Meretrice CAPÍTULO 14 #3
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CAPÍTULO 14 #3

—Alguien me estaba siguiendo.

Percibí su manifiesta inquietud. Se tensó incómodo, tragó saliva y desvió la mirada. Supe en el acto que me ocultaba algo. Todos mis recelos emergieron con punzante aprensión.

Me incorporé y busqué su mirada.

—¿Qué está pasando? ¡Quiero la verdad! —exigí rotunda.

Él me miró con evidente culpabilidad, yo mascullé una maldición e intenté salir de la cama, pero no lo conseguí. Me aferró de la cintura y volvió a tumbarme inmovilizando mis muñecas contra la almohada.

Me debatí fútilmente.

—¡Suéltame! No quiero que vuelvas a tocarme —siseé.

—Escúchame, tienes que confiar en mí... Yo te protegeré.

—¿A mí o tu posibilidad de encontrar el supuesto tesoro?

Sus ojos centellearon furiosos, su rictus se endureció, un visible latido pulsó en su mandíbula. Todo su rostro se contrajo con acentuada indignación.

—¿Eso crees, joder?

—Me temo que no soy la única que lo piensa: recibí una nota alertándome de tus intenciones.

Abrió la boca demudado, su rostro se desencajó.

—¡Y si has creído ese aviso, ¿por qué demonios has acudido a mí?!

—Yo ya no sé qué creer —afirmé sosteniendo su ceño contrariado—.

Salí a pasear tras la cena, necesitaba oxigenarme, pensar, desligarme de Alonza.

Me dolía el corazón, maldita sea, esa historia va a acabar conmigo.

—Hice una pausa para tomar aliento—. Deambulaba sola por la ciudad cuando reparé en que unos pasos me seguían.

Cuando me giré, pude ver cómo una silueta se cobijaba en la sombra, entonces me asusté y quise huir.

Curiosamente, tu casa estaba cerca y yo. .. yo acudí a ti.

—¿Qué ponía en la nota?

Negué con la cabeza con gesto decidido. Ahora me tocaba a mí buscar respuestas.

—Ya nos espiaban mientras comíamos juntos el otro día, ¿verdad? Por eso tu apremio por marcharnos.

Luca me observó un largo instante con gravedad, decidiendo qué y cómo responder. Resultó claramente visible que evaluaba la mejor opción.

—Sí, en nuestro paseo por la ciudad, descubrí que alguien nos seguía, creí que lo había despistado, por eso elegí las calles más transitadas. Pero me confié y volvieron a encontrarnos en aquel restaurante.

Me soltó y se sentó en la cama, revolviéndose el pelo con ambas manos en actitud frustrada.

—¿Qué ponía en esa nota? —insistió girándose hacia mí.

Me senté a su lado sobre el colchón y respiré hondo.

—Que había mucho más en juego de lo que pensaba, y que no me fiara de ti, que no tenías escrúpulos y estarías dispuesto a todo por utilizarme y encontrar el tesoro.

—Por eso saliste a pasear sola —murmuró malhumorado.

—¿Qué querías que hiciera? —repliqué a la defensiva—.

No te conozco en realidad, no sé quién eres, y sólo me queda creer todo lo que me cuentas.

Llevas cinco años espiándome, conociendo todos mis secretos, siendo una sombra en mi vida.

Y encima me ocultas detalles importantes, como que estamos siendo acechados.

Joder..., ¿de qué demonios va todo esto?

—Tu abuela acudió a alguien más, ése fue su gran error. Quiso contrastar mis datos con otro compañero de profesión a mis espaldas. El no haber descubierto nada la impacientó, y la mala fortuna quiso que acudiera a un ambicioso cazatesoros. Un hombre peligroso y tenaz que también busca el de Alonza.

Abrí los ojos con asombro y lo miré escrutadora.

—¿Lo conoces?

—Sí. Fuimos socios un tiempo.

—Dijo que se pondría en contacto conmigo —revelé.

Luca cerró los puños con fuerza y me observó con gesto torvo y la mirada entornada.

—¿Tú también piensas contrastar información? —inquirió con cierto desdén burlesco.

