Meretrice CAPÍTULO 25 #3
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CAPÍTULO 25 #3

La fila avanzó con fluidez perdiéndose bajo el pórtico de la planta baja para acceder al patio.

Varias antorchas flanqueaban el sendero que debíamos seguir, rodeando un gran pozo con brocal de bronce.

Admiré la arquería y las bellas columnatas de la fachada y caminé embebida en cada exquisito detalle arquitectónico.

Ascendimos por la escalinata dorada que llevaba a la segunda planta y avanzamos por ostentosos pasillos hasta la sala del Maggior Consiglio, una enorme estancia rectangular, tan majestuosa que cortaba el aliento.

En el techo y en las paredes, enmarcado por molduras de oro, se encontraba El paraíso , el mayor lienzo del mundo pintado por Tintoretto.

Quedé boquiabierta ante la abrumadora magnificencia de aquella obra y avancé tan absorta en cuanto me rodeaba que dejé escapar una sorpresiva exhalación completamente maravillada.

—¡Es la sala más hermosa que he visto nunca! —exclamé fascinada.

Carla asintió sonriente y absorbió con avidez mi impresionado gesto.

—Aquí se decide el destino de la Serenísima. El Gran Consejo del Estado se reúne, vota los decretos y aprueba las leyes. El futuro de los venecianos se forja entre tan hermosas paredes, aunque a menudo no comparta el mismo calificativo.

A pesar de la enormidad de la sala, estaba abarrotada. Las damas, con sus vistosos envoltorios, sus relucientes joyas y sus altivas barbillas, susurraban jugosos cotilleos, lanzaban seductoras miradas a través de sus elegantes máscaras y bebían de sus copas como pajarillos recelosos de su entorno.

A nuestro alrededor comenzaron a revolotear varios hombres y uno de ellos se acercó a mí. Su negra mirada, oculta por una máscara azul, me desasosegó con aquella familiaridad tan desconcertante como alarmante que siempre me provocaba. Su mirada rapaz agrió mi ánimo.

—Hemos de hablar —susurró Simone Gabini, apresando mi codo.

Dejé que me apartara del grupo y me afané por alejar la acritud que me suscitaba.

—Rizzoli está obcecado contigo —comenzó—.

El abogado que pensaba encomendarte para lidiar este caso se ha puesto de su parte y actuará en tu contra.

Es uno de los mejores y, además, es admirado por casi todos los magistrados del tribunal, el rígido Piero Rossi.

Es conocido por su fidelidad y su sentido del honor, un hombre incorruptible e inmune a los encantos femeninos, de carácter rígido y, para tu desgracia, no se le conocen debilidades.

He estado reflexionando mucho sobre esto, y tu única posibilidad es que consigas averiguar los pasos previos a su alegato y las pruebas y testigos que presentará al juicio para lograr anticiparnos en tu defensa.

—Y ¿cómo consigo eso, si es un hombre tan inaccesible?

—Él lo es, pero no su ayudante —respondió derramando una mirada precavida a nuestro alrededor.

»Su ayudante es un muchacho despierto y trabajador, pero bastante proclive a las tentaciones de la carne y el vicio. Se llama Andrea Caivano, de carácter jovial y, en mi opinión, bastante manipulable. Si consigues seducirlo, tendrás acceso a toda la información que necesito.

Aquel nombre...

—¿Necesitáis...? —mascullé boquiabierta—. ¿Quiere eso decir que...?

La penetrante mirada de Gabini me inquietó.

—Que voy a defenderte personalmente.

—Yo... no sé cómo agradeceros esto...

El hombre se inclinó hacia mí y depositó un suave beso en mi cuello.

—Pienso cobrármelo.

El tono ronco y sensual de su voz evidenció el pago que exigía.

—Andrea está en aquel grupo —señaló discretamente un círculo de hombres que conversaban animados—. Te presentaré a él, el resto corre de tu cuenta.

Nos acercamos a ellos y yo ajusté mi máscara dorada y humedecí mis labios.

—Buenas noches, caballeros —espetó Gabini cordial—. Os traigo a la perla más hermosa de toda Venecia.

Los hombres se inclinaron respetuosos y yo ejecuté una cortés reverencia.

Comenzó a pronunciar los nombres de los presentes y, cuando llegó a Andrea y fijé mis ojos en su rostro, comprendí de quién se trataba. Tragué saliva y sentí cómo aquel muro que construía ante cada nuevo reto retemblaba con el reconocimiento de aquel joven.

—Vuestra belleza hace palidecer la brocha de Tiziano —murmuró uno de ellos.

Enmudecí y mi malestar estiró mis facciones, congelándolas. No fui capaz de responder ni con un gesto.

Sentí la curiosa mirada de Andrea sobre mí y bajé la vista simulando timidez, un rasgo que los desconcertó proviniendo de una dama de mi condición.

