CAPÍTULO 14 #2
Me estremecí ante las hogueras que ese hombre estaba encendiendo en mí.
Sus grandes manos se deslizaron por mis caderas y mis costados para terminar subiendo por mis brazos, bajando los tirantes por mis hombros.
Llevaba la melena recogida en una cola alta, y él tomó mi cabello y lo enrolló en su puño.
Depositó un beso en mi nuca y me obligó con suavidad a inclinar la cabeza hacia atrás.
Entonces mordió mi cuello y yo gemí ardiente.
Apresó el lóbulo de mi oreja y lo lamió pausado, consiguiendo que se me gelatinizaran las rodillas.
Luego deslizó la lengua por el lateral de mi cuello, por la clavícula y la curva de mi hombro, besando con tan entregado y apasionado deleite que sentí cómo todo mi cuerpo se convertía en lava fundida.
Su otra mano se engarzó en mi garganta mientras su boca trazaba el mismo recorrido de húmedos besos hasta regresar a mi oreja.
—No imaginas la de veces que he soñado con besarte así...
Su grave susurro se filtró entre aquella nube de deseo que me abotargaba como una caricia más.
Giré el rostro buscando su boca desesperada por sentirlo en ella, pero no me dejó.
En cambio, me obligó a mirarlo, a ver el tórrido fuego que crepitaba en sus ojos oscuros.
La tensión de su rostro, estirada por un latente deseo contenido, azuzó esas hogueras, que ya lamían devoradoras cada rincón de mi ser.
—Luca... —gemí sufrida.
—He esperado mucho para oír mi nombre de tus labios, pero ni en el mejor de mis sueños sonaba así.
Mordió mi barbilla y su mano abierta descendió de mi garganta hasta mi escote, filtrándose por él. Sentí la punta de sus dedos introducirse en mi sostén y rozar mi pezón y exhalé un largo gemido placentero que él se apresuró a atrapar con su boca.
Me besó con tal desesperación que sentí todo mi cuerpo deshaciéndose ante su urgencia. Su lengua recorrió cada recoveco de mi boca, enredándose en la mía. Me saboreó con tal avidez que mi entrepierna, ya húmeda, se contrajo ansiosa.
Su mano arrastró vestido y sostén hacia abajo liberando mis senos, acariciándolos con denodada pasión, sin dejar de besarme. Con su otra mano enredada en mi coleta, manejaba mi cabeza a su antojo. Me apartaba para mirarme, para embeberse de mis inflamados labios, antes de tomarlos de nuevo.
Allí, contra la ventana abierta, mi espalda recostada contra su cuerpo, siendo acariciada y besada por aquel brujo de ojos mágicos, perdí todo contacto con el mundo. Sólo fui consciente de una única cosa: lo quería dentro de mí.
Intenté revolverme para ponerme frente a él, pero de nuevo no me lo permitió.
Continuó volviéndome loca con sus besos flamígeros en el cuello, la nuca y los hombros, con sus dedos apresando mis pezones, torturándome con un placer como nunca había sentido.
Pero cuando su mano abandonó mis pechos y descendió por mi vientre, una punzada de gozo me atravesó antes de que él alcanzara su objetivo.
Luca paseó su tormentosa lengua por mi cuello mientras dos de sus dedos perfilaban mi húmeda hendidura, consiguiendo devastar mis ya desgastados sentidos.
Entreabrió con mimo mis pliegues y paseó la yema de su dedo medio por la abertura de mi sexo.
Los deslizó perezosamente arriba y abajo, arrancándome continuos gemidos.
Circundó con cierta indolencia mi inflamado botón y, cuando lo acarició, me sentí desfallecer.
Estaba tan excitada que mi vista se nublaba y mi cuerpo se arqueaba preso de agudos y placenteros espasmos.
El clímax no tardó en llegar bajo sus diestras caricias, culminando con un apasionado mordisco en el cuello mientras me convulsionaba y gritaba a la luna mi éxtasis.
Me derramé trémula en su mano, todo mi cuerpo se aflojó contra el suyo.
En ese momento me giró hacia él, aferró mis nalgas y me alzó sobre sus caderas.
Instintivamente, lo rodeé con mis piernas y él cargó conmigo hasta la mesa del salón, sobre la que me depositó sin parar de besarme como si respirara a través de mi boca.
Sin despegar sus labios de los míos, me arrancó las braguitas sin miramientos y aferró mis caderas, ciñéndome a la férrea protuberancia que estiraba el lino de sus pantalones.
Deslicé con urgencia mi mano hacia la cinturilla de su pantalón y liberé su deseo, que basculó palpitante apuntando a su objetivo.
Sin embargo, Luca retrocedió con una pérfida sonrisa ladina.
Gruñí ansiosa y contrariada, pero él negó travieso con la cabeza.
—No, nena, aún no. Acumulo tanta hambre de ti que necesito saciarla o me volveré loco.
Se puso en cuclillas y comenzó a mordisquear juguetón el interior de mis muslos. Entre miradas traviesas y besos desquiciantes, mi ya desbordado deseo se derramó por mi cuerpo como magma volcánico.
—Necesito que cojas con tus manos un puñado de mi pelo y tires de él mientras doy cuenta de mi delicioso festín. Quiero tener claro que no es un sueño.
Sus palabras me derritieron con la misma intensidad que sus actos.
