Meretrice CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

S ANGRE VERTIDA , LÁGRIMAS DERRAMADAS

—¡El carcelero está inconsciente! —gritó un hombre.

Hubo un rumor de cadenas y pasos.

—Alguien nos ha liberado. Yo he oído voces de mujeres.

Tronó una carcajada y más puertas comenzaron a abrirse.

—Lo habrás soñado, desdichado. Y no importa quién haya sido, salgamos de esta cueva infecta.

—¿Aquí no hay nadie?

Golpeó la puerta y ambas nos cobijamos tras ella por si la abría.

Me mordí el labio inferior temblando de miedo.

La puerta se abrió y contuvimos el aliento.

—Parece que está vacía, pero huelo a jazmín.

—Pues ya podrían habérmela dado a mí, la mía huele a mierda —se burló otro.

—Vamos, Giorgio, no perdamos más tiempo.

El hombre pareció dudar, pero finalmente regresó al corredor.

—Quítale la espalda al carcelero y salgamos de aquí.

—¿Y si es una trampa?

—¿De qué demonios hablas?

—¿Y si quieren que escapemos para tener una excusa para matarnos?

—Si quisieran matarnos, ya lo habrían hecho, estúpido.

—No sé, todo esto me parece muy extraño. ¿Quién iba a querer liberarnos? Y ¿dónde se ha metido?

—¿Acaso importa, majadero? Larguémonos.

Oímos pasos dirigiéndose hacia la salida y por fin pude dejar escapar el aliento.

Y allí, agazapadas tras la puerta, permanecimos inmóviles imaginándolos cruzar el puente cubierto y adentrarse en la cámara de las torturas.

Esperamos un tiempo, oyendo gemidos sofocados y, ante nuestro asombro, un inquietantemente cercano tintineo de cadenas.

Carla me miró contrariada y temerosa, pero oprimió los labios formando un mohín decidido y se asomó cautelosa empuñando con fuerza su daga.

—Espera un poco más —susurré tras ella, tirando de su capa.

Se giró y negó la cabeza tenaz.

Salió al corredor y yo con ella. A mi izquierda, en el interior de una celda, oí un susurro y de nuevo el tintineo.

Miré nerviosa y encontré a un preso tirado en el suelo. Era tan anciano que ni fuerzas tenía para poder ponerse en pie. Encogido, nos miró alzando suplicante una mano.

Lo observé compasiva y me detuve.

—No puede salir.

—Ya es tarde para él, Dios sería piadoso si se lo llevara.

Su rostro macilento, enjuto, casi cadavérico, su larga barba blanca y sucia, y las largas guedejas níveas que caían a ambos lados de su rostro destacaban unos ojos despiertos, vivaces y oscuros, que me miraban con una intensidad que me sobrecogió. Abrió la boca intentando decir algo.

No pude evitar el impulso de entrar en su celda y agacharme junto a él.

—¿Qué diantre estás haciendo? Está moribundo, ¿no lo ves?

Intenté incorporarlo. Por desgracia era muy ligero, apenas piel y hueso. Acerqué mi oído a su boca y esperé que encontrara las fuerzas para poder dar voz a lo que intentaba decir.

—Tram... pa...

Fruncí el ceño angustiada y me retiré apenas para mirarlo.

—Tram... paaa... —repitió entrecortado.

Su mirada alarmada e imperante reafirmó su aviso. Negó con la cabeza señalando la puerta.

—¡Carla!

Miré al exterior y no la vi. Oí un gemido estrangulado y un arrastre de pies.

Mi pulso se aceleró.

Me puse en pie con el corazón en un puño y avancé hacia la puerta.

Otro siseo procedente del anciano me hizo mirarlo.

Su huesuda mano señaló su inmundo camastro.

Sus espantados ojos me impelieron a seguir sus indicaciones.

Fui hasta el jergón y comencé a registrarlo nerviosa.

Sentí el peligro aguijoneando mi nuca. Un sudor frío perlaba mi frente.

Bajo el desmadejado y mugriento colchón encontré una afilada daga.

Miré al preso y vi que asentía aliviado con la cabeza. Su expresión se tornó pesarosa pero más tranquila. Aleteó la mano con un gesto de despedida y volvió a inclinarse sobre el suelo, esperando paciente su muerte.

La alargada sombra de un hombre se recortó entonces contra el halo de luz de las antorchas del corredor que se proyectaba en el suelo de la celda. Me volví hacia la puerta y retrocedí exhalando un gemido asustado: un hombre taponaba la entrada con su corpulencia.

Escondí la daga a mi espalda y continué retrocediendo. El hombre avanzó hacia mí.

—Ésta va a ser mi mejor noche de carnaval —profirió con voz rasposa y grave.

—Te hemos liberado —recordé, topando ya mi espalda con el muro del fondo—. Si no escapas de inmediato, nunca podrás hacerlo.

Una risa gutural llegó hasta mí, erizándome la piel.

—Preciosa —se pasó el antebrazo por la boca en un gesto hosco y vi un destello blanquecino en la sombra de su rostro que daba forma a una sonrisa que imaginé soez y ladina—, ahí fuera sólo me espera la muerte, tengo muchas deudas de sangre pendientes.

El resto ya han escapado. Yo he venido a mostrarte mi agradecimiento.

Dudé si descubrir ya mi daga para amedrentarlo o arriesgarme a que se me abalanzara.

—¿Dónde... está mi amiga?

