Meretrice CAPÍTULO 48
87%

CAPÍTULO 48

L A APUESTA

Poco después, el gran Claudio Monteverdi falleció de muerte natural.

El funeral se celebró en la basílica de San Marcos.

Fueron unas exequias fastuosas, a las que asistió el dux y el Senado en pleno.

Salvo Tiziano, ningún artista había recibido semejante demostración de afecto.

No obstante, algunos pensaron que no era suficiente y organizaron otro funeral, igual de pomposo, en la capilla de los lombardos de la iglesia de Santa Maria Gloriosa dei Frari.

Fue enterrado ahí, en el último ábside del evangelio.

Una multitud se arremolinó en la gigantesca iglesia para darle el último adiós.

Cuando el sepulturero, vigilado por los entristecidos rostros del público, selló la tumba, un individuo uniformado con el hábito de los cantores de la capilla ducal se abrió paso entre la multitud y se arrojó encima de la lápida sollozando y rogando a grandes voces el perdón de Dios.

Era Domenico Aldegati, con quien Monteverdi tuvo un pleito porque el cantante lo injurió en público acusándolo de ladrón, aunque luego se arrepintió avergonzado por tal infamia cuya víctima era un hombre de tal edad y rango, tan querido por los venecianos.

Y allí, tirado sobre su tumba llorando desconsolado, juró que mientras él viviera habría siempre flores frescas sobre su tumba. Y, en efecto, siempre hubo una rosa blanca sobre ella.

Pasó el tiempo y yo seguí recibiendo amenazas de muerte, por lo que reforcé la seguridad de mi casa y amplié mi escolta. Hasta que un día me llegó una carta diferente.

Me citaba en un lugar curioso, el pozo que había frente al palacio Contarini del Bovolo, muy cerca del Rialto, con dos exigencias: que fuera sola y que llevara el libro con su mensaje descifrado.

No fui sola, y aunque Lanzo se ocultó, debían de saber que estaba acechando, pues no aparecieron.

No hubo más cartas, pero sí una respuesta.

Lanzo recibió un requerimiento del Estado para alistarse en la flota del capitán Biagio Giuliani, ya que el sultán otomano Ibrahim I había declarado la guerra a Venecia.

Debía partir de inmediato para reforzar los dos fuertes venecianos al nordeste de La Canea que custodiaban el estrecho de Dardanelos, la frontera entre ambos continentes, por donde se esperaba que comenzara la conquista otomana.

—Te mandan al frente, al punto más candente y peligroso —musité angustiada.

Desde la llegada de la primera amenaza había decidido pasar todas las noches conmigo.

En realidad, pasaba más tiempo conmigo que en su casa.

Todos sabían que yo era su amante oficial y él el mío, pues desde la muerte de Carla yo no había vuelto al oficio.

Tan sólo regentaba el negocio y percibía mi porcentaje.

Lanzo me abrazó y yo me acomodé sobre su pecho.

Estiró las arrugadas sábanas y nos cubrió con ellas.

Nuestro deseo permanecía inagotable a pesar de colmarlo cada noche, y aquella efervescente pasión que nos consumía nos unía de un modo mágico.

No era una simple entrega física, era tan profunda y tan espiritual que a través de nuestros cuerpos se enlazaban también nuestras almas.

Y no sólo mediante el goce carnal, sino que era capaz de hacerme el amor con una dulce mirada, una tierna sonrisa o una simple conversación.

Aquel año fue el más dichoso de toda mi vida.

Gina también la iluminaba con su sola existencia. Ser madre inundaba mi corazón de gozo y plenitud, e incluso Lanzo había traído alguna vez a su hijo para que jugaran juntos.

Recorrí con mis dedos su vasto pecho trazando imaginarias líneas errantes y sinuosas, observando cómo su respiración lo henchía.

—Me mandan a una muerte segura, y no puedo negarme —contestó circunspecto—, y el dux lo sabe. Lo que me lleva a pensar que es justo lo que busca.

Alcé mi rostro hacia él con semblante inquisitivo.

—Busca apartarme de ti y eso sólo puede significar una cosa.

—¿Qué?

—Que él es el miembro oculto.

Abrí los ojos como platos, atónita. Tragué saliva e intenté asimilar aquella reflexión tan inquietante.

—Alguien dentro de palacio nos permitió celebrar las reuniones en la cámara, y dudo que el dux no estuviera al tanto.

Y si algo tengo claro es que no es un hombre que haga nada sin aguardar un beneficio.

Luego te citaron frente al palacio de los Contarini, y no fue una mera casualidad, Alonza.

Ellos son la familia más cercana al dux, y posiblemente el emisario que pensaban enviarte era una persona de confianza.

Y ahora esto. Saben que estamos juntos, suponen que yo he descifrado el libro o me incitan a que lo haga amenazándote.

Pero también creen que, alejándome de ti, serás más fácil de amedrentar.

—Huyamos, Lanzo —mascullé atemorizada. Si el gran dux estaba detrás de toda esa trama, éramos simples peones en su mano.

