CAPÍTULO 43 #2
—Suelo hacer caso del consejo de amigos sinceros, y sin duda el talentoso Lanzo lo es.
Y si me permitís, bella dama, os ofrezco también el mío.
Tal como Orfeo atravesó el reino de la muerte para pedir a Hades que le devolviera la vida a su difunta esposa, enfrentándose a Caronte, al cancerbero y a mil peligros más sólo por recuperarla, vuestro Lanzo no haría menos por vos.
Cerré los ojos afectada, intentando mantener la compostura a sabiendas de que, por mucho que Leonardo evitara herirlo de gravedad, una pelea a espada podía tener un desenlace fatal.
—Lo sé —repuse—, ya se enfrentó a ambos por mí.
La sonrisa paternalista que me dirigió aligeró mi pena y, de alguna extraña manera, me reconfortó.
—A veces, dulce Eurídice, la muerte es sólo un camino, no un final.
Hay quien logra atravesarla y emerge victorioso burlándose de los dioses y de los hombres.
Otros se pierden para siempre, y la mayoría creen que no hay nada más allá.
Pero la muerte esconde secretos que la vida nunca desvelará, y sólo recorriendo su reino se pueden encontrar.
Aquella intrigante reflexión me desconcertó, pero fue su serena expresión y la sabiduría que brotaba de sus ojos lo que me hizo comprender que estaba ante un gran hombre, de mente abierta y corazón generoso.
Tras otra reverencia, se alejó en dirección a la salida.
Justo en aquel instante oí que alguien me chistaba y reparé en la puerta que se abría en la fachada. Un halo anaranjado remarcaba su contorno. Me dirigí hacia ella y se abrió para dejarme entrar.
—Ya creí que no llegabas a tiempo —susurró Carla, cerrando tras de mí.
—No ha sido fácil —repliqué.
Carla recorrió el estrecho pasadizo abovedado y yo la seguí. La luz de las antorchas iluminaba sobradamente aquel túnel repleto de bifurcaciones. No obstante, ella parecía tener clara la dirección que debíamos tomar.
—Llevo un tiempo aquí y he podido explorar los pasadizos. La llave se la he robado al carcelero, aunque me ha costado mi collar más valioso y un repugnante manoseo. Menos mal que pude dejarlo inconsciente —murmuró doblando otra esquina.
Por fin llegamos a una puerta cerrada. Carla usó la llave que sostenía en la mano y la introdujo en la cerradura.
Abrió la puerta y nos adentramos en una cámara amplia en cuyo centro había una mesa, y varios bancos alrededor.
En la pared del fondo se encontraba una cama de madera y, sobre esa pared, varios espeluznantes instrumentos de tortura.
Algo más allá, diversos ganchos sobresalían de la roca; en uno colgaba un mandil de cuero oscuro de carnicero que me provocó escalofríos al adivinar para qué lo usaban.
—¿Se reúnen aquí?
—Eso te dijo Gabini. Aunque es el lugar más macabro y contrario a un grupo de intelectuales humanistas.
—Este lugar es espantoso —coincidí.
Un rumor llegó hasta nosotras, era como una letanía reiterada de lamentos sofocados.
Carla comenzó entonces a palpar las paredes ejerciendo cierta presión.
—Debe de haber una cámara secreta o quizá otra puerta oculta, o una piedra suelta, algo que contenga el maldito libro. Gabini te dijo que estaba aquí, vigilado por ese ojo de vidrio.
Derramé mi mirada por los sucios muros, en las esquinas rezumaban regueros de humedad que oscurecían la piedra. Inspeccioné con detenimiento los irregulares bloques buscando algún resquicio extraño o saliente inusual.
—¡Maldita sea, tiene que haber algo! —imprecó Carla impaciente.
De pronto, me llamó la atención unas hendiduras en la pared. Eran rayitas verticales y estaban grabadas en la piedra en tres grupos diferenciados. Pasé mis dedos sobre su relieve, contando mentalmente cada grupo.
