Meretrice CAPÍTULO 26 #2
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CAPÍTULO 26 #2

—Como acabo de decirle, me fío de mi intuición, y ésta me dice que usted es un hombre de fiar. Lamento mucho la injusticia cometida; no obstante, las pruebas desgraciadamente fueron concluyentes.

—Caer en trampas tiene la única ventaja de reconocerlas en el futuro. Quizá aquello me prevenga de lo que ahora me espera.

—Sin duda, su inteligencia me asombra.

—Debería temerla, es mi mejor arma.

El hombre agravó su rictus y su ceño se frunció ensombreciendo su rostro.

—Quedo a la espera de noticias —se limitó a pronunciar como despedida.

Abandonó el restaurante con paso cansado y los hombros hundidos.

—Cambiemos de mesa.

Luca se puso en pie y me condujo hacia la mejor mesa del local. La pareja ya la había abandonado y el camarero en aquel momento colocaba un mantel limpio.

Nos sentamos casi al borde del canal. La fresca humedad ascendía hasta nosotros aliviando el sofoco de una mañana cálida en extremo.

Nos miramos gravemente, su intensidad manifestó la inquietud que sentía; la mía, el resurgimiento de los recelos.

—Si tienes alguna pregunta, ahora es el momento —comenzó cuando el camarero se retiró para traernos la carta—. No quiero que germine en ti la más mínima desconfianza hacia mí.

—¿Por qué no has dejado fuera a la viuda? Tenías las cartas en tu poder, no la necesitas.

—Lo que no necesito es tenerla en mi contra.

Si la hubiera dejado fuera, iría tras de mí como una gorgona.

Como he dicho, es peligrosa y está determinada a conseguir lo que sabe a ciencia cierta que escondió Alonza.

Mejor tenerla de aliada, o al menos fingir que ambos lo somos.

Ya llegará el momento en que deba lidiar con ella.

—Y ¿piensas entregarle ese pergamino?

—No, pienso destruirlo.

Abrí desmesuradamente los ojos, demudada, y dejé escapar un ligero resuello sobrecogido.

—Te matará —murmuré angustiada.

El camarero nos trajo la carta y Luca la abrió y fijó sus ojos en ella con absoluta despreocupación por mi inquietud.

—Nos han aconsejado el pulpo a la polenta, ¿qué tal está?

El hombre, que nos había servido dos copas de vino blanco sin haberlo pedido, nos sonrió cortés.

—Es nuestro plato estrella —respondió con orgullo.

—¿Te parece bien? —me preguntó Luca.

Asentí, todavía abrumada por el cariz que estaba tomando nuestra situación, y él me guiñó un ojo con apabullante ligereza. Nada en él denotaba ni un ápice de desasosiego.

—Pues el pulpo a la polenta y unos antipasti de la casa.

Le entregó la carta y se reclinó en la silla con porte relajado.

—Me matará también si se lo entrego —adujo indolente—. Ese documento es demasiado relevante para ellos, no pueden dejar testigos.

Me incliné hacia delante y lo miré turbada.

—¿Entonces?

—Tengo que trazar nuestra huida de Poveglia con el tesoro de Alonza.

—Te veo incomprensiblemente tranquilo. Ella se encargará de cercar la isla para que no escapemos.

—Lo sé, cuento con eso para mi plan.

Lo miré aturdida e intrigada.

—¿No vas a contármelo?

—Todavía no, tengo que pulirlo. Tendrás que confiar en mí. Algo que parece incluso más difícil que resolver el acertijo.

—Convendrás conmigo en que cada día surge algo que mina la confianza que logro depositar en ti.

Sus cuidados dedos repasaron el mantel de hilo siguiendo un dibujo invisible. Su penetrante mirada me escrutó con un viso travieso que hizo hormiguear mi bajo vientre.

—¿Te refieres a la sobrina de Sofia?

—Por ejemplo.

—Es cierto que intenté sonsacarle información, y es cierto que detecté un claro interés por mí que aproveché a mi conveniencia.

Pero no fui yo quien la besó, más bien la frené todo lo delicadamente que pude.

Tampoco la llevé a equívocos, ni habría estado dispuesto a acostarme con ella a cambio de información.

Sólo usé mi encanto y mi simpatía, de eso sí soy culpable.

—¿Mereció la pena esa información a costa de romperle el corazón a esa pobre muchacha?

Luca alzó una ceja y sesgó su sonrisa, lo que le confirió un aspecto de rufián conquistador.

—Esa pobre muchacha es la típica niña rica caprichosa que se empecina en obtener un juguete nuevo y sufre la pataleta de rigor cuando no lo consigue.

