CAPÍTULO 40 #2
Sonreí ante aquella reflexión, agradeciendo el calor que manaba de su ancho pecho.
Cuando la barca por fin se detuvo, el sonido hueco de la madera contra el murete del embarcadero me devolvió a la realidad.
Leonardo se puso en pie y me ayudó a subir al entarimado.
Miré alrededor, reconociendo aquellas tranquilas calles de casitas coloridas y humildes.
Enlazó mi brazo y me condujo hasta la morada de Aldo y Berta. Una emoción intensa me constriñó.
Llamé a la puerta titubeante, pero la cálida sonrisa de Leonardo me inundó de ilusión.
Cuando la desvencijada puerta se abrió, el ajado rostro de Berta me recibió con extrañeza. Me desprendí de la capucha y la miré sonriente. La mujer parpadeó confusa y, luego, una gran sonrisa luminosa inundó su rostro.
—¡Santa Madonna...! ¿Eres tú, Alonza?
—Soy yo.
La mujer se precipitó sobre mí y yo abrí mis brazos, fundiéndonos en un largo y sentido abrazo.
Luego me arrastró al interior de la deteriorada casa y me llevó junto a Aldo, que limpiaba pescado sobre la mesa.
El hombre me observó atónito, como si de una aparición se tratara. Abría y cerraba la boca sin conseguir proferir palabra.
Me abalancé sobre él y lo abracé con fuerza. Notar bajo mis dedos la extrema delgadez de su cuerpo me preocupó.
Me separé y lo miré inquieta. Estaba consumido, encorvado y macilento. No obstante, su expresión era serena, y sus ojos, tan tiernos como siempre.
—¡Muchacha, no imaginas lo feliz que acabas de hacer a este viejo tonto!
Sonreímos entre lágrimas y me despegué lo suficiente para sumar a Berta a aquel abrazo tan conmovedor.
Cuando nos separamos, ella nos ofreció una escudilla de caldo de pescado, que rechazamos.
—Veo que la vida te ha tratado bien, no sabes cómo he rezado por ello —comenzó la mujer, admirando mi vestuario.
—He salido adelante, nada más.
—Pero estas ropas son costosas...
—¿Estáis juntos? —inquirió Aldo con expresión esperanzada.
—Esta noche, sí —respondí incómoda.
—¿Qué clase de respuesta es ésa? —musitó confuso.
—La única que puedo dar —espeté sincera.
—Hoy la he invitado a cenar —intervino Leonardo diplomático—, y no será nuestra última cita.
Berta sonrió emocionada y me cogió las manos.
—Alonza, Leonardo es un buen hombre, harías bien en dejarte cortejar por él.
No fui capaz de sostener su mirada, aunque logré mantener la sonrisa.
—Eso parece, pero ni él ni nadie debería cortejarme.
La anciana frunció el ceño desconcertada.
—¿Por qué dices semejante majadería? Eres joven, hermosa y buena.
—Lo es, y lo merece todo —murmuró de nuevo Leonardo.
—Y vosotros, ¿cómo estáis? —pregunté intentando cambiar de tema.
—Aldo anda ahí con sus achaques, se ha convertido en un viejo gruñón, pero adorable cuando quiere.
Y yo, pues como siempre... Te echamos mucho de menos y, bueno.
.. —bajó la vista a sus manos, que arrugaban el delantal—, hace un tiempo mandé a Aldo a que averiguara sobre ti, pero parecía que se te había tragado la Tierra.
Quise pensar que habías encontrado a tu Lanzo y que estabais juntos y felices.
—No lo encontré cuando fui en su busca, pero volví a verlo tiempo después. Es uno de los mejores apotecarios de Venecia. Está casado y va a tener un hijo.
Aparté la vista incapaz de sostener la conmiseración que brillaba en sus ojos.
—Lo lamento, muchacha, a veces el destino nos desvía del que creemos nuestro camino para conducirnos al verdadero.
La significativa mirada que le dirigió a Leonardo aumentó mi incomodidad.
—¿Por eso vendes tu cuerpo? —adivinó Aldo tras una intensa ojeada a mis ropas e, imaginé, por mis clarividentes respuestas.
No había reproche en su tono, pero aun así despertó mi adormecida moral, que me cubrió con un velo abochornado.
—Por más motivos —contesté escueta.
Asintió pesaroso, pero sus ojos mostraron todo el cariño que me profesaba. Asimismo, detecté un deje mortificado que también supe interpretar.
—No debéis sentiros culpables por nada: me salvasteis la vida y me ayudasteis cuanto pudisteis. Fue mi decisión y el camino que elegí libremente. Nunca podré pagaros suficientemente todo lo que hicisteis por mí. Pero prometo venir a visitaros a menudo y, de momento, quiero que aceptéis esto.
Llevé las manos a mi nuca y busqué el cierre del collar. Leonardo se aprestó gentil a ayudarme y logró soltarlo.
Lo tomé en mis manos y se lo entregué a Berta.
—Vale una pequeña fortuna —indiqué decidida—, véndelo. Aldo ya no está en condiciones de salir a pescar. Yo cuidaré de vosotros a partir de ahora.
—No puedo aceptarlo, Alonza —rezongó la mujer afligida.
—Lo harás, y no será lo único que recibas de mí.
—Pero nosotros no necesitamos caridad —intervino Aldo.
—No es caridad, es gratitud, es cariño, es sentido común..., vosotros lo necesitáis, yo no.
—Alonza...
