CAPÍTULO 14
S OMbrAS ACECHANTES
Cerré el diario y separé los labios en busca de una buena bocanada de aire.
¡Maldita fuera, sentía en carne propia la angustia y el dolor de Alonza! Me levanté de la cama y abrí la ventana. Ver el mundo bullir ante mí me devolvió a mi propia realidad. Parpadeé, y las lágrimas acumuladas se derramaron por mis mejillas.
Ese diario debía de haber sido preso de algún conjuro, porque no era normal que me atrapase con tan vívida intensidad y me metiera de un brusco empujón no sólo en la Venecia de aquella época, sino en la piel de Alonza.
Quizá Luca llevara razón y de algún modo incomprensible hubiera un vínculo mágico entre mi antepasada y yo.
Porque, cada vez que abría el libro, sin duda me convertía en ella.
Sentí la necesidad de seguir leyendo. Pensar que Alonza había perdido a Lanzo me estrujaba el corazón.
Él no podía haber muerto, deseé con toda mi alma que el destino los reuniera de nuevo.
Pero aquello no era una simple novela, era el diario de una vida, una que estaba resultando muy trágica.
Y, entre aquella angustiosa amalgama de emociones diversas, una cuestión titiló luminosa como la marquesina de un hotel.
Si en realidad yo era su descendiente, aquella partera se había equivocado y Alonza había tenido hijos.
Respiré hondo repetidas veces, apoyada en el alféizar, contemplando el atardecer en el Gran Canal.
Un enorme orbe rojizo salpicó de cobre las oscuras aguas, silueteando las embarcaciones con un hilo de oro.
Sobre las cúpulas de iglesias y palacios renacentistas, un lienzo de colores cambiantes se desdibujaba ante mis ojos.
Añiles, rosados, azules y dorados se entretejían en artístico capricho, subyugando con su belleza.
Permanecí un largo instante embebida en aquel ocaso cautivador, absorbiendo con deleite la inolvidable postal.
Sentí el impulso de perderme en Venecia, de recorrer sin rumbo sus calles, de fundirme en su noche y de revitalizar mis constreñidas emociones. Y eso haría, me dije. Cenaría en el hotel y pasearía hasta agotarme.
Necesitaba meditar sobre aquella nota. Por un lado, no podía negarme a mí misma que deseaba ver a Luca, y, por otro, me sentí en la obligación de controlar aquella aguda y repentina inclinación por alguien que en realidad no era más que un extraño.
Caminé disfrutando de cada paso, admirando la magia que rezumaba cada rincón penumbroso, cada encantador puente y cada añejo adoquín bajo mis pies.
Doblaba recodos sin pararme a pensar qué dirección tomar, mientras escuchaba el eco de mis pasos rebotando en las piedras y perdiéndose en la noche.
Era tarde, y la partida de los turistas, muchos de ellos alojados en Mestre, habían descongestionado la ciudad.
Los que se hospedaban en ella, agotados de tanto explorar, se habían retirado a descansar, dejándonos a los pocos viandantes la mejor parte de Venecia.
Esa parte, oculta, misteriosa y romántica, que emergía cuando la luna y la soledad eran los únicos testigos de nuestros pasos.
Recorrí las estrechas callejuelas hasta que, de repente, descubrí que un eco de pasos tras de mí perduraba tomara el camino que tomase.
Me detuve, fingiendo buscar algo en el bolso, y aproveché para mirar hacia atrás.
Detecté una sombra que de inmediato se paró y se ciñó a la pared, buscando el cobijo de la oscuridad.
Una serpenteante y escurridiza sensación recorrió mi espina dorsal.
Alguien me seguía.
Cuando me puse a caminar de nuevo, agilicé el paso y me crucé el bolso por delante.
Tras varios giros, no me cupo ninguna duda de que aquella sombra buscaba algo de mí.
Repasé mentalmente el callejero del centro de Venecia intentando ubicarme.
Pero de noche todo adquiría una dimensión diferente, y más cuando el miedo comenzó a medrar en mi cabeza.
A cada paso, intentaba barajar mis posibilidades ante un ataque, y aunque mi pulso se aceleraba con sólo imaginarlo, mi mejor opción sin duda era correr.
Salí a una gran plaza que me resultó familiar y entonces reconocí la basílica que había en ella: Santa Maria dei Frari.
Sentí un innegable alivio al saberme próxima al domicilio de Luca.
No me detuve a pensar por qué mi inconsciente había guiado mis pasos hasta allí, sólo atravesé aquella gran plaza con toda la celeridad posible sin llegar a correr.
Cuando miré tras de mí, no vi nada ni a nadie sospechoso.
Estaba completamente sola. No aminoré el paso.
Cuando llegué a la fachada de la tienda de antigüedades, sin iluminación ya a aquella hora, me adentré temerosa por el angosto callejón donde Luca tenía el acceso directo a su apartamento.
Una trémula farola de gas apenas iluminaba el rodal donde se hallaba la puerta.
Escruté la entrada del callejón rezando por no ver a nadie corriendo hacia mí.
Llamé con urgente insistencia al timbre, sin dejar de mirar a ambos lados.
