Meretrice CAPÍTULO 40 #3
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CAPÍTULO 40 #3

Reflexioné sobre su razonamiento coincidiendo completamente con él. El dux, decían, era un hombre serio, pero poco implicado en su cargo.

—Delicada cuestión, hacerse oír por quien no quiere escuchar —espeté circunspecta.

Leonardo alzó su copa y yo lo imité.

—Brindo por nosotros, y por el ángel que haya escuchado mis súplicas para poder tenerte al fin donde tanto te imaginé.

Chocamos nuestras copas, que tintinearon acordes, abriendo en nuestros rostros una sonrisa complacida.

—Por la cantidad de información que manejas, puedo adivinar que te mueves en las grandes esferas de la sociedad veneciana.

—Sí, y entre ellos he descubierto que el placer de ser escuchado a menudo supera el placer carnal. Deben de tener esposas sordas.

Leonardo abrió los ojos como platos por el asombro y soltó una risotada ante mi ocurrencia.

—Seguramente —coincidió entre carcajadas—, y es probable que mucho menos agraciadas que tú.

—No creo que el aspecto físico condicione la capacidad de escuchar atribulaciones.

Leonardo se limpió con breves toques la comisura de sus generosos labios, atrayendo así mi atención sobre ellos.

Su mirada cambió y se tornó sugerente. Percibió mi interés y sonrió arrogante.

Y, en efecto, no me era indiferente. Debía reconocer que era un hombre que me atraía y que aquel trabajo no sería tal, pues resultaba fácil adivinar las tentadoras promesas que brillaban en sus ojos.

—No importa —repuso acariciándome con la mirada—, pero convendrás conmigo en que hablar a un ángel es más inspirador.

—Hace tiempo que dejé de ser algo parecido a un ángel, por mucho que mi aspecto confunda.

Se puso en pie y se acercó a mí.

—No espero nada angelical de ti, Alonza di Pietro —musitó tendiéndome la mano—, excepto que me lleves al paraíso.

Me levanté a mi vez y asentí con una sonrisa pícara. Él rodeó mi cintura y me atrajo hacia su pecho. Apoyó su gran mano en mi nuca y abarcó incluso con ella parte de mi mentón. Con su dedo pulgar, resiguió la línea de mi mandíbula hasta la barbilla. Luego delineó mis labios y suspiró quedo.

—Apenas puedo creer que seas real.

Inclinó la cabeza, ladeándola ligeramente para acomodar su boca sobre la mía.

El primer roce fue apenas como la sutil caricia de una pluma.

El segundo, algo más audaz, pero igual de suave.

Al tercero lo acompañó una lengua tímida que saboreó tentativa mis labios.

Gemí y entreabrí la boca para recibirlo.

Luego ya no hubo titubeos, sino que tomó con hambre lo que tan gustosa le ofrecía.

Fue un beso caleidoscópico, teñido de emociones diversas, de cambios de ritmo, de juegos cambiantes. Trocaba de la más exquisita dulzura a la pasión más vehemente para luego detenerse, mirarme profundamente a los ojos y de nuevo recrearse en aquel mar de sensaciones que exaltaba mis sentidos.

Se prodigó hábilmente en mi boca, incendiándola con un placer que sólo había sentido en unos labios. Su lengua obnubiló mi razón y consiguió que devolviera con igual dedicación cada caricia.

Sus manos comenzaron a recorrer el contorno de mi cuerpo, su respiración agitada anunció el incremento de su deseo y la urgencia por complacerlo. Entonces, lo aparté.

Leonardo me miró confuso y yo retrocedí unos pasos con gesto travieso.

Comencé a desvestirme lánguidamente, observando su arrobada expresión. Deslacé mi corpiño con estudiada parsimonia, sin dejar de mirarlo insinuante, y amplié mi sonrisa gatuna cuando su gesto se tensó impaciente. Tragó saliva y su mirada se oscureció presa del deseo que lo acometía.

