CAPÍTULO 43
L OS PIOMBI
Recorrí el gran patio empedrado con el corazón en un puño, buscando a Lanzo entre la multitud que formaba una gruesa fila para subir los peldaños que conducían al interior del palacio.
Si lograba acceder al gran salón, sería mucho más difícil encontrarlo.
En mi desesperación, me encaramé al pozo ante la reprobadora mirada de la gente y busqué su abrigo negro.
No lo encontré entre aquella variopinta y colorida masa de tejidos y adornos.
Deslicé la mirada por cada rincón y lo descubrí en la zona más desierta, sentado en la basa de una columna con la cabeza reclinada y encorvado sobre sí mismo.
Bajé del pozo y me dirigí hacia él conteniendo el aliento.
Me preocupó su postura de desaliento, y que ni siquiera alzara la cabeza al oír pasos acercándose.
Me puse en cuclillas y apoyé mi mano en su hombro.
—Vete, Alonza —masculló en un hilo de voz, sin levantar la vista.
—¿Cómo sabías que era yo?
—Tu perfume te precede.
—¿Qué te ocurre? Nunca te había visto así, excepto cuando me defendías.
—Vete, no me encuentro bien.
—En tal caso, vuelve a tu casa, por favor.
—Todavía no.
—Lanzo —susurré con dulzura—, lamento tanto lo ocurrido... Pero te suplico que te marches en este instante.
Entonces alzó el rostro. El nacarado resplandor de la luna mostró un semblante contrito y una mirada acuosa.
—¿Temes que vuelva a atacar a tu amante?
—Temo sólo por ti.
Su rostro se tensó, sus ojos eran dos pozales sin fondo, oscurecidos por una aflicción tan profunda que sentí ganas de llorar.
—No lo hagas, sé cuidarme. Regresa a la fiesta; cuando me recomponga, decidiré qué hacer.
Lo cogí por los hombros y lo sacudí con firmeza, clavando mi decidida mirada en su rostro.
—No acudas a la reunión de esta noche, te lo suplico.
Lanzo abrió desmesuradamente los ojos. Su rostro se desencajó.
—¡Maldición, no! ¿Qué... demonios sabes?
Se lanzó sobre mí aferrándome de los brazos. Perdí el equilibrio y quedé sentada en el suelo con él de rodillas inclinado sobre mí.
—Lo sé todo, Lanzo.
Le mostré la pirámide de cristal, réplica exacta del objeto ceremonial y místico que vigilaba el libro sagrado de la orden.
Él dejó escapar un estrangulado gemido impresionado y me miró tan espantado que me soltó, se puso en pie y, pasándose las manos por su abundante cabellera oscura, comenzó a pasearse de un lado a otro como un león enjaulado.
Por fin se detuvo, su rostro crispado y su mirada angustiada me observaron gravemente.
—¡Dios Santo, Alonza! ¿Qué has hecho?
Me incorporé y guardé el objeto en mi bolsa. Comencé a retroceder sin darle la espalda, mirándolo retadora.
—Lo que debía hacer —respondí resuelta—. No estoy dispuesta a que Fabrizio domine el mundo. Tú mejor que nadie deberías saber la clase de demonio que es.
—¡No sabes dónde te estás metiendo, Alonza! Dame eso de inmediato. Si me doy prisa puedo reponerlo antes de que nadie se entere.
Retrocedí otro paso.
—¡No!
Lanzo avanzó furioso.
Supe que debía entretenerlo mientras ganaba distancia o no le costaría alcanzarme.
—Alonza..., estás arriesgando tu vida.
—No me importa —insistí sin dejar de recular. Por cada paso que avanzaba él, yo retrocedía tres.
Se detuvo y resopló ofuscado.
—¡Escúchame! —ordenó con frustración—. Mientras yo esté en la sociedad, Fabrizio no se hará con el control. Debes confiar en mí. Dame eso.
—No puedo, tengo que destruirlo.
—¿Cómo lo conseguiste? ¿Quién te lo dio?
Miró taimado con inusitada atención un punto a mi espalda: intentaba distraerme para lanzarse sobre mí.
—Si lo quieres, cógelo.
Di media vuelta y salí corriendo veloz, sorteando grupos de invitados, zigzagueando y evitando correr en línea recta.
No me atreví a mirar hacia atrás, fijé mi vista en la salida exterior y corrí como alma que lleva el diablo, confiando en que él me seguiría.
Pero fue otra voz la que dio más alas a mis pies.
Miré hacia atrás para ver cómo Leonardo salía tras Lanzo.
Maldije para mis adentros, pero en esos momentos no podía detenerme.
Salí del recinto del palacio y, como una centella, atravesé la piazzeta perdiéndome entre grupos de personas enmascaradas que reían y bailaban al son de la melodía de un trovador.
En el centro, varias hileras de parejas bailaban la polémica zarabanda refugiadas en el anonimato.
Las mujeres efectuaban lascivos y provocadores movimientos, tentando al hombre al acto sexual.
Y, durante el baile y al regular ritmo de un tambor y un laúd, simulaban la cópula ante las carcajadas de la concurrencia.
Oteé jadeante por encima de mi hombro y me sorprendí al descubrir a Lanzo tan próximo a mí. Exhalé un gemido sorpresivo y eludí como pude las catervas que disfrutaban alborozadas del carnaval.
