CAPÍTULO 44 #2
La dejé sentada en uno de los bancos de madera y me acerqué a uno de los cuerpos.
Parecían cuervos siniestros derribados por los perdigones de un cazador.
Me incliné junto al cadáver y retiré la máscara.
Dejé escapar un gemido de reconocimiento al ver el familiar rostro de Gabini.
La marmórea blancura de su piel se había acentuado, carente ya del brillo de la vida, marchita.
En cambio, sus ojos permanecían abiertos, tan negros como la noche y aún brillantes y desasosegadores.
No sentí ningún consuelo especial ante la muerte de aquel hombre, a pesar de que había sido partícipe de mi desgracia.
Me dirigí hacia el siguiente y descubrí su rostro. No lo conocía.
—Es Vittorio, uno de los dramaturgos... Debe haber dos —informó Carla.
Junto a él otro hombre joven y agraciado.
—El otro, Giuseppe —apuntó impaciente.
Los siguientes eran, según Carla, dos humanistas desconocidos para mí. Sin duda los presos habían hecho un gran trabajo.
Y el que todavía se aferraba a la vida, a pesar de tener una herida en el pecho y la máscara blanca teñida de rojo, no era otro que el profesor de Lanzo, según Carla.
—No vivirá mucho más, y lo sabe: es profesor de biología —masculló con fría indiferencia—, además de un retorcido carnicero.
—Tú tampoco, Carla —musitó el hombre de improviso—, espero volver a jugar contigo en el infierno.
—Esta vez será un juego justo, yo no estaré atada.
Espantada y presa de la furia, lo miré con encono y me aparté de él para volver a tomar a Carla por la cintura.
Me preocupó su lividez y el sobresfuerzo con que soportaba las punzadas de dolor tan sólo apretando ocasionalmente los dientes.
No obstante, aquello la debilitaba paulatinamente, la pérdida de sangre comenzaba a ser alarmante.
—¡Aguanta, Carla, pronto estaremos en casa!
Cuando nos faltaban tan sólo unos pasos para llegar a la puerta que conducía a los túneles secretos de palacio, una figura oscura se recortó contra ella. Aquel hombre pájaro, de sibilinos ojos verdes, nos contempló con agudo rencor. Su mirada refulgió colérica al advertir el libro en mi mano.
Contuve el aliento y retrocedí lentamente con el corazón tronando alocado. ¡No podíamos tener tan mala suerte! No, tan cerca del final, me lamenté frunciendo desolada el ceño.
—Debería haberos matado cuando tuve ocasión —masculló Fabrizio.
—No será porque no lo intentaras, malnacido —replicó Carla con punzante odio.
—Por fortuna, hoy voy a remediar eso.
Fabrizio avanzó hacia nosotras, espada en mano.
Necesitaba soltar a Carla para poder enfrentarme a él de algún modo. Continué retrocediendo y, como pude, dejé a mi amiga en otro de los bancos derrengada contra la pared.
No llevaba armas con las que defenderme, por lo que paseé la mirada con urgencia entre los cuerpos y detecté una espada corta junto a Gabini.
Aparté la mirada rauda para evitar que Fabrizio descubriera mis intenciones. Carla, en cambio, sí se apercibió de ellas y, tan sagaz como siempre, atrajo sobre sí su atención.
—Hasta aquí ha llegado tu maligno plan, pobre desdichado —comenzó con afilada inquina—. Juré acabar con vosotros, y por fin llevo a cabo mi venganza.
Lentamente, Fabrizio se retiró la máscara de pájaro para regalarnos una sonrisa desdeñosa tildada de suficiencia.
—No creo que seas capaz de acabar con todos los miembros —apuntó mordaz, alzando una ceja—, ¿o tendrás la sangre fría de matar a tu propio hijo? Porque él es el maestre en realidad, el que ha descifrado el libro. Puedes estar muy orgullosa de él.
—De lo que más orgullosa estoy es de que no lleve tu infecta sangre.
El hombre compuso una mueca furiosa y apretó los puños acercándose a Carla.
Disimuladamente, fui avanzando hacia mi objetivo.
—No importa que lo destruyas, ya no —adujo triunfal—. Lanzo averiguó su significado, el mensaje que encierra. La clave para someter mentes y alcanzar un poder supremo. Un poder que me pertenece por derecho.
Carla se puso en pie y se apoyó exhausta contra la pared. Verla languidecer tan rápidamente me oprimía el corazón. La mancha de su corpiño de seda era oscura y extensa... Su extrema palidez me angustió.
—Lanzo no es como tú, ni lo será nunca —espetó con inusitado orgullo—. Y, aun sin conocerlo ni haberlo tratado nunca, presumo que no te ha dado la clave todavía ni tampoco lo hará. Porque es inteligente, leal y noble, como lo fue su padre. Ese que sabrá que tú mismo mataste.