Lancé lejos mi corpiño y empecé a aflojar la pretina de mi amplia falda hasta que ésta cayó perezosa a mis pies con un murmullo sumiso.

Seguidamente, desaté el verdugado y descendió de igual forma.

Tiré del cordel que cerraba el amplio y fruncido escote de mi camisola de seda, abriéndola hasta que se escurrió sinuosa por mi cuerpo.

Tan sólo vestida con las medias a mitad de muslo y los chapines, salí de entre aquel montón de ropas y me acerqué a él.

Su mirada devoró hambrienta mi cuerpo.

—¡Por san Marcos..., ardo!

Comencé a desabotonar su jubón sin apartar mis ojos de los suyos. Él intentó besarme, pero lo esquivé sin dejar de enarbolar una sonrisa seductora.

Me deshice de su jubón de mangas acuchilladas y liberé su cuello de la rígida gorguera.

Tiré de la lazada de su camisa de lino y descubrí su pecho.

El calor que emanó de él invitó a mis manos a acariciarlo.

Recorrí sus férreas ondulaciones, deslizando mis dedos hacia su acerado vientre.

Leonardo se estremeció bajo mis caricias.

De nuevo quiso apresarme, pero negué con la cabeza y continué desnudándolo.

Yo había descubierto que el sexo no era tan sólo el acto en sí, sino que comenzaba con imprescindibles prolegómenos, como una mirada, un gesto e incluso un silencio.

Que desnudarse y desnudar era todo un arte en el que debía imprimirse la misma dedicación que en el resto de los pasos.

Que alargar el placer incrementaba la intensidad del clímax, y que, si se trataba con el suficiente mimo, no sólo se agasajaba a un alma y se complacía a un cuerpo, sino que también se podía robar un corazón.

Y, aunque mucho me temía que aquel corazón ya lo había robado hacía tiempo sin pretenderlo, sentí la imperiosa necesidad de colmarlo y de dejarme colmar.

Y no tan sólo de goce carnal, sino de calor, pues en aquel preciso instante fui consciente del frío que me invadía, del vacío que tiraba de mí y de la desolación al comprender que jamás volvería a recuperar mi corazón.

Desaté la cinta que sujetaba los greguescos a su cintura y me agaché para retirarlos. Empujé hacia abajo las calzas de fino algodón y desnudé la parte inferior de su cuerpo, retirando al tiempo sus babuchas de piel.

Completamente desnudo y a mi merced, trémulo y ardiente, Leonardo me cogió de los brazos y me irguió, ciñéndome a su pecho.

Su mirada turbia se sumergió en la mía, y en ella refulgió aquel sentimiento que había nacido años antes y que ahora se mostraba rotundo y floreciente, haciendo que mi vientre hormigueara y aligerando mi pecho.

—Aquel día, en el taller, sólo necesitaste posar tus bellos ojos en mí para meterte en mi alma.

Cuando te marchaste, tardé en comprender que también habías atrapado mi corazón, pues esa nostalgia que me atenazaba, en lugar de desaparecer, aumentaba preocupantemente.

Te soñé, te pensé y te amé sin albergar esperanza alguna ni tan siquiera de poder volver a verte.

¿Puedes llegar a imaginar lo que siento ahora mismo teniéndote frente a mí, tan hermosa que me revientas el pecho, tan seductora que incendias mis sentidos y tan accesible que temo tocarte por temor a que desaparezcas?

No, no puedes imaginarlo, ni yo explicarlo.

Sólo sé que esta noche voy a moldear mi mejor pieza, que de mis manos surgirá esa hada que me robó el sueño, y que te grabaré en mi memoria con el mismo fuego que funde el vidrio.

Nos miramos con tal intensidad que supe que aquella noche también sería especial para mí.

—Moldéame, maestro, derríteme en tu fuego.

Él profirió un gemido constreñido, indicador de una voracidad casi dolorosa. Se abalanzó apasionado sobre mi boca y me besó impetuoso.

