Meretrice CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

S IN BARRERAS

Gina miró a Luca con marcada desconfianza. Oculté una sonrisa cuando él se esforzó en deslumbrarla con la suya.

—¡Alessia, qué agradable sorpresa! —proclamó la anciana dando poco énfasis gestual a sus palabras—. No esperaba que vinieras tan bien acompañada. ¿Tu novio?

—Sí —respondió Luca por mí, rodeando mi cintura y haciendo que la piel me hormiguease con aquella mirada rapaz que tanto me exaltaba—. Alessia me habló de usted y, bueno, quería conocerla. No imagina la emoción con que me relató su encuentro.

La mirada recelosa de Gina pareció suavizarse cuando nos dejó pasar a su casa. Los gestos cariñosos de Luca lograron tranquilizarla; a mí, en cambio, me provocaron el efecto contrario.

Aquella complicidad, propia de una relación, acentuaba mi miedo.

Me sentía tan absolutamente arrobada por aquella actitud que resultaba tristemente patente mi rendición.

Estaba enamorada de él, y esa certeza me ilusionaba tanto como me aterraba.

No obstante, y a pesar de no albergar expectativa alguna, aquella situación simulada pero tan vívida como si fuera real caldeaba mi corazón.

En aquel preciso instante comprendí que la vida era eso, instantes, y que vivirlos disfrutándolos al máximo era lo más acertado.

Que no importaba lo que ocurriera después, que de nada valdrían las barreras ante lo que estaba predestinado a suceder y que, si tras esos momentos inolvidables y mágicos aguardaba sufrimiento, pérdida o desolación, no importaba.

Porque la vida era eso, un conjunto de vivencias, de emociones dispares, de circunstancias y de sentimientos cambiantes.

Los miedos no protegían, los miedos privaban de vida.

Había que arriesgarse para ganar, e incluso si se perdía, pensar que el viaje había valido siempre la pena, como enseñanza, como experiencia y como cofre de recuerdos maravillosos.

¡Al cuerno con las barreras, los muros y las puertas blindadas!

Ninguna vida merecía la pena si se afrontaba con mil escudos.

¿Vivir a medias una vida que ni se sabía lo que duraría?

No, cada cicatriz era una lección de vida, no para enclaustrarnos, sino para saber qué buscar y qué evitar.

Y aun con mil cicatrices, había que enfrentar la vida y entregarse por completo.

En aquel momento decidí con férrea determinación vencer mi miedo y saborear todas y cada una de las emociones que Luca lograba arrancarme.

Lo miré desde una nueva perspectiva y sonreí embebiéndome de sus facciones. Él me contempló con extrañeza, intrigado y maravillado a un tiempo. Me guiñó un ojo y me devolvió la sonrisa, y un fulgor ilusionado titiló en su mirada iluminando su faz.

Cuando entramos al salón, mis pasos me condujeron hacia el retrato de Alonza. Luca me siguió y, en un reverencial silencio, ambos contemplamos la ensoñadora expresión de aquella hermosa muchacha que miraba al horizonte pensativa y melancólica.

Cuando volví mi rostro hacia Luca, no esperé encontrar en su semblante aquella trémula emoción que lo velaba. Al apercibirse de mi atención, se apresuró a recomponer su rictus en un gesto más adusto, aunque todavía resplandeciente de admirado asombro.

Apretó perceptiblemente la mandíbula y tragó saliva, su nuez subió y bajó en su garganta y su pecho se dilató con una respiración profunda.

Daba la impresión de intentar contenerse, buscando apaciguar sus emociones.

Jamás habría imaginado que pudiera impresionarlo tanto ver a Alonza.

Lo miré desconcertada y me pregunté de nuevo el verdadero motivo de su interés en el caso.

—Anoche no pude dormir —reveló Gina en tono sombrío—. Tenía la sensación de que Alonza intentaba decirme algo. Bajé aquí, a este salón, y me pasé la noche mirándola tumbada en el sofá. No sé qué es, pero la inquietud no desaparece.

La anciana me miró con abatimiento y tomó asiento en ese mismo sofá, suspirando apática.

—Alessia, tu presencia aquí no es casual —murmuró meditabunda—, tu visita ha despertado el pasado. Anoche incluso me pareció oír pisadas.

Luca se tensó a mi lado y se acercó a la anciana.

—¿Ha notado algo fuera de lugar? ¿Ha comprobado si le falta algo?

Gina frunció el ceño y lo miró con evidente preocupación.

—No, yo no he notado nada extraño. Sólo... sensaciones.

—Necesitamos su ayuda, Gina —musitó Luca sentándose en la butaca frente a la mujer. Desvió la mirada hacia mí y agregó con gravedad—: Alessia, debes contarle toda la verdad, me temo que ya la hemos implicado en todo este asunto y debe permanecer alerta.

Asentí y me senté junto a ella. La anciana me observó con desazonada expresión. Entrecruzó nerviosa los dedos y depositó las manos sobre su regazo.

—Alonza dejó un diario en el que cuenta su vida —comencé tras coger una profunda bocanada de aire—.

Llegó a mis manos cuando murió mi abuela.

En ese diario se halla codificada la ubicación de un tesoro que supuestamente ella escondió.

Nosotros intentamos averiguar su paradero, y cualquier pista relacionada con ello es importante.

