CAPÍTULO 45 #2
Lanzo se encaminó hacia ella y se postró de rodillas junto a su cama. Esta vez fue él quien tomó su mano y la llevó a sus labios.
Verlo llorar en silencio, temblando sacudido por mil emociones, a cuál más aguda, me desoló.
—¿Es... verdad? —sollozó roto.
Carla logró sostener su propio brazo en el aire para posar la mano en el negro cabello de su hijo.
—Sí..., lo es.
Los hombros de Lanzo se sacudieron.
—Vosotros... lo con... seguiréis.
—He tenido a mi madre tan cerca todos estos años...
—Mi... corazón... estuvo... a tu lado, hijo.
Carla le acarició la cabeza y lloró con él una vida que no les habían dejado vivir. Lanzo la abrazó, apoyando la cabeza sobre su pecho, y Carla sonrió de un modo que jamás le había visto, en completa paz.
Y, así, exhaló su último aliento, con una hermosa expresión serena que iluminó su bello rostro, entregada por fin al descanso eterno, libre de recuerdos y pesadillas, de venganza y de odio, de tristeza y de dolor.
Lloré mi despedida de aquella mujer, que, sin saberlo, me había salvado quizá de un destino todavía más infame, que me había hecho más fuerte, que había derribado mis miedos y fomentado mi entereza, que me había enseñado que la vida se lucha con lo que tenemos a mano y que una mujer tiene la misma valía que un hombre, incluso más.
Carla había arrancado de mi mente convencionalismos estúpidos, me había abierto a un mundo nuevo, donde ni la moralidad ni los estrictos preceptos que sometían a la mujer tenían cabida, donde lo único prohibido era ser desleal a uno mismo, donde el placer podía esconderse en cualquier cuerpo y donde el coraje era la única bandera que se debía enarbolar.
Y, sobre todo, me había enseñado que podía ser la única dueña de mi destino.
Me aproximé a Lanzo y caí de rodillas a su lado, abrazando su costado y acompañándolo en su llanto.
—No... no he podido salvarla —se lamentó desconsolado.
—Ella me salvó a mí. Y cuanto pude hacer fue devolverle a su hijo a las puertas de su muerte.
Nos abrazamos derramando en el otro esa pena que comenzaba a aflorar imparable.
Tras un largo instante, Lanzo me ayudó a ponerme en pie y ambos nos inclinamos para besar la frente de Carla.
—La estocada de Fabrizio no fue lo que la mató —aclaró—.
Esa herida no atravesó ningún órgano vital, la sangre era limpia y clara.
Podría haber sobrevivido. Pero la otra, la del lado derecho, había perforado el hígado, la sangre era más espesa y oscura.
Le... puse un drenaje, pero sabía que estaba sentenciada en cuanto vi la herida.
—Nos atacaron unos presos —confesé—. Ella mató a su agresor y al mío. Ya estaba herida cuando acudió en mi auxilio. No he conocido jamás a ninguna otra mujer con su fortaleza y su coraje.
Me limpié las lágrimas, reprochándome no haber podido evitar el ataque, incluso haber accedido a participar en aquel desquiciado plan.
—Sólo mujeres excepcionales pueden sobrevivir a Fabrizio y crecerse.
—No nos dejaron otra opción.
Lanzo asintió y pasó el dorso de sus dedos por mi mejilla. Sus acuosos ojos de mirada límpida me miraron afligidos.
—Lástima que las heridas que yo le provoqué no lo llevaran en aquel momento a la tumba.
—Ya no podrá hacer daño a nadie más —intenté consolarlo mientras acariciaba la marcada línea de su mandíbula, rodeaba su barbilla y reseguía con el dedo la línea inferior de su labio al tiempo que reprimía el deseo de ahogar mi aflicción en su boca.
En ese preciso instante llegó hasta nosotros el llanto de un bebé procedente del piso superior. Retiré la mano de inmediato y me puse rígida.
Lanzo respiró profundamente y su rictus se ensombreció.
Se giró hacia el cuerpo de Carla y la cubrió con la sábana.
—Yo me haré cargo de ella. Regresa a tu casa, también has perdido sangre y tienes que descansar. Ya hablaremos sobre lo sucedido. Pero el libro me lo quedo yo.
Negué con la cabeza.
Aquel llanto era como una fusta restallando en mi corazón, recordándome que no era mío y que su familia estaba tan sólo a unos pasos de allí.