Todo a mi alrededor eran sombras acechantes que se me antojaban peligrosas.
Una voz opaca me sobresaltó.
—¿Quién es?
—Yo, Alessia —respondí acercando mi boca al altavoz del portero automático.
Un sonido vibrante me anunció que la puerta estaba abierta, la empujé veloz y me adentré en el inmueble, apoyándome jadeante en ella al tiempo que dejaba escapar el aliento contenido. Necesitaba recuperar la calma antes de subir aquella sinuosa escalera de caracol.
Una luz azulada de emergencia guio mis pasos en cada escalón. No tardé en ver una luz brillante, asomada al resquicio de una puerta entreabierta.
Una alta silueta se recortó contra ella.
Se ladeó para dejarme pasar y entonces reparé en que llevaba el cabello oscuro revuelto y, como única vestimenta, unos livianos pantalones de pijama. Su expresión, aparte de extrañada, poseía un insólito tinte complacido.
—Curiosas horas para un respiro —saludó guiándome al interior de su casa.
Tras recorrer un largo pasillo, llegamos al salón.
A la tenue luz de una lámpara de mesa, su imagen cortaba el aliento.
Su pecho atrajo mi mirada como una mariposa revoloteando ante un candil.
Sus pectorales marcados, pero no en exceso, adornados por un ligero vello oscuro entre ellos, su vientre firme y acerado y unos oblicuos que se perdían en la cinturilla de su pijama ejercieron el suficiente influjo en mis sentidos para no poder no sólo articular palabra, sino también, y para mi completa turbación, escuchar su frase.
Cuando logré apartar la vista de su pecho y lo miré, la vergüenza encendió mis mejillas ante su divertida expresión. Tenía una ceja alzada con aguda picardía y sus carnosos labios se curvaron en una sonrisa torcida que sacudió mis sentidos de nuevo.
Me sentí ridícula e inmadura y me aparté de él hacia la ventana que daba al patio interior, deseando que el frescor de la noche eliminara el rubor de mis mejillas.
Lo noté tras de mí y todo mi cuerpo se tensó. La visible atracción que ese hombre ejercía sobre mí comenzaba a ser un problema.
—Yo... he salido a dar un paseo.
Se puso a mi lado, estiró sus fuertes brazos y agarró el marco con ambas manos para asomarse. Lo miré de soslayo por temor a seguir revelando todo lo que provocaba en mí.
—Podría haberte acompañado. Venecia no es tan segura como se piensa.
Su voz... En el completo silencio de la noche, su voz sonó diferente, ¿o acaso la estaba modulando con ese sensual deje rasgado a propósito?
—Acabo de comprobarlo.
Luca se giró alarmado hacia mí y me miró inquisitivo. La azulada plata de la luna lo bañaba por entero.
—¿Te han atracado?
Negué con la cabeza. Me tomó por los brazos encarándome a él. Mis ojos se perdieron en los suyos, como se perdieron mis palabras en mi garganta.
En su penetrante inspección, aparte de temblar entre sus brazos como una hoja, percibí que mi cercanía también lo turbaba. Sus oscuros y brillantes ojos se posaron en mis labios con tanta intensidad que me estremecí.
—Estoy... bien —logré balbucear.
Pasó el dorso de su dedo índice por mi rostro, recorriendo el óvalo sin apartar los ojos de mi boca.
—Estás temblando —comprobó mirándome con preocupación.
Y en efecto lo hacía, pero zarandeada por todo lo que estaba provocando en mis sentidos.
Atrapados en aquel momento, ninguno fue capaz de hablar con otra cosa que no fueran los gestos.
El cosquilleo de su dedo logró arrancarme un exiguo gemido sofocado que hizo que Luca se mordiera contenido el labio.
Hice ademán de apartarlo, pero mis palmas se quedaron adheridas a aquel vasto pecho cálido y acanelado.
El contacto nos afectó a ambos por igual.
Él se estremeció y yo deseé repasar aquel magnífico pecho como él lo había hecho con mi rostro.
Sentí cómo deslizaba los brazos hasta mis caderas, atrayéndome hacia sí.
Apenas opuse resistencia cuando me ciñó a su cuerpo.
La rotundidad de su torso, el calor que desprendía, ese aroma a esencia masculina, la intensidad de su mirada.
.. vencieron con aplastante facilidad las pocas reservas que me quedaban en pie.
Cuando se inclinó hacia mi boca, la entreabrí tan ansiosa como él por colmar el hambre que nos dominaba.
Deseaba fervientemente ese beso, necesitaba urgentemente su calor.
La tersura de sus labios rozó los míos varias veces, jugando con ellos, aumentando mi hambre.
La punta de su lengua los resiguió, me dejé hacer completamente cautivada por su melosidad.
Mordisqueó suavemente mi labio inferior, lo succionó, lo lamió y lo frotó logrando que gimiera impaciente.
Abrí la boca esperando su incursión, pero él se apartó con una mirada ladina que me erizó la piel.
Se puso detrás de mí y me aprisionó contra el alféizar. Sentí la dureza de su deseo contra mis nalgas. Mi liviano vestido de verano no restó rotundidad al gesto.