CAPÍTULO 26
L A VIUDA
Era un restaurante algo escondido en una zona de la ciudad menos turística, situado en un callejón tranquilo del sestiere Castello, pero no por eso carente de encanto. Se llamaba Ai Barbacani, pequeño, pintoresco y romántico.
Accedimos y admiré las negras vigas que surcaban el techo y la magia que rezumaba la piedra de aquel local medieval.
—Fue un antiguo depósito de carbón —me informó Luca escrutando las mesas ocupadas—. La mejor mesa es la que da al pequeño canal, sólo es para dos y, de noche y a la luz de las velas, viendo pasar las góndolas, convierte cualquier velada en inolvidable.
—Deduzco que has vivido muchas veladas inolvidables.
Él puso los ojos en blanco y esbozó una sonrisa paciente.
—Tienes debilidad por los adverbios de cantidad —se burló socarrón—. Sólo he estado aquí dos veces, y en ese lugar en particular sólo una.
Señaló la coqueta mesa junto a una puerta abierta que daba al canal, en la que se encontraba sentada una pareja con las manos entrelazadas.
—Ahí están —susurró en mi oído.
Su mandíbula se tensó, me cogió de la mano y me acercó a una mesa rectangular junto a una de las ventanas.
Una mujer madura y atractiva nos sonrió cordial. Sus ojos recorrieron a Luca con evidente admiración. Junto a ella, tres hombres, uno de ellos un anciano distinguido que nos escrutó con aguda atención.
Tomamos asiento tras un saludo cortante y sentí la curiosa mirada de la mujer sobre mí.
—Estaba deseando conocerte, Alessia.
—No puedo decir lo mismo.
Sofia Rizzoli arrugó el gesto ofendida, pero enseguida se recompuso esgrimiendo una sonrisa cínica que dedicó a Luca.
—Sin duda ha heredado los arrestos de su antepasada.
—Que pongas a tus hombres tras ella no es una buena carta de presentación —replicó Luca esbozando una mueca sardónica.
Sofia estiró la sonrisa convirtiéndola en un gesto tirante y forzado.
—Cada cual utiliza sus mañas para conseguir sus objetivos, ¿no es así, señor Vandelli? —La viuda me dirigió una mirada significativa—. Aunque, naturalmente, algunos juegan con una ventaja de la que yo no dispongo —agregó intencionada.
—Quizá por eso te alías con delincuentes y estafadores, para compensar la supuesta desventaja —espetó Luca cáustico.
La mujer apretó la mandíbula ofendida y miró nerviosa al anciano, que escuchaba la tensa conversación con aire indiferente.
—Respecto a esa cuestión, la ley ya se pronunció sobre ti, ¿me equivoco? —contraatacó altiva.
Luca la fulminó con la mirada: pude sentir su rigidez e incomodidad. Deseé cubrir la mano que posaba sobre su muslo para aflojar su tensión y ofrecerle mi apoyo, un deseo que logré estrangular.
—Fue la ley la que se equivocó en su día —se defendió mirando directamente al anciano—. Mi conciencia está muy limpia. Y no he venido hasta aquí para escuchar tus acusaciones. Si no he entendido mal, me ofrecías un trato.
—Cierto —corroboró ella, entrecruzando los dedos—, y por eso está aquí el señor Zanetti. —El anciano inclinó la cabeza y clavó su aguda mirada oscura en Luca—. Es el propietario del colgante que ambos buscamos, pero sólo lo venderá si aceptas descifrar un acertijo.
Luca se reclinó en la silla y cruzó las piernas, adoptando una postura relajada que contrastaba con la tirantez de sus facciones.
—Y ¿a quién lo venderá?
—A mí, dudo que tú poseas la cantidad que pide —respondió Sofia.
—Y ¿puedo saber qué gano yo?
—El colgante, sólo tú sabrías utilizarlo.
Luca arqueó una ceja con visible desconfianza.
—Déjame repasar esto... Francamente, me resulta paradójico. ¿Yo descifro un acertijo, tú pagas el colgante y me lo das a mí?
—No es exactamente así —corrigió ella—. Yo pago el colgante y te lo cedo para que resuelvas el enigma.
—¿Y luego?
—Tendrás que darme la solución. Y buscar juntos el tesoro. Lo que encontremos lo repartiremos al cincuenta por ciento.
Luca evaluó con expresión concienzuda la propuesta, permaneciendo en silencio un tenso instante.
—Señor Vandelli, le ruego que acepte el trato —intervino el señor Zanetti, su voz era tan rugosa y áspera como su tez—.
No duermo por las noches pensando en ganar la apuesta del club.
Este acertijo me trae de cabeza, y ya se ha convertido en un reto personal.
Sé que fue usted quien resolvió la clave con que bloqueé mi caja fuerte, y le aseguro que pagué una fortuna por el cifrado.
Ya no me importa si era usted inocente o culpable, lo único que me importa es lo brillante que es en su profesión.
—¿Cómo supo de mí?
—El fallecido señor Rizzoli pertenecía a mi club.
Sofia se puso en contacto conmigo cuando la galería de arte que me vendió el colgante le dio mi nombre.
Yo me negué a venderlo y ella me presionó.
Me negué reiteradamente, y ella me dijo que haría cualquier cosa por obtenerlo, que pidiera lo que fuera.
Y, bueno, lo único que yo ansío es la solución de ese acertijo.
