Meretrice CAPÍTULO 27 #3
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CAPÍTULO 27 #3

Permanecimos un largo momento así, todavía asimilando y apaciguando aquel vertiginoso deseo que nos convertía en animales desesperados. Enredé mi mano en su espeso cabello y lo peiné hacia atrás besando su cabeza, derramando en aquel gesto todo el amor que me inspiraba.

—Esta conexión entre nosotros no es muy normal, ¿verdad? —musité embriagada por cuanto sentía.

Su cabeza, apoyada entre mis pechos, se movió ligeramente.

—No, no lo es.

Me estrechó con más vigor, como queriendo fundirse en mi piel.

—A tu lado siento que eres mi razón de ser, que eres cuanto he buscado, cuanto necesito —susurró enronquecido—.

A tu lado comprendo lo vacía que ha sido mi vida hasta este momento, lo solo que he estado y el frío que nunca me abandonaba.

Ahora este calor que me inunda me hace sentir realmente vivo.

Aquí, entre tus brazos, todo cobra sentido.

—Luca..., te has metido en mi alma. Me da vértigo pensar en lo rápido que está sucediendo todo. Siempre he sido una mujer muy hermética, muy racional, pero contigo... contigo soy otra persona. Y, si lo pienso fríamente, sigo sin saber nada de ti.

Él alzó su rostro hacia mí, la expresión que teñía su rostro me desconcertó: una vulnerabilidad desconocida y una tristeza desgarradora que me impactó enormemente.

—Mi infancia transcurrió entre orfanatos varios y casas de acogida —comenzó con la mirada perdida—.

Parecía no encajar en ningún sitio, tuve que superar el desprecio de los que se suponían serían mis hermanos, la desconfianza de tutores que me miraban con recelo y la compasión de las asistentes sociales que me devolvían al orfanato tras un rechazo más.

Decían que tenía un problema de adaptación, pero no era verdad.

No era un chico conflictivo, sólo taciturno y apático.

Pero no porque fuera mi carácter, sino porque era el escudo con que me protegía en cada nuevo traslado.

Ya había sufrido demasiadas desilusiones y la esperanza de conectar se diluía tras cada rechazo.

—¿No conociste a tus padres?

—No, me abandonaron recién nacido en la puerta de un hospital.

—Fue una dura infancia —aseveré apenada, acariciando su cabello.

—La adolescencia fue peor, pero me convirtió en el hombre que soy.

—¿De dónde salió la pasión por la criptografía?

—De mi inquietud por encontrar una explicación a las cosas.

De mi afán por comprender la mente humana y horadar en cada recoveco, quizá buscando descubrir lo que se esconde tras las diferentes visiones y pensamientos individuales.

Comencé haciendo crucigramas y jeroglíficos como afición, para distraer mi mente y alejar mi abatimiento.

Luego me cautivaron las adivinanzas y los acertijos, lo que me llevó a indagar sobre eso.

Leí acerca de las tácticas de Julio César y de grandes líderes de la Antigüedad y acabé recopilando libros sobre el tema.

Finalmente, me licencié con honores en Ingeniería Informática, con especialización en Criptografía.

—Me maravilla tu inteligencia y, ahora que conozco algo más de ti, también tu fortaleza. Te has hecho a ti mismo sin ayuda de nadie.

—El cerebro es un órgano que se puede ejercitar. Y yo lo he trabajado mucho, no es más que práctica —replicó circunspecto.

—Yo sería incapaz de alcanzar tu grado de deducción, tu capacidad analista es impresionante.

—Veamos...

Cogió de nuevo el papel, fijó en él su atención y comenzó a leer en voz alta:

—Un hombre murió y fue al paraíso. Allí había miles de personas, todas desnudas y con la apariencia que tenían a los veintiún años. Miró alrededor tratando de reconocer a alguien. Súbitamente vio a una pareja y supo que se trataba de Adán y Eva. ¿Cómo lo supo?

Fruncí reflexiva el ceño y lo miré expectante.

—No —negó con una sugerente sonrisa—, este acertijo lo vas a resolver tú. En realidad, ninguno entraña una excesiva complicación, simplemente se trata de leer con atención, separar las pistas y usar la lógica.

—Bien —acepté, concentrada en cada línea—. Si los reconoció fue porque poseen una característica especial que los diferencia del resto, ¿no es así?

Luca asintió, su sonrisa se estiró en una mueca complacida, alentándome a continuar elucubrando.

—La cuestión radica en esa característica física que los distingue —mascullé convencida—. Y si destacaron entre miles de personas desnudas, o estaban tremendos —murmuré socarrona— o Eva llevaba una manzana en la mano, o la serpiente de Adán siseaba.

Luca soltó una risotada divertido y me mordió la barbilla travieso.

—Mi serpiente aún sisea, nena.

—Pues no será porque no le haya tapado la boca.

Rio a carcajadas, contagiándome su risa.

—La has dejado muda unas cuantas veces, sí.

Continuamos riendo retorciéndonos por la cama.

—Espero que recupere pronto el habla —repuse entre carcajadas.

—Quizá si me das a probar tus manzanas... —espetó burlón—, logre balbucear algo.

—Todo sea por iniciar una interesante conversación.

Luca me atrapó risueño bajo él, se inclinó sobre mis senos y succionó voraz mis pezones. Me arqueé contra su cuerpo y me inmovilizó contra el colchón.

—Quieta, nena, creo que está susurrando algo.

Alcé la cabeza para mirarlo maravillada.

—No puedo creer tan rápida recuperación.

—La verdad es que yo tampoco.

Enterré los dedos en su melena y volví a hundir la cabeza en la almohada disfrutando de sus caricias.

Hicimos el amor y Luca se quedó dormido entre mis brazos, pero, por alguna razón, yo no pude conciliar el sueño. Algo rondaba por mi cabeza, pero no supe qué. Estiré mi mano hacia el bolso que había dejado sobre la mesilla y saqué cuidadosamente el smartphone, procurando no despertarlo.

Abrí el archivo pdf del diario y comencé a leer: «Una efímera bocanada de aire». Bien, por fin se encontraba con Lanzo, pensé tan nerviosa como ilusionada. Respiré hondo y me sumergí en la historia, en aquel siglo y en el corazón de Alonza.