Meretrice CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

R ENACIENDO ... UNA VEZ MÁS

Desperté con la boca pastosa, confusa y cansada. Todo era extraño a mi alrededor, y aunque el rostro que me observaba también lo era, lo reconocí y, con él, todo lo que había descubierto. La piedra tiró de nuevo de mí hacia la profunda negrura que tendía sus manos invitadora.

—¡Muchacha! Por fin despiertas.

Percibí un claro alivio en el tono, pero más como la liberación de un problema que como una verdadera preocupación.

Parpadeé y miré a mi alrededor. Aquella habitación, a pesar de ser desconocida para mí, me transmitió extrañamente una sensación familiar.

Cuando reparé en los dibujos que había en las paredes, mi corazón se detuvo.

Eran dos artísticas iniciales enlazadas: una «A» y una «L» dentro de un corazón.

En otra lámina, mi rostro de perfil mirando por una ventana con expresión soñadora.

En una más, dos manos enlazadas bajo la nieve, las nuestras.

El dolor que me afligió se derramó en gruesas lágrimas por mis mejillas, mi corazón sangraba y mi impotencia despertaba ya no furia, sino una pesadumbre tan pesada y oscura que ensombrecía mi alma hasta marchitarla.

Y ahí, en la antigua habitación de Lanzo, supe que era lo más cerca que ya nunca estaría de él. El destino me lo había arrebatado. Si estaba vivo, sólo rezaría por su felicidad; si no lo estaba, mis plegarias se reducirían a reunirme con él cuando la muerte decidiera llevarme.

No obstante, en mitad de mi implacable tormento, supe que no me rendiría. No me entregaría a la muerte, no todavía, no hasta que cumpliera con dos vitales cometidos: vengarme de mis enemigos y recompensar a mis amigos.

Entonces y sólo entonces partiría feliz y libre.

Me limpié la humedad de las mejillas y miré a la ruda casera del albergue.

—¿Cuánto tiempo llevo aquí?

—Te desvaneciste hace un par de días, temí que...

Me incorporé sobre los codos y respiré hondo.

Dolía. Dolía todo, cada latido, cada resuello, cada movimiento, cada pensamiento, y, cuanto más dolía, mi fortaleza más se redoblaba. Ni la muerte ni el dolor acabarían conmigo hasta pagar mis deudas.

Logré ponerme en pie sin ayuda y me aproximé a la pared.

Con el alma desgarrada, arranqué los dibujos y los enrollé con cuidado.

La mujer me ofreció un cordel y los até.

Los abracé contra mi pecho con extrema suavidad y me permití llorar de nuevo.

Él seguía conmigo, latiendo en mi pecho, y así sería hasta que éste se detuviera para siempre.

—Necesito que alguien me lleve a Venecia.

Mi voz sonó dura en contraposición a mi apariencia frágil y mi semblante marchito.

Mirarme al espejo en el que en tantas ocasiones se habría mirado Lanzo y ver apenas una sombra de mí me hizo prometerme renacer no una vez, sino tantas como fuera necesario, para demostrarle al destino que no habían podido con nosotros, que en mí viviría Lanzo, estuviera donde estuviese.

Y que nuestro amor jamás podrían apagarlo.

Apreté los puños, presioné los labios y entorné los ojos mirándome retadora. Iban a pagar cada lágrima, me prometí.

—Hay una compañía de teatro que parte mañana para Venecia, quizá puedas preguntar si les importa llevarte. La función no tardará en empezar, han instalado el escenario en la plaza del mercado. Si lo deseas, mi marido puede acercarte, tiene recados que hacer allí.

—Os lo agradecería mucho, como agradezco vuestra hospitalidad.

Estiré vanamente mi arrugado vestido e intenté atusar mi cabello.

Mientras trataba de adecentar mi aspecto, descubrí en mis ojos que apenas quedaba rastro de la Alonza que fui una vez.

La dureza, el dolor y la amargura habían construido a una Alonza nueva, más resistente, más cínica y más resuelta.

Y, aunque no sabía muy bien qué sería de esta nueva joven, cuyos ojos grises, antes perlados como la plata bruñida y ahora ya sin brillo, eran tan sólo dos piedras basálticas inexpresivas y punzantes, sí sabía que saldría adelante.

Pues alguien que no teme a la muerte se convierte en alguien poderoso.

Cuando no se tiene nada que perder, no hay barrera insalvable ni meta insuperable.

Sin miedos se gozaba de una libertad que pensaba conservar como el bien más preciado.

Y en aquel preciso instante recordé una conversación con Concetta, y un nombre. Sonreí para mis adentros.

Sí, elegía ser libre y dueña de mi destino, usar cuanto estuviera en mi poder para dominar mi vida y mi alrededor. Y sólo tenía un modo a mi alcance.

★ ★ ★

Observaba admirada cómo los actores representaban Hamlet con una pasión que estremecía al público, que, entre sonoras exclamaciones, manifestaban su total entrega a la obra. Tras cada acto, se hacía un silencio solemne que terminaba en alborozados aplausos.

Disfruté de la representación con tan vívido realismo que lloré ante el desgarrado discurso de Hamlet en el entierro de Ofelia.