—Es lo que había pensado —respondió mirándome con gravedad—. Podemos embarcar rumbo a las Indias, o a cualquier otro reino donde la mano del dux no alcance. Viajaremos con los niños.

Ya sabía que Bianca ignoraba al pequeño Renzo, que de su cuidado se hacía cargo su niñera y que lo desdeñaba cuando tenía ocasión, por lo que alejarlo de ella, de una mujer tan vil, sólo supondría ventajas para el chiquillo.

Curiosamente, a pesar de ser un niño guapo, no guardaba ningún parecido con su padre, pero tampoco con su madre, lo que había despertado mis serias dudas sobre su paternidad, pues a quien realmente se parecía y de manera asombrosa era a Marco.

Y, aunque Marco y Fabrizio compartían rasgos físicos y la gente comparaba al niño con su fallecido abuelo, sin sospechar siquiera que pudiera ser hijo de Marco, tanto Lanzo como yo sabíamos que lo era.

Como sabíamos que el nuevo embarazo de Bianca también era de él. Principalmente porque Lanzo no la había tocado.

Paradójicamente, la mujer de Marco no podía darle hijos, quizá por eso él cohabitaba con Bianca, y porque debía de sentir un perverso placer usando como vasija de su linaje a la mujer de su odiado hermano.

No obstante, Lanzo quería a ese niño, y hasta yo misma le profesaba un profundo afecto.

—Ya imagino nuestra vida lejos de aquí —sonreí soñadora.

Me besó la punta de la nariz y sus límpidos ojos azules refulgieron tan ilusionados como los míos.

Al día siguiente, me trajo un regalo.

Era un cofre abierto con un colgante de plata en su interior que llevaba nuestros nombres bellamente enlazados. Reconocí el dibujo: era el mismo diseño que el que Lanzo había plasmado en aquel pergamino que yo encontré en su habitación de Padua.

—Es más de lo que parece y menos de lo que debería. Encierra nuestro destino y abre nuestro corazón.

Me lo puso al cuello y lo admiró descansando refulgente entre mis senos.

—Sin duda, ése es el lugar para el que fue creado. Y en el que me gustaría morir a mí.

La única muerte ese día fue la del deseo que nos consumía, pero como siempre ocurría, fue una muerte temporal.

★ ★ ★

Una semana después, mientras ultimábamos ya los últimos trámites de nuestra huida, Lanzo fue arrestado en su botica por la guardia del dux.

Lo esposaron a una galera y partieron con él en las bodegas rumbo a Candía.

Nada pude hacer por evitarlo. Acudí a magistrados, abogados, incluso al propio dux, pero todos coincidían en lo mismo: era su deber como noble supeditado al Estado.

Su detención se debió a una denuncia sobre una posible deserción puesta por su hermano Marco, que embarcó con él en la misma galera para demostrar su honorabilidad y su lealtad al Véneto.

Sin duda Bianca debía de haber sospechado al respecto y había puesto al corriente a Marco, malogrando así nuestro plan.

Dispuse todo para forjar uno nuevo, más arriesgado e inconsistente, pero el único posible: alistarme en la flota del dux para combatir a los moriscos. Y ya tenía ideada la forma de proponer aquella atrevida decisión de una manera rentable, además, con una apuesta.

Había contratado a Concetta como ama de llaves y mi intención era que ella criara a Gina si yo no regresaba.

Mi deseo, en tal caso, era que ella dispusiera de mis ganancias para adquirir una casa en el campo, donde ella eligiera, lejos de Venecia, donde vivir una vida cómoda y tranquila.

También tenía un plan para la última página del libro sagrado donde Lanzo había transcrito la clave el enigma que encerraba, y para ello necesitaba de la ayuda de Leonardo.

Lo escondería donde nadie ajeno a nosotros pudiera encontrarlo, dejando una serie de pistas que únicamente Lanzo podría seguir si yo no sobrevivía.

Custodiado por Hades, para que sólo un valiente Orfeo pudiera atreverse a adentrarse en su reino.

Aquella noche elegí para la ocasión mi mejor vestido, en tonos rojos y verdes, tachonado de pedrería, suntuoso y regio, y acudí a la recepción que el dux ofrecía por su cumpleaños.

La impaciencia me carcomía por dentro ante los desoladores informes sobre el avance otomano.

Casi tuve una crisis de nervios cuando oí de boca de Leonardo que el capitán Biagio Giuliani, al mando de la defensa de aquellos dos fuertes en una pequeña isla al nordeste de La Canea, se había enfrentado a un asedio tan feroz que había preferido volar uno de los fuertes antes que rendirlo, que ocasionó la muerte de casi quinientos otomanos.

El otro fue tomado por el enemigo tras rendir la plaza.

La toma de estos puertos brindó acceso a las galeras otomanas.

Muchos milicianos venecianos murieron en aquel cruento asedio, otros pudieron escapar, y yo pedí al Altísimo que esa vez sí me escuchara y fuera Lanzo uno de ellos.