Me rodeó con sus brazos, recorriendo hambriento mi piel, aferró mis nalgas y me adhirió a su cuerpo. Su rígida y aterciopelada verga palpitó en mi vientre, aguijoneando mi propio deseo. Gemí en su boca y él pareció enloquecer.

Me tomó en brazos y, sin dejar de besarme, me llevó al piso de arriba.

Abrió de una patada la puerta de su alcoba y subió a su lecho, tumbándome en él.

Se apartó apenas para tomar mis pezones en su boca y amasó mis pechos, recreándose en ellos.

Yo ondulé mi cuerpo bajo el suyo, y gruñó ardoroso.

Aferró mis caderas y las afianzó contra el colchón, inmovilizándome.

A continuación, fue punteando mi vientre de besos, formando una hilera descendente, y me abrí de piernas para recibir su boca.

Mordisqueó la parte interna de mis muslos, lo que me provocó placenteros escalofríos.

Finalmente atrapó mi sexo en su boca y lo lamió con frenesí.

Su lengua jugueteó ansiosa con mi tierna feminidad, prodigándome un goce desquiciante.

Circundó mi inflamado botón para luego cubrirlo con su boca, aumentando con su aliento los deliciosos espasmos que me arqueaban contra el lecho como una cinta al viento.

Tras un largo agasajo, me derramé en un torrente líquido entre violentos espasmos.

Leonardo alzó el rostro de entre mis piernas y me sonrió libidinoso. Me incorporé jadeante, me puse de rodillas y él me imitó. Enlacé su nuca y lo besé rozándome contra su pecho. Gruñó en mi boca y yo me separé para morder su barbilla.

—¡Dios, me vuelves loco! —gimió apasionado.

Regresó a mi boca y, allí, en aquel húmedo reducto, lo reté en un pulso feroz, donde nuestras lenguas se enredaban ávidas de dominación.

Luego lo aparté rudamente y, ante su confuso asombro, comencé a deshacer mi gruesa trenza y a extender mi melena por mi espalda y mis hombros.

Su mirada se encendió lujuriosa cuando empecé a acariciar mis senos paseando mi mano errante por mi vientre.

Su altivo miembro basculó y se elevó imperioso.

Me acerqué a él y lo empujé dominante, obligándolo a tumbarse de espaldas.

Y entonces aferré su verga y la tomé en mi boca.

Leonardo dejó escapar un ronco gemido roto y todo su cuerpo se tensó.

Saboreé con deleite su tersa erección, empleándome minuciosamente, alternando el ritmo según sus jadeos, jugando con miradas traviesas y caricias experimentadas.

Supe que no podría contenerse mucho más.

Me detuve y me subí a horcajadas sobre sus caderas, alcé las mías lo suficiente para apuntar su miembro hacia mi hendidura y descendí despacio, cobijándolo completamente.

Él apretó los dientes mortificado, cerró los ojos e imprecó cegado de placer, apelando a su control.

Comencé a cimbrearme lánguidamente, ondulando mi cuerpo sobre él, enlazando mis ojos a los suyos, mientras sus manos me moldeaban a fuego como había prometido.

Me incliné sobre él apresando su boca, y de repente, Leonardo, me arrebató el control girando para invertir posiciones. Dejé escapar un gemido sorpresivo y él me sonrió pendenciero, alzando mordaz una ceja.

—Voy a marcarte, Alonza, para que, estés donde estés, vayas a donde vayas, ames a quien ames, recuerdes este momento y a este hombre que nunca te olvidará y que, aquí y ahora, promete renacer mil vidas hasta poder enamorarte.

Tomó mi boca con delirio, con urgencia y con tan desgarradora avidez que me faltó el aliento. Comenzó a moverse dentro de mí con tan exquisita ternura que mi cuerpo se inundó de hogueras y mis sentidos, de humo.

Sus ojos melosos, su gesto enamorado, su abrumadora intensidad pellizcaron mi pecho. Y en ese instante supe que, si mi corazón me perteneciera, lo habría robado sin remedio.