Fabrizio apretó los dientes y su faz se tensó visiblemente.
—Nadie podrá decírselo.
Alzó el brazo y apuntó su arma al pecho de Carla. Entonces no lo dudé. Me abalancé sobre la espada que yacía en el suelo, la empuñé y me giré veloz hacia él, presionando con su afilada punta la espalda del hombre.
—Baja tu acero —siseé amenazante.
En un quiebro tan inesperado como hábil, se giró cruzando su hoja con la mía en un pulso en el que yo tenía tal desventaja que comencé a retroceder.
La sonrisa de Fabrizio se amplió confiada.
—¿Sabes, Alonza? Tú representas el único día de mi vida que lamenté una decisión. La de llevarte a mi casa. Debería haberte entregado a Gabini aquel maldito día. Por fortuna, se me ha concedido una segunda oportunidad, una que no desaprovecharé.
Con un simple giro de muñeca, logró hacer descender mi espada, desprotegiendo así mi pecho.
Y, tan veloz como una serpiente, lanzó una estocada que, a pesar de que intenté esquivarla, impactó en mi brazo y me abrió un largo tajo del que comenzó a manar sangre.
Curiosamente, no sentía dolor, tan sólo deseos de derramar la suya.
Rodeé la mesa central, eludiendo sus lances y haciendo chocar como podía mi acero contra el suyo, aunque su empuje y su fuerza física debilitaban mi resistencia. En uno de sus ágiles envites, logró desarmarme y tan sólo pude escabullirme de sus ataques prediciendo de dónde provendrían.
De pronto se detuvo, chasqueó burlón la lengua y se apartó de la mesa sonriendo divertido.
—Se acabó el juego —murmuró dirigiéndose hacia Carla.
—¡No! —grité tan furiosa como impotente.
—¡Huye, Alonza! —pidió Carla sentándose derrotada—. Esto es entre él y yo.
—No llegaría muy lejos —aseguró convencido—. Y, en efecto, esto sólo nos incumbe a nosotros.
—¿Sabes qué días lamento yo? —inquirió Carla de pronto, desprovista de miedo, aceptando su fatal destino con una entereza abrumadora—. Todos los que pude cortarte la garganta mientras dormías y no lo hice. Pero, como bien dices, la vida siempre da una segunda oportunidad.
Y, ante mi completo estupor, a continuación se inclinó sobre Fabrizio.
No sólo se abrazó a él recibiendo en su cuerpo la hoja de su verdugo, sino también siéndolo ella.
Los ojos del hombre se abrieron desmedidamente con desbordado asombro.
Un gorgoteo emanó de su boca abierta. Y cuando me acerqué, completamente desesperada, comprobé cómo Carla había clavado su pequeña daga en un lateral del cuello de su enemigo.
Tuvo la fortaleza suficiente para arrancarla y observar victoriosa el torrente de sangre que brotó a chorros.
Fabrizio gorjeó espantado y se apartó trastabillando.
La hoja salió del otro costado de Carla impregnada de sangre roja y brillante.
Ella cayó entonces de rodillas, inclinada sobre sí misma pero con el rostro alzado contemplando la muerte del hombre que había destrozado su vida y marcado su destino.
Pude ver en sus ojos un alivio que me rompió el alma.
Su rictus se distendió y su bello rostro adquirió una serenidad sobrecogedora. Casi brillaba pleno de paz.
Me impelí hacia ella y la abracé sollozando.
—Todo irá bien, Lanzo te curará —aseguré más para convencerme a mí misma que a ella.
Y, como si mi voz lo hubiera invocado, apareció de repente, irrumpiendo en la cámara seguido de Leonardo.
Su mirada pasó del temor al espanto y, de éste al alivio al verme viva.
—¡Alonza!
Se aproximó a nosotras y me observó angustiado.
—¡Estás herida!
—No es nada, pero a ella... a ella tienes que salvarla —rogué entre amargas lágrimas.
Lanzo posó entonces los ojos en Fabrizio y su rictus se contrajo circunspecto. No obstante, no percibí ni un atisbo de tristeza en su rostro.
Tomó en sus brazos a Carla, casi moribunda ya, y aquella imagen de madre e hijo por fin juntos desgarró mi corazón. Los sollozos me rompían incontrolables.
Leonardo me cogió de la cintura y salimos de la cámara dejando atrás aquel escenario de muerte y venganza que ya inundaba con su fetidez todo el recinto.
Apenas podía sostenerme, arrastraba los pies y jadeaba debilitada y contrita.
Leonardo también me tomó en brazos, y fue en ese momento cuando por fin la negrura acudió una vez más en mi auxilio.