Obedecí al instante y la excitación de poder dominarlo me sacudió con un cosquilleo que mariposeó por mi vientre, estremeciéndome.
—Tú mandas —susurró él entre mis piernas. Sentí su cálido aliento en mi sexo y gemí anhelante.
Lo acerqué a mí. No bien me tuvo al alcance, paseó la punta de su lengua por mi abertura, arrancándome un jadeo largo y roto.
Comenzó a lamer al principio lentamente, apenas roces erráticos, luego se detenía y depositaba suaves y breves besos evitando el botón de carne que palpitaba hambriento. Lo aparté y lo miré suplicante. Él sonrió malicioso, y su mirada oscura y lujuriosa me enloqueció.
—Demuéstrame lo que sabes hacer —lo reté intencionada.
—Sólo anhelo hacer una cosa contigo: grabarme en ti.
Y lo estaba haciendo, con cada mirada, con cada beso, con cada roce, cada gesto. Aquel hombre era diferente de cuantos había conocido. Aquel hombre podía hacer que me perdiera a mí misma para siempre. Pero ahora no podía pensar en nada más, ahora sólo quería perderme en el placer que me regalaba.
Tensé mis dedos entre el puñado de pelo que tenía en mi mano y lo guie de nuevo hacia mi sexo.
Entonces él abrió la boca, atrapó en ella la inflamada yema de mi deseo y la succionó con tan apasionado frenesí que creí desfallecer.
Un placer denso, electrizante y oscuro me sacudió sin piedad, todo mi cuerpo onduló como un junco mecido por una brisa cálida.
Cuando estaba a punto de fragmentarme en mil pedazos, se detuvo y gruñí frustrada.
Él se desasió de mis puños y se puso en pie, colándose entre mis piernas.
—No, nena, quiero sentir cómo tu orgasmo me aprisiona. Y quiero acompañarte a la luna.
Aferró mis caderas y me acercó a él. Mordió mis labios antes de tomarlos con voracidad.
Se apartó apenas para sumergirse en mis ojos y comenzó a hundirse lentamente en mí.
Sentí cómo mi carne se amoldaba a la incursión, acoplándose perfectamente.
Su agónico avance arrancó de mi garganta toda una encadenada letanía de gemidos ardorosos, que vertí en su boca y que él bebió entre gruñidos.
La contención estiraba su rostro, la pasión relucía salvaje en su mirada entornada, su mullida boca invitaba a ser devorada, y no me contuve.
Atrapé de nuevo su revuelto y espeso cabello negro y lo besé mientras acompañaba con desatado frenesí cada acometida.
Sus grandes manos, en mis caderas, dominaron cada movimiento, acentuando el ritmo de los envites y llevándome a un placer sin igual.
Sentí cómo algo se quebraba dentro de mí.
Un feroz orgasmo me convulsionó derramando mis jugos y un grito liberador escapó de mi garganta.
Cuando abrí los ojos y vi la afectada mirada de Luca absorbiendo mi rostro, algo más despertó dentro de mí.
Había estado esperando mi propio éxtasis en un alarde de generosidad y autocontrol halagadores.
Tras una última y brusca acometida, se derramó con un gruñido largo y rasgado que vertió en mi boca.
—Hermosa luna —musité jadeante.
—Muy hermosa —coincidió—. Tanto que no quiero bajar de ella.
Continuó besándome sin salir de mí. Esta vez, sin urgencias, sin hambre, sino con una dulzura tan infinita que me desarmó. Y ese beso tierno cargado de desconcertantes promesas terminó de rendirme.
Cuando se apartó, yo todavía flotaba en aquella nube de irrealidad que me había envuelto desde que se había acercado a mí. Nuestras miradas seguían engarzadas, nuestro pulso, acelerado, y nuestra necesidad de permanecer unidos no se desvanecía.
Salió de mí y me tomó en brazos, dando largas y resueltas zancadas.
—¿Adónde me llevas?
—A cumplir otro de mis sueños.
Alcé una ceja inquisitiva y él me sonrió con desacostumbrada timidez.
—Dormir abrazado a ti.
Suspiré subyugada ante la intensidad de su mirada, completamente cautivada por sus palabras, por su pasión, por su dulzura, y deseé no regresar a la realidad, no plantearme qué hacer después, no cuestionarme nada de lo que estaba sucediendo, sólo vivirlo.
Me llevó a su alcoba y me tumbó junto a él. Y, allí, sobre su pecho, descansé mi mejilla y, peligrosamente, volví a suspirar hechizada.
Rodeada por sus fuertes brazos, me sumí en un sueño extraño.
Me encontraba en mitad del mar, a la deriva, abrazada a un madero, oyendo el rumor del mar, el graznido de las gaviotas y un extraño jadeo entrecortado, agónico, que, descubrí asustada, salía de mí.
Intenté abrir los ojos y no pude. Comencé a agitarme nerviosa.
Sentí el tacto de unos dedos en mi rostro y me revolví farfullando.
—Chis..., todo está bien, es sólo una pesadilla.
Aquella voz rasgó el sueño, apartándolo en confusas guedejas. Parpadeé aturdida y logré enfocar la mirada en él.
Luca comenzó a besar mi barbilla y la punta de mi nariz, evaporando por completo el sopor y despertando de nuevo un cosquilleo acariciador.
—Conmigo estás a salvo, no te dejaré sola. ¿Quieres contarme lo que te pasó?