CAPÍTULO 48 #2
La sala estaba repleta y la encopetada concurrencia, que graznaba carcajadas, picoteaba elaboradas viandas y aleteaba con efusiva pompa cual soberbios pajarracos en pleno cortejo, sería mi público en la estudiada interpretación que estaba a punto de ofrecer.
Pensé en aquel momento en Vico Grossi y en Martia, los actores principales de aquella compañía de teatro ambulante, y supe que ese día sí podrían estar orgullosos de mí.
Me acerqué al grupo donde el dux conversaba con un miembro del Consejo de los Diez sobre la delicada situación de la guerra de Candía, y saludé a la mujer del magistrado mientras ponía atención a la tertulia de los caballeros, todos preocupados por los avances otomanos.
Cuando el dux, Francesco Erizzo, reparó en mí, se puso rígido, a todas luces nervioso. Le sonreí de manera forzada, dibujando una mueca manifiestamente cínica.
—Qué honor contar con la presencia de la perla más hermosa de toda Venecia.
Le ofrecí la reverencia exigida y él me tendió la mano: le dirigí mirada fue insolente y retadora.
—En estos momentos en que el reino pasa por situaciones tan preocupantes —comencé alzando la voz intencionadamente—, me gustaría dejar de ser una perla para convertirme en la bala de un arcabuz.
Resonaron risas a mi alrededor, los hombres me miraron divertidos y las mujeres fruncieron el ceño reprobadoras.
—Gozáis de un agudo ingenio, meretriz, aunque no sean chanzas lo que se espera de vos.
Esbozó una sonrisa sardónica y un gesto fatuo que me acicateó, cosquilleando la punta de mi lengua con un picor de latente impertinencia.
—Tampoco se espera de mí ni de ninguna otra mujer que sea capaz de defender su reino. Pero tenemos dos manos y dos pies como cualquier hombre y, si podemos sujetar el peso de un niño, no veo por qué no el de un arcabuz.
Me giré hacia la concurrencia, trazando con el brazo un arco en el aire para acaparar la atención de los presentes.
—¿Acaso una mujer de baja casta no carga con pesos diariamente, con trabajos físicos muy duros, con situaciones peliagudas que debe resolver, con el sufrido esfuerzo de traer hijos al mundo y con aguantar a un patán por marido? Pues si ellas pueden, las de alta casta también.
Una asombrada exclamación resonó en el amplio salón como el arrullo de una ola muriendo en la orilla.
—No es comparable al mérito de un soldado que arriesga su vida y lucha a muerte con destreza, entrenado en tales lides —rezongó el dux contrariado.
—Cierto —convine—, entrenado. Yo aquí, ante todos los presentes, afirmo que una mujer entrenada puede desempeñar el mismo papel, pero con más arrestos.
Los escandalizados murmullos se elevaron condenatorios. La mirada de Erizzo refulgió ofendida. Arrugó el ceño y frunció los labios con notorio desagrado.
El cardenal, a su lado, se persignó indignado. Sus gordezuelas mejillas se arrebolaron con un rubor furibundo.
—¡Eso es una herejía, una blasfemia! —acusó fulminándome con la mirada.
—No —repliqué enfrentándolo. Sonreí complacida ante su atónita expresión—. Es tan sólo un hecho fácilmente constatable.
—¿Habéis perdido el juicio, meretriz? —exclamó Erizzo.
—Mi nombre es Alonza di Pietro —repuse insolente, enfatizando mi nombre—, y no, no lo he perdido. Y para ratificar mi teoría estoy dispuesta a ofrecerme como prueba de mis afirmaciones.
—Esto empieza a ponerse interesante —opinó el duque de Mantua dedicándome una mirada admirada y un gesto pícaro—. Y ¿cómo pensáis demostrarnos semejante intrepidez?
—Convirtiéndome en soldado para luchar junto a mis compatriotas en Candía.
Los allí congregados abrieron la boca, desencajados. Una colectiva exhalación de espanto se elevó como una nube negra presta a descargar su lluvia de críticas.
—Además —me encaré con el dux, que me observaba horrorizado—, lanzo a los presentes una formal apuesta.
Mi proposición animó semblantes y trazó sonrisas interesadas.
—Cinco mil escudos cuando me enrole como miliciana en la primera galera que parta hacia Candía y diez mil si regreso con la cabeza de un otomano. Quien desee apostar deberá entregar a mi acompañante, Concetta, aquí presente —la señalé acentuando su natural rubor—, diez escudos.
Todos me miraban como si fuera una aparición. Hubo un pesado silencio, más fruto del desconcierto que de barajar realmente la apuesta.
