Meretrice CAPÍTULO 42 #2
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CAPÍTULO 42 #2

—Y, por lo que mencionaste en el primer encuentro con Zanetti, también crees que te tendió una trampa con lo del robo. Pero ¿cuál es la verdadera razón?

—Alejarme, hacer que me olvidara de todo. Estuve un año en prisión sólo para evitar que me acercara a Piero Rizzoli. Cuando salí de la cárcel fue cuando decidieron matarlo para evitar nuestro encuentro, porque ellos sabían quién era yo.

—Y tú eres un Rizzoli, ¿verdad? Descendiente de Lanzo. El último de esa estirpe.

Luca me observó grave. Su semblante se oscureció y finalmente asintió quedo.

—Piero Rizzoli era mi padre.

Posé una mano en su hombro y lo oprimí en una muestra de cariño y comprensión, aunque me desgarró el anhelo de abrazarlo y besarlo hasta desfallecer.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Cuando descubrí quién fue mi madre, fue fácil dar con él.

Si algo me prometí cuando visité su tumba fue llegar hasta el final con todas las consecuencias.

Aquel día, mi determinación se afianzó; así pues, tras una exhaustiva investigación, mis pasos me condujeron hacia Piero Rizzoli.

Por unas amigas de mi madre, supe que había tenido una aventura con él y que él sabía que estaba embarazada.

Pero ella comenzó a recibir amenazas de muerte y decidió desaparecer.

Aun así, supo que la encontrarían, dio a luz en su casa y me abandonó en la puerta del hospital, convencida de que me estaba salvando la vida. Piero se pasó media vida buscándonos.

Hizo una pausa y bajó la mirada, sus hombros se hundieron y pareció retrotraerse a aquel momento.

—Llegué a hablar por teléfono con él. —Tragó saliva y continuó—: Estaba tan emocionado como nervioso.

Me pidió perdón y tartamudeó algo sobre un diario vital para nosotros que estaba en manos de una tal Ornella di Pietro.

Aquel apellido me encogió el corazón. Me hizo prometer que no iría a su casa, dijo que él vendría a mi apartamento.

Fue la última vez que hablé con él. Por teléfono me decían que estaba de viaje y que regresaría al cabo de algunas semanas.

Y yo esperé y esperé, y entretanto sucedió lo del robo y.

.., bueno, ya sabes lo que ocurrió después.

—Lo lamento mucho —musité consternada.

—¿Sabes lo que se siente al no llegar a tiempo no a una cosa relevante de tu vida, sino a dos? ¿Sentir esa sensación esperanzada de no saberte solo en este maldito mundo y que te la arrebaten de un golpe? ¡Dos veces!

Su tono rezumaba dolor y rabia, su rictus se contrajo y su cuerpo se tensó. Luchó por recuperar el control, por contener la impotencia tan devastadora de encontrar sus orígenes para perderlos al instante siguiente.

Yo había pasado por la trágica pérdida de mis padres, pero al menos los había disfrutado durante mi infancia y había podido enraizarme, agarrarme a los recuerdos y saber quién era yo y quiénes fueron ellos.

Una tranquilidad y una estabilidad que él nunca tuvo.

Él jamás había conocido el calor del abrazo de una madre, ni la seguridad de un padre, no había disfrutado de ese amor fraternal tan único que fundamentaba los pilares de cualquier ser humano desde su primer aliento.

Sentí deseos de llorar por él, por aquella infancia perdida, por aquella juventud solitaria y por aquella eterna búsqueda que había gobernado su vida y que ahora la zarandeaba con más fuerza que nunca.

Aun así, ya tan cerca del desenlace, pues así lo sentía, su fortaleza, su coraje y su tesón me maravillaban.

Y esa resistencia a no dejarse llevar por emociones negativas y a mantener la calma en todo momento me admiraban sobremanera.

Yo, en cambio, me entregué a las mías, abrazándome a él.

Esta vez, sus brazos sí me rodearon, y eso fue suficiente para que mi corazón entrara en calor de nuevo.

El ruido del motor comenzó a atenuarse en el bullicio de la noche veneciana, que, como era habitual, reverberaba de risas, conversaciones y música.

Bajamos de la embarcación, Luca pagó el viaje y nos encaminamos hacia el apartamento de su amigo Maurizio.

Tomó mi mano para sortear bandadas de turistas ociosos y despistados y, tras doblar diferentes esquinas, llegamos a su casa para descubrir que no estaba allí.

—Habrá salido «de caza», espero que no te escandalice oírlo en acción. Estas paredes son de papel de fumar.

—¿Eso quiere decir que piensa traer a una mujer esta noche?

—Seguramente, aunque quizá tenga la deferencia de coger un hotel. La última vez me resultó muy incómodo, te lo aseguro. El diario está en tu maleta, ¿no? —Asentí—. Ve por él mientras intento encontrar la clave del portador y hallar una pauta o el modo de usarlo correctamente.

—Estás seguro de que el colgante es el portador, ¿no?

—Muy seguro, fue confeccionado precisamente para eso.

Es un objeto decorativo en apariencia, pero en realidad es una herramienta de filtro.

¿Ves que está calado? Fíjate en los huecos y en las uniones.

Tengo la certeza de que, puesto sobre la página correcta, señalará unas palabras que nos darán la ubicación exacta del tesoro.

Mucho me temo que pasaré la noche en vela, y puesto que necesito el diario original, tendrás que leer en tu teléfono.

Porque quiero que acabes la lectura esta noche.

Mañana partimos para Poveglia tanto si mi estudio da sus frutos como si no.