—¿Qué se siente siendo el objeto de deseo de tanta gente?

—Lo mismo que siendo el objeto de ataque de esa misma gente. Me siento una marioneta que quieren manejar a su antojo.

En aquel momento, la sola idea de manejarlo a mi antojo me pareció irresistible.

La imagen mental que acompañó aquel pensamiento encendió mis mejillas.

Tomé mi copa de vino y bebí con ganas. Sacudí aquella imagen de Luca desnudo en mi cama y sometido por mí sin mucho éxito.

Carraspeé y desvié la vista hacia el pequeño canal que discurría a un palmo de mis pies.

—¿Alguna duda más?

Sí, me dije a mí misma, la duda de saber cuánto tardaría mi puerta en caer hecha astillas a los pies de mi temeroso corazón.

—Desconfías de Zanetti, ¿por qué? El modo en que has mencionado lo de la trampa ha sido una acusación casi directa.

—Todo estaba orquestado, Alessia. La presencia de Zanetti no tenía mucho sentido en el encuentro con Sofia, justamente porque yo podía tantearlo y llevarlo a mi terreno como he hecho.

Todo ha sido muy fácil, y no albergo duda alguna de que es una pantomima.

Pretenden hacerme creer que tengo el control, y no es así.

Zanetti quiere ganarse mi confianza, pero yo le he hecho ver que también conozco sus cartas.

Le he mostrado mis dientes por dos razones: una, para que sepa que sé que la trampa que me llevó a la cárcel fue ideada por él, y, dos, para que comience a temerme.

Si están nerviosos, es más fácil que cometan errores.

De las tres condiciones que yo he exigido sólo me importa la tercera; las otras únicamente sirven para distraerlos.

Continuarán siguiéndonos, pero con más cautela, y de ese modo yo fingiré que no me doy cuenta.

Stefano no se marchará, pero estará en la sombra y nos dejará en paz hasta que Sofia crea tenernos en su poder.

Entonces aparecerá para ejecutarme personalmente.

La sola mención de su ejecución me erizó el vello con un escalofrío que me estremeció.

—Pero ¿por qué tanta inquina contra ti? ¿Sólo por tu rechazo y por celos profesionales?

Luca se encogió de hombros y negó con la cabeza.

—A mí también me parece desmedido, pero a veces es mejor no buscar causas, sólo contener el efecto.

El camarero colocó los antipasti en la mesa y, tras una gentil inclinación, se retiró.

Luca me sirvió galante, sus ademanes eran tan exquisitos y delicados que me cautivaron perdiendo el hilo de mis pensamientos. Imaginé esas habilidosas manos sobre mí y suspiré casi de manera inconsciente. Me reprendí mentalmente y respiré hondo para recuperar el control.

—¿Cómo averiguaste que Zanetti estaba implicado en su propio robo y con qué motivo lo organizó?

—Descubrí que el abogado de Stefano era el abogado personal de Zanetti. El motivo está claro: cobrar el seguro.

—¿No es un rancio millonario excéntrico?

—Más excéntrico que millonario —respondió llevándose una porción de salmón a la boca.

A continuación, masticó saboreando el bocado y me observó complacido—.

Delicioso —murmuró. Se limpió con breves toques con la servilleta y tomó un trago de vino—.

Descubrí que estaba en bancarrota. Tiene algunas empresas tapadera, pero han quebrado.

Como él, muchos miembros de ese club al que se refiere están acusando numerosas pérdidas.

El mercado se les ha vuelto en contra y buscan con desesperación la manera de girarlo a su favor.

Mastiqué un langostino marinado y asentí atenta a sus explicaciones.

—¿De veras piensan que un pergamino del siglo diecisiete conseguirá cambiar el mercado?

—Son miembros de la logia de la que te hablé. Ese club, que hacen pasar por un lugar de reunión y asueto de ricos aburridos, no es sino la famosa Sociedad de la Niebla. Se supone que ese documento entraña la fórmula para dominar el librepensamiento.

—Por Dios, que hombres de ese nivel cultural y adquisitivo crean en supercherías me parece asombroso.

—No es una fórmula mágica, ni un conjuro, ni siquiera un compuesto alquímico. Es el conjunto de la sabiduría que reunieron los primeros miembros de la logia. Una sabiduría que desarrolla el modo de manejar mentes y supeditarlas al ideal que se prefiera.

—Sigue siendo incomprensible que, siglos después, con los avances y la información de que disponen ahora los miembros, necesiten con tanta urgencia una tesis medieval que dudo hayan probado con éxito.

