Meretrice CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

El hedor del estiércol, los efluvios malolientes de los excrementos humanos depositados en cubos bajo las carretas, el aroma almizclado y dulzón del sudor y la densa fragancia de bolsitas de hierbas que, en lugar de anular la pestilencia, sólo conseguían acentuarla me golpearon en cuanto abrí los ojos en el interior de aquella gran tienda, donde la compañía al completo dormía en jergones y literas.

No sólo se componía de actores, también contaba con tramoyistas encargados de montar los escenarios, costureras y carpinteros.

Había un maestro de dicción, una cocinera y un curandero que aprovechaba para vender sus remedios en los entreactos.

Varios niños, imaginaba hijos o huérfanos recogidos, ayudaban en las tareas diarias.

Tres perros de considerables dimensiones vigilaban el recinto del campamento, y varias ocas deambulaban erráticas atadas a un poste.

En efecto, una gran y variopinta familia.

Contuve una arcada ante la primera inspiración de aire matutino y salí de la tienda principal temiendo vomitar.

Ofelia, cuyo nombre era Martia, sonrió burlona y con cierto desdén cuando salió tras de mí. Se desperezó con indolencia y bostezó largamente.

—Demasiado exquisita para ser una de nosotros —masculló convencida.

—He estado en lugares peores, y sigo en pie.

La mujer me miró con curiosidad y frunció el cejo con incredulidad.

—Tu estómago no tanto.

Se levantó las faldas, se puso en cuclillas y orinó con semblante gozoso.

Vi con claridad su expuesta entrepierna. Pareció divertirse con mi azoramiento.

—Sin duda eres de buena familia —resolvió poniéndose en pie y una sonrisa displicente en su faz.

—No tan buena como creía.

La mujer alzó una ceja suspicaz y comenzó a peinar su larga melena oscura con los dedos.

—Eso parece. Eres muy joven para aventurarte tú sola en un mundo tan ingrato. O eres una inconsciente, o huyes de algo terrible. —Compuso un mohín pensativo y agregó—: ¿Un esposo abyecto quizá?

—Quizá.

Tras evaluarme largamente, sacudió la cabeza, chasqueó la lengua y musitó:

—Eres lista, así que imagino que fue un motivo de peso.

—Vico se jactó de que en la compañía el pasado no importaba y dio a entender que la curiosidad no iba con vosotros. ¿Me mintió?

La mujer sonrió ladina, aunque en su mirada percibí aprobación.

—Muy lista —reiteró admirativa—. Pero, que yo sepa, todavía no eres de la compañía. Y, a decir verdad, no sé si quiero que lo seas.

—Ya veo, no tengo intención de quedarme —la tranquilicé.

—Yo tampoco la tenía cuando di con ellos.

—Te puedo asegurar que persigo otras cosas.

—¿Sabes, condenada muchacha? Contigo es muy difícil no ser curiosa.

Sonreímos al unísono. Luego me sopesó un instante, escrutándome con agudeza.

—Si huyes de un matrimonio concertado y buscas libertad sólo hallarás dos caminos, actriz o puta, con lo cual me acabas de contestar. Posees juventud, belleza e inteligencia: harás una fortuna, no lo dudo.

Me guiñó un ojo con burlona picardía y, tras una respetuosa inclinación de cabeza, se adentró de nuevo en la tienda.

Yo quedé allí, frente a mi verdad, frente a aquel nombre mencionado por Concetta y que acudía a mis pensamientos con clarividente asiduidad: Carla Brunetti, la famosa meretriz que seleccionaba e instruía a sus pupilas convirtiéndolas en las más veneradas cortesanas de Venecia siguiendo la estela de Veronica Franco, la cortesana poetisa.

La pregunta era: ¿sería capaz de vencer mis reparos ante el rechazo a entregar mi cuerpo sin amor, de estrangular mi dignidad y mi moral en pos del poder que obtendría?

Me contesté con otra cuestión: ¿de qué valía la moralidad si llevaba a unas cadenas, a una vida vacía ya?

Y yo no sólo anhelaba ser libre, sino también poderosa, para vengar ese amor que separaron de mí con tanta saña.

Y por Dios que lo haría. Ya nada me importaba realmente, ni siquiera yo misma, excepto verlos inclinados, humillados y vencidos ante mí.

★ ★ ★

Atisbé nerviosa entre los pesados cortinones bermellón y tragué saliva. La plaza estaba atestada, un público ruidoso y alborozado aguardaba el inicio de la función. Un bufón amenizaba la espera con cantos, cabriolas y burlas que la gente reía y aplaudía con entusiasmo.

Llevaba un sencillo vestido de sarga gris con un delantal blanco atado a la cintura, mi claro cabello recogido en la nuca y cubierto con una cofia para representar a la doncella de Ofelia, interpretada por Martia.

Era tan sólo recitar en tono algo dramático unas líneas que ya había aprendido y luego permanecer en una esquina en actitud apenada y servil.

Repasaba mentalmente cada frase cuando, oteando entre el gentío, caí en la cuenta de que no podía cometer la insensatez de salir a escena.

Me reprendí mentalmente y comencé a alejarme atemorizada. Martia, que presenció mi turbación, se adelantó y me detuvo mirándome con expresión reprobadora.