En aquel momento comenzó la melodía de una pavana y Simone posó mi mano en la de Andrea, impeliéndonos hacia el centro de la sala, donde decenas de parejas se posicionaban para bailarla.

Intenté denodadamente desligar a Lanzo de aquel rostro que me miraba casi absorto, y dejé que su amigo de la infancia condujera mis pasos de baile con una sonrisa complacida.

A mi mente acudió implacable el último día que lo había tenido enfrente y mis ojos se nublaron de lágrimas.

Apreté la mandíbula y me reprendí mentalmente.

Pero aquel día en el mercado en que Lanzo se había topado con Andrea y había aprovechado para comprarme el anillo.

.., aquel día pugnó por derrumbarme ante la concurrida sala.

Me centré en cada paso y, aunque temblaba, logré mantener una expresión pétrea y digna.

Tal era mi malestar que, en uno de los cruces con varias parejas, me pareció incluso descubrir los ojos de Lanzo sobre mí.

Aquel profundo azul, que siempre me pareció inconfundible, me aceleró el corazón, y cuando quise asegurarme de mi error, ya había desaparecido.

A pesar de saberlo una mera ensoñación, mi pulso continuaba latiendo irregular, y un intenso hormigueo recorrió mi nuca.

Cambiamos de posiciones y giramos siguiendo cada nota con absoluta precisión. Cuando mis ojos se encontraron con los de Andrea, percibí en él un manifiesto reconocimiento que iba dibujando en su faz de manera paulatina, una expresión concentrada y tensa que fruncía su cejo.

Aquella máscara y el tiempo transcurrido no me ocultaron lo suficiente a sus ojos.

Cuando el baile terminó, me sentí mareada. Me tambaleé ligeramente y Andrea me tomó por la cintura y me sostuvo mirándome con preocupación.

—Estáis lívida, ¿os traigo una copa de clarete?

—No, gracias, sólo es un sofoco. Necesito aire fresco.

—Permitidme acompañaros a la galería exterior —musitó solícito.

Asentí con una sonrisa tibia y me condujo hacia la salida.

A cada paso me repetía que debía olvidar el pasado y centrarme en el presente, que aquel joven representaba mi única posibilidad de escapar de las garras de Fabrizio y que no importaba quién era ni la relación que lo había unido a Lanzo.

Sin embargo, y a pesar de ser joven y apuesto, seducirlo suponía una traición mucho más hiriente a esa moral, que apenas resollaba agónica ya.

La gran galería abierta de la primera planta que rodeaba la fachada del palacio, adornada con arquería y balaustrada de mármol, estaba iluminada por antorchas engalanadas.

El fresco aire nocturno acuchilló mi rostro, y la soberbia vista del canal bajo una luna alta y majestuosa apaciguó mi ánimo cautivándolo unos instantes.

Respiré profundamente y dejé que mi vista se perdiera en el horizonte. Deseé pasear por aquel sendero de plata que pintaba la luna sobre la laguna y alejarme del mundo y de cuanto me rodeaba. Pero otra respiración más profunda me recordó que no estaba sola.

Cerré un instante los ojos e inhalé una bocanada de aire antes de volverme hacia Andrea.

—Te has convertido en una mujer muy hermosa, Alonza, pero no puedo pagar tu precio.

Sentí un pellizco disgustado al oír mi nombre de sus labios.

—Mi tarifa se adecua a mis necesidades —comencé melosa, ciñéndome a él. Contuve las arcadas que mi estudiada actitud en aquel momento me provocaba—, y he de confesar que ahora mismo siento la necesidad de perderme en tu boca.

Rocé mis labios contra los suyos y las manos del muchacho enlazaron mi cintura. Combatí mi rechazo y entreabrí la boca invitadora.

Andrea se entregó al beso con ardor. Intenté responderle con el mismo ímpetu, pero me fue imposible. Aquel día, aquel anillo... Me aparté turbada, le di la espalda aferrándome a la barandilla y aguanté las ganas de llorar.

—Lo... lo lamento, yo..., hoy no me encuentro bien —me disculpé.

—Tampoco yo.

Mi espalda se envaró como si la hubiera atravesado un rayo. Dejé escapar un aliento sobrecogido, mi corazón galopó desbocado amenazando con saltar de mi pecho y todos mis sentidos despuntaron en un escalofrío que me sacudió bruscamente. Aquella voz...

Me giré trémula, encogida por un anhelo desgarrador.

Una mirada azul profunda, húmeda y furiosa me taladró con agudo rencor. El dolor que brotaba de ella, el agudo resentimiento y la pesada decepción fueron demasiado para mí.

—¡Lanzo! —gemí estupefacta.

Y mis rodillas cedieron y la negrura me llevó.