Meretrice CAPÍTULO 25
47%

CAPÍTULO 25

E MPIEZA EL JUEGO

Unos brazos me zarandearon bruscamente, parpadeé confusa e intenté enfocar la mirada.

—¿Qué... qué pasa? —farfullé aturdida.

—Tenías una pesadilla —musitó Chloe. Me secó las mejillas con un pañuelo y me contempló preocupada—. Llorabas y pronunciabas un nombre.

Imaginé el nombre que había pronunciado. La sensación de pérdida continuó tamborileando mi pecho con un sonido hueco y vacío.

—Era un gran muchacho.

Cerré los ojos y volví la cabeza hacia la ventana.

—No quiero hablar de él.

—Debes olvidarlo, él ya no está.

—No lo haré —contradije—, porque amarlo es lo único bueno que tengo dentro.

Él sigue en esa parte de mi corazón que no pudieron destruir.

Olvidarlo sería olvidarme de mí misma, negar la etapa más hermosa de mi vida.

Sería enterrar la única brizna de luz que me dejaron.

Recordarlo es mi refugio, mi fuerza y mi dolor.

Y necesito esas tres cosas para seguir adelante.

Guardamos silencio un largo instante. Esperé a que Chloe regresara a su cama, pero no se movía, y por fin la miré.

—No me tocó.

Apreté con fuerza la mandíbula y traté de endurecer el gesto, pero mi labio inferior retembló.

—Se tumbó en esta misma cama.

—Por favor, no sigas —supliqué con lágrimas quemando mis ojos.

—Apoyó la cabeza bajo su antebrazo y se limitó a mirar el techo —explicó en un susurro—: Era gentil y casi etéreo, emanaba un halo místico que embelesaba, su sensibilidad resultaba patente en cada uno de sus gestos.

Me dijo que había accedido a venir por no contrariar a su padre, pero que su corazón estaba preso y, por tanto, también su cuerpo.

Ofreció pagarme un extra si no contaba nada a nadie, y así lo hice, pero sin aceptar su dinero.

Presenciar por primera vez en mi vida a un hombre leal y fiel me conmovió.

Incluso me pregunté cómo sería la afortunada que había atrapado el corazón de un joven tan especial.

Jamás imaginé que pudiera tenerla de compañera.

Chloe me ofreció de nuevo el pañuelo, pero mi llanto era tan abundante que no tardé en empaparlo. Le di la espalda, me abracé a la almohada y sollocé sofocando mi pena contra ella.

—Carla me pidió que evitara mencionar a tu Lanzo si tú me preguntabas.

Yo pensaba contarte la verdad si la requerías, pero no lo hacías.

Oír su nombre de tus labios esta noche, ver tu congoja.

.. —Hizo una breve pausa para tomar aliento y su mirada se prendió de aquel recuerdo—.

No era justo que dieras por hecho algo que no sucedió.

No obstante, reconozco que deseé yacer con él, probar esa delicadeza y esa dulzura que rebosaba.

Esos hermosos ojos azules escondían todo un mundo de sabiduría, de misterio y de magia.

Cuando salió de este cuarto, te envidié sin conocerte.

—No habría dejado de amarlo si hubiera yacido contigo, pero saber que no lo hizo me abre el pecho en canal. Sangro, Chloe, y apenas parcheo mi corazón para lo que he de enfrentar. Déjame llorar mi desdicha, mañana amaneceré más fuerte, y más enamorada.

—No sé qué es peor —murmuró afligida—, no haber conocido el amor o conocerlo y perderlo.

—Conocerlo y perderlo es caer a un abismo interminable —expuse entre lágrimas—, en el que intentas asirte a los recuerdos bonitos para detener la caída.

Quizá con suerte uno de esos asideros sea lo suficientemente estable para reposar en él y tal vez volver a escalar a la superficie.

Ahí ando ahora, escalando paso a paso, pero con tesón.

Tras una pausa, Chloe me acarició el cabello y la oí ponerse en pie.

—No conocerlo es tener frío en el corazón —espetó susurrante—, es sentir el mordisco de la soledad y del desamparo. Es suspirar por unos brazos cálidos y la compañía de ese ser que hará especiales tus días. Es soñar con encontrarlo y que te rescate de ti misma.

—Todavía puedes conocerlo, Chloe, pero mientras tanto no dejes de amar.

—¿A quién?

—A ti misma.

Oí el susurro de las sábanas mientras ella se acomodaba en su cama. Al cabo, habló de nuevo. No supe interpretar el tono de su voz.

—Eres tan especial como él.

★ ★ ★

Tan sólo el parpadeante fulgor del hogar iluminaba aquella gran alcoba. El nacarado resplandor de la luna perlaba la gasa blanca de las cortinas proyectando un charco de plata en la alfombra a los pies de la cama.

Sobre aquella alfombra aguardábamos Carla y yo, completamente desnudas, la próxima orden del capitán Giuliani.

Me llamó la atención las finas líneas blanquecinas que recorrían su vientre ascendiendo hasta sus pechos.

