CAPÍTULO 15
C ONFESIONES Y SECRETOS
Luca deambulaba por la cocina preparando el café, metiendo rebanadas de pan en la tostadora y buscando en la nevera la leche, la mantequilla y la mermelada.
Yo no podía dejar de seguirlo con la mirada, de admirar la elegancia y la seguridad en su porte, la felina elasticidad de todos sus movimientos y la apabullante masculinidad que emanaba de él como un halo luminoso que hipnotizaba.
El penetrante aroma del café acompañó el agudo silbido de la cafetera y, como si todo siguiera el orden establecido en una función, las tostadas saltaron con energía y las tazas sonaron huecas al depositarlas en sus platos en un tintineo musical, componiendo una melodía matutina que rompía el silencio de dos mentes que bullían inquietas.
Luca, por el contrario, evitaba mirarme. Aquella molesta indiferencia comenzó a aguijonearme el orgullo.
—¿Hoy no quieres grabarte en mí? —musité provocadora.
Él se giró para dedicarme una mirada escrutadora. Alzó la ceja con un deje travieso y estiró los labios en una mueca cínica.
—Ven a buscar tu grabado, si es lo que quieres.
Se apoyó en la encimera con gesto indolente, cruzó los pies a la altura de los tobillos y me miró retador.
Mi primer impulso fue levantarme y borrar esa mueca de suficiencia con un beso, que era justo lo que había deseado hacer desde que lo había visto. No obstante, logré mantenerme inmóvil, sentada en mi silla.
—Veo que las dudas que pesan sobre mí son más intensas que tu deseo —masculló él molesto.
Arrugó el ceño y de nuevo regresó a sus quehaceres. Lo dispuso todo en la mesa y se sentó frente a mí.
Me sirvió el humeante café y vertió zumo de naranja en mi vaso.
—Creo que son comprensibles mis dudas —alegué tomando la taza y soplando sobre el borde—. Recibo una nota alertándome sobre ti, sobre un hombre que apenas conozco.
—Anoche me dejé conocer bastante, ¿no crees? —replicó mordaz.
Nuestros ojos se encontraron, su penetrante mirada me secó la garganta. Tomé un sorbo de café y desvié la mía para coger una tostada.
—Anoche tuvimos sexo y fue maravilloso, pero aún no me queda claro el motivo.
Luca me fulminó con la mirada. Pude apreciar de nuevo su tensión en la rigidez de su mandíbula.
—Anoche, Alessia, te hice el amor —aclaró molesto—. Y te dije el motivo; que no lo creas no es culpa mía. Además, si algo no me encaja es por qué accediste a mi seducción si ya estabas alertada sobre mí.
Habría contestado que ni una maldita estatua de piedra podría haber sido capaz de resistir sus endiablados encantos, pero en su lugar di un mordisco a mi tostada.
—Anoche estaba asustada y..., bueno, yo... necesitaba un abrazo y al final me dejé llevar —respondí sin atreverme a mirarlo.
—Cierto —coincidió. El tono insolente de su voz atrajo mi atención de nuevo sobre él. Me guiñó un ojo juguetón y agregó—: Te dejaste llevar unas cuantas veces.
Sentí cómo mis mejillas se encendían. Su sonrisa traviesa me dijo que estaba disfrutando de mi incomodidad.
—Centrémonos en lo que verdaderamente nos ocupa —aduje intentando aparentar una frialdad que no sentía.
—Yo ya estoy centrado justo en eso.
Su mirada directa y reveladora logró que un conocido aleteo acariciara mi estómago en pequeñas y sedosas caricias que se extendieron por todo mi cuerpo.
¿Qué demonios pretendía?, me pregunté azorada por su intensidad.
Yo ya había accedido a buscar el tesoro con él, no era necesario asegurarse mi colaboración con aquellas artimañas de seducción.
Sin embargo, tenía la absoluta certeza de que me ocultaba muchas cosas, y ese convencimiento era lo que alimentaba realmente mi desconfianza.
—Háblame de ese socio tuyo —pedí después de apurar mi café.
—Colaboramos juntos en un proyecto —comenzó tras tragar su bocado.
Se limpió la boca con la servilleta, y mis ojos se detuvieron en sus mullidos y jugosos labios.
Me reprendí en silencio y aparté presta la mirada—.
Stefano estipuló una cantidad por el trabajo, a dividir entre cada uno.
El cliente era un particular, un hombre aficionado a los acertijos.
Tras meses de trabajo, descubrí un código y Stefano se ofreció a llamar al cliente para acordar la fecha de entrega.
Hizo una pausa para pasar una mano por la oscura espesura de su brillante pelo. Apretó duramente la mandíbula y miró por la ventana con expresión ausente y dolida.
—¿Te estafó? —adiviné.
—No, regresó y me dio mi parte.
Me encogí de hombros, un gesto que él no vio. Su mirada permanecía perdida.
—Ese código era el de una caja fuerte. El cliente era un ladrón de guante blanco. Stefano y él se repartieron el botín.
—Te utilizó, pero al menos te pagó lo acordado.
Luca me miró y pude comprobar que el daño había sido mayor de lo que había imaginado.
—Los pillaron —musitó grave—. El ladrón, acusado de robo, naturalmente.
Abrí los ojos atónita.
—¿No pudiste demostrar que Stefano te había traicionado?
