Meretrice CAPÍTULO 47
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CAPÍTULO 47

L A PROFECÍA

Lanzo se adentró en la casa y, a grandes zancadas, subió los peldaños de la escalera de dos en dos. Lo seguimos a la carrera hasta el cuarto de Chloe, y, cuando abrió la puerta, se precipitó sobre el lecho, donde ella gemía entre lágrimas, cubierta de sangre.

Aquella escena dantesca me detuvo en seco, haciendo que me tambalease.

Lanzo extrajo la daga de su cinto y rasgó con precisión de un tajo el corpiño de Chloe. Llevaba uno de sus mejores vestidos adaptados a su estado, algo que me indicó que había salido la noche anterior. El miedo se apoderó de mí.

Ayudé a Lanzo a desvestirla mientras le susurraba palabras tranquilizadoras.

Cuando descubrimos su torso me sentí desfallecer. Tres brechas sangrantes se diseminaban por su abultada barriga. Una bajo las costillas, otra en el centro y una tercera en el lateral. La habían apuñalado. Exhalé un gemido mortificado y miré aterrada a Lanzo.

Él se puso en pie, se quitó el abrigo, el jubón y se remangó la camisa hasta los codos.

—Necesito lienzos limpios, una jofaina con agua caliente, agua e hilo encerado —exigió con urgencia dirigiéndose a Elisa—. Y, por Dios, dime que tenéis opio en esta casa.

—Tenemos láudano, sé que lleva opio entre otras cosas y...

—No es suficiente —repuso disconforme—, necesito tintura de opio.

—Buscaré en el armario privado de la señora, es donde guarda sus hierbas.

Elisa salió presurosa del cuarto y Lanzo comenzó a explorar las heridas mientras yo acariciaba el rostro de Chloe, que me miraba dolorida y angustiada.

—Mi... niño... —sollozó contra la almohada.

—Todo va a salir bien. —Cogí su mano y besé su frente. Tenía el labio partido y la cara magullada.

—Tiene... que vivir —gimió desgarrada.

—Ambos lo haréis —musité con firmeza.

La puerta se abrió de nuevo y Elisa y otra doncella dispusieron junto a Lanzo lo que éste había solicitado.

—Sí había tintura —anunció Elisa entregándole un pequeño frasco—, también he traído el láudano.

—De acuerdo, dale un trago mientras lavo las heridas. Necesito explorarla antes de intervenirla.

Nos miramos con gravedad. Tenía que abrirla para extraer al bebé, y ya había perdido mucha sangre.

—¿Quién te ha hecho esto? —pregunté acercando mi rostro al suyo. Fui incapaz de aguantar las lágrimas al ver su rictus de culpabilidad.

—La predic... ción se cumplirá.

—¡No! —exclamé cerrando con fuerza los ojos y conteniendo fútilmente los sollozos que rompían en mi garganta. Me sacudí sofocándolos, luchando contra la rabia que en aquel momento incendiaba mi alma.

—Fui en su busca —confesó contrita—. No, no debería haberlo hecho, pero lo hice. Lo mandé llamar y lo espe... ré fuera del pala... cio. —Chloe hizo una pausa en la que un violento llanto la sacudió inmisericorde.

La abracé con fuerza mientras Lanzo limpiaba sus heridas y evaluaba los daños.

Elisa me ofreció el frasco de láudano y, tras retirar los indomables rizos de su rostro, logré acercarlo a sus labios.

—Debes beber esto, te aliviará el dolor.

Chloe asintió y consiguió dar un trago generoso. Su mueca de sufrimiento al incorporarse ligeramente me hizo apretar los dientes.

—Massimo se enfadó mu... cho —prosiguió jadeante—.

Discu... timos y me trajo a casa. Subió aquí y comen.

.. zó a golpear... me. —Contraje el rictus devastada por un profundo acceso de odio y pena que me sacudió con la fiereza de un temporal—.

Me dijo que volvería con... migo si... si perdía al niño.

No quería un bas... tardo. Yo le dije que lo ten.

.. dría, y entonces me gritó y se fue furioso.

Pe... ro luego, luego regresó y... y me atacó.

Su voz volvió a perderse entre quebrados sollozos. Tomé su mano entre las mías y la apreté ligeramente. Ella oprimió los labios cuando Lanzo presionó las heridas con un lienzo para detener la hemorragia. Levantó el rostro y me miró. Su semblante tenso y su mirada grave me hicieron temer lo peor.

—Tienes que salvarlo a él —suplicó Chloe desesperada—. Yo no importo.

—¡Por el amor de Dios! Claro que importas —repliqué furiosa sintiendo una congoja tan grande en el pecho que no podía detener las lágrimas ni mantenerme serena—. Criaremos juntas a tu hijo, lo sacaremos adelante, y yo me encargaré de que no os falte de nada. Seremos muy felices los tres.

Chloe clavó en mí una mirada desolada, cargada de remordimientos y dolor.

—Aquella adivina me avi... só, y ahora su profe... cía se cumple.

Sus palabras se entrecortaron y su rostro comenzó a distenderse preso de sopor.

Lanzo palpó su barriga intentando adivinar la posición del bebé, inspiró profundamente y desenfundó su daga. Me mordí el labio asustada y recé para mis adentros pidiendo por la vida de Chloe.

Él cogió entonces el frasco con la tintura de opio y vertió quince gotas en una cuchara. La incorporé de nuevo para que tomara el remedio, pero Chloe se negó, mirando determinada a Lanzo.

