CAPÍTULO 40
M OLDEANDO UN HADA
Cuando abrí la puerta aquella mañana, lo que menos esperaba ver era aquel rostro que me miraba tan estupefacto como yo a él.
—¡Hada de Cristal! —exclamó atónito.
A mi memoria acudió un nombre.
—¿Leonardo?
Sonrió abiertamente, todavía boquiabierto pero visiblemente feliz.
—Recuerdas mi nombre, Alonza di Pietro. Este nuevo encuentro resulta bastante más prometedor.
—Sigues siendo un soñador —repuse devolviéndole la sonrisa—, aunque, por lo que veo, has llegado a maestro. Vienes a cobrar la pieza de cristal que te encargó Carla, ¿no es así?
Asintió, se descubrió con una reverencia florida y su pícara mirada se posó de nuevo en mí con ávido interés.
—Estás aún más hermosa de lo que te he soñado estos años.
Lo dejé pasar y cerré la puerta tras de mí.
Lo observé sin miramientos. Sus facciones de muchacho habían madurado y habían adquirido una masculinidad bastante destacable y atractiva.
Su gesto travieso y su mirada pendenciera perduraban.
Era más alto y fornido, y en sus ademanes se vislumbraba una arrogancia y una confianza singulares, no provenientes de la vanidad, sino de la seguridad en sí mismo.
Su cabello castaño con reflejos cobrizos rozaba sus hombros en ondas algo desordenadas.
Sus sesgados ojos aceitunados eran vivaces y cautivadores.
Otro rasgo que atrajo mi atención fue su boca, de labios carnosos y con forma de corazón; quizá demasiado generosa para su rostro, aunque no mermaba su apostura.
El hecho de que ahora me fijara en unas virtudes físicas que antes me habían pasado desapercibidas no supe si achacarlo a mi madurez o a la certeza de saberme libre. Pues, aunque mi corazón siempre estaría preso, mi futuro, mi vida y mi cuerpo eran míos.
Mi escrutinio agrandó su sonrisa, puso los brazos en jarras e hinchó su pecho como el de un palomo.
—Me gusta esa mirada —comentó ilusionado—. ¿Estoy quizá más cerca de mi sueño, Hada de Cristal?
—Estás más cerca de cobrar tus servicios —respondí divertida.
Lo tomé de la mano y lo dirigí al despacho de Carla. Alargué el brazo presentándole la puerta con gesto burlón, y ya me retiraba cuando él aferró mi cintura y me atrapó contra la pared de aquel angosto pasillo.
—Estoy condenadamente cerca de mi sueño —susurró acercando su boca a la mía.
Ladeé el rostro para esquivar su beso y lo recibí en la mejilla.
Apoyé las palmas en su pecho y lo empujé con intención de apartarlo. Sin embargo, no logré moverlo ni un ápice.
—Te estás tomando demasiadas libertades, rufián.
—Déjame soñar unos instantes más —pidió con gesto ensimismado—. Por fin te has materializado, mi hada perversa... Robarte un beso es apenas un triste pago por todos los desvelos a los que me has condenado.
—No soy culpable de tu disparatada imaginación.
—Lo eres, me hechizaste aquel día en el taller de Murano, aunque he de confesar que me has librado de algún que otro desposorio.
—En tal caso, ya no estoy en deuda.
—Me condenas a la soltería y, ahora que vuelvo a verte, a soñarte con más intensidad.
Acarició mi mejilla con la yema de los dedos y se sumergió en mis ojos. Inclinó la cabeza hacia mí y rozó mis labios con los suyos. De nuevo volví mi rostro, pero no me aparté, sino que aproximé mi boca a su oído y le susurré:
—Mis besos valen muchos escudos, maestro vidriero. Si los deseas, no te los negaré cuando tengas intención de pagarlos.
Respiró hondo y se alejó decepcionado.
—Por si no te has percatado, soy meretriz.
—¿Qué pasó con el dueño de tu corazón?
Bajé la vista y él tomó mi barbilla entre los dedos para alzar mi rostro hacia él. La ternura que asomó a sus ojos me conmovió.
—La vida me lo arrebató.
Su dedo pulgar comenzó a rozar mi mentón y sus gatunos ojos me acariciaron.
—Lo lamento —pronunció grave—, como lamento que tu destino te haya traído hasta aquí.
—Yo elegí estar aquí, y no me arrepiento.
Leonardo asintió esbozando una sonrisa cautivada.
—Pagaré lo que me pidas, y si para ello debo endeudarme, vender mi alma al diablo, lo haré. Pero ese beso que tantas noches te he dado pronto se hará realidad.
Se apartó de nuevo de mí, embebiéndose en mi rostro.
Llamé a la puerta con los nudillos y él apresó mi mano, depositando un gentil beso en el dorso.
—La próxima vez que me veas, Hada de Cristal, será para modelarte con mis manos, como la pieza que te prometí que haría.
Sentí un extraño cosquilleo en el estómago, retiré mi mano y, tras un leve asentimiento de cabeza a modo de despedida, me alejé rumbo a la escalera.
★ ★ ★
Días después, Carla me informó de que esa misma noche debía prepararme porque un cliente vendría a recogerme.
Me puse un vestido añil, de mangas acuchilladas con brocados en plata, y recogí mi dorado cabello en una trenza sobre mi hombro, donde engarcé alfileres con cabeza de perla.
Adorné mi garganta con un collar también de perlas, a juego con unos exquisitos pendientes, y me perfumé con esencia de jazmín.
