Meretrice CAPÍTULO 55 #3
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CAPÍTULO 55 #3

Siento ya las contracciones y cómo mi cuerpo hierve de vida. Es una sensación tan maravillosa que es un regalo poder sentirla, más cuando tenía pleno convencimiento de que era algo imposible para mí.

¡Un hijo nuestro, amor mío! Todo ha merecido la pena, Lanzo, todo, sólo por estos dos años de desbordante felicidad a tu lado, por este hijo que nos unirá siempre y que te ayudará a vivir sin mí.

No culpes a nadie de mi pérdida, pues no hay más verdugo que el destino. Todos tenemos un tiempo en esta vida y el mío se agota.

He vivido intensamente, he amado apasionadamente y he luchado incansable, y aunque mi deseo era envejecer a tu lado, no me queda más remedio que aceptar mi final. Es curioso, cuanto más viva me siento, más alargada es la sombra de la guadaña sobre mí.

¡Te amo tanto que no hay palabras en el mundo ni gestos suficientes para demostrarlo! Por eso sé que volveré a encontrarte, mi amor, porque una vida no es suficiente para nosotros.

Tuya, mi Lanzo, por siempre... En mi último suspiro enlazaré nuestras iniciales para que se busquen.

Siempre a tu lado, amor mío.

Salí abruptamente de aquella ensoñación cuando la lancha comenzó a escorarse por el peso del agua.

Cuando intenté apartarme de Ornella, que clavaba en mí una mirada vacua y ya sin vida, me di cuenta aterrada de que había atado mi muñeca a la suya.

Forcejeé histérica y grité mi pavor, sólo logrando que el cuerpo de la mujer se abalanzara sobre mí.

Su peso y la inclinación de la cubierta me arrastraban al mar.

Conseguí aferrarme a la borda, pero el cuerpo de Ornella cayó al agua, convirtiéndose en un pesado lastre que no supe cuánto iba a lograr aguantar.

Detecté de soslayo un movimiento a mi izquierda. Atónita, comprobé que Luca intentaba incorporarse. Se había quedado enganchado en un rincón y la barra de la silla de control había impedido que se deslizase hacia el mar.

El peso de Ornella tiraba implacable de mí, que apreté los dientes mientras observaba cómo Luca intentaba acercarse. Había perdido tanta sangre que apenas podía moverse. Cuando vi que había conseguido quitarse el chaleco y me lo lanzaba, el dolor y la impotencia me masacraron.

—¡Nooo...!

—Vive... por mí...

—¡Luca, vuelve a ponértelo! —grité desaforada.

Pero no me contestó. Un nuevo crujido y un estertor, como si la lancha tuviera vida y la estuviera perdiendo, provocaron otra sacudida y Luca cayó por la borda.

Grité desgarrándome el pecho. Tenía que salvarlo, pues en su corazón latía el mío.

Aferré el chaleco con fiera determinación y me lo puse, no sin esfuerzo. Y entonces me solté y me zambullí en las negras aguas.

Tomé el brazo de Ornella y acerqué su muñeca a mi boca. Por fortuna era un cordel de soga que pude mordisquear. La desesperación me constreñía imaginando el cuerpo de Luca hundiéndose en la laguna.

Gruñí furiosa cuando, tras un violento tirón, la cuerda se rompió. Me quité el chaleco y me sumergí en el agua, buceando angustiada.

Los restos de la lancha continuaban en llamas, y fue esa luz la que iluminó lo suficiente mi visión para localizar el cuerpo de Luca, que descendía lánguido hacia el fondo.

Braceé alocada en su dirección, descendiendo todo lo veloz que pude.

Cuando llegué hasta él, rodeé su pecho con un brazo y me dispuse a nadar hacia la superficie.

Su peso me frenaba, pero insistí, apelando a toda mi fuerza de voluntad y hasta la última reserva de energía que me quedara en el cuerpo.

Rodeada de burbujas y ya casi sin aire, aceleré las brazadas con los pulmones quemándome y el agotamiento venciéndome. Me sentí peligrosamente mareada y redoblé mis esfuerzos.

Cuando finalmente salimos a la superficie, boqueé ávida de oxígeno y logré todavía nadar hasta un largo tablero. Lloré de furiosa impotencia cuando fui incapaz de sujetar a Luca en él. Se escurría continuamente, y a mí me fallaban las fuerzas.

En ese momento, una potente luz me cegó.

—¡Agárrese al salvavidas!

Un rígido flotador cayó a mi lado. Me aferré a él sin soltar a Luca.

Una patrulla costera se acercó y varias manos tiraron de nosotros.

Cuando caí en la cubierta jadeante y exhausta, cerré los ojos y lloré de alivio, liberando toda la angustia sufrida.

Un alivio que exterminó cruelmente una voz:

—Ella parece estar bien, pero él no respira.

Me arrastré hasta Luca, que, boca arriba, estaba siendo examinado por dos hombres uniformados.

—No..., no..., no..., él está vivo —gimoteé agónica.

Uno de los guardacostas volvió a comprobar las constantes vitales y negó con la cabeza.

—Lo lamento, señora, pero ha muerto.

No oí ni vi nada más, el dolor me golpeó tan violentamente que, aturdida, me abalancé sobre él y lo agité con brusquedad chillándole que abriera los ojos. Sollocé desesperada y grité su nombre, pidiéndole volver, me abracé a su pecho y supliqué que no me dejara. No..., no podía perderlo.

—Sujetadla, necesita un calmante.

Me debatí enloquecida entre brazos extraños. No sentí el pinchazo, pero sí sus efectos. La negrura comenzó a envolverme y sólo ansié no despertar.