—Estoy en mi derecho.

Aquello lo enfureció de nuevo. Se puso en pie, volvió a despeinar con gesto impaciente su oscuro cabello ya revuelto y me miró retador.

—Adelante, comete el error de dejarte manipular.

Me puse en pie a mi vez y lo encaré. Aunque la cercanía de su cuerpo aturdiera mis sentidos, me obligué a centrarme en mis fundados recelos.

—Quizá seas tú el que me esté manipulando —acusé confusa y tan ofuscada como él. Aquel asunto se estaba complicando demasiado—. Además, acabas de de... seducirme, y yo... yo ya no sé qué pensar de todo esto.

Comencé a alisarme mi vestido con gestos torpes. Estaba alterada, contrariada y furiosa, y sólo quería regresar a mi hotel y reflexionar sobre lo ocurrido. El maldito influjo de ese hombre me impedía pensar con claridad.

—No vas a ir a ningún sitio esta noche —espetó determinante. Su gesto decidido y su mirada indignada subrayaron sus palabras.

—No vas a impedir que me vaya —repliqué retadora.

Se acercó a mí y me aferró por los hombros para pegarme a su pecho.

—Claro que lo haré, te ataré si me obligas a ello.

Intenté desasirme y él aumentó la presión de sus dedos sobre mi piel. Su mirada fue amenazante, pero no me amedrentó. Me revolví contra él y me acercó a la pared que tenía a mi espalda, aprisionándome contra ella. Aproximó su boca a la mía y yo temblé.

—Quieta, nena —ordenó con voz ronca—. No se te ocurra moverte porque, si lo haces, no podré contener el deseo de besarte hasta desfallecer.

—Rozó con sus labios los míos y todo mi cuerpo se estremeció liberando un suspiro anhelante—.

Quizá lo haga —añadió en un grave susurro que erizó mi piel—, quizá necesites que vuelva a recordarte mis verdaderas intenciones.

—Y ¿cuáles son? —me atreví a preguntar.

Cerró los ojos como aspirando mi aliento, y yo lo contemplé cautivada nuevamente.

—Grabarme en ti, Alessia, es cuanto deseo. —Su mirada penetrante me secó la garganta—. Además de protegerte y ayudarte. En realidad, no soy más que un siervo con aspiraciones.

Cerré los ojos esperando un beso que no llegó.

—Dormirás aquí, y mañana yo mismo te acompañaré a tu hotel. No darás más paseos sola y me tendrás al tanto de cualquier novedad —exigió severo.

Se apartó y casi sentí el impulso de acercarme yo a él. Tuve que obligarme a permanecer inmóvil.

—No volveré a tocarte a menos que me lo pidas. Y para eso tendrás que confiar plenamente en mí. Hasta entonces, espero gozar al menos del beneficio de la duda.

Y, tras esa firme aclaración, salió de la habitación cerrando la puerta tras él.

Mis latidos seguían acelerados, el cosquilleo que despertaba su sola presencia recorría en oleadas cada rincón de mi cuerpo, y esa maldita hambre de él todavía obnubilaba mis sentidos con una intensidad abrumadora.

«No —me dije—, no.» Tenía que detener aquella locura. No podía implicarme emocionalmente con él, era una completa temeridad. Debía acallar de algún modo la salvaje atracción que despertaba en mí o estaría perdida.

Respiré hondo y me tumbé en la cama, en su cama. Olía como él y lo sentí tan cerca que me encontré abrazando su almohada como una estúpida. Sin embargo, me permití acabar aquella noche con esa última licencia, ignorando el sentido común.

Era vital que confiara en él para desentrañar el secreto de Alonza, pero ahora sabía que hacerlo era tender un puente hacia él.

Un puente que, si lo cruzaba, quizá se desmoronara en mitad del camino.

De cualquier modo, ¿no había comenzado aquella aventura considerándola la última?

Si ya no me importaba mi vida, ¿por qué demonios protegía mi corazón?

Bufé furiosa contra mí y cerré los ojos... Un hombre pájaro acudió a graznarme.