Meretrice CAPÍTULO 45
83%

CAPÍTULO 45

C ONFESIONES A LA LUZ DE UNA DESPEDIDA

Desperté en la trastienda de la botica de Lanzo, aunque era la mano de otro hombre la que sostenía la mía.

Mi primer pensamiento fue para Carla. Dejé exhalar un gemido desazonado e intenté incorporarme para otear a mi alrededor.

La descubrí en una camilla cercana, siendo atendida por Lanzo. Estaba inconsciente y tan pálida como las sábanas que la cubrían.

Sentí una punzada en el brazo y lo miré confusa: una venda envolvía la herida.

—Te ha suturado, es un corte limpio, cicatrizará bien —me informó Leonardo con dulzura.

—¿Y... ella?

Su semblante no anunció un buen pronóstico.

—Está muy mal, ha perdido mucha sangre. Lanzo está haciendo todo lo humanamente posible por salvarla.

Deslicé mi mirada hacia él, que, inclinado sobre Carla, le aplicaba un emplasto en las heridas.

Su expresión concentrada y preocupada me conmovió.

Por primera vez me pregunté si debía confesarle quién era realmente la mujer a la que atendía tan concienzudamente, rompiendo así la promesa que en su día le había hecho a Carla de guardar su secreto.

Admiré su entrega, su delicadeza y su eficiencia, pero sobre todo el entrañable mimo con que prodigaba sus cuidados.

Finalmente, aunque su pasión era ser apotecario, lo que emergía realmente era un alma de médico, pues su única ambición era sanar, no sólo crear filtros naturales y conocer los beneficios de las plantas, sino desplegar sobre los pacientes sus dones, su enorme corazón.

Y entonces comprendí que no sólo los conocimientos curaban.

No, el mayor milagro lo ejercía el alma del sanador, la luz que desprendía su corazón, ese anhelo por hacer el bien y por otorgar bienestar.

Lanzo era uno de los mejores sanadores por la grandeza de su espíritu, que, en combinación con sus avezados conocimientos, lo convertían seguramente en el mejor médico de toda la cristiandad.

Si Carla tenía salvación, Lanzo la traería de vuelta. Como bien había dicho Monteverdi, sin duda era Orfeo, y lucharía contra mil leviatanes para encender de nuevo la vida de aquella maltrecha mujer que tanto compartía con él.

A mis ojos asomaron las lágrimas por aquel lazo arrebatado tan impunemente a una madre.

Leonardo estrechó con más fuerza mi mano, intentando reconfortarme. Le sonreí agradecida y en aquel momento recordé dónde los había dejado la última vez.

—¿Qué... ocurrió entre vosotros?

Respiró hondo y terminó esgrimiendo una sonrisa tibia.

—Es mejor espadachín de lo que presupuse —comenzó— y, tras un buen rato batiéndonos, ambos comprendimos que en realidad no queríamos herirnos de gravedad.

Acabamos agotados y él frustrado por mi persistencia.

Intentaba zafarse de la pelea, pero yo se lo impedía una y otra vez.

Entonces comenzó a hablarme. Me dijo que corrías peligro, que habías robado algo muy importante, que sin duda habías trazado un plan para esa noche y que adivinaba lo que pretendías.

—Hizo una pausa y tomó aire lentamente. Posó sus ojos sobre Lanzo, que agitaba un matraz con expresión concentrada, ignorándonos—.

Me dijo que debíamos ayudarnos mutuamente para salvarte la vida.

En un principio no lo creí, pero él dejó caer su espada al suelo y me suplicó que lo creyera.

«Sé que la quieres», me dijo —me miró con gravedad, pero también con una tristeza infinita—, «también yo, y no podemos seguir perdiendo el tiempo en una reyerta inútil, cuando la mujer que amamos corre tan grave peligro».

Aquello fue suficiente para mí. Le dije que habías regresado al palacio y, juntos, fuimos en tu busca.

Acarició mi mejilla con ternura y suspiró afectado.

—No entiendo qué ha pasado esta noche ni en qué andas metida, pero si alguien puede ayudarte es Lanzo —musitó no sin cierto pesar—. Yo sólo soy un pobre vidriero soñador.

Tomé su mano entre las mías y lo miré dulcemente.

—Tú eres un gran hombre. De hecho, el único que me recordó que no estaba muerta del todo.

Su expresión se aligeró esbozando una mueca emocionada.

Y en ese momento sus ojos se desviaron al frente, adquiriendo una intensidad que lo tensó. Seguí su mirada y me topé con la ceñuda expresión de Lanzo, que nos observaba visiblemente irritado. Apartó raudo la vista y la centró nuevamente en la preparación de su filtro.

Leonardo observó mi pesarosa expresión y asintió levemente, aceptando comprensivo lo que veía en mis ojos.

—Sin duda él es el artesano que logró moldearte, y lo hizo en un fuego imperecedero —se lamentó abatido.

Sus aceitunados ojos se oscurecieron y su rictus expresó un sentimiento de derrota.

En ese preciso instante, un exangüe gemido llegó hasta nosotros. Los tres nos volvimos al unísono para contemplar cómo Carla intentaba abrir los ojos. Me incorporé del camastro y, aunque algo mareada, Leonardo me ayudó a ponerme en pie.

Lanzo se acercó a ella con un pequeño frasco de hierbas en la mano. Carla se esforzaba por despertar, pero el pesado sopor la mantenía con los ojos cerrados. Lanzo acercó a su nariz el pote y, tras inhalarlo, ella abrió de golpe los ojos y los fijó en él.

