Meretrice CAPÍTULO 24 #2
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CAPÍTULO 24 #2

—Nunca en toda mi vida he gozado de un placer igual.

Me miró absolutamente hechizado. Pude ver su adoración hacia mí, y aquello enardeció ese poder, todavía rutilante, que había esgrimido con tanta destreza.

—La palomita se convirtió en águila —rezongué con arrogancia.

—Y devoró mi alma despiadadamente —reconoció afectado.

Hice ademán de levantarme de la cama, pero él me detuvo.

—¿Adónde vas?

—He terminado mi encargo, vuelvo a casa.

Negó con la cabeza y me miró sagaz.

—Pagué por ti toda una noche. Y, si bien dudo de que pueda recuperarme, quiero que duermas junto a mí. Sólo cuando despunte el alba podrás salir de esta cama.

Dejé que me abrazara, y no tardé en oírlo dormir plácidamente.

Yo, en cambio, permanecí insomne, mirando con fijeza las brasas incandescentes del hogar, preguntándome quién era y en quién me convertiría finalmente.

Y entonces comprendí que cada día nacería una nueva Alonza, más experimentada, más fría y más sabia.

Pero, sobre todo, más poderosa, pues acababa de descubrir mis propias armas y la debilidad de hombres como aquél.

No sé en qué momento logré conciliar el sueño, pero desperté con la temprana luz de la aurora, con la garganta seca y unos horribles graznidos resonando aún a mi alrededor. Había vuelto a soñar con pájaros..., negros cuervos de picos afilados...

Me levanté sigilosamente, me vestí a toda prisa y salí rauda de aquella casa, huyendo de los graznidos de mi conciencia.

★ ★ ★

—Acabo de recibir una exaltada misiva de Simone Gabini —anunció Carla durante la comida.

Todas mis compañeras clavaron sus ojos en mí.

—Dice que ha caído rendido a tus pies y me pide otra cita, duplicando la cantidad estipulada.

Chloe agrandó los ojos impresionada y me sonrió orgullosa.

Las demás me contemplaron con disgusto, recelo y un marcado deje envidioso.

—Brindemos por la Perla —propuso Carla alzando su copa. Las demás la imitaron—. Te auguro un gran éxito, Alonza: mi instinto no me falló.

Me sonrió jactanciosa y bebió de su copa, mirándome complacida.

Incliné cortés la cabeza y recibí las felicitaciones de las chicas. Francesca y Giovanna forzaron una sonrisa vana, pero en la mirada de ambas relució un claro desagrado.

—¿Qué le has hecho a Gabini para deslumbrarlo tanto? ¿Lo dormiste cantándole uno de tus madrigales? —se burló la pelirroja.

Giovanna dejó escapar una risita sardónica y el resto permanecieron en silencio.

—No, para eso sólo tengo que hablarle de ti.

Francesca me encaró retadora y Carla se puso en pie dando una sonora palmada sobre la mesa.

—¿Hace falta que os recuerde las normas?

Ninguna replicó, pero cuando Carla se volvió para abandonar el comedor, las miradas hablaron por sí solas.

Justo cuando ya salía, se giró y me pidió que la acompañara.

Me levanté de la mesa y fui tras ella.

Una vez en su despacho, me ofreció sentarme mientras ocupaba su habitual sillón.

—Habría preferido que no mencionaras la misiva delante de todas —espeté reprobadora.

Carla alzó una ceja y me miró altanera.

—No has de avergonzarte de tus talentos, sino mostrarlos orgullosa.

—Tampoco pienso jactarme de ellos, y menos ante quien enarbola su ego como una espada romana.

La mujer se atusó un negro mechón de su cabello semirrecogido y me contempló escrutadora.

—Quizá sea justo lo que busque: doblegar esa espada para suavizar su carácter algo déspota y vanidoso.

—¿«Algo»?

Carla curvó los labios en una sonrisa dúctil.

—Necesita una cura de humildad —alegó circunspecta.

—No a mi costa —repuse—. No estoy aquí para competir ni para lidiar con rivalidades, no quiero problemas ni envidias.

—Pues en este oficio es lo que hay. Pero acabas de demostrarme que no te amilanas, muchacha, tienes agallas, y eso me dice que no podrán contigo. ¿Cuánto más me vas a sorprender?

—Me sorprendo incluso a mí misma —rezongué con cierta pesadumbre—. Ya empiezo a creer que soy capaz de todo.

La mirada de la mujer se entornó felina. Compuso una mueca artera y la comisura de su labio se alzó traviesa.

—Me gusta oír eso, porque dentro de unos días tendrás que ser capaz de yacer conmigo —hizo una pausa y sus ojos refulgieron anhelantes— y con el aguerrido capitán veneciano Biagio Giuliani, un hombre de gustos particulares.

Tragué saliva, mi pulso se aceleró y estrujé nerviosa el tafetán de mi falda entre las manos.

—No debes preocuparte, sólo dejarte llevar por mí. Ardo en deseos de saber cómo hechizaste a Gabini. Intuyo que será una velada mágica.