—Creo que he encontrado algo.
Carla se giró hacia mí y se acercó frunciendo interesada el ceño.
—Esas muescas las hacen los presos para contabilizar los días de encierro —explicó desilusionada.
—Lo sé, pero, que yo sepa, esto no es una celda.
Carla alzó una ceja perspicaz y asintió, observando más de cerca las hendiduras.
—Quizá lo fue en el pasado —adujo circunspecta—, o quizá fue el carcelero, que se aburría.
—Hay tres tandas, las dos primeras constan de seis, una arriba y otra abajo; la última, al lado de las otras dos, sólo tiene una muesca.
—661 —pronunció Carla intrigada.
—Puede que sea una clave —barrunté cavilosa—, quizá sea una secuencia que indique dónde hay una piedra falsa.
—¿Una secuencia de qué?
—Tal vez es una pauta para contar bloques.
Carla entornó los ojos y me miró intrigada.
—Es una posibilidad. Pero aquí hay muchos bloques. ¿Has probado a presionar ése?
Negué con la cabeza y forcé con las palmas aquel recuadro de piedra. No cedió.
Ella volvió a inspeccionar visualmente los muros y comenzó a negar con la cabeza.
—Nos llevaría demasiado tiempo contar bloques. Sería tanto en vertical como en horizontal, y viene a ser igual que si los tanteamos todos al azar. No tiene sentido.
Chasqueé la lengua frustrada y asentí. Sin embargo, tenía la corazonada de que aquellos números eran significativos. ¡Tenían que ser una pista!
Carla resopló y se dirigió a la puerta, abriendo tan sólo un resquicio para poder oír pasos acercándose. Negó con la cabeza y cerró con tiento, esta vez con llave.
—¡No tardarán, maldición! Nos queda tan sólo la posibilidad de que en la fuga de los presos no les dé tiempo a esconderlo o a llevárselo. Lo que de verdad espero es que ni siquiera escapen con vida.
La frialdad en su tono me impresionó. Un odio enconado asomó a sus ojos. Al reparar en mi asombro, se apresuró a cubrir sus emociones con un paño pétreo.
Continué deambulado y examinando las paredes con aguda minuciosidad.
—Debemos escondernos ya, Alonza —sugirió Carla con evidente inquietud—. Es muy arriesgado apurar el tiempo.
Continué mi escrutinio sin que nada en las piedras llamara mi atención.
Bufé desesperada e impotente y me volví hacia Carla, que ya se dirigía hacia la puerta que llevaba a los piombi , las celdas, llamados así por el artesonado con placas de plomo.
En aquel momento, volví a fijar mi atención en aquel mandil, y de repente me detuve agrandando los ojos.
—¡Mira esos ganchos en la pared!
Carla siguió mi mirada y se encogió de hombros indiferente.
Me encaminé hacia ellos y, con cierta aprensión, descolgué el delantal y lo tiré al suelo.
Contuve una exclamación al comprobar que había tres ganchos de hierro. Uno estaba forjado con forma de seis; justo debajo, otro idéntico y, al lado, un simple hierro, el uno, donde habían colgado el mandil.
—¡Santa Madonna! —profirió Carla maravillada.
Intenté manipular el gancho superior con forma de seis y, ante mi empuje, éste giró y quedó en posición horizontal.
Hice lo mismo con el inferior, comprendiendo de repente lo que representaban.
Lo giré inversamente y, en efecto, ambos seises encajaron formando un ojo extraño.
Oímos unos singulares resortes tras la piedra.
Tomé el tercer gancho y lo tumbé. El palo de hierro atravesó el peculiar ojo como una hebra de niebla y otro chasquido soltó el bloque de piedra donde pendían.
—Asombroso —alabó Carla impresionada, observándome con abierta admiración.
Introduje la punta de mis dedos por el borde saliente de aquel gran bloque y no necesité mucha fuerza para deslizarlo, pues sólo era una tapa.
