CAPÍTULO 25 #2
El placer comenzó a nublarme y, perdida en aquella nube, el mundo empezó a disiparse.
Carla acomodó una pierna entre las mías, ladeó ligeramente su cuerpo y comenzó a friccionar su sexo con el mío.
Jadeé gozosa y sorprendida ante aquel nuevo y desconocido torrente sensorial que sacudía mi cuerpo, desbrozándolo de cualquier brizna de conciencia, catapultándolo a un nuevo mundo de placeres ocultos.
El esbelto cuerpo de la mujer se cimbreó grácilmente, trazando diversos movimientos, alternando el ritmo, devastando mis sentidos.
Me agité sacudida por un deseo crepitante.
Carla aferró mis caderas y me inmovilizó contra la cama sin dejar de moverse, y en aquel momento mi cuerpo se desgarró, liberando la humedad que albergaba.
Jadeé envuelta en un clímax agónico y ella me acompañó inclinando su cabeza hacia atrás, gritando su placer. Sentí cómo sus temblores propagaban los míos y cómo nuestros cuerpos se acompasaban envueltos en aquella apasionada culminación.
Carla se inclinó sobre mí e intentó besarme, pero yo ladeé el rostro. No tuvo tiempo para quejarse, pues unas manos de hombre la apartaron de mí.
El capitán Giuliani se dedicó a lamer con entusiasmo los jugos de Carla, que, tumbada boca arriba a mi lado, no dejaba de mirarme. Cuando se sintió colmado, fue en busca de los míos. Fue como si un gato lamiera con delicado denuedo un plato de leche.
Satisfecho, se apartó y, en lugar de fornicar con nosotras, se complació ante nuestras miradas, derramándose en nuestros pies con un grito roto. Luego se desplomó entre ambas y suspiró gustoso.
—No hay nada más excitante que ver a dos mujeres gozando.
Nos abrazó y, tras otro suspiro, se durmió rápidamente. Ambas nos miramos por encima de su pecho.
Carla se desasió del hombre y yo la imité.
—¿Siempre es así?
—Casi siempre —murmuró saliendo de la cama y recogiendo sus ropas.
La imité y comencé a vestirme.
—¿Con quién solías hacer este trabajo?
—Con nadie, es la primera vez que vengo yo.
Me detuve a mitad de una lazada y la observé con extrañeza.
—Imagino que deseabas comprobar mis conocimientos.
Carla estiró su falda y ajustó su corpiño con parsimonia antes de contestar. Cuando me miró, arqueó una ceja y sonrió ladina.
—Deseaba probarte a ti.
Retiré la vista de inmediato y me dediqué a calzarme los escarpines.
—Espero haber cumplido tus expectativas.
Carla se acercó a mí y tomó entre sus dedos un largo mechón de mi cabello.
—No tienes ni idea de cómo las has cumplido. Pero me debes algo.
Me encogí de hombros y la miré expectante.
Entonces deslizó suavemente la palma de su mano por mi nuca y me acercó a ella. Su boca apresó la mía y, en mi desconcierto, logró invadir mi interior y acorralar mi lengua. Me besó con vehemencia, con rotundidad, imponiendo su autoridad. Cuando me soltó, me miró admonitoria.
—Me perteneces, Alonza, eres mía, no lo olvides.
—No lo olvido, porque mi objetivo es dejar de serlo.
La miré retadora y altiva. Carla me contempló con gravedad, su rictus se tensó y sus labios se fruncieron levemente mostrando su desagrado.
—Ahora tienes problemas más urgentes de los que preocuparte, cuya solución depende de mí —me recordó con sequedad—. No vuelvas a desairarme o te retiraré mi apoyo. Igual que puedo abrirte las puertas al círculo más selecto de la ciudad, puedo cerrártelas condenándote a trabajar bajo el Rialto.
Apreté la mandíbula y asentí en un gesto rígido.
—No obstante —repliqué con gesto obstinado—, en mi vida personal sigo decidiendo yo; por tanto, fuera de las citas concertadas, no tienes ningún derecho sobre mí.
Ella esbozó una media sonrisa tirante y cínica, su rictus se oscureció y avanzó hacia mí con gesto amenazador.
—Escúchame bien, Alonza, porque no pienso repetirlo.
Eres de mi propiedad, trabajando y sin trabajar, vives bajo mi techo, vistes mi ropa y comes mi comida.
No sólo proveo tus necesidades más básicas, sino que instruyo tu mente y cultivo tu espíritu.
Si yo quisiera que yacieras conmigo cada noche, habrías de hacerlo; si te ordeno que hagas cualquier cosa, sea la que sea, la harás.
Hasta que yo me considere pagada, yo, Carla Brunetti, soy tu dueña, tal como reza en el contrato que firmaste.
Y, tras aquel rotundo recordatorio, alzó la barbilla, salió de la alcoba y yo la seguí comprendiendo que la necesitaba, me gustase o no.
★ ★ ★
Llegó la Navidad y, con ella, uno de los bailes de máscaras más distinguidos de la corte.
Maquillada, peinada, perfumada, ataviada con un hermoso vestido de tafetán en color bermellón y mi dorado antifaz, contemplé mi imagen en el espejo de la cómoda.