Suspiró y frunció el ceño formando una mueca emocionada. Su gesto trémulo denotó por primera vez en su vida el lazo real que los unía. Sus labios se estiraron titubeantes en una sonrisa débil pero luminosa.

Luego reparó en mí y sus ojos se empañaron de lágrimas. Alargó esforzadamente el brazo y tomó mi mano. Hizo lo mismo con el otro y aferró la de Lanzo. A continuación, las unió cerrando las suyas en torno a las nuestras.

—Os... perte... ne... céis...

Lanzo me miró de una forma tan penetrante que sentí cómo mi corazón se ensanchaba en mi pecho.

Oí unos pasos alejándose. Leonardo salió de la trastienda.

Miré hacia la puerta batiente y, de un modo extraño, me sentí culpable y triste por él.

Lanzo escrutó entonces mi rostro, temeroso de encontrar quizá un sentimiento enraizado por el hombre que acababa de abandonar su trastienda.

Yo centré mi atención en Carla y le dediqué una sonrisa alentadora.

—Te pondrás bien —aseguré confiada.

Pero ella no podía apartar los ojos de Lanzo. Era fácil imaginar a quién le recordaba.

De sus ojos escaparon sinuosas lágrimas que lamieron sus sienes.

Sentí los dedos de Lanzo entrelazándose con los míos. Mis dedos también lo buscaron. Su calor y su mirada caldearon mi alma.

—De... béis escapar juntos —susurró Carla suplicante.

—Debes descansar, estás muy débil —aconsejé mirándola con ternura.

—Pro... meted... lo.

Sus manos ejercieron una asombrosa presión, y en su ambarina mirada asomó una determinación conmovedora.

Lanzo me observó con gravedad. En sus ojos pude ver que Carla estaba al borde de la muerte. Asentí conteniendo el dolor, el deseo de poder decirle quién era ella, las ganas de abrazarlo y de llorar hasta caer rendida.

—Lo prometemos —musité en tono estrangulado.

Carla esbozó una sonrisa aliviada. Su mirada se nubló, le costaba mantener los ojos abiertos. Liberó nuestras manos y quedó laxa. Todavía respiraba, pero tan lánguidamente que temí que fueran sus últimas bocanadas.

Lanzo la arropó entonces con mimo y la miró con compungida frustración. No soltó mi mano, me llevó consigo y me sentó en mi camastro. A continuación, tomó asiento a mi lado.

—Es mi tía —adujo apenado—, y ha matado a mi padre. No... no sé qué ha ocurrido, pero...

—No es tu tía —proferí firme, tomando finalmente una dura decisión—. Como Fabrizio no era tu padre —solté a bocajarro.

Lanzo abrió ligeramente la boca demudado y sus bellos ojos celestes me contemplaron confusos.

No podía dejarlo en la ignorancia sobre sus orígenes.

Jamás podría perdonarme el hecho de arrebatarle la única oportunidad de despedirse de su madre y de arrancar de su pecho esa losa de culpabilidad por los sentimientos encontrados sobre el que creía su progenitor.

Tenía todo el derecho a saber la verdad, por muy difícil que ésta fuera.

Y más cuando el tiempo entre ellos se agotaba de manera tan trágica.

—No sé a qué viene eso —musitó aturdido mirándome con fijeza—. Mi madre fue Rosella, no la recuerdo, pero sí mis hermanos.

—Rosella nunca tuvo hijos. Carla fue llevada a vuestra casa y encerrada en un cuarto justamente para ejercer el deber al que su hermana se negaba.

Lanzo resopló angustiado. Se pasó las manos por su espeso cabello negro con frustrada incomprensión, alborotándolo, como cuando algo lo ofuscaba.

—No..., eso no puede ser verdad —gimió horrorizado.

—Lo es —proseguí, dolorosamente consciente del daño que estaba provocando mi confesión.

Sólo esperaba que liberarlo de la sangre y del apellido de un monstruo compensara de algún modo la amargura de aquella revelación—.

Poco después de tener a Caterina, Carla logró escapar con un joven y apuesto marino tripulante de una de las galeras de la flota mercante de Fabrizio.

Pero éste la capturó de nuevo y se deshizo de tu padre, sólo sé que se llamaba Angelo.

Lanzo cerró los ojos con fuerza. Apretó los dientes y su rostro se contorsionó sofocando como podía la vital y desgarradora confesión con que lo había bofeteado. Intenté tocarlo, pero se retiró y comenzó a caminar de un lado a otro, todavía negando con la cabeza, intentando asimilar aquel varapalo.

—¡Dios! —gimió en un hilo estirado de voz al tiempo que se sujetaba la cabeza entre las manos.

Sus acongojadas muecas se me clavaban como dagas en el pecho. Quise rodearlo con los brazos, pero permanecí inmóvil observando su desgarradora reacción.

—Tantas... veces intenté disculparlo... —farfulló furioso y dolorido—. Tantas veces me recriminé odiarlo. —Se acercó de nuevo a mí y me miró inquisitivo con la expresión crispada—. ¿Él sabía que yo no era su hijo?

—No lo sé —contesté apesadumbrada.

—Lo sabía.

La trémula voz dirigió nuestra atención sobre Carla, que, con los ojos anegados en lágrimas, observaba a su hijo compartiendo su dolor.