Meretrice CAPÍTULO 39 #2
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CAPÍTULO 39 #2

Yo apenas contaba con doce años, y sólo recordaba que mi padre regresó a casa aquel día alterado y que se encerró en su despacho toda la tarde.

El incendio comenzó allí, él había estado quemando documentos y, según la investigación, uno de ellos no debió de apagarse bien en la papelera y prendió el resto.

Durante la noche, el incendio creció, y cuando el humo nos despertó ya era demasiado tarde.

El fuego se extendió veloz, impidiéndonos salir.

Mi madre me abrazaba llorando, fue el momento en que el artesonado del techo se desplomó sobre nosotras.

Ella me cubrió con su cuerpo. Eso fue lo que me salvó.

Cuando llegaron los bomberos y apagaron aquel infierno, no quedó nada de la casa.

A mí me rescataron de los escombros calcinados, dijeron que había sido un milagro que alguien pudiese sobrevivir a algo así.

Pasé un tiempo en el hospital y luego me fui a vivir con mi tía.

Falleció al cumplir yo veinte años. Para entonces ya sabía valerme por mí misma.

Y, en aquel preciso instante, recordé que era la misma edad a la que Alonza había perdido a sus padres.

Cerré los ojos y respiré pesadamente.

—No sufro de amnesia, Luca. Recuerdo perfectamente mi niñez.

—Lo sé, lo que se ha borrado de tu mente fue lo que ocurrió aquel día, lo que provocó que tu padre quemara documentos.

Tú estabas allí, en ese despacho, y tu padre te dijo algo relacionado con tu abuela, tu madre lloraba, y esa misma noche se cernió la tragedia sobre vosotros.

No creo que fuera un incendio accidental.

Me giré hacia él con lágrimas en los ojos, furiosa y desorientada.

—¿Cómo... cómo puedes saber eso? Yo... sólo recuerdo el abrazo de mi madre..., nada más. No, no había nadie allí para que pueda contar nada. Me parece mezquino lo que estás haciendo conmigo —acusé dolida—. Dime, ¿es otro de tus juegos? ¿Qué pretendes conseguir, maldita sea?

Tuvo el buen juicio de no acercarse y de ofrecerme una mueca compasiva.

—Te dije que todavía no era el momento.

—¡Contesta!

Me miró resignado.

—Tu abuela estaba al teléfono esa tarde contigo.

Te había pedido que buscaras una carta de Alonza en el despacho de tu padre y se la leyeras.

Tu madre te sorprendió y te arrebató el auricular, luego discutió fuertemente con Ornella.

Ella volvió a pedirle que le entregara la carta de Alonza, tu madre se negó y entonces tu padre decidió quemar varios documentos, entre ellos, la carta.

Tú estabas allí, oíste toda la discusión, tuviste aquella carta en tus manos.

Tú sabes lo que pasó después, tienes guardado en tu memoria lo que ocurrió aquel fatídico día, el motivo de aquella discusión y quizá incluso lo que decía la carta.

Apreté los puños intentando controlar mis emociones.

—Y ¿por una maldita carta, por un maldito tesoro escondido, te atreves a escarbar en tan dolorosos recuerdos? ¿Qué clase de monstruo ambicioso eres? Está claro que sólo fui una herramienta, tú no me quieres —sentencié devastada por mis propias palabras.

—Alessia, no pierdas los estribos, comprendo que...

—No comprendes una mierda —lo interrumpí desbordada e iracunda, pero sobre todo agotada—. Es mi vida, ¡mía!, y no pienso permitir que la uséis a vuestra jodida conveniencia. ¡No!, ¿me oyes?

—No..., no es así. A mí no me importa el tesoro, si quiero que recuerdes es por otro motivo.

—No quiero seguir escuchándote —concluí trémula y desolada.

Las lágrimas abrasaban mis ojos, y un puño implacable atenazaba mi corazón.

—No voy a insistir —murmuró afligido.

—Seguiremos juntos en esto, pero no quiero que vuelvas a acercarte a mí. Y, cuando todo acabe, descubramos lo que descubramos, yo volveré a mi casa a ordenar mi vida y olvidarme de esta pesadilla.

Pude ver en su rostro una mueca dolorosa, como si lo hubiera golpeado. No obstante, logró recomponerse para cubrirse con una máscara dura y fría.

—Como quieras —aceptó herido. La aspereza de su tono raspó mi pecho—. Iremos a tu hotel, recogerás tus cosas y nos instalaremos en casa de un amigo. Mi apartamento ya no es seguro. Cuando regresemos de Poveglia, serás libre de hacer lo que gustes, yo no te retendré.

—No podrías.

Otra mueca dolorida. Se giró rígido hacia su escritorio y comenzó a introducir papeles en una carpeta de espaldas a mí.

—Recoge tus cosas, salimos de inmediato —pronunció seco.

Asentí y salí del despacho con el pecho constreñido, sofocando los sollozos y compadeciéndome de mí misma.

★ ★ ★

Llegamos a casa de su amigo Maurizio entrada la tarde. Nos recibió risueño y cordial, y nos ofreció su casa ese fin de semana, ya que él se iba al día siguiente a Capri por negocios. Nos instalamos en habitaciones separadas y cenamos juntos los tres.