—Muchacha, es tan sólo miedo escénico, todos lo sentimos, pero se pasa cuando empiezas a hablar.

—No es eso, es que... no puedo salir ahí fuera. Está media Venecia en esta plaza.

—Por fortuna para nosotros.

Intenté desasirme, y el pánico comenzó a desatarse en mi interior como una serpiente sibilina reptando por mi espalda.

—No vas a escapar, lo prometiste.

Apresó mi muñeca y comenzó a arrastrarme hacia la tarima.

—¡No! Si me ven, si descubren que estoy viva, vendrán de nuevo por mí. Todavía no es momento de mostrarme.

Martia me observó sorprendida e indecisa.

—¡Por favor! —supliqué.

—¿Por qué demonios no lo dijiste antes?

—No... no reparé en ello..., lo siento. Lo siento de veras. Haré cualquier otra cosa, lo juro.

—No, saldrás ahí como le prometiste a Vico, sin que tu vida peligre. No sé qué has hecho para que quieran acabar contigo, y no me incumbe, pero voy a ayudarte. Espero que el Altísimo algún día me lo tenga en cuenta.

Se alejó dejándome trémula e inquieta. Oía las voces sofocadas del resto de los actores ensayando sus actuaciones, y recé por que no apareciera Vico en aquel momento.

Al cabo, acudió Martia con una capa con capucha y un antifaz.

—Improvisaré algo sobre tu extraña indumentaria. Intenta modular tu voz para camuflarla. Son apenas dos frases, espero que no te reconozcan, y más si piensan que estás muerta.

Le sonreí tremendamente agradecida y conmovida por su buen corazón.

—No me lo agradezcas, en realidad lo hago por mí: tengo mucho que expiar —añadió devolviéndome la sonrisa.

—Gracias de igual modo.

Asintió conforme, tomó una profunda bocanada de aire y se alejó hacia el lugar donde los actores aguardaban su entrada.

El narrador ya estaba anunciando el inicio de la obra. Me tensé y esperé mi turno.

Allí fuera podían estar Caterina, Marco o Fabrizio, o cualquier otra persona que me reconociera.

Si descubrían que estaba viva, no cabía duda alguna de que vendrían a terminar lo que habían empezado.

No podían arriesgarse a que contara lo que habían hecho conmigo.

Y, sin embargo, algún día estaría frente a cualquiera de ellos para hacerles pagar caras las cuitas afligidas y las vilezas cometidas.

Inmersa en mis pensamientos, envuelta de nuevo por la furia, el miedo se evaporó una vez más. Cuando oí la frase que me invitaba a entrar, me cubrí con la capucha, acomodé el antifaz y salí con paso resuelto al escenario.

Pude ver el desconcertado asombro en los ojos de Vico y cómo su ceño comenzaba a fruncirse progresivamente.

Martia profirió una aguda carcajada que me sobresaltó y añadió la improvisación para meterme en escena.

Vico no fue capaz de ocultar su ofuscación y su desconcierto y fulminó a Martia con la mirada, pero su ingenio y su agudeza consiguieron solventar el imprevisto con bastante acierto.

Titubeante y con el pulso acelerado, pronuncié mis dos frases en tono algo apresurado y me dirigí inquieta hacia una de las esquinas para pasar a formar parte pasiva del elenco.

Aproveché para derramar sobre el público asistente mi curiosidad.

Y, como sospechaba, Marco estaba casi en las primeras filas, junto a Giulia, su prometida, o quizá ya esposa.

Junto a ellos, Caterina conversando sottovoce con su insulsa y distinguida pareja.

Un acceso de cólera me dominó y todo mi cuerpo tembló.

Tuve que apretar los puños para contener mis impulsos.

Ese odio exacerbado que su sola presencia me producía estiraba impunemente las cuerdas de mi control.

No encontré a Bianca, ni por supuesto a Lanzo.

Y pensar en él casi me derrumbó sobre el escenario.

Comencé a marearme, mi visión se desdibujó y un opresivo malestar me sepultó.

Tenía que salir de allí como fuera. De repente, sentí la alarmada mirada de Martia sobre mí, y, astutamente, enfocó la atención del público sobre ella con un abrupto gemido dramático antes de comenzar su párrafo.

Muy sutilmente me hizo un gesto rápido con la mirada, alentándome a marcharme.

Abandoné el escenario lo más discretamente que pude y me precipité a la tienda dando traspiés, me quité la capa y la máscara, y me abalancé sobre el jergón.

Todo me daba vueltas y en mi mente comencé a oír los repugnantes jadeos de Marco mientras me embestía salvajemente.

Sacudí la cabeza con violencia y apreté con ferocidad los dientes mientras cerraba con fuerza los ojos.

Las imágenes se sucedían en mi mente, y la furia, la humillación y el dolor resurgieron con una viveza sobrecogedora.

Sollocé impotente, asqueada y temblorosa. Abracé mi vientre y lloré de nuevo por aquel hijo perdido, fruto del amor más puro, de un amor roto por el destino y por la inquina de seres abyectos.

«¿Dónde estás, mi amor? ¿Dónde? Allá donde estés, sé feliz.»