CAPÍTULO 16 #3
Lloré también por mí, por la mujer en la que me tendría que convertir para sobrevivir.
Por la mujer condenada ya a vivir una vida vacía, sin amor, sin esperanzas, sin sueños.
Atrás quedaba cuanto fui o pude ser. Delante, lo que sería, una mujer libre y poderosa como ninguna otra, una mujer de hierro, independiente y valiente, dueña de su propia vida.
Oí en la distancia el sofocado clamor de un largo aplauso y me limpié las lágrimas apresurada. Me puse en pie cuando percibí pasos aproximándose.
El primero en entrar fue Vico, con su enjaretado jubón de terciopelo rojo, sus ajustadas calzas blancas y sus pulidas botas de piel negra. Su porte era regio, tal como el papel que interpretaba. Me puse rígida irremisiblemente.
—¿Qué demonios ha significado eso? He estado a punto de perder la concentración —bramó furibundo.
—¡Oh, vamos, Vico! —intervino Martia, que iba tras él—. No es la primera vez que tenemos que improvisar, y además resulta excitante poder disfrutar de alguna variante.
Él me observó ceñudo aguardando una respuesta.
—Temí que me reconocieran —confesé en apenas un murmullo.
El resto de los actores comenzaron a llenar el ambiente de risas y conversaciones alborozadas, y Vico me tomó del brazo y me sacó de la tienda. Lancé una mirada angustiada a Martia, solicitando su ayuda nuevamente. Ella asintió y nos siguió.
Nos detuvimos entre dos carretas y Vico me contempló con aguda perspicacia.
—¿De quiénes estás huyendo, muchacha?
Martia me miró con inusitada gravedad. Su rictus se tensó visiblemente y pude apreciar en su gesto cómo algo la preocupaba. Parecía debatirse internamente, y eso me inquietó. Creí adivinar una casi imperceptible negación justo cuando de mis labios escapó un nombre:
—De los Rizzoli.
Martia cerró los ojos con una mueca frustrada que se apresuró a ocultar cuando Vico se dirigió a ella, lanzándole una clara mirada admonitoria.
—Son una familia poderosa —repuso intrigante, frotándose la barbilla en actitud pensativa—. Si te están buscando, te encontrarán. No deberías quedarte aquí, tan cerca de ellos. Con nosotros estarías a salvo, viajamos como nómadas de villa en villa, no podrían seguirte la pista.
Negué con la cabeza. Tenía muy claro adónde quería ir.
—No será necesario que actúes —insistió tenaz—, puedes ayudar en vestuario, o ejerciendo la función que más te agrade.
—¿Por qué deseas ayudarme?
—Por humanidad. Una joven como tú sería devorada en un mundo como éste, sin la protección de un padre o un esposo. Eres tan sólo una presa.
—Y ¿quién me dice que tú no eres un depredador?
Vico sonrió ladino, chasqueó la lengua y negó con la cabeza.
—Lo soy: cazo aplausos, admiradoras, fama y fortuna —admitió burlón—, pero jamás inocencia.
Justo cuando abría la boca para responderle, Martia intervino interrumpiéndome:
—Yo la convenceré —se ofreció tranquilizadora—, creo que te toca salir a escena.
Vico asintió complacido, la cogió de la cintura y la besó en los labios. El modo en que ella respondió evidenciaba la clase de relación que mantenían.
Cuando él se alejó de nosotras, la risueña y despreocupada expresión de Martia se trocó en agudo desasosiego.
—Los has visto ahí fuera, ¿no es cierto?
—Sí. A todos menos a quien deseo ver.
Ante su penetrante escrutinio se me anegaron los ojos de lágrimas. Bajé la vista, pero ella me obligó a alzarla de nuevo, sujetando mi barbilla entre los dedos.
—Voy a darte un último consejo, Alonza. Huye de aquí, y debes hacerlo de inmediato. Cuando la función termine, Vico negociará una suculenta suma por entregarte a los Rizzoli. No es la primera vez que lo hace, por eso insiste tanto contigo.
Abrí los ojos como platos, impávida, y mi rostro se desencajó. Miré asustada a mi alrededor y los temblores regresaron.
—No tienes tiempo que perder —me apremió oteando a su alrededor.
Ya me giraba cuando una idea cruzó por mi mente iluminándola de algo parecido a la esperanza.
Tomé a Martia de las manos y la miré suplicante.
—No sé cómo agradecerte todo lo que has hecho por mí, y sé que es todo un atrevimiento pedirte un último favor, pero no tengo a nadie aquí que pueda ayudarme... y ellos están tan cerca que...
—¿Que no puedes evitar pedirme que averigüe dónde está él?
La contemplé atónita, admirando su sagacidad.
—¿Có... cómo lo has sabido?
—Esas lágrimas que has derramado ante el deseo de ver a ese alguien llevan nombre. Es fácil adivinar que te enamoraste de quien no debías.
Asentí mordiéndome el labio inferior.
—¿Cómo se llama?
—Lanzo, Lanzo Rizzoli. Fui a Padua en su busca, pero se marchó de allí. Y nadie conoce su paradero. Ahí fuera están dos de sus hermanos, Caterina y Marco.
Martia resopló pesadamente, me evaluó un instante y, al fin, tras lo que me pareció una eternidad, asintió.
—Ingeniaré algún ardid para averiguarlo. Tú debes marcharte ahora mismo. Cuando sea noche cerrada, espérame junto al Rialto. Coge una capa oscura, una de las dagas que guardo en mis cajones y procura esconderte.
—¿Una daga?
—Sí, muchacha, las prostitutas del Rialto son muy territoriales, por tu seguridad.
—Y ¿por qué allí?
—Es el único lugar de Venecia donde se espera ver a mujeres a esas horas. Además, así verás el camino que has elegido tan de cerca como éste.