Meretrice CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

O CULTA BAJO MI MÁSCARA

Esa misma semana se celebraba el carnaval, y Carla y yo habíamos trazado un plan preciso que debíamos ejecutar fielmente: provocar la ira de Fabrizio, enfrentándolo a Gabini.

Conseguir que ambos se pelearan y escaparnos por los ocultos pasadizos de palacio en busca del libro en el que se fundamentaba la orden, con lo que impediríamos la posibilidad de que un ser tan abyecto como Fabrizio gozara de semejante poder.

Mientras me probaba el vestido que Carla había mandado confeccionar para mí, Chloe, tumbada en la cama, me observaba con un marcado deje de envidia en el rostro.

Su embarazo estaba muy avanzado ya, y cada día se mostraba más crispada e inquieta.

Lloraba a menudo, y su frustración por la indiferencia del que creyó su gran amor, en lugar de desvanecerse con el tiempo, la sumía en una amargura que iba carcomiéndola por dentro.

—Te sienta bien el rojo —murmuró admirando el rico brocado de mi traje.

En realidad, era el vestido más ostentoso que jamás había llevado.

Su revelador escote cuadrado exhibía con desvergonzado atrevimiento buena parte de mis oprimidos senos.

Estaba decorado con hilo de oro y profusión de cristales formando hileras que llegaban hasta el final de la falda y bordeaban refulgentes el bajo.

El tocado llevaba plumas y gemas, al igual que la máscara que cubriría mi rostro.

—No soporto más mi encierro —se lamentó en un resoplido hastiado.

—Pronto terminará, la partera dijo que dentro de unas semanas tendrás aquí a tu bebé —la animé con una sonrisa ilusionada.

—Y espero que se parezca a su padre, porque iré con él en brazos a presentárselo.

Un regusto agrio se aposentó en mi garganta.

—Chloe...

—Sí, ya sé lo que vas a decirme —me interrumpió con acritud—, pero, maldita sea, es el padre. Le daré la oportunidad de que decida si quiere o no estar junto a nosotros.

—Deja al menos que te acompañe.

—No, romperías la magia del momento. Eso es algo muy nuestro. Y te ruego que dejes de pensar en aquel vaticinio absurdo. Maldito el día en que acudí a aquella adivina.

Se recostó en la cama, sosteniéndose el hinchado vientre por la parte inferior y gruñendo por el esfuerzo.

—Me duele todo el cuerpo, no puedo dormir, sufro de horribles ardores y, de vez en cuando, siento punzadas agudas atravesarme el bajo vientre —se quejó mirando ceñuda su barriga.

—Estás en la etapa final, son normales tus dolores, pero pronto se te olvidarán cuando veas el rostro de tu hijo.

Algo que yo jamás experimentaría, me dije.

Algo que ya había experimentado Bianca, la esposa de Lanzo.

Los imaginé juntos arropando a su bebé, pues, por mucho que despreciara a su esposa, recibir de su seno un hijo de alguna forma los uniría.

Quizá aquel nacimiento había servido para congraciarlos, o al menos para que él lograra tolerarla.

En cualquier caso, al menos contaba con el consuelo de un hijo al que poder consagrar su existencia.

Posiblemente un regalo de la vida para aligerar su pena y llenar su corazón.

Un regalo vedado para mí. Sentí una punzada de resentimiento, pero me apresuré a borrar aquel pensamiento y me centré en el vestido.

Me ceñía mucho el torso, y me pregunté si me robaría el aliento antes de poder adentrarme en los pasadizos. Lo último que deseaba era desvanecerme.

—Tengo entendido que irá toda Venecia a la fiesta del dux. Imagino ya las calles repletas de chanzas, máscaras y danzas. Está tan bonita la ciudad con tanta profusión de colores y adornos... —musitó nostálgica.

—Sí, hace olvidar que en realidad nuestro antiguo esplendor pierde brillo.

—Yo, en cambio, creo que Venecia siempre será única —repuso melancólica—, no podrán diluir su magia ni ocultar su encanto. No conseguirán apagar el vivaracho corazón de sus gentes ni borrar su belleza. No hay en el mundo un lugar igual.

En su mirada titiló un orgullo contagioso.

Asentí convencida y, de nuevo, me miré en el espejo.

En mi mano sostenía la máscara, y me la coloqué sin atar los lazos.

Me cubría la mitad del rostro, y aunque se me reconocía, no parecía la misma mujer.

Mis ojos contrastaban, grises y fríos, con el vistoso color rojo de alrededor.

Me contemplé un instante preguntándome quién era aquella mujer de mirada de hielo y semblante duro.

¿Eso había hecho la vida conmigo? ¿Convertirme en hierro?

La puerta se abrió entonces y Francesca entró en la alcoba con un vistoso vestido de dos piezas en color esmeralda intenso que resaltaba su pálida tez y su esplendoroso cabello rojo.

—¿Qué os parece? —repuso girando sobre sí misma. Tras ella asomó su inseparable Giovanna.

Le lancé una mirada recelosa y la contemplé inquieta.

—¿Desde cuándo buscas nuestra aprobación?

—No la busco, sólo os muestro esta belleza. ¿No es divino, Giovanna?

La rubia muchacha asintió con sonrisa pérfida, y, anticipando sus sibilinas intenciones, me acerqué a ellas con el propósito de echarlas.