Berta me estrechó entre sus brazos y yo la recibí sintiendo en mi pecho el inmenso afecto que les profesaba.
—Debemos irnos —musité apenada.
—La traeré de vuelta —prometió Leonardo con una confiada sonrisa.
Lo miraron tan agradecidos que tuve que reprimir las lágrimas. Me prometí visitarlos con asiduidad.
Cuando salimos al fresco aire de la noche, Leonardo me cogió de la cintura y me dio un suave beso en la mejilla.
—Eres maravillosa.
Sacudí disconforme la cabeza.
—No lo soy, debería haber venido mucho antes. Pero me centré en mi ven... —me interrumpí a tiempo—, en mi vida.
—Es inútil lamentar lo que no se ha hecho, es más sensato alegrarse de lo que se va a hacer.
Lo miré curiosa, descubriendo a aquel muchacho tenaz e ingenioso, tan cabal y chispeante, en aquel apuesto hombre que me miraba subyugado.
—Eres todo un filósofo.
—No, lo que soy ahora mismo es el hombre más afortunado sobre la faz de la Tierra.
Consiguió que me cosquilleara la nuca y que me agitara nerviosa. Era el primer hombre que lograba despertar emociones en mí, después de Lanzo.
Aquello me desagradó, y tomé aire, decidida a reforzarme.
Aquella cita era tan sólo un trabajo y él la estaba convirtiendo en algo personal.
No sabía muy bien qué pretendía, pues había pagado generosamente mis servicios, y aunque resultaba patente su innecesaria seducción, no debía permitir que me afectara en modo alguno.
Llegamos a su casa, pintada de un bonito color bermellón.
Abrió la puerta y me adentré directamente en una amplia sala con chimenea, muebles vetustos y lustrosos, ricamente decorada.
Había una mesa dispuesta para dos comensales, bajo un gran ventanal por el que se vislumbraba la luna sobre la laguna.
Habían recogido los pesados cortinones para despejar la maravillosa vista.
Leonardo me quitó la capa, la dejó en un perchero junto con su abrigo y me condujo hacia aquel coqueto rincón, donde me invitó con un gesto a sentarme.
—Pescado —anunció descubriendo la abombada tapa de una bandeja de plata—, ¿cómo no?
Me sirvió dos suculentos filetes aderezados con una liviana salsa y, a continuación, me ofreció vino. Asentí y llenó mi copa.
—Ha sido emotivo —murmuró tomando un bocado.
—Mucho, aunque Aldo me preocupa. Está muy desmejorado.
—El trabajo de pescador es muy duro, y ya es mayor para ejercerlo.
La humedad corroe sus viejos huesos y muchos días ni siquiera puede levantarse de la cama.
Suelo llevarles algunas viandas y preguntar si necesitan algo, pero, a tenor de la verdad, no es del todo desinteresada mi atención.
Solía preguntarles si tenían alguna noticia de ti.
Luego descubrí que mis preguntas los entristecían y dejé de hacerlo, aunque seguía visitándolos.
—Te lo agradezco mucho. Debería haberles mandado una carta al menos —musité compungida.
—Haz caso de mi consejo, ¿quieres? De nada vale mirar atrás.
Asentí agradecida y probé el pescado.
—Mmm..., está delicioso. Felicita a tu cocinera.
—Lo he hecho yo.
Alcé las cejas admirada. Él sonrió orgulloso.
—Exquisito —repetí saboreando cada bocado.
—¿Qué tal las cosas por Venecia? No suelo estar muy pendiente de los temas de Estado.
—Los turcos vuelven a asediar nuestras costas —comencé—.
Dicen que planean arrebatarnos Candía. El sultán Ibrahim ha heredado la crueldad de sus hermanos, aunque no su habilidad.
No atiende a negociaciones y ha destituido a la mayoría de sus visires.
Por algo lo llaman Ibrahim el Loco , y es tan odiado en sus tierras como fuera de ellas. Corren sobre él rumores extraños.
Leonardo me observaba tan fascinado como asombrado.
—Así que puede que estemos a las puertas de una inminente guerra...
—Es bastante posible, si los otomanos no detienen al sultán —afirmé tras tomar un sorbo de aquel vino especiado.
—No lo harán, loco o no —vaticinó pensativo—.
Venecia ya no es la potencia que era. Nuestra decadencia es palpable.
El desgaste de cuatro guerras con los turcos nos está pasando factura.
Nuestra flota mercante ha disminuido por culpa de la piratería, y las potencias en auge que ya dominan el Atlántico nos dificultan el comercio expansivo a otras regiones.
Además, aunque continuamos siendo los principales productores de vidrio y sedas, comenzamos a limitarnos a nuestras propias posesiones. Y eso no es bueno.
—No lo es, a no ser que logremos expulsarlos.
—Son un enemigo tan tenaz como temible. Hemos logrado contenerlos, pero en cada guerra nos arrebatan territorios. Es como si nos devoraran poco a poco.
—Y así es, me temo. Aunque confío en nuestras tropas —argüí esperanzada.
—En mi opinión, la solución está en forjar alianzas con otros reinos, mediante negociaciones y pactos.
Buscando aliados nos reforzamos, no importan las concesiones cuando está en juego la integridad territorial del Véneto.
Pero el dux es orgulloso y no se dignará a escuchar a sus emisarios —argumentó crítico—.
No entiende que es mucho mejor ceder una región a un aliado que a un infiel que sólo sembrará muerte y destrucción.
Si alguien lograra hacérselo entender...