Cuando la función llegó a su fin, los actores salieron a escena para recibir el agasajo de un público entusiasmado.

Fue en ese momento cuando decidí acercarme y rodear la tarima.

En la parte de atrás, flanqueadas por una serie de carretas, varias tiendas se apiñaban a modo de camerinos. En aquel momento, varios hombres cargaban diversos elementos escénicos en los carromatos.

Me adentré en aquel espacio justo cuando de detrás del telón emergieron los actores eufóricos y risueños.

Un hombre robusto chocó conmigo y me tiró al suelo.

Varios caballos relincharon y me apresuré a ponerme en pie por miedo a ser coceada.

Algo desorientada, comprobé que los actores se perdían en sus respectivas tiendas.

Corrí hacia la primera que encontré de lona escarlata y me adentré titubeante.

Hamlet, con el torso desnudo, se lavaba con profusión en una palangana. Un rostro extrañado me miró goteante. Sacudió enérgico su cabello y, tras coger un lienzo con el que comenzó a secarse, se acercó sonriente a mí.

—Bienvenida, muchacha, pasad y os mostraré algo más que mis dotes de interpretación.

—Yo... sólo buscaba al dueño del teatro.

—Ante vos lo tenéis —anunció tras una florida reverencia—. Si deseáis un papel en la función, desnudaos y mostradme vuestros encantos.

—No —me apresuré a contestar—. No aspiro a ser actriz, sólo me preguntaba si podríais llevarme a Venecia.

El hombre se peinó su mojado cabello con los dedos y me sonrió artero. Me rodeó escrutándome con atención y, finalmente, se detuvo ante mí.

—Pues, a mi parecer, encandilarías al público aunque no supieras recitar un solo verso.

Tuve que contener el impulso de salir corriendo y me obligué a alzar la barbilla y a mirarlo sin temor a los ojos.

—Sin embargo, mi única intención es regresar a Venecia —recalqué con frialdad.

El hombre entornó sus oscuros ojos y me dedicó una sonrisa aviesa.

—Y ¿cómo piensas pagar ese viaje?

—Puedo ayudar en toda clase de labores.

Cogió mis manos entre las suyas y las observó sagaz.

—Estas manos jamás han trabajado.

Acto seguido, tomó mi barbilla y me giró el rostro a un lado y a otro.

—Tus rasgos son finos, patricios, presumo que tu belleza, ya evidente, todavía debe despuntar. Serías una gran adquisición para la compañía.

—No tengo ningún interés en la interpretación. No creo que posea los dones necesarios para ello —aduje rotunda— ni pienso desnudarme ni compartir lecho para pagar el viaje. Así pues, no perdamos más el tiempo.

Ya me giraba cuando el tenaz Hamlet me detuvo.

—Se me ocurre que actúes en la función de Venecia.

Un pequeño papel de doncella de Ofelia, nada relevante, sólo para que sientas la magia escénica.

.., quién sabe si es tu vocación. Si, tras esa aparición, no sientes la llamada del teatro en la sangre, me sentiré pagado y tú libre de deuda. No creo pedir tanto.

Venecia estaba a un día escaso de trayecto, pero una joven sola sería fácil presa de maleantes. Demasiado arriesgado, me dije. Y en verdad no pedía tanto. Asentí y el hombre sonrió ampliamente. Tomó mi mano y la acercó a su boca para depositar en mi dorso un galante beso.

—¿Cuál es tu nombre?

—Alonza di Pietro.

—El mío es Vico Grossi, actor, vividor y poeta.

—Un placer, señor Grossi.

Su sonrisa pendenciera relumbró jactanciosa.

—No sé de quién o de qué escapas, muchacha, pero nada como un teatro ambulante para esconderte.

—Da la impresión de que anda escaso en el reparto —repliqué mordaz.

El hombre rio estentóreamente y me observó complacido.

—Eres una muchacha muy despierta.

—Y más que habré de serlo, me temo —objeté mirándolo intencionada.

—Aquí, en el teatro, somos una gran familia.

Todos cuidamos de todos. Con nosotros, tu pasado quedará atrás.

Nadie te preguntará cuando llores, pero te consolarán.

A nadie le importará quién has sido o qué has hecho, sino lo que haces y quién eres.

Respetarán tus silencios y atenderán tus palabras.

Aquí puedes ser quien quieras ser. Todos y cada uno de nosotros tenemos una historia detrás, pero sólo nos importa la que tenemos delante.

No es un mal lugar para empezar de nuevo.

Avancé hasta la pequeña mesa donde se esparcían potes de polvos, cepillos y horquillas. Un espejo me devolvió mi imagen. No vi en aquel reflejo un ápice de ilusión por aceptar aquel ofrecimiento, aunque realmente sonaba tentador.

—No, no es un mal lugar, a tenor de vuestras palabras. Pero no es mi lugar.

—No puedes saberlo si no intentas encajar en él. Quizá sobre la tarima y frente a un público cautivado, cambies de opinión —insistió colocándose detrás de mí y observándome perspicaz en el espejo.

—En Venecia se verá.

—Salgamos, te presentaré a la compañía. Partiremos al amanecer.

★ ★ ★