Meretrice CAPÍTULO 15 #2
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CAPÍTULO 15 #2

Enfilé a la carrera hacia aquella estancia y comencé a abrir cajones al azar.

Encontré un par de ellos cerrados con llave.

Empecé a inspeccionar los papeles diseminados que poblaban toda la superficie de la mesa, procurando dejarlos en el mismo sitio.

Recordé que aquel desorden en realidad era parte de un minucioso orden de trabajo que sólo Luca entendía.

Debía ser cuidadosa y rápida. Leía por encima anotaciones que no significaban nada para mí, hasta que, levantando papeles, di con un árbol genealógico perteneciente a la familia Rizzoli.

Paseé la vista por las distintas ramas hasta que mis ojos se detuvieron en un nombre: Lanzo.

Contuve la respiración ante las fechas que encontré: no había muerto tras desaparecer de Padua.

Sentí un enorme alivio y me descubrí sonriendo emocionada.

Fijé mis ojos en la fecha de su muerte, 1645, y comencé a hacer cálculos mentales.

Viviría tras su desaparición doce años más, pero, maldita fuera, moriría con apenas veintinueve años.

Mi sonrisa murió en el acto y una inmensa tristeza me desoló.

¿Se habrían encontrado antes de su muerte?

¿Qué habrían vivido durante esos doce años?

Contemplé apenada el escudo familiar y de repente sentí que lo había visto hacía poco.

Algo en mi mente se iluminó en aquel preciso instante, llevando mi vista hacia un punto concreto de la pared que había tras de mí, sobre la librería central.

El escudo en madera que adornaba aquel rincón que había llamado mi atención era el mismo.

Respiré agitadamente y otra pregunta me atravesó como una daga: ¿quién era realmente Luca Vandelli?

Volví a fijar mis ojos en el amarillento pergamino, buscando nombres de los antepasados.

Lanzo había tenido hijos, pero no con Alonza.

Sentí la acidez de la bilis en la garganta y una opresión punzante en mi pecho.

Reseguí con la punta de mi índice los últimos nombres.

Piero Rizzoli era el antepasado más reciente.

Había muerto hacía unos cinco años, con setenta y cinco.

No había dejado herederos. Las otras ramas de la familia se bifurcaban aparte.

Marco no había tenido hijos; Caterina, cuatro.

El molesto e inesperado zumbido del timbre me sobresaltó.

Me erguí con el pulso atronando en mi sien y dejé el pergamino familiar justo donde se encontraba.

Ya salía casi a la carrera cuando descubrí un mapa antiguo de Poveglia tachonado de coloridas chinchetas unidas con hilos de diferentes colores.

Chasqueé la lengua molesta por no tener tiempo de seguir investigando y me aventuré hacia la puerta a grandes zancadas.

Bajé la escalera de caracol a saltos y me planté en la puerta del reducido portal. Me detuve un segundo para recuperar el resuello y, cuando fui a abrir, el pomo giró y Luca apareció ante mí con semblante impaciente.

—Lo siento, he tenido que ir al aseo.

Su mirada suspicaz me observó un momento. Luego asintió y salimos al callejón.

—Pensé que quizá te entretendrías con la rubia Loretta.

—La rubia Loretta también tiene obligaciones —replicó él sin mirarme.

—¿Como la de traerte bollos para desayunar y echar de menos tus besos?

Esta vez me miró arqueando mordaz una ceja.

—Como la de abrir la tienda, atender clientes y hacer pedidos.

—Entre otras muchas, claro —coincidí con cierta acritud.

—La rubia Loretta es muy eficiente, sí —concluyó tras una mirada admonitoria.

Aquella afirmación despertó una punzada celosa que me esforcé por estrangular. Me reprendí en silencio. ¿Qué demonios estaba haciendo? Era su vida, no debía importarme lo que hiciera y con quién lo hiciera.

Decidí centrarme en lo que acababa de descubrir, cuestionándome la manera de averiguar lo que Luca me ocultaba.

Ante mí sólo surgieron dos opciones: o preguntarle de manera sutil sobre la información que había recopilado del caso sin levantar sospechas, o abrir yo misma mi propio campo de investigación.

La primera opción tenía muchos visos de fracasar, dado que, si él confiara realmente en mí, ya habría compartido todos sus datos.

Sin embargo, me los ocultaba, con lo que era fácil deducir que no obtendría respuesta.

