Meretrice CAPÍTULO 47 #2
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CAPÍTULO 47 #2

La estreché contra mi pecho y la rodeé con el lienzo, riendo entre lágrimas y agradeciendo a quien estuviera ahí arriba aquella nueva vida que ya sentía parte de la mía.

Cerré los ojos emocionada y temblorosa y la acuné dulcemente. Cuando los abrí de nuevo, descubrí los de Lanzo fijos en mí, y su semblante afectado me conmovió. Le sonreí y me sonrió, orgulloso e impresionado. El amor que afloraba de su tierna mirada caldeó mi aterido corazón.

A continuación, volvió a centrar toda su atención en la sutura, y esta vez fui yo quien lo miró con absoluta adoración. Su dedicación y su lucha sin tregua por salvar una vida hicieron que comprendiera que aún podía amarlo mucho más.

—Venda su brazo, luego le echo una ojeada —me aconsejó.

Deposité al bebé en mi regazo, comenzó a bracear e incrementó su llanto. Rasgué una tira del lienzo que la envolvía y, con delicadeza, comencé a vendarlo; parecía un rasguño superficial, comprobé suspirando aliviada. De nuevo la envolví y la sujeté contra mi pecho: dejó de llorar al instante.

Entonces fijé mi vista en Chloe. Estaba extremadamente pálida, y eso que ella ya lo era.

Aun así, su semblante se veía sereno, parecía dormir plácidamente.

Lanzo había comenzado a cerrar las heridas de puñal con aplicado esmero, cruzando habilidoso los puntos y cerrándolas por capas.

Ver la minuciosidad de su trabajo distrajo momentáneamente mi mente de mi preocupación principal: la vida de Chloe.

Pensé que el destino no podía ser tan infame arrebatándome a Chloe y a Carla la misma noche. La muerte ya se había cobrado una buena pieza con ella. Chloe tenía que vivir. Y, sin embargo..., a mi mente acudían las palabras de aquella adivina profetizando el ataque y su muerte.

—Es cuanto puedo hacer —musitó Lanzo poniéndose en pie y cubriéndola con la manta que habíamos dejado a los pies de la cama—.

Ha perdido mucha sangre y está muy malherida.

El bebé ha tenido suerte, pero creo que ella no la tendrá.

La herida bajo sus costillas me preocupa, si ha dañado el pulmón, no tardará en morir —pronosticó mirándome con gravedad.

Se lavó las manos en el agua rosada de la jofaina. Enjuagó sus vigorosos antebrazos limpiando la sangre adherida y se secó con un lienzo mientras miraba a Chloe con un profundo ceño preocupado.

Inspiré una gran bocanada de aire que me supo a miedo y me acerqué a su lado. Deposité a su hija en la cama junto a ella y las cubrí con la manta.

—Ponla mejor sobre el pecho de su madre —aconsejó Lanzo.

Así lo hice, y luego las arropé bien. Me senté en la silla junto a la cama y me limité a mirarlas, suplicando para mis adentros que mi amiga viviera.

—Yo he de irme —anunció entonces Lanzo, bajándose las mangas de la camisa y colocándose el jubón.

Parecía agotado, su rictus continuaba tenso, pero sus ojos rebosaban tristeza, cansancio y una tenaz determinación que seguramente era lo que lo mantenía en pie.

Se puso el abrigo con movimientos secos y urgentes, limpió su daga y la enfundó en su cinto, junto a su espada. Ver aquella larga vaina me recordó lo que pensaba hacer a continuación.

Me puse en pie y me dirigí a él.

—Prométeme que tendrás cuidado —murmuré posando mis palmas en sus anchos hombros y mirándolo angustiada.

Él asintió con una mirada penetrante que luego posó en mi boca, evidenciando su deseo.

Acerqué mis labios a los suyos, tan anhelante como él, y lo besé con ansia. Como si aquel gesto fuera el alivio a tanto dolor, el bálsamo a nuestras heridas, el lugar donde refugiarnos de tan cruda realidad.

Me ciñó con fuerza contra su pecho y yo me alcé de puntillas para responderle con la misma pasión. Y, así, enlazada a su nuca, como siempre sucedía, me perdí en él.

Cuando nos separamos, nuestros ojos brillaban y nuestros corazones resplandecían en el conocimiento de que ese amor que nos había unido casi de niños jamás se extinguiría, pues ni la distancia, ni el tiempo ni mil vidas podrían apagarlo.

—Regresaré...

Y en aquella única palabra se encerró una promesa que intuí eterna.

Se giró hacia la puerta y, antes de que la cruzara, el vacío ya arañó mi alma.

El frío comenzó a cercarme, aguardando a que el calor de su abrazo se diluyera para morderme.

La soledad, no física, sino emocional, acrecentó la desgarradora incertidumbre por el destino de las dos personas que más quería en el mundo.

Me senté de nuevo e hice lo único que podía hacer: rezar a un Dios que pocas veces me había escuchado.

★ ★ ★

Chloe despertó ya entrada la mañana para ver a su hija dormitando sobre ella, para besar su frente y para saber que era una niña.

Me sonrió dulcemente, orgullosa y emocionada.

Nos abrazamos y lloramos juntas, y, aunque la vi resplandecer, supe que aquello era una despedida.

No obstante, le hablé de planes de futuro, de que envejeceríamos juntas y de un sinfín de nimiedades mientras la implacable Parca descargaba su guadaña sobre ella.

Expiró con una sonrisa en los labios mirando a su pequeña Gina.

