas las letras, y esa «A» que sobraba era la de un amor inconmensurable que ni el tiempo ni la distancia podrían borrar nunca.
Y, mientras esperaba, fingía vivir.
La guerra empobreció al Estado y el dux elevó los impuestos y exigió que cada ciudadano aportara parte de sus riquezas a la causa para evitar que los otomanos tomasen Venecia.
Comenzaron a encarcelar a todas las meretrices, requisándoles sus pertenencias y confiscando todos sus bienes, alegando que la permisividad con la concupiscencia había traído la desgracia a la ciudad, una burda excusa para robarnos.
Y, ante mi inminente arresto, decidí guardar mis joyas y los escudos ganados en la apuesta en un lugar donde a nadie se le ocurriría mirar.
Tan sólo a quien conociera mi historia y lo más profundo y recóndito de mis pensamientos, a alguien tan cercano a mí que pudiera adivinar mi proceder.
Tras mi regreso de Candía, tuve que reconocerme una gran verdad, que la colaboración entre hombre y mujer era necesaria. Esa compenetración entre ambos géneros era lo que realmente elevaba al ser humano a un nivel superior.
No obstante, y a pesar de sentirlo vivo, mi corazón languidecía con el paso del tiempo.
Podía ver la negligencia como una solución y, aun así, no esperar que la vieran los demás, como podía ver una esmeralda en mitad del mar como refugio de su inmensidad. Cualquier cosa era válida para escapar de pensamientos funestos y aferrarme a la esperanza bajo la piedra de mi nombre.
Como le había pedido a mi partida, Concetta compró una bonita casa de campo en los alrededores de Padua y, pese a que solía visitarlas semanalmente, mis obligaciones regentando el negocio me ataban a Venecia.
Aunque el verdadero motivo de mi permanencia en una ciudad convulsa y tensa por el desalentador desarrollo de la guerra con los otomanos era otro.
El antaño esplendor de aquella mágica urbe apenas titilaba ya.
El declive apagó el chispeante ánimo de los venecianos.
El varapalo al floreciente comercio incidió en el desgaste económico de una guerra que ya se vislumbraba perdida.
Y, como siempre ocurría, cuanto más oprimida estaba la población, la Iglesia se crecía alimentándose de la vulnerabilidad y los miedos para obtener más poder.
La antigua permisividad con ciertas conductas y oficios se evaporó, y se tornó rígida e intolerante.
La Inquisición comenzó a tener más presencia escuchando denuncias y actuando en consecuencia.
De nuevo, tal como había sucedido con la gran plaga de 1631, se reforzó la culpabilidad a la inmoralidad como causante esta vez del azote otomano.
Y la gente acudía en tropel a las capillas de la ciudad a pedir perdón y a prometer seguir fielmente los mandatos de la Iglesia.
Entonces más que nunca, la amenaza del infiel encendía la adormecida chispa cristiana en el corazón de los ciudadanos, convirtiéndolos no sólo en beatos manipulables, sino en guardianes de la moral ajena, casi tan inflexibles y severos como sus católicos mandatarios.
Y, así, transcurrió un año tan duro como desolador.
Estábamos a mediados de 1646 y la guerra continuaba más virulenta que nunca, mermando las milicias venecianas y forjando nuevas alianzas que reforzaran su delicada situación.
Los otomanos tomaron un importante bastión en Candía, la ciudad de Rétino, aunque, como contrapunto, no consiguieron invadir Dalmacia, y las tropas venecianas lograron no sólo mantener su posición, sino recuperar estratégicos enclaves.
Y yo, yo me preguntaba dónde estaría Lanzo y cómo.
Y la segunda cuestión me angustiaba incluso más que la primera.
Barajé mil respuestas, dibujándome esperanzas con tinta que no terminaba de secar y el tiempo se empecinaba en borrar.
Pero, pertinaz, las sobrescribía una y otra vez, convenciéndome de que tarde o temprano regresaría a mí.
Y si algo aprendí en aquellos duros momentos era que cuanta más negrura me rodeara más luz debía sacar de mi interior.
Lo único que me sostenía, aparte de mi inquebrantable esperanza, era Gina. Aquella hermosa niña de rebeldes rizos castaños e inmensos ojos turquesa alborozaba mi corazón como ninguna otra cosa en el mundo. Además, la vida en Venecia comenzaba a ser peligrosa.
Se había creado una especie de milicia popular que combatía con insultos, ofensas y alguna que otra agresión la inmoralidad de sus convecinos.
Por supuesto, las meretrices éramos condenadas públicamente.
Comenzaron a lanzarnos toda clase de verduras y frutas en mal estado, y luego fueron piedras y baldes de agua; alguna acabó en el canal y otras, golpeadas.
Esos grupos sectarios se paseaban con carteles condenatorios y rezos fervorosos.