Mientras caminábamos, tomé la decisión de visitar la biblioteca Marciana, una de las más antiguas del país, depositaria además de numerosos manuscritos medievales y textos clásicos. Estaba situada en el corazón de la ciudad, en plena plaza de San Marcos, a cinco minutos de mi alojamiento.

Llegamos a la puerta de mi hotel y nos detuvimos en el umbral.

A nuestro alrededor, el chispeante bullicio de una ciudad viva y abarrotada resaltó el pesado silencio que a nosotros nos envolvía.

La penetrante mirada de Luca reforzó la solidez de aquella extraña burbuja de irrealidad que me atrapaba cuando sus ojos adquirían semejante intensidad.

Era como un hechizo, un halo invisible que me amarraba atrayéndome hacia él.

Debía reconocer que esa atracción había estado latente desde el primer encuentro, pero ahora, tras una noche mágica, se había desbordado de manera casi incontrolable.

Tuve que apelar a todo mi sentido común y mi más firme determinación para no enlazar su nuca y besarlo.

Supe que él simplemente esperaba, observando con afectación mi lucha particular. No ocultó su propio anhelo, lo que dificultó más mi ya trémula resolución. Debía romper aquel condenado imán y alejarme de él, o acabaría en sus brazos y él en mi corazón.

—Te llamaré si intentan ponerse en contacto conmigo.

Luca asintió grave. Miró mi boca y sus labios se apretaron en un claro gesto de contención.

Un músculo se tensó en su mentón, sus hombros adquirieron rigidez.

Se obligó a desviar la vista. Recorrió con agudeza nuestro alrededor para terminar posando su mirada en mí de nuevo. Esta vez con más frialdad.

—Acude a mí para cualquier cosa —pidió casi en un ronco susurro.

Ese amplio espectro de posibilidades hizo que el bajo vientre me hormigueara.

Me limité a asentir. Ya me giraba rumbo al vestíbulo cuando su mano aferró mi brazo. Lo miré inquisitiva.

—Por favor, no salgas sola. Es peligroso.

Asentí de nuevo, a sabiendas de que no acataría su consejo.

—Quizá debas explicarme lo peligroso que es para que tome conciencia de ello.

Su rictus se endureció, pero en su mirada vislumbré duda. Aguardé su reacción, deseosa de que se abriera a mí.

—Simplemente hazme caso. Cuando termines la lectura, te lo contaré todo.

—Bien —murmuré sin ocultar mi desilusión—, habré de confiar en tu palabra.

Me separé de él y crucé la recepción con paso ligero. Me adentré en el ascensor junto con otros clientes. Sólo necesitaba ducharme y cambiarme de ropa antes de dirigirme a la biblioteca.

El ascensor se detuvo en la primera planta, en la que se vació casi al completo. Me quedé sola con un hombre que permanecía impasible con la vista al frente, como si mirara al infinito.

Cuando se detuvo en mi planta y las puertas se abrieron, una mano se cerró en mi muñeca y me arrastró de nuevo al interior del habitáculo. El hombre pulsó el botón de stop y me contempló con aterradora gravedad.

—Ayer le dejé una nota en su habitación, pero he comprobado que no la ha tenido en cuenta.

Contuve el aliento. Era un hombre alto y enjuto, de mediana edad, rostro anguloso, cabello castaño oscuro y ojos verdosos, fríos y amenazantes.

—No suelo creer a desconocidos —me atreví a replicar con bastante temple, aunque en mi interior era pura gelatina—, y menos a los que me siguen sin dar la cara.

La sombra de una sonrisa cáustica se perfiló apenas en sus finos labios.

—Es por eso por lo que me atrevo a incordiarla una vez más —manifestó pausado. Su voz era suave, y su calma aparente.

Mi inquietud aumentó y me ceñí contra la pared del ascensor instintivamente. Dirigí una fugaz mirada hacia el botón rojo de alarma, pero él adivinó mis intenciones y se interpuso ante el panel.

—No voy a hacerle daño, Alessia —anunció en tono tranquilizador—, pero imaginé que la habrían alertado contra mí, por eso me he tomado la libertad de provocar este encuentro.

—¿Qué demonios quiere?

—Que juzgue usted misma con sus propios ojos y se posicione a favor de sus propios intereses. Mucho me temo que el señor Vandelli ha utilizado sus encantos para embaucarla, como es su costumbre.

