CAPÍTULO 27 #2
Atrapé su labio inferior y tiré suavemente de él.
—Esta vez quiero una cama.
Luca me besó apasionado, pero se apartó contenido y tiró de mí hacia delante acelerando el paso con el ceño fruncido y la urgencia pintada en el rostro.
Reí divertida. Entonces él se detuvo, me lanzó una mirada traviesa y rodeó mi cintura normalizando el paso.
—Vas a acabar conmigo, ¿lo sabías?
—Sí —ratifiqué con gesto pícaro—, y no voy a dejar nada.
—Tampoco yo —prometió con mirada depredadora.
Sonreí con el corazón pleno y el alma tan ligera como una pluma.
★ ★ ★
Tras hacer el amor con ardiente frenesí, tras prodigarnos caricias tiernas y besos dulces, tras hablarnos con miradas emocionadas y abrazarnos presos de sentimientos profundos, supe que, pasara lo que pasase, aquel hombre de mirada felina había conseguido reventar mi pecho con un sentimiento que, a pesar de haberlo pronunciado, en realidad ahora comprendía que me era desconocido.
Hasta ese momento, hasta que esos oscuros ojos y esa pendenciera sonrisa habían derribado a patadas la puerta con que protegía mi corazón.
—¿Lo he conseguido? —inquirió leyendo mis pensamientos.
La ternura de su expresión y el ilusionado tono que vibró en su voz me hicieron sonreír emocionada.
—Lo has conseguido.
Compartió mi sonrisa y me besó trémulo. Cogió mi mano y posó mi palma en la desnuda piel de su pecho a la altura de su corazón.
—Te metiste aquí la primera vez que te vi, te amé en silencio todos esos años y fantaseaba con robarte lo mismo que tú me habías robado a mí sin ni siquiera mirarme.
Soñaba cada noche con este momento, creyéndolo una quimera.
Y ahora... —hizo una pausa, tragó saliva y suspiró largamente— estás aquí, entre mis brazos, y tus ojos brillan como los míos.
—Luca...
Apoyé mi rostro en su ancho pecho y oí sus latidos. Sus brazos me rodearon y, por primera vez en mi vida, me sentí en casa. Aquél era el lugar que tanto había buscado, el único sitio en el mundo donde deseaba estar.
—Sé que hay cosas que no me has contado sobre ti —murmuré pensativa—, y sé que lo harás cuando llegue el momento. Y quiero que sepas que anhelo ese instante tanto como lo temo.
—Yo también lo anhelo tanto como lo temo, pero todavía no ha llegado ese momento, y me niego a pensar en él. Ahora mismo tengo muchas cosas de las que preocuparme.
—Como resolver ese acertijo —recordé.
—En efecto.
Se removió y yo me aparté. Estiró el brazo hasta su chaqueta, tirada en el suelo, y rebuscó en el bolsillo interior. Extrajo el papel plegado y volvió a acomodarse en la cama.
Le eché un vistazo mientras él lo leía con atención.
—Los acertijos no son complicados —declaró convencido.
Presté atención al primero y lo leí en voz alta:
—«Un cazador salió una mañana de su campamento. Caminó un kilómetro hacia el sur y vio un oso. Lo siguió hacia el este durante un kilómetro exacto, lugar donde lo mató. Luego lo arrastró un kilómetro hacia el norte hasta el mismo campamento de donde había salido. ¿De qué color es el oso?»
Fruncí el ceño y miré a Luca impresionada.
—¿Esto te parece fácil? Yo no le encuentro sentido.
Él sonrió con suficiencia y asintió.
—Todo tiene su lógica, sólo hay que encontrarla.
Fijé mi vista en el segundo y mi ceño de incomprensión se acentuó.
—«Dos hermanos estaban tomando un trago en un bar.
De repente, uno se enzarzó en una acalorada discusión con el cantinero.
Sacó un cuchillo y, a pesar de los intentos de su hermano por detenerlo, hirió al cantinero en el pecho.
En el juicio se lo encontró culpable de ataque con un arma mortal y de inferir heridas serias.
Al finalizar, el juez dijo: “Se lo ha encontrado culpable de un grave crimen. Sin embargo, no me queda más remedio que dejarlo libre”. ¿Por qué?»
Alcé las cejas confusa y resoplé desconcertada.
Luca se inclinó lateralmente y extrajo del primer cajón de su mesilla de noche un bolígrafo y un bloc de notas.
Se incorporó acomodando tras su espalda la almohada doblada, flexionó las rodillas y apoyó el bloc en ellas. Observé con interés cómo comenzaba a apuntar datos en la libreta con expresión concentrada.
Al cabo, y tras haber escrito algunas líneas, releyó el primer acertijo y asintió para sí.
—Blanco —afirmó rotundo—, el oso es de color blanco. Es un oso polar.
Lo contemplé boquiabierta y miré sus notas y a él alternativamente.
—Y has llegado a esa conclusión por...
—El dato común y más llamativo de este acertijo es la distancia: un kilómetro.
El cazador parece estar a la misma distancia de su campamento, tome la ruta que tome.
Y el único lugar de la Tierra donde se puede caminar distancias iguales hacia el sur, el este y el norte, y acabar en el punto de partida es uno de los polos.