Allí, en aquella hornacina de piedra, dentro de una urna de cristal, estaba el libro de Polífilo vigilado, como bien había confesado Gabini bajo los efectos del estramonio, por el ojo en la niebla, una pieza casi idéntica a la que había confeccionado Leonardo.
Carla apartó la pieza y cogió el libro. Exhaló un largo suspiro y me lo entregó con semblante grave.
—Llévatelo y escóndelo. Tienes que salir por donde hemos venido. Imagino que ellos vendrán desde palacio por uno de los pasadizos que ascendían. Tan sólo debes recorrer los túneles descendentes, ya que son los que llevan al patio.
—Ven conmigo, Carla, no cometas la locura de liberar a los presos. Ya tienes lo que querías.
—No, sólo tengo parte de lo que quiero. Y no me iré de aquí hasta terminar con esto de una vez. Si no regreso a casa al alba, quémalo por mí y vete muy lejos.
—Carla... —gemí angustiada—, te ruego que olvides esta cruzada.
—¿Olvidar? —profirió con un tono tan tirante que sonó agudo y chirriante—. ¿Crees que dejo de soñar una maldita noche con lo que me hicieron aquel día?
—Vengarte no borrará tus recuerdos.
—Me marcaron, y no sólo mi cuerpo, Alonza.
Si algo me mantuvo con vida entonces fue la promesa que me hice.
Y no fue mi venganza personal, me juré que un día libraría al mundo de ellos.
Porque ninguna sociedad con rituales de sangre, capaz de torturar a una joven, buscando en su sangre y en su dolor la clarividencia necesaria para descifrar el mensaje alquímico de un libro maldito, merece perdurar en el tiempo.
Y si alguien es capaz de extinguir todo vestigio de su existencia y aniquilar a sus miembros, ésa soy yo.
En aquel momento, y ante mi completo estupor, recordé las cicatrices en su bello cuerpo y el dibujo que entonces no había sabido interpretar. Aquel triángulo y el óvalo que encerraba su ombligo no eran más que el emblema de la orden, el ojo atrapado en la niebla.
—No..., no logro entender cómo Lanzo puede pertenecer a esa sociedad —mascullé apesadumbrada.
—Lo utilizan, como utilizan a Monteverdi y a algún otro.
Fabrizio necesita mentes brillantes para desencriptar ese libro, e imagino que los engaña con principio filosóficos y elevados preceptos.
Aquella noche, en el palacio Ca’ Dario, sólo había cuatro miembros y el maestre, los que de verdad secundan a Fabrizio.
Lanzo desconoce por completo la genuina pretensión y el origen de la sociedad.
Es tan sólo una pieza necesaria en su malévolo entramado.
—Pero Lanzo detesta a su padre. No entiendo cómo aceptó entrar.
—Debe de haber un buen motivo, sin duda —convino Carla.
Deslizó su contrita mirada sobre el rígido lomo del libro, derramando en aquel gesto todo su tormento.
—Deseo reservarme el goce de quemarlo, pero sé que tú lo disfrutarás de igual modo en mi lugar si no regreso.
—¿Por qué no lo quemas aquí? ¿O lo tiras al canal? No es necesario sacarlo de aquí para destruirlo.
—Lo es —masculló con firmeza—. Todas sus páginas y su cubierta están enceradas para protegerlo de la humedad; además, tardaría mucho en prender y no disponemos de tiempo.
—Lo destruiremos juntas cuando salgamos, porque no voy a marcharme sin ti.
—No, Alonza —negó rotunda con la cabeza, componiendo una mueca pertinaz—, tú tienes que cuidar de Chloe y regentar mi casa si yo no regreso. En mi despacho dejé mi testamento firmado y redactado por mi abogado. Te cedo mi negocio y todo cuanto poseo.
—Carla...
Negué entre lágrimas ante la sola idea de su muerte.