Solían apostarse frente a mi casa para sermonearnos a voz en grito, insultarnos o aporrear con violencia la puerta y romper los cristales.
Como evidente consecuencia, los clientes dejaron de acudir.
La decadencia invadió cada rincón y yo temí que un día nos arrestaran o simplemente nos ajusticiara el populacho.
Debía abandonar Venecia cuanto antes y cerrar el negocio por la seguridad de todas.
Pero, antes, decidí esconder en mi cuarto mis documentos y los de Carla, una pista y una nota sobre mi paradero, la casita de campo en Arquada, una aldea en los alrededores de Padua.
Elegí un lugar en mi cuarto del ático y decidí marcarlo con un objeto simbólico que sólo Lanzo podría descifrar y Leonardo elaborar.
Fue una conmovedora despedida la nuestra.
Tras una última propuesta de matrimonio, que rechacé lo más dulcemente que pude, Leonardo me pidió tan sólo un beso más y yo se lo concedí.
En mis labios se grabó su amor no correspondido y su pasión insatisfecha, y en los suyos mi admiración, mi gratitud y mi cariño.
También la tristeza selló aquel último beso por una despedida definitiva, aunque teñida de buenos deseos.
Su última frase quedó asimismo en mi recuerdo y en mi corazón: «Nunca desaparecerás de mi vida, Hada de Cristal, pues te llevo en lo más profundo de mi alma.
Y, cuando cierre los ojos por última vez, serán los tuyos los que vea».
Días más tarde, partí rumbo a Padua, cerrando la casa para siempre, al menos bajo mi tutela.
Pasaron los meses y la plácida vida en el campo, junto a mi niña y la enérgica Concetta, lograron que no me volviera loca, pues pasaba las noches soñando con sus brazos y los días imaginándolo en cada rincón.
Solía mirar continuamente el camino de entrada a la finca, y cada galope de caballo o traqueteo de carruajes aceleraba mi pulso para sumirme en un profundo abatimiento cuando pasaban de largo.
También solía pasear por el robledal que circundaba la propiedad sola, liberando mi pena sin que nadie la presenciara, presa de una nostalgia tan desgarradora que sollozaba contra el rugoso tronco de un árbol y gemía lastimera mi pena al viento de la montaña.
Y fue en uno de aquellos paseos cuando vi una marca reciente grabada con algo punzante en el tronco de un roble: una «A» y una «L» entrelazadas.
Mi corazón se detuvo un instante para bombear atropellado a continuación, preso de una emoción que aceleró mi pulso.
Miré en derredor agitada y ansiosa, esperando verlo asomar entre la espesa vegetación, pero nada ocurrió, nada oí y nada vi.
Sin embargo, estaba allí.
Deambulé siguiendo el sendero, descubriendo exaltada otra marca igual en otro árbol.
Fui avanzando mientras buscaba las huellas blanquecinas en la oscuridad de la madera y fueron ellas las que me guiaron hasta un pequeño cobertizo destartalado.
La puerta abierta colgando de sus goznes evidenciaba que estaba vacío, pero en aquellos tablones frontales habían grabado el emblema con nuestras iniciales.
Corrí impaciente hacia el interior y, clavado en la pared del fondo, me encontré un pergamino raído y sucio. Me acerqué y la primera frase que leí desbordó mis ojos de lágrimas:
Querida Alonza:
No sé si volveré a verte, no sé siquiera si leerás esta carta algún día, posiblemente no, aunque todavía conservo la esperanza de que nos canjeen por prisioneros...
Un profundo sollozo desgarró mi garganta y aflojó mis rodillas.
Continué leyendo entre hipidos y lágrimas, temblando con cada palabra, sintiendo su profundo amor, desgarrada por aquella misiva que sonaba a despedida pero que en realidad era un reencuentro.
En el párrafo final creí desfallecer, ávida de sus brazos y hambrienta de su contacto...
Mía, mi Alonza, así suenan mis latidos, y en mi último suspiro esa «A» penderá en el aire y te buscará. Quizá lo oigas allá donde estés, porque donde tú estés, allí estaré yo.
Siempre a tu lado, amor mío.
Si alguna vez el amor tuvo otro nombre, fue el nuestro.
Cubrí mi boca con la mano sofocando los sollozos con gesto trémulo. Con la mirada anegada en lágrimas y el corazón transido, salí del cobertizo mirando a mi alrededor con tal intensidad que me escocieron los ojos. Me sepultó un implacable anhelo que resultó físicamente doloroso.
—¡Lanzooo..., amor mío! —gemí rota.
Y entonces oí el crujido de unos pasos sobre las cobrizas hojas del otoño que cubrían el lecho del bosque.
Contuve el aliento cuando la figura de un hombre con un abrigo negro apareció ante mí.
Era él.