—Y ¿cómo sabremos que no ejerceréis de vulgar ramera para la tripulación?
—Podrá llevar vestimenta de soldado, pero eso no contendrá su naturaleza licenciosa —barbotó el cardenal con inquina—.
Como toda mujer que no goza del buen juicio y el control de un esposo que inhiba sus concupiscentes apetitos y su perniciosa conducta, y que no se rige por la moralidad que imponen los evangelios, caerá en todo tipo de tentaciones rodeada de varones necesitados.
Al menos hará algo bueno: evitar la sodomía.
—En tal caso ya seré más útil que vos en la comunidad.
Otro gemido generalizado de estupefacción se extendió despertando comentarios ofensivos contra mí, la mayoría provenientes de mujeres.
Me desplacé hacia el centro acaparando toda la atención.
—Abogo por el coraje de las mujeres, las igualo a los hombres, aunque en realidad pienso que son superiores y que ellos lo saben: por eso nos temen y nos someten con leyes y mandamientos convenientemente restrictivos para nosotras.
Defiendo nuestras virtudes y ensalzo nuestro valor en una sociedad patriarcal y, a cambio, recibo vuestra cobardía.
Yo decidí ser meretriz huyendo de esas cadenas, y aunque utilicé mi cuerpo para lograr mis fines, no me arrepiento, pues comprendí que en un matrimonio de conveniencia no sólo se entrega el cuerpo, sino también todo cuanto somos.
Nos educan para ser serviles y dóciles, para anular nuestro entendimiento, y nos arrebatan la capacidad de opinar y decidir.
Nos hacen sentir culpables de ser mujeres, como si fuera una tara.
Nos vetan la cultura, las artes, el poder, la libertad.
Y mientras, ellos son libertinos, controladores y libres y se jactan de ello.
Nosotras los traemos al mundo y los cuidamos, en nuestra mano está convertirlos en hombres tolerantes que nos miren como a un igual, ésa es la llave de nuestras cadenas.
En un mundo gobernado por hombres, yo voy a demostraros que una mujer puede hacer lo que quiera si se lo propone.
Hice una pausa para mirarlas con feroz orgullo.
—Sí, soy meretriz —afirmé con altiva solemnidad—, porque elegí serlo. Algo que la mayoría de vosotras no ha hecho nunca, elegir su destino. Sueño con que un día no sea necesario este oficio para declararnos libres e independientes.
Esta vez el silencio presidió la sala.
Un hombre se acercó entonces a mí, me aferró con brusquedad del brazo y me arrastró hacia la salida. Me desasí con fiereza y me encaminé hacia el dux, que me fulminaba con la mirada.
Acerqué mi boca a su oreja y susurré sibilina:
—Creo que tengo algo de niebla en el ojo, quizá si aceptáis mi apuesta se aclare.
Palideció al instante, su rostro se tensó y sus ojos se abrieron desmedidos.
Luego me acerqué al cardenal, al que mi sola cercanía lograba pintar en su rostro un gesto tan despectivo que soltó mi lengua.
—Permitidme que os ofrezca cariñosos recuerdos de Marcello —murmuré en su oído—. Y siento discrepar, monseñor, pero que haya mujeres disponibles no revierte a un sodomita, ni siquiera tocado con el manto escarlata. Si Dios no ha obrado ese milagro, dudo que condene mis actos.
El cardenal enrojeció tanto como su vestimenta. Un hilillo de sudor descendió por sus sienes. Encogió tanto su cuello que su vacilante papada me recordó a la de un sapo.
—Acepto la apuesta.
El duque de Mantua alzó la mano, mostrando entre sus dedos unas monedas. Dirigí una mirada a Concetta, que, tan atónita como el resto, pero con expresión admirada, se aproximó con su bolsa abierta para guardar los diez escudos del duque.
El hombre, tan distinguido como atractivo, se acercó a mí, y esta vez fue él quien susurró en mi oído:
—Sois una mujer tan excepcional que a vuestro regreso pagaré lo que me pidáis por una noche. Me rindo a vuestros pies, Alonza di Pietro.
Sonreí seductora, aunque mi precio jamás estaría ya al alcance de nadie que no poseyera mi corazón. Y sólo tenía un dueño, que encontraría, aunque tuviera que atravesar medio mundo.
Al punto, comenzaron a elevarse manos y Concetta no dejó de deambular por el salón llenando su bolsa. Entre lo recaudado esa noche y los cinco mil escudos que obtendría a mi partida, tendría suficiente para una casa y una vida acomodada. Parte de mis joyas y mis ahorros irían para Berta y Aldo.