—Debes aceptar mi última voluntad, muchacha, o volveré de entre los muertos para atormentarte —amenazó con una trémula sonrisa.
Su mirada se empañó y su voz se estranguló.
Dejé el libro en la hornacina y la estreché contra mi pecho.
—No..., no voy a dejarte aquí.
Carla se apartó de mí, aferró mis hombros y me miró emocionada.
—Mi vida se quebró el día en que mis padres me entregaron a Fabrizio. Ni siquiera cuando me liberó de sus garras pude renacer. Me rompió, Alonza, y puedo asegurarte que la muerte sería un agradecido descanso para mí.
Cogió de nuevo el libro, me lo entregó por segunda vez y me condujo hasta la puerta. No obstante, un murmullo de voces masculinas llegó hasta nosotras procedente de los pasadizos.
Carla corrió hasta la hornacina, colocó la tapa de piedra y la empujó hasta que encajó con un seco resorte, y yo colgué el delantal en su gancho y abracé aquel libro contra mi pecho.
Acto seguido, y apresuradas, nos dirigimos hacia el portalón que llevaba a las celdas. Carla usó la misma llave para abrirlo.
—¿Es una llave maestra?
Asintió y la giró con premura. Tras nosotras, otra llave escarbaba en una cerradura que gruñía quejicosa.
Miré atemorizada la puerta de acceso a la cámara. Estaba a punto de abrirse. Carla empujó la puerta y, veloces, nos adentramos en los piombi , cerrando tras nosotras.
Respiramos aliviadas y atravesamos el puente cubierto que conectaba el palacio con los calabozos. A través de las celosías de las ventanas se divisaban las negras aguas del canal lamidas por la plata de una luna plena.
Llegamos a un largo corredor con planchas metálicas en el techo y calabozos a ambos lados. Por fortuna, las puertas no eran enrejadas, sino de madera, con un ventanuco. Algunos estaban entreabiertos y se podía ver el hueco por el que se oían lamentos, llantos o un desolador silencio.
Al fondo, una mesa, una silla y un orondo hombre tirado en el suelo con una botella de licor junto a él. En un lateral, otro pasillo.
—¿No hay más carceleros? —susurré preocupada.
—Están en el carnaval.
—¿Qué hay tras esa puerta? Quizá podamos salir por algún sitio.
—No hay más salida que por donde hemos entrado. Esa puerta lleva a un patio interior. En los pisos superiores hay más celdas.
Un tintineo de cadenas nos sobresaltó.
Carla respiró profundamente y me miró tensa.
—Ya habrán descubierto que el libro ha sido robado. Voy a liberarlos.
Una sensación insidiosa y aprensiva me recorrió, provocándome un escalofrío. Tragué saliva y asentí.
—La última de este corredor está libre. Espérame allí.
—Ten cuidado, entreábrelas y vuelve a la carrera.
Miré la puerta que me estaba señalando, me dirigí hacia allí y al atravesarla me adentré en una celda inmunda, húmeda y penumbrosa. Aquel reducido cubículo hediondo no tenía aberturas, tan sólo la de la puerta. Así que la entreabrí para que penetrara algo de luz y cerré.
A pesar de mi capa de terciopelo rojo, sentí cómo la gelidez de la piedra húmeda me acuchillaba la piel. Me abracé a mí misma y me froté los brazos con el enigmático libro contra mi pecho, aguardando nerviosa mientras oía el gruñido de las barras de cierre deslizándose.
Recé para mis adentros cuando oí el estampido de una puerta al abrirse de golpe.
A continuación, oí unos pasos apresurados acercándose y contuve el aliento.
La puerta crujió sobre sus goznes y Carla irrumpió respirando agitadamente.
Ambas sabíamos que, si uno de los presos nos encontraba, estaríamos en graves apuros. Carla extrajo una daga oculta en el bolsillo de su capa y clavó su mirada en la puerta, colocándose delante de mí.
La sombra de un hombre se detuvo frente a nuestra puerta.