Había pasado un largo año desde mi llegada y mi fama crecía al mismo ritmo que mi frialdad.
A veces tenía la sensación de mirar una cáscara vacía, una simple imagen sin alma.
Mis ojos ya no brillaban como antaño, ni mi gesto mostraba ninguna expresión dulcificada, y mi sonrisa pocas veces era sincera.
Nada en mí denotaba vulnerabilidad ni expresaba emoción alguna.
Toda yo era un conjunto de escudos que me esmeraba en reforzar diariamente.
Por fortuna, mi nueva faceta dura y autoritaria en el lecho pareció cautivar a hombres poderosos que se rendían con pueril sumisión a mi rudeza.
Hombres que anhelaban ser manejados y sometidos en la intimidad de sus alcobas, hasta el punto de gozar de azotes, ofensas verbales y órdenes vejatorias.
En mí encontraban a la antítesis de sus esposas, y ese cambio de roles los excitaba.
Comencé a trabajar con bastante asiduidad, suscitando la envidia de mis compañeras, sobre todo de Francesca, que aprovechaba cualquier oportunidad para provocarme.
En alguna ocasión había intentado sabotearme, añadiendo a mis cosméticos productos nocivos para dañar mi tez o estropear mi cabello, y, si no hubiera sido por la advertencia de Chloe al escuchar una conversación, las consecuencias habrían sido terribles.
Sin embargo, había tomado la determinación de ocultarle a Carla los sibilinos intentos de Francesca por desbancarme, prefiriendo actuar por mi cuenta, resolviendo por mí misma mis propios problemas.
Salimos rumbo al Palacio Ducal en una góndola cubierta con un toldo rojo.
Mis compañeras conversaban alborozadas, mientras yo contemplaba cómo los destellos lunares punteaban las ondulaciones del agua al ser empujada por las largas palas del gondolero.
Una gélida brisa me arrebujó contra mi capa de terciopelo granate.
Chloe, sentada a mi lado, enlazó su brazo al mío y se acurrucó contra mí.
—Nunca tuve una amiga —confesó mirándome sonriente.
—Ni yo.
—Es agradable poder confiar en alguien.
Le sonreí con tibieza. En realidad, y a pesar de ser ella la persona en quien más confiaba, una parte de mí todavía se resistía a entregarse por completo. Necesitaba ese recelo constante para permanecer alerta, para protegerme.
—Pensé que nunca volvería a hacerlo —agregó—. Si tu propia sangre te traiciona, ¿quién no lo hará?
Su semblante se ensombreció y sus ojos se tiñeron de tristeza. Pensé en Lanzo, en cómo su propia sangre lo había manipulado y engañado, sesgando su felicidad y condenando su vida.
—La sangre es sólo sangre si el corazón que la bombea no rezuma amor y cuida ese vínculo. Son los lazos los que hacen pariente.
—Yo jamás abandonaría a mi hija —musitó con agudo resentimiento—, ni la despreciaría impunemente, ni me avergonzaría de ella, ni...
Su voz se quebró, bajó la mirada y se estremeció. Desligué mi brazo y lo pasé por su hombro para acercarla a mí.
—Mientras yo esté a tu lado, cuidaré de ti. Tus enemigos serán los míos y tus peleas, las mías. Ya no estás sola, amiga.
Me contempló emocionada, contrajo su rostro en un rictus contenido y asintió con una sonrisa afectada.
—Tampoco tú.
Le devolví una sonrisa cómplice que se congeló en mi rostro cuando reparé en la maliciosa atención de Francesca sobre nosotras. Chloe siguió mi mirada y suspiró pesadamente.
—Deberías contárselo a Carla.
—No, nunca me respetará si me escondo bajo las faldas de mi protectora.
—Y ¿qué piensas hacer?
—Demostrarle que no necesito que me protejan.
Chloe compuso un mohín preocupado, sus ojos se dirigieron a la exuberante pelirroja y luego regresaron a mí sin mucho convencimiento en mi decisión.
—Debes cuidarte, Alonza, es muy pertinaz y sibilina.
—Ya me expuse a personas como ella. Las conozco bien.
—Y mira lo que te hicieron.
—Justo por eso no volverá a pasarme. Ya no soy la misma, ahora sé bien a lo que me enfrento.
—Aun así, te ruego que extremes precauciones.
—Lo hago, Chloe. Llevo tiempo comprendiendo que no podemos convivir juntas, que sólo podré respirar tranquila si me deshago de ella. Para ella soy la rival que hay que batir y no cejará en su empeño. No hay entendimiento posible.
—¿Eso significa que tienes un plan?
—Lo tengo, sí.
En ese momento, la góndola se detuvo frente a la piazzetta . El gondolero amarró la embarcación a los palines y se aprestó a ayudarnos a desembarcar.
Carla encabezó la comitiva de vistosas y elegantes meretrices, y enfiló hacia el Palacio Ducal.
Habían extendido una gran alfombra en la entrada y dos lacayos recibían con gran pompa a los asistentes, que ya se aglutinaban junto a la porta della Carta, donde, por lo común, exponían los decretos oficiales.