—El señor Vandelli vino a mí recomendado por mi abuela, de momento ya tiene más credenciales que usted, Stefano.

Agrandó los ojos y su sonrisa oscura se amplió con un claro tinte cínico.

—Veo que ya ha intentado anularme. Era de esperar... —espetó adoptando de nuevo esa desasosegadora imperturbabilidad—. En efecto, soy Stefano Davoli, criptógrafo y detective privado, y el hombre que llevó a prisión a su recomendado timador.

Indagó en mi rostro con un claro matiz complaciente y victorioso que me enfureció.

—Eso, a falta de pruebas, es sólo una versión más. Sé que fue a prisión y que fue condenado, según él, por un engaño suyo.

—Asumir un delito cuando se está cometiendo otro sería una estupidez, ¿no le parece, Alessia? Como es natural, habrá tergiversado la historia, porque al saber que yo lo acechaba ha querido adelantarse y manipular la verdad. Es un tipo muy inteligente, y muy escurridizo.

—Sigue siendo su palabra contra la de él.

Alzó una ceja suspicaz, su expresión se volvió condescendiente con un claro matiz burlón.

—Comprendo que es un hombre seductor y atractivo para las mujeres, y dado que ha pasado la noche en su casa, es fácil deducir que no habrá perdido el tiempo.

Pero debe ser usted cabal y preguntarse si considera normal su empeño en conquistarla, si no busca algo más.

Y no es que usted no sea una mujer apetecible, no me malinterprete, pero sé que sabe que algo no encaja.

Y, en efecto, algo no encajaba, en mi fuero interno lo sabía, como también supe que no debía fiarme de aquel hombre.

—Tengo entendido que también le resulta atractivo a algunos hombres.

Mis palabras lo desconcertaron lo suficiente para que bajara momentáneamente su escudo impasible.

Lo que dejó entrever fue un atisbo resentido que se apresuró a borrar recomponiendo aquella máscara fría e impávida que utilizaba para mostrar seguridad y esconder sus emociones.

Aquella fugaz reacción me reveló al menos una verdad.

—Dicen que una imagen vale más que mil palabras.

Abrió su maletín y extrajo de él con gestos secos varias fotografías que me tendió impaciente.

Las cogí y lo que vi en ellas me hizo tragar saliva.

Luca abrazaba a otra mujer; resultaba patente la complicidad de la pareja.

—Otra de sus clientas —informó.

En la siguiente instantánea estaba de lado, inclinado sobre una mesa de despacho abriendo un cajón, pero mirando hacia la puerta.

—En el despacho de su abuela, registrando sus documentos —aclaró.

Sentí un punzante aguijonazo ante la tercera fotografía.

Una señora mayor dormitaba en una cama mientras Luca rebuscaba en los cajones de la mesilla a su izquierda. Supe quién era ella. Entorné curiosa los ojos y reconocí en aquellas ajadas facciones las mías propias.

La cuarta imagen me noqueó.

Luca haciendo fotografías desde un aparcamiento con una cámara profesional, apuntando el objetivo hacia la ventana de un hostal de carretera.

La ventana que parecía encuadrar me golpeó con un recuerdo doloroso.

Se leía con facilidad el nombre del establecimiento, y a mi mente acudió con nitidez la imagen de una pareja enlazada y desnuda en una cama.

Había tenido en mis manos esas fotografías provenientes de un remitente anónimo.

Eran las pruebas de la infidelidad de mi marido con su secretaria.

Temblorosa, le devolví las instantáneas, sentí el estómago revuelto y un malestar opresivo.

—Está lívida, Alessia, necesita un descanso y reflexionar bien sobre sus siguientes decisiones.

Me pasó una tarjeta profesional con su teléfono y pulsó el botón de desbloqueo del ascensor.

Cuando las puertas se abrieron en mi planta, salí sin mirarlo y caminé como una autómata rumbo a mi habitación. El nudo en la garganta continuaba cerrándose y el malestar se acrecentó.

Cuando me adentré en mi cuarto sólo fui capaz de lanzarme sobre la cama y mirar el techo. Permanecí un instante así, inmóvil, intentando aclarar mi mente y acompasar mi pulso.

Necesitaba respuestas, quizá eso fue lo que alargó mi brazo hasta el diario de Alonza.