Quise gritar mi dolor, aullar mi pena y maldecir a la muerte por acogerla, a la vida por despreciarla, y a ese Dios sordo y mudo que permitía que los demonios camparan impunemente entre nosotros, regalándonos infiernos como aquél.

Y en ese instante supe lo que debía hacer ante la pasividad de aquel ser supremo, mero e indiferente espectador de desgracias ajenas: impartir justicia.

Fue esa firme decisión lo que me dio la fortaleza necesaria para disponer su entierro, para enfrentarme a las chicas anunciando la muerte de Carla y mi nueva condición como dueña y señora de la casa y del negocio, y para asimilar que acababa de ser madre.

Y, mientras mi vida tomaba un nuevo rumbo, las palabras de Carla resonaban cada vez más claras en mi cabeza sobre lo innecesario de matar para acabar con un hombre: «Es tan fácil como desproveerlo de cuanto posee y cuanto ama.

Como arrebatarle su dignidad, su orgullo y sus posesiones.

Convertirlo en un ser despreciado por la sociedad, vilipendiado y deshonrado.

Arrancarle el corazón, la dignidad y cuanto lo convierte en hombre, reduciéndolo a un simple despojo».

Ése sería el destino de esos demonios, y mi primer objetivo era un joven conde.

Piero Rossi murió en aquella alba trágica, rodeado de misterio, pues lo encontraron estrangulado sobre el escritorio de su despacho, aunque no se vio entrar ni salir a nadie de su casa. Y, como prometió, Lanzo regresó días después para ofrecerme consuelo, pero un abrazo no fue suficiente para mí.

Yo me había instalado en el ático, pues no quería volver a mi antiguo cuarto ni ocupar el de Carla, y fue ahí donde lo recibí.

Tras el abrazo, llegaron los besos, las caricias, los susurros y el deseo.

Pero no un deseo cualquiera, no, sino uno que devoraba con tal desesperación que no parecía colmarnos por mucho que nos amáramos.

Fue una noche inolvidable, pasional y mágica.

Nos entregamos como nunca antes, jurándonos amor eterno, fundiéndonos entre lágrimas, convirtiéndonos en animales salvajes, marcándonos a fuego con un amor que nos quemaba por dentro, para terminar acurrucados uno contra el otro, prodigándonos caricias dulces y tiernas miradas.

Trémulos de placer y embriagados de amor, nos separamos sabiendo que él volvería a buscarme, o yo a él.

Que nuestras vidas y nuestras responsabilidades nos conducían por caminos separados, pero que siempre habría un puente entre ellos donde nos encontraríamos para alejar el frío al que una vida no compartida nos abocaba.

Leonardo también venía a verme preocupado por mi bienestar.

Me había ofrecido matrimonio y criar a Gina juntos, apartarme de aquella vida licenciosa y hacerse cargo de mí.

Esta última frase fue lo que reafirmó mi decisión de continuar sola, haciéndome cargo de mí misma, sin necesitar el amparo ni depender de nadie, y menos de un hombre.

También fui sincera con él respecto a mis sentimientos por Lanzo, aunque ya los conocía sobradamente; no le suponían un problema, al parecer.

No obstante, éramos amigos y venía a visitarme a menudo.

Despedí a Francesca y a Giovanna de la casa del placer y contraté a dos prometedoras y bellas jóvenes que pronto se convirtieron en la delicia de los cortesanos.

Comencé a difundir rumores sobre las conductas depravadas de Conti y su gusto por la sangre.

Descubrí que era muy amigo de Marco Rizzoli y aproveché ese dato para propagar una falsa relación homosexual entre ellos.

También conseguí que corriera por toda Venecia que, en realidad, no era hijo legítimo de los Conti, sino bastardo, y así, poco a poco, fui minando su reputación, su estatus y su honra.

En cuanto a Marco, empecé a hacer lo mismo.

Había heredado la flota mercante de su padre y, aunque como comerciante estaba resultando todo un fracaso, ayudé a su hundimiento con malas referencias a posibles contratos.

Extendí el rumor de un brote de peste en uno de sus navíos y de sus acuerdos fraudulentos con encubiertos espías otomanos.

El marido de Caterina cayó preso del hechizo de Paola, una de mis chicas, por lo que conseguí de él costosas joyas y valiosa información que utilicé para arruinarlo.

Bianca ya tenía suficiente desgracia sabiendo que su marido me amaba y que acudía a mi lecho.

Y así pasó aquel intenso año, hasta que un frío día de noviembre recibí una carta anónima.

Tenía en mi regazo a Gina, ya con nueve meses y tan exacta a su madre que se me encogía el corazón. Sus grandes ojos turquesas embelesaban, y su ensortijado cabello castaño enmarcaba un rostro angelical y unos labios rubí.

Mientras ella jugaba con las cintas de mi corpiño, yo revisaba el correo cuando aquel sobre sin lacre y sin remitente llamó mi atención.

Era una amenaza de muerte, clara y concisa y, debajo, un triángulo con un ojo dentro: el emblema de la Sociedad de la Niebla.

Decidí acudir a los únicos que podían ayudarme, Monteverdi y Lanzo. Ambos coincidieron en que debía irme de Venecia, cosa que ni siquiera consideré. Como medida de protección, Lanzo trazó un plan.

Escribió en la última página del libro sagrado la clave descifrada y me pidió que lo escondiera en lugar seguro.

—Quizá llegué un momento en que puedas canjearlo por tu vida —murmuró preocupado.

—¿A cambio de que un desalmado obtenga semejante poder?

—Prefiero ese riesgo al de perderte.