—Le prometí a Carla que yo lo custodiaría —mentí. Pensaba destruirlo en cuanto tuviera ocasión.
Lanzo escudriñó perspicaz mi expresión y, para mi sorpresa, asintió.
—De acuerdo, si es su última voluntad, cúmplela. Pero te diré que hay más copias por el mundo de ese libro.
Agrandé los ojos contrariada y asombrada. ¿Más copias? Entonces, ¿qué sentido tenía destruirlo? ¿Carla había muerto para nada?
—Tengo entendido que tú lo has descifrado. Quizá por eso es especial.
Me contempló un instante indeciso, tras el cual compuso una mueca decidida y tomó el libro, que se hallaba sobre su mesa, para entregármelo.
—Lo descifré y tengo el mensaje en mi cabeza, sólo guardo apuntes inconexos en los que desarrollé decenas de hipótesis y apliqué varias técnicas antiguas de cifrado.
El resto fue suerte y sentido común, con lo cual, ese libro es tan sólo uno más.
No trabajaba sobre él, no tiene impresa la más mínima pista real, aunque sí garabateé algunos rastros falsos.
Fruncí el ceño sin comprender y lo miré inquisitiva.
—¿Por qué?
—Me infiltré en la sociedad por un solo motivo: evitar que su investigación diera frutos.
Y es lo que he estado haciendo desde el primer día, desviarlos de esa revelación oculta.
Sin embargo, conforme lo estudiaba, comencé a entender que entre todo aquel enrevesado periplo que encierra El sueño de Polífilo se repetían diversas pautas.
Ése fue el principio, luego descubrí el patrón de cifrado que había usado el autor.
—¿Cómo supiste qué estaba pasando si no estabas en la sociedad?
—Monteverdi fue el que me avisó del peligroso camino que estaba tomando el grupo que lideraba mi pa... Fabrizio —se corrigió al punto—. Le sugirió que me invitara a entrar dado mi brillante expediente en Padua. Y entre ambos urdimos el plan de boicotear la investigación.
Suspiré compungida. Si hubiéramos sabido eso, Carla seguiría viva. Aunque había llevado a cabo su venganza. Había acabado con casi todos los miembros.
—Déjame acompañarte a casa. Ha amanecido, pero debe de haber maleantes y borrachos en cada rincón. Además, tengo que ocuparme de un cabo suelto.
—¿Qué cabo?
—Piero Rossi —respondió con inquietud—, no lo vi entre los muertos.
Debió de escapar y no puedo arriesgarme a que descubra que estás implicada ni puedo permitir que cree de nuevo la sociedad.
Es tan vil como Fabrizio, y muy amigo del dux.
Por eso nos dejó celebrar las reuniones en esa cámara. Más ávido de poder que de sabiduría.
—Y ¿qué piensas hacer?
—Sólo tengo una opción: matarlo.
Dejé escapar una exhalación y volví a abrazarlo.
Lanzo hundió su rostro en mi cuello y yo entrelacé mis dedos en su nuca. Al conocido hormigueo que su contacto siempre me provocaba se sumó un punzante temor por él.
Me abrazó con fuerza, como si quisiera fundirme en su interior.
—Alonza, muero cada día que paso sin ti.
A continuación, levantó su rostro y su sufrida mirada recorrió mi rostro con absoluta veneración. ¡Dios, lo amaba tanto...!
—Necesito una nueva bocanada de ti para poder seguir adelante —musitó ansioso.
Y se inclinó sobre mi boca con la desesperación de un sediento en un oasis. Descargamos en aquel beso cuanto sentíamos: rabia, impotencia, tristeza, incertidumbre, pasión, anhelo y amor. Siempre teñido de despedida y de la amargura por considerarlo quizá el último.
Cuando nos apartamos, trémulos y más hambrientos, nuestros ojos se enlazaron, abriendo en ellos nuestros corazones.
—¿Era un beso lo que esta noche buscabas de mí? —inquirí comprendiendo de pronto su actitud en la fiesta.
—Te buscaba a ti, y algo a lo que agarrarme para resucitar. Ya no puedo más, Alonza. La idea de secuestrarte cada vez está más presente en mi cabeza.
—Lanzo..., te debes a tu hijo.
Asintió, pero su tortuosa mirada me hizo querer besarlo de nuevo.
—Y tú, ¿a quién te debes?
