Meretrice CAPÍTULO 41 #2
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CAPÍTULO 41 #2

Uno de ellos hacía girar en su mano una cuerda llameante con tan asombrosa habilidad que trazaba figuras en la noche a una velocidad vertiginosa.

Otros saltaban ágiles a través de un círculo de fuego, ejecutando atrevidas piruetas.

Dos voluptuosas jóvenes hacían arriesgados malabares con dos antorchas, lanzándoselas en el aire tras hacerlas girar grácilmente.

La multitud aplaudía fervorosa, y Carla y yo buscábamos a Gabini y a Fabrizio entre los asistentes con la mirada. Difícil tarea entre tanta máscara.

Entre toda la amplia gama de llamativos tonos que estampaban la costosa ropa de los congregados, un abrigo negro llamó mi atención.

Estaba de espaldas a mí, por lo que pude apreciar el mismo color en la coleta que pendía sobre su espalda.

La sobriedad de aquel atuendo no era lo único destacable en aquel hombre.

Su porte me resultó familiar, y una corazonada me aceleró el pulso.

Cuando se llevó la copa a los labios, ladeó el rostro lo suficiente para permitirme atisbar su regio perfil. Llevaba un sencillo antifaz negro, pero su nariz recta y la fuerza de su mandíbula me hicieron adivinar un color de ojos que no llegué a distinguir desde donde me encontraba.

Sentí un cosquilleo en mi vientre, que ascendió juguetón hasta mi pecho, donde se aposentó cálido.

Giraba a ambos lados la cabeza como si buscara a su alrededor mientras escuchaba a su interlocutor, que no era otro que el gran Claudio Monteverdi, el famoso compositor.

Deseé rodearlo disimuladamente, sólo para sumergirme una vez más en aquel profundo azul que me encogía el corazón.

—¿Dónde demonios está Gabini? —masculló Carla impaciente.

Estaba radiante con su vestido dorado y su lustroso pelo zaíno recogido en lo alto de la nuca. Su máscara dorada era una extensión del curioso tono de sus ojos.

—Demos una vuelta —sugerí—, nos encontraremos junto al pozo.

Carla asintió y se integró en aquella masa móvil y ruidosa de colores.

Yo hice lo mismo desde el otro lado, sabiendo dónde me llevarían mis pasos y dónde estaría mi verdadera atención.

Miré a mi alrededor buscando a nuestras presas, pero acercándome intencionadamente a aquel abrigo negro, que ejercía una ineludible atracción sobre mí.

Me posicioné calculadora frente a él, medio escondida entre un grupo de amigos que charlaban animados.

Sus hermosos ojos celestes me cautivaron, y, como siempre sucedía, me descubrí incapaz de apartar mi vista de ellos.

Lanzo, en realidad, fingía escuchar a su interlocutor, pues estaba más centrado en inspeccionar su entorno.

Distaba mucho de ser aquel joven enclenque de rostro anodino y ánimo apocado.

El hombre que ahora tenía frente a mí era corpulento, bien formado, de considerable estatura y rotunda apostura.

Desprendía fuerza, seguridad y hombría, y aquel antifaz no hacía sino aumentar su atractivo con buenas dosis de morbo.

Me mordí el labio ante los libidinosos pensamientos que su sola cercanía me provocaba. De igual modo, mi corazón los enfriaba gritándome que su proximidad también dolía.

Oculta bajo mi máscara, escondida tras grupos de invitados, acechaba a Lanzo, sin apenas darme cuenta de que paulatinamente mis pies me llevaban hacia él.

Me perdí en sus labios, posados en el borde de aquella copa, humedecidos por el ambarino licor que los acariciaba. Deseé beberlo de su boca y emborracharme en su mirada.

Retiré, mortificada, la vista, mordiéndome impotente el labio inferior, conminándome a retomar mi misión original.

Paseé la vista por los congregados buscando alguna facción familiar, o quizá un gesto o una pose mínimamente reconocible.