—Dando placer a mi amigo —respondió taimado—, como vas a dármelo tú a mí. Os oímos, y sólo vuestras voces casi lograron que me derramara.

Sentí un violento acceso de repulsa agriando mi garganta.

Cuando el hombre estuvo ya sobre mí, tuve que estrangular una violenta arcada, pues el hedor que desprendía me resultaba insoportable.

Se abalanzó sobre mi boca y giré la cabeza.

A cambio, recibí una tremenda bofetada que me aturdió.

Tomó mi mentón en su sucia mano y me alzó el rostro.

Me aprisionó contra la pared y, con la otra, comenzó a manosearme impunemente.

Me revolví contra él lo suficiente para poder liberar la mano que tenía tras la espalda y hundir mi daga en su costado.

Abrió y cerró la boca demudado, retrocediendo tambaleante. Una mancha oscura comenzó a extenderse por su tosca camisa de sarga.

Me temblaba la mano de lo fuerte que todavía sostenía el puñal. El hombre cayó entonces de rodillas, mirándose atónito la herida.

—¡Zorra! —escupió furibundo.

Corrí hacia la salida, sorteándolo, pero en el último instante aferró el borde inferior de mi capa y tiró de ella con fuerza, impeliéndome bruscamente hacia atrás.

Perdí el equilibrio y caí sentada, todavía aferrando el libro sagrado.

Aun así, cuando el hombre se inclinó sobre mí, flexioné las rodillas, lancé los pies hacia su cabeza y le propiné una fuerte patada.

El preso cayó hacia atrás profiriendo un gruñido doloroso.

Intenté levantarme para escapar, pero nuevamente logró abalanzarse sobre mí.

Esta vez caí bajo su peso, y comenzó a lanzarme violentos puñetazos que encendieron mis mejillas y abotargaron peligrosamente mi juicio.

Luego cerró su mano en torno a mi cuello y comenzó a presionar mientras con la otra se afanaba por apartar mis faldas.

Sus repugnantes resuellos revolvieron mi estómago.

Me debatí desesperada, agitándome compulsivamente.

Comenzó a faltarme el aire y comprobé aterrada que mi visión se desdibujaba paulatinamente. Abrí la boca agónica, dejando tan sólo escapar un jadeo sibilante. Sentí cómo me ardía garganta y cómo me quemaba el pecho. La asfixia diluía la repulsa de su mano buscando mi entrepierna.

Me separó los muslos y se colocó entre ellos jadeando como un cerdo. Aspiré su fetidez y las arcadas regresaron, taponando todavía más mi garganta. Gemí llorosa sin dejar de revolverme, comprendiendo que pronto mi cuerpo se rendiría falto de respiración.

De repente, una figura se precipitó sobre nosotros.

El hombre se arqueó abruptamente y gritó desaforado. Alguien golpeaba su espalda. Rodó de costado liberándome, y exhalé una profunda y desesperada bocanada de aire que chirrió seca en mi dolorida garganta. Me giré y tosí con violencia, intentando recomponerme.

Parpadeé entre lágrimas para ver cómo Carla, con el cabello alborotado, magullada y con el vestido rasgado, a horcajadas sobre el hombre ya inerte, lo apuñalaba sin cesar. Me puse de rodillas y avancé hacia ella para detenerla.

—Está... muerto —musité dolorida.

Mi voz sonó extraña y rota.

Carla me miró, tenía la mirada vidriosa y perdida, un corte en los labios y un tajo en la ceja por el que sangraba abundantemente. El escandaloso rojo de su sangre resaltó el vibrante dorado de sus ojos, que parecían dos luminarias prendidas con una furia letal.

No contestó, se puso en pie y me ayudó a hacer lo mismo.

Salimos tambaleantes al corredor principal. El ferroso efluvio de la sangre me golpeó al pasar por la celda colindante. Miré al interior, vislumbrando un cuerpo inerte sobre un extenso charco escarlata.

Carla parecía más entera que yo, a pesar de su aspecto. Con una mano se cubría el costado izquierdo y caminaba encogida.

—¿Estás bien?

—No, pero ellos están peor —rezongó apresurando el paso.

Cruzamos el puente y nos adentramos renqueantes en un pasadizo más angosto, el que llevaba a la cámara de las torturas.

Oímos gemidos a través de la puerta abierta. Aun así, nada nos preparó para lo que vimos en el interior.

Cinco hombres con túnicas negras y máscaras de hombre pájaro estaban en el suelo, encogidos sobre sí mismos, tres de ellos inertes y el cuarto retorciéndose de dolor.

También había dos presos sin vida desangrándose entre aquellos singulares cuervos.

Había manchas de sangre diseminadas por el suelo, cruentos vestigios de la brutal pelea que había tenido lugar allí.

Nos detuvimos en seco, completamente horrorizadas.

—¡Salgamos de aquí! —apremié enlazando el brazo de Carla. En aquel momento se quejó de dolor y apartó la mano con que presionaba su costado.

—¡Estás sangrando! —advertí alarmada.

—Ese malnacido me apuñaló —barbotó con espantosa naturalidad.

La tomé por la cintura; ella gimió dolorida pasando su brazo sobre mis hombros y yo la ceñí contra mi costado con toda la delicadeza de la que fui capaz. La guie hasta la salida sin soltar el dichoso libro.

—¡Espera! —me pidió—. Quítales las máscaras, quiero saber quiénes son.

Titubeé apenas un momento antes de ceder ante su inflexible mirada.