Eran delgadas y casi imperceptibles cicatrices que trazaban un singular diseño en su cuerpo sin lograr afearlo, más parecía un dibujo decorativo.

Un triángulo con el vértice superior entre los senos, abarcando todo su vientre, y, en el centro, un óvalo alargado rodeando su ombligo.

Era totalmente intencionado, y me pregunté qué significaría.

El hombre estaba repantigado sobre su lecho, tan sólo vestido con unas ajustadas calzas, sosteniendo en su mano derecha una copa de licor. Su lasciva atención recorría con avidez nuestros cuerpos mientras se refregaba con la mano izquierda su abultado miembro latente bajo la tela.

—Deseo que gocéis ante mí. Justo aquí, a los pies de mi cama —ordenó.

Carla asintió con una sonrisa pícara y se volvió hacia mí. Descubrí en sus ojos que aquella petición no era sino un reflejo de sus propios deseos.

Cuando acercó su boca a la mía, la entreabrí para recibirla, un gesto que la complació sobremanera por el gemido placentero que exhaló. Su lengua acarició la mía y dejé que me saboreara mostrando una actitud pasiva y solícita.

Sus manos comenzaron a recorrer mi piel, prodigando caricias delicadas como mariposas tímidas que revoloteaban por mis costados, mis caderas y mis nalgas.

Yo permanecí inmóvil, construyendo una férrea barrera mental que bloqueara pensamientos incómodos, recuerdos dolorosos o mi propia conciencia.

Aparté de mí todo aquello que pudiera dañarme y focalicé toda mi atención en aquel momento, un escalón más hacia mi meta.

La dulzura de su beso, de su trato, apenas despertó en mí el empuje suficiente para abotargarme y poder entregarme a aquel juego con el debido ímpetu. Aun así, dejé que siguiera regalándome sus tiernos arrumacos, más tentativos o preparatorios que pasionales.

Su delicadeza y su mimo comenzaron a enfurecerme.

Me negaba a hacer el amor, esquivaba todo atisbo de dulzura, reduciendo mi entrega a un simple acto de liberación de instintos, a un mero trabajo donde la sexualidad completamente desprovista de emociones era desplegada tan sólo como una herramienta de placer.

Carla, que me contemplaba arrobada entre besos y sutiles caricias, frunció el ceño desconcertada cuando aferré sus muñecas y la aparté de mí.

La miré con furiosa intensidad y la obligué a tumbarse en la alfombra con ademanes bruscos. Su cejo se acentuó, pero no se resistió cuando me abalancé sobre ella, inmovilizando sus muñecas sobre su cabeza en un gesto de absoluta dominación.

Clavé en ella una mirada dura y casi gruñí cuando tomé su boca con ruda urgencia. Fui minuciosa, imperiosa y hosca, y Carla, en su estupor, no halló más respuesta que sucumbir con incesantes gemidos a mi despótico beso.

Y, como me había ocurrido con Gabini, mi ser de nuevo se rebeló, incendiándose con virulencia. Sentí el voraz anhelo de descargar aquel acceso de furia que latía inagotable en mi interior.

Abandoné su boca para tomar sus pezones, amasando sus pechos, devorando cada palmo de piel. El cuerpo de Carla se arqueó alzando las caderas. De manera instintiva, deslicé mi mano entre sus muslos y acaricié los suaves pétalos de su feminidad.

Oí un gemido ronco, pero no procedía de Carla, sino del capitán, que, inclinado sobre los pies de su lecho, nos observaba extasiado sin dejar de masajear su endurecida verga.

Le lancé una mirada desdeñosa y lo ignoré, centrándome en la mujer palpitante que ondulaba bajo mi cuerpo. Cuando bajé la vista y la miré, ella atrapó mi nuca y me atrajo hacia su boca.

Me besó voraz, casi desesperada. Y yo, guiada por cuanto había aprendido y por lo que mi instinto me dictaba, supe cómo someterla.

Con mi mano perdida entre sus piernas, comencé a acariciar su resbaladizo botón, inflamándolo con pericia.

Mordí su labio inferior, tiré de él para soltarlo de inmediato y mordisquear su barbilla y su cuello mientras acariciaba su sexo.

Acompasé el ritmo de las caricias a sus prolongados gemidos, y cuando ella intentó devolverme el placer que disfrutaba, yo me retiré.

Me miró jadeante y aturdida. Un ligero rubor carmesí teñía sus mejillas, sus hermosos ojos ambarinos, turbios de deseo, me contemplaron inquisitivos.

—¡Sigue, no pares! —exigió el hombre.

Y entonces me puse en pie y la ayudé a incorporarse.

La conduje a la cama e, ignorándolo, me tumbé en ella y me abrí de piernas, invitando a Carla a que tomara el control.

Se puso de rodillas entre ellas y se inclinó hundiendo su rostro en mi sexo.

Cerré los ojos, centrándome únicamente en el placer que tan hábilmente me prodigaba su boca.

Mis gemidos eran sofocados por los secos gruñidos del capitán, que se afanaba en observar bien de cerca nuestros juegos sin dejar de tocarse.