Me limité a asentir. Mi incomodidad se dejaba entrever en mi rigidez en la silla.

—¿Puedo retirarme?

—No, te he mandado llamar por un tema más delicado.

Su expresión adquirió gravedad, y supe a qué se refería antes de que le diera voz.

—Ha sido muy oportuno tu encuentro con Gabini —comenzó rebuscando entre sus papeles—. Esta mañana recibí un requerimiento judicial que demanda tu tutela. Fabrizio nos reclama una ingente cantidad de dinero por la pérdida de su dote o habrás de regresar a su lado.

—No regresaré, antes prefiero la muerte.

—Lo sé, pero yo no dispongo de esa cantidad, Alonza. Así pues, tan sólo nos queda encontrar un buen abogado y luchar en los tribunales.

—¿Gabini?

—No, él está muy por encima, pertenece al Consejo de los Diez y se encarga más bien de la seguridad del Estado. Pero nos recomendará al mejor, y no dudo de su influencia con los magistrados que lleven el caso. Incluso con el mismo dux si acaso toma partido.

Permanecí en silencio, sintiendo cómo el pulso desacompasado repiqueteaba en mi sien.

—Fabrizio también goza de amistades poderosas —recordé inquieta.

—En efecto, tendremos que jugar muy bien nuestras cartas, Alonza.

Ambas nos miramos con expresiones graves.

Y ella, sumida en una concentración en la que brilló la tenacidad por encima de otras emociones, despertó en mí una pregunta que antes no me había formulado: ¿por qué me ayudaba Carla?

¿Tantas expectativas albergaba respecto a mí?

¿Tanto dinero pensaba ganar conmigo para enfrentarse a uno de los hombres más taimados y poderosos de Venecia?

De repente comencé a recelar sobre su verdadera intención en todo ese asunto.

Y comprendí que algo más debía de motivar su decisión de comulgar por mi causa.

Fuera cual fuese, estaba de mi parte, y únicamente debía agradecer contar con su apoyo.

Y en aquel momento también descubrí que no sólo había cambiado yo, sino también mi percepción del mundo.

Había aprendido duramente que la desconfianza era la mejor barrera para anticipar tanto un ataque como un desengaño.

Que debía, tristemente, cuestionarme cualquier comportamiento favorable por parte de terceros.

Que debía mantener la mente tan fría como el corazón.

Que todo era mentira hasta que la verdad no me deslumbrara, que nadie hacía nada sin un motivo egoísta, y que si la vida era dura yo debía serlo doblemente.

Pues, cuanto más alto fuera el escalón, más debía esforzarme en subirlo y más reforzada saldría con tan sólo el intento.

Pero si mi intuición me gritaba algo era que a menudo nada era lo que parecía y que permanecer alerta a mi alrededor, expectante y recelosa, sería lo más juicioso.

—Quiero que me conciertes citas con los hombres más influyentes de la Serenísima —comencé mirándola fijamente, enfatizando mis palabras con un tono autoritario—, con nobles cercanos al rey, con altos cargos eclesiásticos, con generales de rango, con el mismo dux si es posible.

Quiero ser invitada a las fiestas más relevantes y a todas las reuniones de sociedad que se celebren en la corte.

Carla me observó intensamente, su ceño se acentuó pensativo y contrariado. Permaneció evaluándome un instante, respiró hondo y asintió queda.

—No sólo quieres librarte de los Rizzoli, ¿me equivoco?

—Quiero dominar a los hombres, someterlos y demostrarles que una mujer puede gobernar un Estado si se le antoja.

Carla sonrió y me dedicó un gesto respetuoso.

—Y no dudo ni un instante de tu éxito en ese ambicioso plan.

Jamás vi semejante determinación en nadie.

Todas tus penurias han forjado a la mujer que hoy tengo frente a mí.

Pero he de advertirte de algo: posees las cualidades necesarias para alcanzar tus metas, pero no te lo pondrán fácil.

Evita el exceso de confianza en ti y utiliza tu mayor baza: tu inteligencia.

Cautiva a los hombres con tu cuerpo, embriaga sus sentidos con tus artes amatorias y sácales toda la información que puedas.

Con ella en tu poder, los dominarás, pero guárdate muy bien las espaldas y ve con tiento.

Lo difícil no será conseguirla, sino saber utilizarla.

—¿Vendiéndola?

—Guardándola, y usándola cuando mejor te convenga. Así podrás extorsionar a quien se erija como tu enemigo y favorecer a tus aliados.

Asentí agradecida y me puse en pie.

—Tengo una curiosidad —admitió—, ¿qué le hiciste a Gabini? Francesca también estuvo con él y jamás lo vi tan... exaltado.

—Eso, Carla, es un secreto de alcoba, y como tal me lo guardo.

Su sonrisa se amplió ladina, sacudió la cabeza y chasqueó la lengua.

—Eres condenadamente lista.

—No me dejan más remedio que serlo.

Salí del despacho con paso firme.

En efecto, sería capaz de todo por lograr mis objetivos, ya no me cabía la menor duda.