Pero, entre todos aquellos variopintos y coloridos tafetanes, sedas y damascos, máscaras, plumas, tocados y sombreros, la búsqueda se convertiría en toda una proeza.

Fijé la mirada en la galería de la primera planta, pensando que quizá aquella perspectiva del patio facilitara mi empresa, y ante mi estupor, me topé con dos hombres que discutían acaloradamente.

Reconocí la aguileña nariz y el bruno cabello de Gabini.

Entorné los ojos y reconocí también los ademanes de Fabrizio.

Observé atenta aquel enfrentamiento y me asombró que sucediera sin necesidad de provocarlo.

Aunque, en realidad, sí podría haberlo provocado yo usando el estramonio.

Quizá, de alguna manera, en la abotargada mente de Gabini se había filtrado mi acusación contra Fabrizio.

Cuando bajé la vista, exhalé un gemido sorpresivo al descubrir los azules ojos de Lanzo fijos en mí.

No fui capaz de retirar la mirada y, presa de aquel influjo, derramé sobre él la intensa emoción de volver a verlo.

Tampoco fui consciente de que el grupo que me había ocultado ya no estaba, ni de que ningún cuerpo me separaba del suyo. En aquel instante sólo existíamos él y yo. La música pareció diluirse, los colores apagarse y el mundo entero desaparecer.

Aquellas dos gemas celestes refulgieron intensas y me faltó el aliento cuando dio un paso hacia mí.

Tomó mi mano y depositó un suave beso en el dorso con gesto cortés.

—Tu belleza golpea, ¿lo sabías?

Tragué saliva incapaz de pronunciar palabra.

—Da igual las veces que te mire, lo grabada que te tenga: siempre que vuelvo a posar los ojos en ti, mi corazón se detiene.

—Lanzo...

—Alonza...

Nuestras miradas se fundieron como el acero en la fragua. Sentí el arrebatador impulso de lanzarme a sus brazos, de pedirle que me sacara de allí y me llevara muy lejos. No obstante, bajé la vista y me afané denodada por recuperar el control.

—Supe que habías sido padre —proferí sin ocultar mi congoja, golpeándome con aquella realidad para salir de aquella nube—, enhorabuena.

No respondió, tan sólo me observaba con tal intensidad que su mirada me quemaba la piel.

—También supe el verdadero motivo por el que aceptaste a Bianca. No deberías haber condenado tu vida por mí.

—Habría entregado mi vida si con ello hubiera podido borrar lo que te hicieron.

Respiré hondo y negué con la cabeza.

—Lo que nos hicieron —puntualicé resentida—. Al final consiguieron separarnos y manejar nuestras vidas. Yo, lejos de ti; tú, junto a ella.

—No, tú no has estado lejos de mí ni un solo día —replicó con firmeza.

Lo miré con el ceño fruncido, y mi expresión dolida lo hizo acercarse. Yo retrocedí.

—No sé qué pretendes reavivando heridas que tanto me esfuerzo en curar —le reproché.

—¿Acaso tiene el amor cura?

—No, bien lo sé. Pero cubrirlo con paños que lo oculten te hace olvidar la cicatriz que dejó. Tú mismo me hiciste entender que era mejor que no volviéramos a vernos. No comprendo tu empeño en retirarlos.

Bajó la vista y resopló afligido.

—Cada día me cuestiono aquella decisión, me flagelo con ella y me repito agotado que es lo más sensato.

Cada noche cierro los ojos y te imagino en brazos ajenos, y yo.

.. yo siento deseos de correr a tu lado y arrancar a ese hombre sin rostro de tu cuerpo.

Y para estrangular ese impulso me devoro a mí mismo. Y, así, día a día, muero un poco.

—Tienes un hijo, vuélcate en él.

—Lo hago, creo que es lo único que me sostiene.

—Entonces aférrate a él y olvídame.

Me giré decidida a marcharme antes de que el llanto impotente que ya quemaba mis ojos se liberara ante él.

Pero Lanzo aferró mi brazo y me obligó a encararlo.

—Jamás, no te has grabado sólo en mi corazón, llevo tu nombre en mi alma.