Pero no somos los únicos que andamos tras él.

Hay una asociación que también lo busca, gente sin escrúpulos, decididos a que nada se interponga en su camino.

La anciana dejó escapar un gemido asustado y llevó una mano a su pecho. Sus ojos se agrandaron temerosos y su boca se entreabrió sorpresiva.

—Escúcheme, Gina, cuando descubrí su casa y la reconocí, ellos me estaban siguiendo.

—¡Santa Madonna! Yo... yo no tengo nada aquí, a excepción de las láminas que te di y ese retrato.

—Quizá haya algo que no relacione con Alonza, pero que sea importante en la investigación —intervino Luca—. Sólo le pido que me deje inspeccionar su casa, que me hable de los objetos que encontró en ella cuando se instaló aquí. Si no hay nada importante, no volveremos a molestarla.

—¿Y... y esa gente? ¿Cómo sé que no me molestarán?

—Yo me encargo de eso, se lo prometo.

La mujer temblaba lívida. Cogí sus manos y las oprimí ligeramente.

—No sabe cuánto lamento haberla involucrado en este asunto.

Ella inclinó la barbilla hacia el pecho y cerró los ojos. Inspiró hondamente, sus hombros se hundieron y, tras un incómodo silencio, alzó el rostro hacia mí. Sus ojos relucieron apesadumbrados.

—No tengo nada y no quiero saber nada de esto. Por favor, quiero que se marchen.

—Gina...

—No, Alessia, no quiero complicaciones. Acabas de dejar claro que buscas pistas sobre Alonza, y ya no creo que todo esto sea fortuito. Viniste con una intención y me has puesto en peligro. No te conozco y no sé quién eres realmente. Si no os marcháis, llamaré a la policía.

Luca se puso en pie y asintió ofreciéndome su mano.

—Gina —masculló dulcemente—, comprendo sus recelos, no volveremos a importunarla. Pero si necesita cualquier cosa, no dude en llamarnos.

Le entregó una tarjeta que la mujer no cogió. La depositó en la mesa y me miró, esperándome.

—Siento mucho todo esto, Gina —me disculpé arrepentida—. Lo último que pretendía era asustarla.

La mujer asintió quedamente y apartó la mirada, dando por terminada la visita.

Salimos de la casa y nos miramos preocupados.

—¿Crees que anoche entraron aquí?

—Me temo que sí, pero como ella se desveló y estuvo en el salón, seguramente se marcharon. Aunque volverán, no me cabe duda.

Mi desasosiego aumentó, miré hacia atrás y vi la silueta de Gina recortada en la ventana junto a la puerta principal.

—No le harán daño, ¿verdad?

—No sería muy juicioso poner a la policía tras su pista —respondió—. Registrarán la casa, eso seguro, pero estoy pensando en adelantarme.

—No, Luca, podrías toparte con ellos.

—Es un riesgo, pero mi instinto me dice que Gina oculta algo: por eso nos ha echado, no quiere que descubramos su secreto. En esa casa hay más cosas relacionadas con Alonza. No sé por qué ella nos las oculta, pero no puedo quedarme cruzado de brazos permitiendo que se nos adelanten.

—De todos modos, lo importante es el colgante. Según tú, es el portador que llevas tiempo buscando. Quizá lo que Gina esconda carezca de valor en la investigación, no merece la pena que te arriesgues innecesariamente. Aun así, estoy muy inquieta por ella, de verdad.

Caminamos con paso ligero por las callejuelas. Luca, siempre atento a nuestro alrededor, alerta y concienzudamente observador, deslizaba su perspicaz mirada sobre el más ínfimo detalle, como si fuera un radar.

—Por eso debo saber qué demonios nos oculta. Si me anticipo a ellos y lo descubro, la olvidarán.

Luca tomó mi mano y me regaló una mirada tranquilizadora.

—No te preocupes, iré con cuidado.

— Iremos —lo corregí.

Su disconformidad destelló en sus ojos, compuso un mohín reprobador y negó rotundo con la cabeza.

—De eso nada, tú te quedas en mi apartamento.

—Tendrás que atarme.

Su ceño se remarcó y sus labios se oprimieron con obstinación.

—Pues te ataré si es necesario, no se me da mal el bondage... —Alcé las cejas inquisitiva y él me sonrió burlón. Acto seguido, endureció el gesto y añadió—: Debo convertirme en un ninja esta noche, y para eso necesito ir solo y camuflarme sigilosamente.

—Luca...

—He dicho que no, esta noche te quedarás leyendo el diario hasta que regrese. Y, si sigues molesta conmigo, pienso darte una master class de bondage .

Lo empujé ligeramente fingiendo escandalizarme. Él se rio y me cogió de la cintura ciñéndome a su pecho.

—Aunque he de confesar que aquí la experta en atar eres tú: no puedo apartarme de ti.

Ronroneó contra mi cuello y yo me abracé a él con fuerza. Inhalé su perfume y suspiré abrumada por el torbellino emocional que giraba vertiginoso en mi pecho.

Cuando me separé de él, lo miré a los ojos con intensidad.

—Nena, me secas la garganta —afirmó afectado.

Froté mi nariz contra la suya y él gimió cerrando los ojos. Nuestras bocas se rozaron y mi estómago se encogió preso de un hormigueo acuciante.

—Vas a conseguir que te acorrale en otro callejón.