Me dijo que conocía a los hombres que me robaron, y me mandó a Stefano, pero, por mucho que lo intentó, no logró descifrarlo.
Resultaba evidente que fue usted el genio que descubrió mis códigos.
Y, por tanto, es a usted a quien necesito.
—Entiendo.
—Nos necesitamos, Vandelli —musitó Sofia con firmeza—, tú tienes el diario y yo el colgante, yo los medios y tú el ingenio. Podemos formar un equipo perfecto.
—Eso parece. No obstante, tengo varias condiciones inapelables.
Luca sabía que en ese momento tenía el control y pensaba aprovecharlo sagazmente.
—¿Qué condiciones? —preguntó ella recelosa.
Él sonrió triunfal y alzó el dedo índice.
—Una: quiero a Stefano fuera de la ciudad y lejos de mí.
Estiró el dedo corazón y añadió:
—Dos: que dejéis de seguirnos.
Sumó el dedo anular a los otros dos.
—Y tres: a Poveglia sólo accederemos Alessia y yo.
—Y ¿se supone que debo confiar en que vengas a entregarme mi parte? —inquirió Sofia discordante—. Una parte que, además, tendré que creer que corresponde a ese cincuenta por ciento, puesto que no presenciaré el hallazgo. Olvídate de la tercera condición.
—Entonces olvídate de conseguir el colgante.
Mantuvieron un fiero pulso de miradas en el que ambos contrincantes reforzaron sus gestos obstinados.
Luca finalmente lo rompió para fijar su vista en el viejo millonario.
—Resolveré el acertijo a cambio del colgante —propuso ante la expresión desencajada de la viuda.
—¡Eres un perro traidor! —escupió ella furibunda.
—De acuerdo —murmuró el anciano para disgusto de Sofia.
Luca sonrió pendenciero y estiró la mano, que el hombre se aprestó a estrechar.
Acto seguido, se dirigió a la viuda con una mirada de suficiencia que crispó el semblante de la mujer.
—En vista de mi clara ventaja en este asunto —masculló altivo—, ahora soy yo quien te propone formar equipo, y no sólo aceptando mis tres condiciones. Quiero que el dinero que ibas a entregar por el colgante lo ingreses en mi cuenta mañana a primera hora y, naturalmente, el colgante es mío.
Sofia Rizzoli lo taladró con una mirada resentida y, tras un seco asentimiento, se puso en pie. Sus escoltas la imitaron e inmediatamente peinaron el local con miradas alertas.
—Acepto el trato, y, en vista de que tendré que fiarme de tu buena fe, sólo te diré que, si me traicionas, no cejaré hasta acabar contigo.
Quiero ver la integridad de lo que descubráis, y en función de eso se harán las partes.
Yo estoy interesada en un pergamino que Alonza robó y que pertenecía a la logia; el resto dependerá de la valía de lo encontrado.
Iremos a Poveglia en mi lancha, vosotros desembarcaréis y os esperaremos en el mismo punto.
Nada de argucias, Vandelli, o serás hombre muerto.
Después me miró a mí y me dedicó un gesto burlón y desdeñoso.
—En cuanto a ti, no sé qué trato te ha ofrecido, pero no olvides que sólo eres una pieza más en sus maquinaciones. Se deshará de ti a la menor ocasión. Acaba de demostrar su falta de escrúpulos.
—Lo que acaba de demostrar es su sagacidad —repliqué con cierto matiz orgulloso—, y no es necesario que me advierta de los riesgos, señora, y más cuando usted ni siquiera calibró los suyos.
Sofia apretó los labios frunciéndolos en una mueca ofuscada y agraviada.
—Los calibré, pero no tenía otra opción —confesó—. Yo sí sé reconocer a los hombres como él. En cambio, tú, querida, ya estás perdida: sólo hay que ver cómo lo miras. Mis condolencias anticipadas.
Ya se retiraba cuando se giró con lánguida indolencia.
—Por cierto, no serás el primer corazón que rompa: mi sobrina aún suspira por él. La utilizó para sonsacarle información. —Esbozó una abierta sonrisa sibilina y agregó—: Si vais a comer aquí, os aconsejo el pulpo con polenta suave, es una delicia. Buenas tardes.
Alzó la barbilla, apretó su bolso bajo el brazo y se alejó con paso firme y porte altivo.
—Sin duda, es usted un hombre taimado y muy inteligente —halagó el señor Zanetti. Se metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y extrajo un papel que desplegó y le entregó a Luca—. Son cuatro acertijos, la solución de todos ellos compone una frase codificada que habrá de descifrar.
Luca echó un vistazo al papel y lo leyó con detenimiento. Cuando alzó la vista simplemente asintió imperturbable.
—Cuando tenga la respuesta lo avisaré.
El hombre le entregó también una tarjeta y asintió con clara impaciencia. Su semblante ilusionado me recordó al de un niño que espera con ansia su regalo de Navidad.
—No se fíe de esa mujer —advirtió—. Ahora mismo estará trazando un plan aparte. La conozco poco, pero mi experiencia y mi intuición no suelen fallarme.
—Tampoco a mí, y ella es peligrosa. Yo también trazo mi propio plan.
El hombre asintió complacido, y en su faz relumbró una franca admiración por Luca.
—Si algún día le apetece trabajar para mí, programando mis claves de seguridad, el puesto es suyo.
—¿No le parece demasiado arriesgado contratar al hombre que cumplió condena por robarle?