Y puesto que en el Polo Sur dicen que no hay osos, se trata del Polo Norte, y ya se sabe de qué color son esos osos.
Lo admiré maravillada y contuve las ganas de borrar esa sonrisa vanidosa con un beso.
—¿Y el del hermano asesino? ¿Por qué se lo acusa y no va a la cárcel?
Luca arrugó el ceño y releyó con aguda atención el acertijo. Esta vez no apuntó nada, mordisqueó reflexivo la punta del bolígrafo y se encogió de hombros.
—Debe de haber una razón de peso para que a un tipo se lo encuentre culpable de un grave crimen y quede en libertad. La solución está en la frase del juez: «No me queda más remedio que dejarlo libre», lo que me lleva a suponer que el condenado debe de sufrir de alguna tara física.
—¿Por qué no psíquica?
—Pues porque, si fuera así, no lo dejarían libre, sino que lo internarían en un psiquiátrico.
Asentí aceptando su teoría.
—Debe de ser una tara muy peculiar para no entrar en prisión.
Luca se reclinó y cerró los ojos meditativo.
Volví a abrazarme a él, sentir su brazo rodeándome me hizo sentir segura y querida. Comenzó a acariciar mi cabello en un gesto repetitivo que empezó a adormilarme.
—¡Lo tengo!
Abrí los ojos y lo miré asombrada.
—El acertijo menciona al otro hermano y que intentó detenerlo —comenzó animado—, si no fuera importante ese dato, no tendría mucho sentido que se reseñara.
—Cierto.
—Con lo cual, ese dato es parte de la solución. Y si el hermano culpable no puede ir a la cárcel porque tiene una tara física, quizá el otro hermano sea su tara. Ya que, si fueran hermanos siameses, no sería justo mandar a prisión a alguien inocente que, además, intentó evitar el crimen.
Me incorporé completamente impresionada con aquella brillante deducción, fascinada por la agudeza de su ingenio, y absolutamente arrobada por ese gesto descreído y fatuo de quien conoce sus habilidades y las muestra con aquella relamida naturalidad.
Acaricié su mentón con la fija vista en sus voluptuosos labios y fui incapaz de contener el anhelo de probarlos.
Lo besé minuciosamente, recreándome, tanteando su lengua y apartándome para que fuera él quien me buscara. Gimió entregado y entonces me aparté para sumergirme en sus ojos.
—Con semejante recompensa, ya ardo en deseos de desentrañar los otros acertijos.
—Tu inteligencia me subyuga, Luca, pero esa boca tuya me nubla el entendimiento.
Curvó los labios en un gesto arrogante y me clavó una mirada ardiente.
Deslizó su mano por mi espalda sinuosamente hasta llegar a mis nalgas, repasó su redondez y las oprimió con posesividad.
—Hay un acertijo que lleva tiempo dándome vueltas y no logro resolver —susurró en un tono grave y roto que me erizó la piel—. ¿Cómo es posible que te desee tanto tras haberte hecho el amor?
—¿Importa el porqué? —musité frotándome contra él.
—No, sólo me preocupa morir de hambre, pues, por mucho que coma, no logro saciarme de ti. Porque así me siento contigo, joder, nunca parezco tener suficiente.
—Entonces moriremos juntos devorados por este fuego.
Luca buscó mi boca y la tomó con famélica urgencia. Gemí ardorosa y, sin despegar nuestros labios, me coloqué a horcajadas sobre sus caderas. Balanceé las mías para sentir entre mis piernas su latente dureza y me alcé para cobijarla en mi interior.
Descendí lentamente, acomodando mi interior a la férrea incursión y saboreando cada sensación.
Me aparté de su boca y me erguí arqueando levemente la espalda hacia atrás.
Incliné la cabeza hacia el techo, cerré los ojos y comencé a cimbrearme con suavidad, buscando esa fricción que tanto exaltaba mis sentidos.
Las grandes manos de Luca apresaron mis caderas, imponiéndome un ritmo lento.
Nuestros cuerpos se acoplaron con una sincronía perfecta, prendiendo un placer que comenzó a desgastarnos.
Cuando sentí su boca cubriendo uno de mis pezones, exhalé un gemido largo y tortuoso.
La voracidad de Luca, sus posesivos ademanes y el feroz deseo que lo consumía lo llevaron a tomar el control.
Se incorporó aferrando con más fuerza mis caderas, me impulsó hacia atrás colocándose de rodillas y tumbándome de espaldas y comenzó a moverse con más vehemencia, marcando unas embestidas más profundas e impetuosas.
Un placer agudo me acuchilló deshilachando mi juicio en flotantes lenguas de fuego que me azotaron sin piedad cuando la yema de su dedo sumó su pericia al volcán en el que se hallaba sumido mi sexo.
Ante un rudo empellón que desgarró mi garganta con un gemido roto, todo mi cuerpo se desmadejó en un orgasmo virulento.
Los espasmos me sacudieron un largo instante, liberando de mi interior un líquido torrente que empapó las sábanas.
Luca continuó moviéndose buscando su propio clímax.
Me estremecí ante el quebrado grito que emergió de él cuando finalmente se derramó en mi interior.
Jadeante y trémulo, se inclinó sobre mi pecho y se acomodó en él. Lo cubrí con mis brazos, acompasando nuestras agitadas respiraciones.