Tampoco entiendo cómo ese documento es único.

Si fue formulado por varios miembros, debió de quedar en la cabeza de alguno, e incluso en sus apuntes personales.

—Todos fueron asesinados, y el documento robado.

Algo dentro de mí se encogió, tragué saliva y lo miré confusa.

—¿Alonza?

—Ella no los mató, tampoco creo que robara el documento. Lo que creo es que uno de los miembros le pidió que lo pusiera a salvo. Y es lo que hizo.

—¿Lanzo?

—En el diario no lo dice, sólo que se hizo con el pergamino. Sé que hay algo que se me escapa, pero no sé el qué.

—Vayamos esta tarde a ver a Gina —sugerí—, quizá esos encantos tuyos logren ablandarla y puedas sonsacarle información.

Luca estiró sus carnosos labios en un gesto burlón que me secó la garganta.

—Por desgracia para mí, mis encantos no parecen funcionar para conseguir tu confianza.

—Es que para lograr eso no hacen falta encantos, sino hechos.

—Y, dime, ¿qué he de hacer?

Sus ojos grandes y felinos se fijaron en los míos con tanta atención que me aturdieron.

—Pues... quizá —barboté titubeante— lo que estás haciendo ahora.

—Y ¿qué estoy haciendo ahora? —preguntó con intención, modulando la voz con un tono seductor que me erizó la piel.

—No ocultarme nada, o eso espero.

Se inclinó sobre la mesa, apoyando los codos en ella para acercar su rostro al mío. No pude evitar demorar mi vista en sus labios.

—Te muestro incluso cosas que no ves.

Esa enigmática frase engarzó nuestras miradas con aquel vínculo extraño y vibrante que nos atrapaba en aquella burbuja que nos aislaba del mundo.

Terminamos de comer en silencio, cada uno absorto en sus pensamientos y, al salir del restaurante, Luca tomó mi mano y, de manera tan repentina como impetuosa, me llevó hacia uno de los callejones colindantes, me arrimó a la pared y se cernió sobre mi boca.

Apenas entreabrí la boca para protestar, él aprovechó para introducir su ávida lengua en mi interior, logrando atraparme en un beso tan urgente y necesitado que me encontré respondiendo con la misma vehemencia, con la misma hambre. Y, entonces, la locura se desató en una vorágine irrefrenable.

Sus manos apartaban mi ropa, su boca me llevaba al delirio y, de alguna manera, me encajó en la abertura de un soportal, donde liberó a la bestia lujuriosa que había estado conteniendo.

Mi bestia particular se despertó igualando la voracidad de la suya. Mis manos buscaron su piel, despeinaron su cabello y devoraron su boca con desenfrenado frenesí.

Jamás en toda mi vida había sentido nada como aquello. Esa hambre implacable, casi feroz, que me dominaba y que buscaba satisfacerse con desgarrada desesperación.

Ocultos en la penumbra de aquel portalón, nuestros instintos más apasionados enloquecieron.

Luca se había convertido en un animal insaciable, en una llama descontrolada de pasión devoradora.

Alzó mi pierna y la dispuso alrededor de sus caderas, me arrancó de un brusco empellón la ropa interior y me penetró mientras mordía mi cuello, como si fundirse en mi piel fuera cuestión de vida o muerte.

Lo recibí con un gemido roto y, tan ávida como él, acompasé mis caderas al ritmo que imponía. Sus embestidas, sus besos, sus caricias, su fogosidad... nublaron mi juicio y el placer me azotó en oleadas punzantes.

No tardé en alcanzar el clímax, un violento orgasmo me zarandeó en abruptos espasmos. Trémulo y jadeante, Luca profirió un gruñido ronco y quebrado y, en un último empellón, se derramó pronunciando mi nombre.

Apoyó su frente en la mía, respirando agitadamente.

—Por Dios, Alessia, jamás he sentido nada igual —gimió entrecortadamente—. ¿Qué me estás haciendo, joder? Me conviertes en un animal enloquecido, te deseo tanto que me duele. Apenas puedo soportar mantenerme a distancia.

Acaricié su mejilla, incliné levemente el rostro y lo besé con suavidad.

—Yo tampoco me reconozco —confesé en un hilo de voz—. Tú... tú me has cambiado.

Sus labios rozaron los míos y todo mi cuerpo se estremeció de nuevo.

—Alessia, te he esperado toda mi vida.

Me abracé a él con la mirada húmeda, muerta de miedo y plenamente consciente de que aquella puerta yacía ya rota a mis pies.