—No, me detuvieron, pero logré partirle la cara en la comisaría.
.. Triste consuelo. El hecho de no tener antecedentes acortó la pena.
Pasé un año en prisión. Mi abogado no pudo encontrar ninguna prueba que me desligara del delito; más bien al contrario: la fiscalía halló en mi domicilio pruebas incriminatorias.
Todas las pistas sobre el acertijo eran documentos robados.
Al parecer, la víctima era un millonario excéntrico que había tenido la osadía de jactarse en una de sus reuniones de que había codificado todas sus claves con ayuda de renombrados criptógrafos. Craso error.
—Vaya, lo siento mucho.
Admiré su perfil. Aquella mirada tan dura, aquel rictus dolido hicieron que alargara mi mano hasta posarla en el dorso de la suya. El contacto pareció despertarlo de sus recuerdos y me miró con extrañeza.
—Aquello ya pasó —murmuró en apenas un hilo de voz.
—Imagino que a Stefano le cayó la misma pena por colaborar en un delito, ¿no?
—Sí, pero su abogado era mejor que el mío, y las pruebas estaban en mi casa.
—Hizo una pausa y su mano se crispó bajo la mía—.
Además, su parte del botín apareció misteriosamente en mi despacho.
No le pasó nada, continuó con su vida, robándome a todos mis clientes.
Sé que fue él quien contactó sibilinamente con tu abuela, como ha hecho contigo, sembrando recelos sobre mí.
—¿Tanto te odia?
—Tanto como me desea.
Abrí mucho los ojos, demudada. Él me observó con curiosidad, asimilando mi desconcierto.
—Súmale a mi rechazo los celos profesionales.
—Entiendo.
Fue lo único que fui capaz de decir. En cambio, me nació hacer muchas cosas. Abrazarlo fue el impulso que más me acució en aquel momento.
—No obstante, esta vez no se saldrá con la suya —añadió él—. No permitiré que te ponga en mi contra.
Tras esa rotunda afirmación, se puso en pie y empezó a recoger la mesa. Me levanté para ayudarlo, y su proximidad me golpeó alejando el propósito de mantener las distancias. Acaricié su brazo y él se detuvo para mirarme.
—Alessia...
Mi mirada se prendió de su boca, aquella maldita tensión sexual que nos unía crepitó de nuevo insatisfecha y hambrienta. Alcé una mano hacia su rostro, pero titubeé antes de llegar a posarla en su mentón. La aparté a tiempo y continué dejando las tazas en el fregadero.
—Sigues luchando —señaló con pesar—. Esperaré, en eso soy todo un experto. No voy a pedirte que confíes sin más, sino que no me niegues la oportunidad de defenderme.
Asentí con la cabeza mientras masticaba y tragaba el deseo de besarlo.
En ese momento oímos el sonido de la cerradura cediendo y la puerta principal abriéndose. Todo mi cuerpo se envaró.
—¡Luca, te he traído un delicioso bollo para desayunar!
La tintineante voz de Loretta llegó con claridad hasta nosotros.
Él se precipitó fuera de la cocina. Oí sus pasos y luego un roce de ropas y un beso.
—Gracias, Loretta, lo comeré para merendar, ya he desayunado. De hecho, salía justo ahora —dijo él tenso e incómodo.
—Oh, me habría gustado compartirlo... —musitó ella melosa. En su tono coqueto relució una nota desilusionada.
Otro silencio. Imaginar lo que significaría me enfureció.
—Saldré por la tienda y así me comentas si has tenido noticias.
—De momento, ningún coleccionista parece saber nada de ese colgante.
—Vamos, Loretta, hoy tengo algo de prisa. —Sonó apremiante e incómodo.
—¿Cenamos juntos luego? Te echo de menos... —ronroneó ella.
—No lo sé, te lo confirmo por la tarde. Estoy inmerso en un proyecto importante.
—¿Con esa nueva clienta?
—Sí, con ella.
—Es guapa.
—No está mal —repuso él hierático.
—Necesitaré un buen beso para soportar estar todo el día sin verte.
—Loretta, hoy yo...
Un nuevo y atronador silencio agrió la boca de mi estómago de manera inexplicable. En realidad, yo era la otra, me dije. Aun así, el amargor no disminuyó.
—Vamos, llego tarde —apremió Luca.
—Dejaré el bollo en la cocina...
—No, yo lo haré. ¿Quieres, por favor, traerme la agenda del despacho y así ahorro tiempo? Tengo que consultar unos datos.
—Claro, jefe.
Ese «jefe» sonó travieso y lleno de connotaciones sensuales.
Luca entró en la cocina, depositó el bollo en la encimera y me indicó con un gesto que saliera por la puerta lateral. Reparó en mi ceño y compuso una mueca exculpatoria encogiéndose de hombros. Deseé lanzarle el bollo cuando dio media vuelta para marcharse.
Los pasos firmes de Luca y los tacones ligeros de Loretta se alejaron, así como sus voces. No tardé en oír la puerta.
Solté el aire contenido con tanta fuerza que se convirtió en un resoplido.
Salí de la cocina dispuesta a recorrer el pasillo central hasta la puerta que daba a la salida lateral cuando algo me detuvo.
No disponía de mucho tiempo, ya que él sospecharía, pero sentí la necesidad de echar un vistazo a su despacho.