—Si... tienes que elegir, sálvalo a él.

Él asintió ceñudo y acercó la cuchara a sus labios de nuevo. Ella abrió la boca y tragó el líquido con un mohín reticente.

—¿Es necesario? —inquirí temerosa—. Quizá si le coses las heridas...

—Es necesario, Alonza, el puñal ha perforado la bolsa donde se encuentra el bebé y puede que... —Miró a Chloe, que ya cerraba los ojos aletargada.

Asentí comprendiendo que quizá el bebé estuviera muerto.

Aguardamos unos instantes a que el opio obrara su efecto. Entonces Lanzo se puso en pie y se encaminó a la encendida chimenea. Se agachó y acercó la daga a las llamas, dejando que lamieran la hoja. Luego la hizo girar, aireándola, y se acercó de nuevo.

—Quizá sea mejor que salgas —aconsejó.

—No la dejaré sola, y quiero serte de ayuda. No me asusta la sangre.

Percibí el nerviosismo de las doncellas y les ordené que se fueran. Casi respiraron con alivio antes de desaparecer raudas.

Lanzo asintió y, con expresión concentrada, se inclinó sobre Chloe, que ya estaba sumida en una profunda inconsciencia.

Trazó una línea horizontal invisible con la yema del dedo índice en su bajo vientre.

Luego cogió aire, clavó la punta de su daga en el inicio de esa marca mental que se había creado y comenzó a deslizar la hoja con pulso firme hasta la longitud que consideró adecuada, sesgando carne, músculo y tejido para acceder a la cavidad abdominal.

De la brecha manó sangre y una sustancia acuosa que se vertió ligera por la cama, arrastrándola consigo.

A continuación, Lanzo introdujo los dedos por la abertura con delicadeza y palpó en su interior.

—Si el puñal no lo ha atravesado, será un niño con suerte.

—No lo será si pierde a su madre.

—Haré cuanto pueda —prometió.

—Lo sé. No puede estar en mejores manos.

Introdujo más la mano agrandando la abertura. Su ceño se acentuó y comenzó a tantear buscando al bebé.

—Creo que tengo un pie, necesito encontrar el otro.

Al cabo, su semblante se iluminó y empezó a maniobrar para poder arrastrarlo fuera del vientre de su madre.

Lenta y delicadamente, fue tirando hasta que fui capaz de ver los diminutos y ensangrentados pies de la criatura.

Los sujetaba con firmeza en su mano y, cuando asomaron las piernas, Lanzo manipuló sabiamente el cuerpo, girándolo en ángulo para facilitar la extracción.

Junto con el pequeño cuerpo emergieron los fluidos encerrados con él.

Cogí uno de los lienzos y él lo depositó en mis brazos mientras examinaba al pequeño, inmóvil e inerte.

Era una niña.

Limpió como pudo la inmundicia adherida a su cuerpo en busca de heridas y descubrió un corte en un bracito.

—No respira —murmuré ansiosa.

Lanzo la puso entonces de costado y, con el dedo meñique, exploró el interior de su boca por si había algo taponando la garganta.

Luego palmeó suavemente su espalda, pero la pequeña no reaccionó en modo alguno.

Volvió a ponerla boca arriba y apoyó la oreja en su inerte y minúsculo pecho. Negó con la cabeza y me miró frustrado.

Posó la punta de su dedo en el centro de su pecho y comenzó con el dedo índice de la otra mano a martillear de manera regular, intentando que su corazón recibiera algún estímulo.

Empecé a llorar en silencio al comprobar que no funcionaba.

Me fijé en que tenía diminutos rizos pegados al cráneo: había heredado el cabello de su madre.

—Continúa haciendo este movimiento de igual forma —me pidió Lanzo pertinaz—. Tengo que extraer la bolsa y suturar a Chloe, está perdiendo mucha sangre.

—No funciona... —me lamenté llorosa.

—No vamos a rendirnos —sentenció firme.

Me regaló una mirada confiada y un gesto cariñoso.

Me restregué las lágrimas con el antebrazo y comencé a repetir los movimientos que le había visto hacer.

Una y otra vez, la yema de mi dedo repiqueteaba contra la uña del otro, rogando al cielo que obrara el milagro de la vida insuflando a aquel pequeño cuerpo con una bocanada de aliento.

Lanzo se afanó con habilidosa eficiencia en intentar salvar la vida de Chloe, mientras mi esperanza moría a cada instante con aquella pequeña sobre mi regazo.

Me detuve impotente y la alcé en el aire frente a mí.

—Tienes que vivir, Gina, te lo ruego... —le dije con furiosa impaciencia, recordando el nombre que Chloe había elegido para ella en honor a su abuela y creyendo firmemente que poner un nombre a un bebé de un ser querido desaparecido lo traía de vuelta—.

¡Maldita sea, Gina, abre los ojos! —exclamé autoritaria, alzando la voz y sacudiéndola vehemente.

Lanzo me dirigió una mirada compasiva, pero apretó la mandíbula y prosiguió con las suturas.

Y, como si aquel nombre fuera el suyo y lo reconociera, Gina abrió los ojos de golpe, cortándome el aliento.

—¡Gina! —sollocé con el corazón henchido de dicha.

Y la pequeña, a su modo, me contestó profiriendo un llanto desgarrado pero tan potente que inundó el cuarto con él.