No me pasó por alto la mirada interesada que me prodigó nuestro atento anfitrión ni el cortejo que pareció iniciar conmigo ante la huraña expresión de Luca, que parecía tolerarlo sólo porque sabía que Maurizio se marcharía al día siguiente.

—Entonces, ¿sólo sois socios? —inquirió dirigiéndome una mirada esperanzada.

—Eso parece —masculló Luca con manifiesta hosquedad.

—En tal caso, bella Alessia, me atrevo a pedirte una cita a mi regreso.

—¿No estabas con una tal Linnia? —rezongó Luca.

—Lo dejamos —se limitó a responder él.

—¿Por?

Maurizio lo miró molesto, se llevó la copa a los labios y, cuando posó sus ojos en mí, los entornó seductor.

—No nos entendíamos. Así es la vida... Por fortuna, cuando una puerta se cierra, puede que se abra otra más hermosa.

Me sonrió alzando su copa y me encontré devolviéndole la sonrisa.

—O puede que no —subrayó Luca, claramente disgustado.

Maurizio se pasó la mano por su abundante cabello rubio en un gesto vanidoso que acompañó con una mirada sugerente. Sus ojos verdes refulgieron de promesas, suficientes y determinantes.

Era muy apuesto, pero también el tipo de hombre ególatra y superficial que dedicaba su vida a conquistar a mujeres de las que imaginaba se desprendía cuando se cansaba de ellas.

Sin embargo, y sin entender muy bien mi reacción, me encontré respondiendo a su cortejo:

—O puede que sí.

Luca me fulminó con la mirada, su faz se ensombreció tormentosa y su cuerpo se puso rígido conteniendo su impotencia. Tras apurar su copa, se levantó de la mesa y nos miró resentido, aunque su tono sonó indiferente.

—Si no os importa, voy a dar un paseo. Veo que necesitáis intimidad y, francamente, no me encuentro bien, me vendrá bien un poco de aire fresco.

Lamenté en el acto mi actitud beligerante con él.

—Luca...

—Tranquila, sólo necesito ordenar mis pensamientos. Volveré a tiempo para acudir a nuestra cita con Zanetti.

Se giró y desapareció con paso resuelto y porte altivo.

Sentí un vacío tan grande ante su ausencia que Maurizio notó la desolación en mi semblante.

—Vaya, veo que esa puerta ya la abrieron.

Su mirada depredadora se volvió de pronto en una comprensiva, teñida de resignación.

—Sí —confesé, tragando la bola de inquietud que crecía en su ausencia.

Sabía que estaba dolido y que yo estaba pagando con él la frustración que sentía de manera injusta, pero no era capaz de canalizarla sin descargarla en él. Me reprendí duramente, prometiéndome alcanzar una tregua cordial, al menos hasta poder aclarar todo aquel misterio.

—Nunca lo había visto así —adujo Maurizio—, debe de estar muy colgado por ti.

Bajé la vista y respiré profundamente, procurando alejar la culpabilidad.

—¿Ha tenido muchas... novias?

—Ha salido con chicas, pero a ninguna las miraba como te mira a ti. Creo, sin temor a equivocarme, que nunca ha estado enamorado. Debes de ser muy especial.

—Él sí que lo es.

—No sé qué pasa entre vosotros, pero te diré algo, Alessia: Luca es un gran tipo, algo solitario y a veces nostálgico, pero jamás me ha fallado cuando he necesitado su ayuda.

Es noble, leal y consagrado a su trabajo, y más listo que el propio diablo.

No han sido pocas las que han intentado cazarlo, y él nunca se dejó echar el lazo.

—Comenzó a recoger los platos y me levanté para ayudarlo—.

Nos conocemos desde la universidad —prosiguió—, y mientras yo picoteaba aquí y allá con unas y con otras, él sólo se centraba en sus estudios.

Acabó la carrera con matrícula y, aun así, parecía que nunca se sentía feliz del todo.

Había momentos en que se volvía huraño y se encerraba en sí mismo.

No conoció a sus padres y jamás tuvo ningún lazo fraternal, quizá eso lo endureció demasiado, pero te aseguro, Alessia, que dentro de esa coraza se esconde un tierno y vulnerable Luca.

—Lo sé, he tenido la suerte de disfrutar esa faceta.

Maurizio alzó las cejas asombrado, luego sonrió complacido y asintió confirmando su teoría.

—Entonces no hay duda: está loco por ti.

Y yo lo sabía, por mucho que me empecinara en negármelo a causa de mi desbordada ofuscación.

Su corazón no mentía, pero amar dolía en aquel momento en que sentía que toda mi vida dependía de aquel trágico día en que había perdido a mis padres.

Saber que en mi mente se hallaba oculta la respuesta de aquel enigma, que por culpa de aquel secreto de Alonza mi vida se había truncado, provocaba en mí una rabia insana que emponzoñaba mi ánimo y enturbiaba mis sentidos.

—Y yo lo amo como jamás creí poder amar —confesé conteniendo duramente las lágrimas.

—Deja los platos y ve tras él. No andará lejos, imagino que estará deambulando por la plaza.

—No, debo seguir leyendo sobre el caso que nos ocupa. Él necesita ese paseo y aclarar su mente.

—Como quieras.

Entré en mi habitación y tomé entre mis manos el pesado diario. Acaricié su lomo, lo abrí y busqué la página donde me había quedado. Contuve el aliento cuando releí el lema de la orden...