Me cubrí con una capa de terciopelo del mismo tono que el vestido y me dirigí al vestíbulo a esperar a mi cliente.
Cuando Carla emergió de su despacho y reparó en mí, me observó con franco orgullo.
—Deslumbras, Alonza, como la perla a la que haces honor.
Sonreí inclinando cortés la cabeza.
—Debo decirte que tu popularidad ha llegado a oídos del mismo dux y está ansioso por conocerte. También el cardenal ha mostrado un evidente interés por ti. Vas subiendo escalones, Alonza. Te dije que Venecia se rendiría a tus pies.
Acomodó mi trenza sobre la capa y sonrió satisfecha.
—¿Quién es mi cliente esta noche?
—Oh, el maestro vidriero —respondió ante mi asombro—. No quiso cobrar el encargo, prefirió tus servicios, y te aseguro que es una pieza cara.
Comencé a sentir un inesperado nerviosismo, algo que me contrarió sobremanera.
—Es un hombre gallardo y hermoso, y parece gentil. Creo que será una gran noche. Además, ha mostrado un excesivo entusiasmo por tu persona. ¿Lo conocías? —inquirió haciendo gala de su sagacidad habitual.
—Sí, hace unos años. Por aquel entonces era un aprendiz en Murano, pasé una temporada allí. Ha sido una sorpresa volver a encontrarlo.
—Quizá el destino...
—Nada bueno espero ya de él —mascullé indolente.
—Saca el mejor partido de lo que la vida te dé, y si esta noche te ofrece un ejemplar así, disfrútalo.
En ese instante golpearon el aldabón y me puse tensa. Carla alzó una ceja con cierta diversión al percibirlo.
Elisa acudió a abrir, pero no era Leonardo quien llamaba, sino otro hombre que no esperaba ver: Massimo Conti, el enamorado de Chloe.
Lo que tampoco esperaba presenciar era ver descender la escalera a Francesca para encontrarse con el joven conde y enlazarse a su brazo.
Abrí la boca demudada y los fulminé a ambos con la mirada. En el piso de arriba debía de estar Chloe y su ya abultada barriga, leyendo en nuestra habitación.
Salieron entre arrumacos, pero, antes de desaparecer, Francesca se giró para lanzarme una mirada sibilina.
—¿Ella? —increpé furiosa.
—Vamos, Alonza, ambas sabemos que jamás reconocerá a esa criatura. Me dijiste que era mejor que de momento Massimo no descubriera el embarazo de Chloe y, cuando la solicitó dos veces, le dije que se encontraba indispuesta. Finalmente pidió a Francesca... Todo este tiempo ha estado con ella.
—Y, mientras, Chloe languideciendo de tristeza —musité frustrada.
—Es una ingenua, y cuanto antes le quites a ese hombre de la cabeza, mejor. Yo sólo dispuse lo que me pediste. Éste es el resultado. El conde ni siquiera ha intentado ver cómo se encontraba. No la ama, como bien supuse.
—Sí, será mejor que se olvide de él. Sigo pensando que es mejor que no conozca su paternidad.
En aquel momento volvieron a llamar a la puerta. Esta vez fui yo quien se dirigió a ella. La abrí y sonreí a mi cliente.
—Más que un hada, pareces una diosa.
Me tendió galante la mano y yo se la tomé.
—¿Te parece bien que te lleve a mi casa? He mandado preparar una cena especial.
—¿En Murano?
—Sí, claro, adquirí una casa junto a mi taller.
Sonreí abiertamente. A mi memoria acudió de inmediato un deseo que pensaba intentar cumplir.
—Me encantará regresar a Murano —repuse sonriente—. Y me gustaría visitar a Aldo y a Berta, si es posible claro.
—Y a ellos les gustará volver a verte, suelen hablar a menudo de ti. Pararemos en su casa antes. Después te quiero sólo para mí.
Salimos y me condujo hasta la calle trasera, donde se abría el canal. Allí, una embarcación nos esperaba. Me ayudó galantemente a tomar asiento, y él se acomodó a mi lado.
El remero comenzó a girar los remos y nos alejamos canal abajo, deslizándonos con lentitud.
Un incendiario ocaso, ya moribundo, lamía la laguna lánguido. La incipiente noche comenzó a caer, tendiendo indolente su azulada capa, alejando los dorados estertores de un crepúsculo agonizante.
La proa de la embarcación se alejó de la ciudad surcando las oscuras y adormecidas aguas, rompiendo su placidez en sinuosas ondulaciones.
Bandadas de aves se concentraban enfilando hacia sus nidos, cruzando el cobrizo horizonte como sombras aladas.
De pronto, reparé en la penetrante mirada de Leonardo fija en mí.
Le sonreí y sus ojos refulgieron solazados.
—Alonza, no puedo apartar la vista de ti.
—Pues te estás perdiendo un paisaje espectacular.
—No, lo estoy absorbiendo al detalle.
Su mirada sobre mi boca me arrancó el impulso de humedecerme los labios, un gesto que lo hizo suspirar cautivado.
Su intensidad me estremeció. Desvié la vista y me arrebujé en mi capa. La fría humedad que ascendía sobre la laguna como un blanquecino manto de vaho se arreboló en volutas alrededor de los costados de la barca, como si fantasmagóricas olas nos trasladaran a un mundo ignoto y mágico.
Leonardo pasó su brazo sobre mi hombro, se abrió la capa y me cubrió con ella, ciñéndome a su costado.
Me dejé acunar y descubrí que me sentía a gusto en sus brazos.
—Parece que las nubes de agua me lleven al paraíso que tanto soñé.