—A mí misma y al camino que decidí tomar.
Asintió de nuevo, más abatido y contrito.
Caminó hasta el armario que había en un rincón, lo abrió y extrajo su abrigo negro y mi capa roja.
Me ayudó a cubrirme con ella, luego se puso mecánicamente su prenda y me entregó el libro.
Acto seguido, dirigió una afectada mirada al cuerpo cubierto por la sábana antes de tomar mi mano y salir de allí.
El alba apenas aclaraba las sombras en los callejones.
La desvaída luz reverberaba en los canales, punteando tímidamente su plácida superficie.
El solitario eco de nuestros pasos resonaba entre las piedras, sumándose al batir del agua contra las amuras de la ciudad y al graznido de madrugadoras gaviotas.
Y, a pesar de que una espesa neblina pendía sobre el agua lamiendo la orilla y se arremolinaba filtrándose sibilina por las calles, y de que mi aliento era visible ante mí, no tenía frío.
No supe si por el calor del abrazo de Lanzo, porque caminábamos a buen paso o porque el escozor que palpitaba en la herida de mi brazo se extendía por todo mi cuerpo, pero incluso comencé a sentir sofoco.
Un malestar extraño crecía en mí a medida que nos acercábamos a la casa de placer.
Cruzamos el puente de Rialto, y a nuestro olfato llegó el moribundo aroma de fogatas que las prostitutas solían prender bajo él para soportar el frío de la noche a la espera de clientes.
La ciudad todavía dormía, presa de la resaca de una noche libertina. No nos cruzamos con nadie consciente, pues sí había algún borracho encogido bajo su capa incapaz de encontrar el camino a su hogar, si acaso lo tenía.
Cuando llegamos a la casa, Lanzo se puso frente a mí y me acarició la mejilla con mirada enternecida.
—¿Quién va a regentar ahora esta casa?
—Yo —respondí no sin cierta aprensión ante tal responsabilidad—. Carla me la cedió.
Lanzo arrugó el gesto, mostrando su desagrado.
—¿Ser meretriz es cuanto deseas?
—Ser libre es a lo que aspiro, y ése es el único camino a mi disposición. Lo que deseo me está vedado.
Su mirada adquirió un brillo diferente, determinado y rebelde.
—¿Y si te pidiera que huyésemos juntos?
Aquella propuesta aceleró mi corazón, inundando mi mente de una dicha que pronto se desdibujó ante la realidad que ahora me rodeaba.
Pensé en Chloe, en el destino de las chicas que estarían a mi cargo, en su hijo y, por último, en mí. Y necesité tomar una gran bocanada de aire para aceptar que no podía ser egoísta.
—Al igual que sobre tus hombros recae la responsabilidad de un hijo, sobre los míos recae la de las chicas.
Debo disponer con buen criterio el destino de esta casa y asegurarme de su funcionamiento y su sostén antes de pensar en mí.
Como tú has de pensar si abandonar a tu familia no se enquistará con el tiempo y volcarás tu resentimiento en mí.
Renunciar a un hijo es un gran sacrificio que, de una manera u otra, terminaría pesándote, pesándonos, pues yo no puedo dártelos.
Mi tono amargo acompañó mi abatimiento. Sentí un peso tirando de mí, como si aquel deber fuera un lastre físico que me alejara de la felicidad una vez más.
Lanzo me observó con una afligida desilusión pintada en el rostro. No obstante, logró cubrirla con una frágil máscara de frialdad y aceptación que sumó más acritud a mi estado.
—Quizá debamos preguntarnos si renunciar a nosotros mismos hará feliz a esas personas por las que nos sacrificamos —repuso con triste agudeza.
—Tal vez esa respuesta llegue tarde.
—Alonza..., yo...
La puerta de la casa se abrió entonces repentinamente y de ella emergió una Elisa trémula, lívida y bastante alterada.
—¡Rápido, Alonza, busca ayuda, necesitamos un médico!
—¿Qué ocurre? —pregunté angustiada.
—Es Chloe...
—Yo soy médico —intervino Lanzo, dibujando en su rostro una expresión de serenidad y eficiencia.
La mujer respiró aliviada, pero su mirada permaneció temerosa y su rictus crispado.
—¿Está de parto?
Negó con la cabeza al tiempo que se le escapaba un sollozo ronco. Y el malestar que ya sentía se agudizó revolviéndome el estómago.