Intenté desasirme, cuando un hombre corpulento se interpuso entre él y yo.

—¡Suéltala de inmediato! —tronó Leonardo enfrentándose a Lanzo.

Ambos se miraron retadores.

—No..., no te preocupes, Leonardo, todo está bien.

—¿Seguro? —insistió ceñudo sin despegar su airada mirada de él.

Descubrí en la encendida expresión de Lanzo una belicosidad preocupante.

—Vámonos, ya no tenemos nada más que hablar.

—¿Éste es el paño con que te cubres? —farfulló Lanzo furioso.

—Eso no es algo que te incumba —respondí ofuscada.

Me clavó una mirada disgustada y, apretando los puños, se encaró a Leonardo.

—Quitaré cada paño que pongas, porque me perteneces —sentenció porfiado.

Lo observé contrariada y confusa por aquel extraño cambio de actitud, con el corazón encogido por aquella mirada dolida y absurdamente pertinaz.

Leonardo nos miraba alternativamente, adivinando en mi afectada expresión quién era aquel hombre carcomido por los celos.

Bajé la vista con honda pesadumbre, y ya me volvía cuando Lanzo intentó alcanzarme de nuevo. Leonardo se lo impidió colocándose entre ambos y, antes de que pudiera ser consciente de lo que estaba ocurriendo, los dos se enzarzaron en una pelea a puñetazos.

La gente de alrededor se apartó escandalizada, varias mujeres profirieron gritos asustados y yo los miré con el corazón en la garganta sin saber cómo separarlos.

Leonardo evitaba golpearlo, limitándose a esquivar los ataques de Lanzo, que parecía más cegado por el dolor que por la ira, como si en realidad quisiera descargarse contra la vida y no contra aquel hombre que únicamente procuraba sofocar aquel ataque sin devolver un solo golpe.

Trató de contener la ofensiva de un Lanzo que cada vez parecía más beligerante.

—¡Lanzo, basta!

Miré en derredor en busca de auxilio, ansiosa y preocupada.

Los hombres se enredaron en el suelo girando y forcejeando. Leonardo encajaba los golpes apretando los puños, cubriéndose como podía. Se afanó por detenerlo abarcándolo con los brazos y bloqueando así sus continuos ataques, pero Lanzo parecía haber enloquecido.

Un par de hombres se abalanzaron entonces sobre ellos para separarlos. Uno era Monteverdi; el otro, Marcello, el fornido guardián de Carla.

Los alejaron y tuvieron que sujetar a Lanzo entre ambos. Leonardo lo miraba jadeante y enojado, sacudiéndose el abrigo mientras se acercaba a mí.

—Lo... lamento mucho —me disculpé trémula.

—No te preocupes, no debe de ser muy fácil aceptar que ya no estás a su alcance.

Lanzo se zafó rudamente de los brazos que lo sujetaban y me clavó una mirada ceñuda y amarga. Luego, con brusca impetuosidad, dio media vuelta y se perdió entre la multitud.

Sentí un hondo desasosiego ante su inusitado comportamiento. No entendía cómo su hijo y el tiempo no habían logrado amortiguar el dolor por nuestra separación. Ninguno de los dos podíamos borrar la herida, pero tampoco tenía sentido reavivarla.

Leonardo me contemplaba pensativo. Su rictus tierno y su dulce mirada me reconfortaron lo suficiente para regalarle una tibia sonrisa.

—Has sido muy considerado con él, te lo agradezco. No sé qué le habrá ocurrido, ha perdido por completo el control.

—Ya lo golpeó la vida arrancándote de su lado, no soy hombre de cebarme en la desgracia ajena. Y, aun así, lo envidio. La forma en que lo miras es tan reveladora...

Desvié la vista y apreté la mandíbula. Aquel desafortunado encuentro no podía derribar mis barreras ni desviarme de mi objetivo principal.

Volví a mirar hacia la galería de la primera planta y comprobé que estaba desierta.

En aquel momento apareció Carla y, tras disculparse con Leonardo, me alejó unos pasos. Pude ver la ansiedad en su rostro.