—Sí, es hermoso —confirmé sólo para apremiar su marcha, abriendo más la hoja de la puerta.

Francesca contorneó coqueta su estrecho talle y miró desdeñosa a Chloe.

—Dime, Chloe, ¿crees que a Massimo le gustará? Aunque estoy segura de que me preferirá sin él. Es tan impaciente que ya me ha roto algunos vestidos. Espero que me dé tiempo a quitarme esta preciosidad.

—¡Lárgate, arpía! —farfullé encarándola.

Francesca abrió exageradamente los ojos, simulando turbación.

—¿Acaso no le has contado que soy la amante permanente del conde?

Chloe se puso en pie no sin esfuerzo y, congestionada por la furia, se fue a por ella. Logré ponerme en medio y aferré a mi amiga por los hombros.

—Ignórala —le aconsejé sofocando mi propia rabia—, no le des lo que busca.

Pero no me hizo caso, ladeó la cabeza y la fulminó con la mirada.

—Yo llevo algo más hermoso que un simple vestido para él.

—¿Hermoso? Llevas un sucio bastardo dentro —escupió la pelirroja con inquina.

Chloe alargó la mano para golpearla, pero yo la empujé con suavidad para retirarla. Acto seguido, alcé la mía y la estampé en la mejilla de Francesca.

—Lárgate, o juro por lo más sagrado que vas a lamentarlo.

Sus verdes ojos refulgieron coléricos, se llevó una mano a la mejilla y me apuntó con su dedo amenazadora.

—Tú sí que vas a lamentarlo.

Su tono afilado e impregnado de un odio acerbo acompañó su amenaza.

Alcé la barbilla y la miré retadora.

Ella entornó los ojos con encono, frunció su rosada boca y, finalmente, resolvió irse con vehemente gesto.

Solté el aire contenido al cerrar la puerta y me giré hacia Chloe. En su afectada expresión comenzó a desdibujarse la indignación para dejar paso a la aflicción.

Me acerqué a ella, que permanecía ceñuda y temblaba pálida. La ayudé a tumbarse de nuevo en la cama y fue entonces cuando rompió a llorar desconsolada.

La abracé, sofocando en mi hombro sus sollozos, acaricié su ensortijada melena y aguardé paciente a que descargara su dolor.

—Tú... tú lo sabías... y no me lo dijiste —tartamudeó acusadora, mirándome con sus grandes ojos turquesa.

—Y ahora veo que hice bien en no decírtelo —murmuré secando sus lágrimas con mis manos.

—La odio —profirió con agudo rencor.

—Pues es más digna de compasión —aduje serena—. Debe de ser muy triste alimentarse únicamente de las miserias ajenas. Sólo un alma vacía da cobijo a la maldad.

—¿Cómo ha podido olvidarme con tanta facilidad? —se lamentó sorbiendo ruidosamente—. Me juraba amor y protección, y ahora... se revuelca con esa víbora.

—Jurar nada tiene que ver con sentir. Las palabras más hermosas cierran los ojos, los hechos los abren.

—Aun así, debo enfrentarlo, si no por mí, por mi hijo.

Tomé su mano entre las mías y la miré con infinita ternura.

—Cuando nazca el niño, lo mandaremos llamar —aseguré—.

Podrá visitarte aquí y conversaréis tranquilos.

Es lo mejor y lo más cómodo para ti, y te sentirás más segura en tu terreno.

Por favor, Chloe, no te expongas a que te echen de su casa o a que te desprecie estando sola. Recíbelo aquí, es cuanto te pido.

Me contempló llorosa, le temblaba la barbilla y el labio inferior. Sentí deseos de abrazarla de nuevo y acunarla como a una niña pequeña.

—Está bien —aceptó hipando.

Sonreí complacida y la estreché de nuevo.

—Te quiero mucho, Alonza.

Mi sonrisa se extendió llegando a mis ojos. Me aparté de ella y la miré con semblante emocionado.

—Y yo, amiga mía, y yo.

★ ★ ★

El resplandor de los numerosos faroles instalados en el patio del Palacio Ducal iluminaba a la multitud que atestaba el amplio espacio.

Los vistosos colores de trajes y máscaras, las alegres piezas con que amenizaban los músicos, el tintineo de las copas, el alborozado grajeo de chascarrillos y las melódicas risas de los asistentes convertían aquel carnaval en un estallido de luz y vida.

Venecia entera se liberaba aquella noche.

Por las calles corrían y bailaban sus habitantes ocultos por máscaras, desinhibidos, traviesos y burlones.

Danzas diversas se ejecutarían en cada rincón de la ciudad, y durante tres días no habría más norma que la diversión.

Correría el vino, los placeres y los juegos, y bajo aquel anonimato se cometerían licenciosas fechorías, ajustes de cuentas y se daría rienda suelta a libertinos comportamientos.

.. Saldría a la luz la parte más oculta del ser humano, esa que se enmudecía ante la moral o la ley.

Lo más selecto de la sociedad veneciana se encontraba esa noche en aquel patio, disfrutando de un suculento ágape distribuido en bandejas de plata por un regimiento de lacayos.

Hacía frío y pronto nos cobijarían en el interior del palacio, pero no antes de disfrutar del espectáculo de fuego que los artistas estaban ofreciéndonos.