Logré adentrarme en un callejón trasero y corrí alzando la falda de mi vestido.
Tras de mí oí el veloz eco de sus pasos y supe que pronto me daría alcance.
Giré varias esquinas, sin saber dónde me encontraba, sólo rogando despistarlo.
Y el único modo de conseguirlo era ocultarme en algún rincón penumbroso.
Intenté situarme y finalmente descubrí dónde me hallaba y que, al cruzar un puente próximo, se encontraba el horno donde se cocía el pan, una casa con profundos soportales.
Sorteé a varias parejas y subí el puente, pero no logré bajarlo: una mano aprisionó mi brazo e hizo que me detuviera de sopetón.
Me giré hacia él y, para mi sorpresa, comprobé que no era Lanzo, sino Leonardo.
—¿Dónde...?
—Vamos, he logrado derribarlo, pero no tardará en alcanzarnos. Conmigo estás a salvo.
—Sólo... quería despistarlo... —jadeé entrecortadamente—. He... de regresar al palacio con urgencia, Carla me necesita, como yo necesito mantener a Lanzo lejos de mí esta noche. No... puede volver a palacio. Tienes que ayudarme.
Miró hacia la calle con apremio y luego descendimos apresurados del puente para cobijarnos en la sombra de los soportales.
—¿Qué está pasando, Alonza?
—Prometo decírtelo si puedo contar con tu ayuda esta noche.
—Sólo hay una manera de detenerlo, me temo —musitó—. Creo que esos pasos son suyos. Muéstrate, distráelo y yo me acercaré desde atrás para golpearlo. Me encargaré de que lo lleven a su casa.
—No le pegues muy fuerte.
—Tengo que dejarlo inconsciente, debo golpearlo con la empuñadura de mi espada.
Asentí y, tras inhalar una profunda bocanada de aire, avancé hacia la parte iluminada por la luna.
Más allá, un rodal dorado procedente de una antorcha enclavada en un muro alejaba tímidamente las sombras.
Me encaminé hacia allí y cuando me giré hacia el puente, vi a Lanzo atravesándolo a la carrera.
Se detuvo al verme quieta, aguardándolo.
Miró receloso a su alrededor y avanzó con cautela.
Cuando llegó a mi lado, su ceño se pronunció y su mirada me fulminó.
—¿A qué juegas conmigo?
—Me salvaste una vez de las garras de tu padre, ahora soy yo la que lo hace.
Me miró con extrañeza, cansado y aturdido.
—Ni necesito ni tengo salvación alguna, Alonza. Pero sí me creo con derecho a pedirte algo, y es ese ojo atrapado en la niebla y que, sea lo que sea lo que sepas de nosotros, lo olvides y te alejes para siempre. Y no te lo pido ni por mí ni por la sociedad, sino por ti.
Me acerqué a él, posé la palma en su pecho y lo miré afligida pero determinada.
—Tampoco yo tengo salvación, quizá esa condición me haya vuelto temeraria. Pero voy a darte lo que me pides si, a cambio, logras perdonarme esta argucia.
Su mirada se tornó desconfiada y confusa.
Retrocedí un paso al advertir la sombra de Leonardo tras él.
Lanzo descubrió la celada a tiempo de volverse para esquivar el golpe.
Me retiré cuando los hombres se enzarzaron por segunda vez en una pelea.
Leonardo fue hábil y, tras retroceder esquivando los puños de su adversario, logró apuntarlo con su espada.
Dejé escapar un aliento angustiado cuando Lanzo desenvainó la suya.
—¡Deteneos!
Pero Lanzo desoyó mi ruego, dirigiendo una estocada certera al hombro de Leonardo. Dejé escapar un gemido asustado y miré en derredor buscando a alguien que pudiera separarlos.
—¡Vete, Alonza, yo lo detendré! —gritó Leonardo, conteniendo las ofensivas de su oponente.
Y, a pesar de que mi corazón estaba atemorizado por el resultado de aquella contienda, no podía dejar sola a Carla ante tan magna imprudencia.
Volví sobre mis pasos a la carrera nuevamente, presa de la incertidumbre, la preocupación y el miedo.
Cuando irrumpí en el patio central, ya estaba desierto. Tan sólo distinguí en una esquina, agazapados en las sombras, a una pareja fornicando contra la pared.
Deambulé sin saber qué hacer. No sabía si Carla me esperaría en la puerta del salón o allí y, mientras decidía qué rumbo tomar, un hombre alto y delgado emergió de la entrada a palacio y bajó la escalinata en mi dirección.
El gran Claudio Monteverdi pareció reconocerme, pues me dedicó una sonrisa plácida y familiar.
—Señora —se inclinó gentil y me ofreció una reverencia cortés—. Estoy buscando a mi gran amigo Lanzo Rizzoli, no hace mucho andaba por aquí tan desesperado como Orfeo por la muerte de Eurídice.
Me guiñó un ojo perspicaz y sonrió comprensivo. La mención a su excelsa obra musical, La fábula de Orfeo , dio a entender que conocía nuestra historia y, por tanto, era en realidad un buen amigo de Lanzo.
—No se encontraba bien —respondí—, y justamente me pidió que fuera en vuestra busca, señor Monteverdi, y os dijera de su parte que se había cancelado cierto encuentro y que os marcharais a casa sin dilación.
El hombre me escrutó un largo instante antes de enarbolar nuevamente aquella bondadosa sonrisa.