—Algo no va bien —susurró nerviosa.

—Yo he visto a Fabrizio y a Gabini discutiendo en la galería.

—Están todos ellos —informó inquieta—, todos. Y eso sólo puede significar una cosa: esta noche habrá una reunión secreta. No podremos acceder a la cámara para robar el libro, y maldita sea si hallamos mejor ocasión que esta noche.

—Pues tendremos que escoger otra.

Compuso un mohín obstinado y permaneció pensativa, elucubrando un plan alternativo.

—No —replicó finalmente, entornando sagaz los ojos—. Será esta noche, y sé cómo hacerlo. Que estén todos reunidos es más un auspicio venturoso que un contratiempo. Tomaremos nuestra venganza y libraremos al mundo de ese libro.

La miré intrigada y asentí, aunque no sin ciertas reservas, dado el riesgo que encerraba aquella determinación tan desdibujada.

—Sé más precisa —pedí intentando asimilar aquella audacia.

—Por lo que me has contado, se reúnen en los piombi , en la cámara de las torturas.

Imagino que tienen sobornado al carcelero, o quizá el propio dux les haya dado su beneplácito.

.. Me inclino más por la segunda opción.

De cualquier modo, la cámara es la antesala de la prisión.

Y lo único que debemos hacer para crear el caos es infiltrarnos antes de que la reunión comience y liberar a los presos en el momento más oportuno.

—Eso es demasiado temerario —objeté reticente.

—Pero una oportunidad única para apoderarnos del libro y deshacernos de todos ellos.

—¿Cómo? —inquirí desaprobadora—. Una cosa es robar ese libro y otra acabar con ellos. No cuentes conmigo.

—No de todos, por supuesto —aseguró grave—. Tendrás que ingeniar algo para alejar a Lanzo de aquí. Y no debes preocuparte por tu conciencia, Alonza, yo me haré cargo de los miembros y tú de llevarte el libro.

—Me preocupo por todo, Carla. Se desatará un pandemónium cuando liberemos a los presos. Son hombres peligrosos y muy violentos, imposibles de contener, se lanzarán sobre nosotras también.

—Sólo tendrán en mente escapar de los piombi —replicó convencida—, arrasando con quien se lo impida.

Y no podrán salir si no le arrebatan la llave al miembro que la lleve, el maestre, que no es otro que Fabrizio, o a mí, que sobornaré al carcelero.

Nos esconderemos en una celda vacía hasta que todo se tranquilice, y tu única misión será llevarte el libro.

—No me iré sin ti.

Me observó grave y su semblante se oscureció con una determinación que me inquietó sobremanera.

En aquel momento, unas trompetas anunciaron el inicio del baile en la sala del Maggior Consiglio.

Los trovadores, los acróbatas y los saltimbanquis cesaron sus espectáculos y la gente comenzó a arremolinarse en torno a la escalinata principal para acceder al palacio.

Carla escarbó en la bolsa de mano que llevaba atada en la cintura, extrajo la pirámide de cristal con la esfera en su interior y me la entregó.

—Quizá si le dices a Lanzo que lo has robado, dejas que te persiga fuera de palacio y logras despistarlo y regresar aquí a tiempo, quede fuera de todo esto.

No sé cuándo tienen pensado escabullirse, pero imagino que durante la fiesta.

Y presumo, además, que es una reunión extraordinaria por los recelos que ambas hemos ido sembrando.

En aquel momento pasó junto a nosotras el altivo conde Massimo Conti, con porte rígido, semblante torvo y los puños apretados. Atravesó el patio en dirección a la salida visiblemente enojado. Giré la cabeza siguiendo sus pasos hasta que se perdió entre la turba.

Un extraño desasosiego me invadió de repente e hizo que sintiera en mi garganta un regusto amargo. Una caricia helada me recorrió la nuca y me provocó un abrupto escalofrío.

Carla llamó mi atención posando una mano en mi hombro.

—¡Aprisa, Alonza, no tenemos tiempo que perder!