CAPÍTULO 13 #3
Sonreí agradecida. El hombre se llevó una mano a su sombrero como despedida y chasqueó con fuerza la lengua para azuzar a los caballos y salió al trote por aquellas empedradas calles.
Me erguí ante el pórtico de entrada, rodeado de soportales, y respiré hondo antes de avanzar decidida.
Me adentré en un amplio vestíbulo, donde varios jóvenes deambulaban entre conversaciones susurradas. Me aproximé al muchacho que repasaba unos pergaminos con bastante concentración.
—Disculpa, necesito encontrar a un alumno de anatomía.
Alzó algo contrariado la vista y frunció el ceño ante mi interrupción.
—Se llama Lanzo Rizzoli —añadí.
—Lo conozco —respondió. Mi corazón dio un salto en mi pecho—, pero desde que se desposó ha desaparecido. Dicen que quizá esté ahora en la Universidad de Bolonia. Era muy brillante, su profesor había sido alumno allí y le aconsejó el traslado.
Parpadeé aturdida. «No, no, por favor...», me dije mientras la desolación comenzaba a acomodarse en aquel rincón de mi ser donde la esperanza había anidado momentos antes.
—¿Dónde... dónde vivía aquí?
—Se hospedaba en un albergue para estudiantes, dos calles más atrás.
—¿Cuánto hace que no lo ves?
El muchacho pareció meditar un segundo antes de dar su respuesta.
—Pues hará unas tres semanas. La última vez que lo vi fue en el anfiteatro de anatomía, asistiendo a una de las clases del prosector Johann Georg Wirsung.
Ese día teníamos examen patológico. Desde entonces no he vuelto a verlo.
Los rumores que circulan son ésos, pero no podría asegurar en modo alguno que sean ciertos.
Desapareció de un día para otro, sin decir nada a ninguno de sus compañeros, fue algo muy extraño.
También se dice que intentó huir de ese matrimonio impuesto y que no está casado, sino escondido.
Pero Lanzo no es de los que huyen, y menos de la paternidad.
Cada palabra cayó sobre mí como piedras de granizo congelado. Agradecí la información y salí de aquel lugar con paso errante y mirada perdida.
Intentaba asimilar cada palabra para forjar un plan, pero la angustia que sentía abotargaba mi mente y desgarraba mi pecho.
En efecto, Lanzo no era de los que huían.
Pero tampoco de los que se dejaban atrapar con mentiras.
Porque, si de algo estaba segura, era de que aquella paternidad impuesta por esa víbora era un ardid para atraparlo.
Mientras yo peleaba contra la muerte para regresar a sus brazos, a él lo había enredado en una treta endiablada.
Pero ¿qué debían de haberle dicho sobre mí?
Debían de haberle contando al menos que había muerto, a saber de qué manera.
Y él ¿cómo debía de haber reaccionado? No quería ni imaginar su dolor porque mi corazón se rompía.
Pero quizá, sumido en esa terrible desesperación, nublado por el sufrimiento, se había abandonado a su destino, indiferente ya al infierno que lo aguardaba. Pero ¿aceptar al hijo de otro hombre?
Me senté en la escalinata exterior, entre las fornidas columnas, y escondí el rostro entre las manos.
Pensé en Bianca y el estómago se me revolvió con acidez.
Puede que incluso ni siquiera estuviera encinta, pero, si lo estaba, la posibilidad de que Lanzo la hubiera tocado me repugnaba con tanta virulencia que no podía ni barajarla.
No, él jamás... Ni enloquecido por el tormento de mi pérdida se habría arrojado a los brazos de esa arpía.
Me puse en pie algo tambaleante y pregunté por el albergue de estudiantes. Quizá la casera supiera algo más.
Era un edificio modesto pero limpio. Una hacendosa mujer barría la entrada con entusiasta vigor.
—Busco a Lanzo Rizzoli.
Se apartó de un tosco resoplido las guedejas que se le pegaban al rostro y me miró con curiosidad. Se apoyó indolente en el palo del escobón y forjó una mueca desdeñosa.
—Se te adelantaron, muchacha, y de qué manera —explicó con hiriente sorna.
Fruncí el ceño y me acerqué a ella.
—¿Quién lo buscó antes que yo?
—Una damita altanera con mucho genio y pocos modales.
—Y ¿se fue con ella?
—No le quedó más remedio: no vino sola.
—¿Lo sacaron a la fuerza de aquí?
La mujer negó vehemente con la cabeza.
—Hubo una tremenda discusión. Cuando se fueron, Lanzo destrozó la habitación.
Nunca lo había visto así, no era un muchacho libertino ni lo había visto beber nunca, pero esa noche enloqueció.
A la mañana siguiente se marchó dejando aquí todos sus enseres.
Una semana después vino alguien de su familia, pagó la renta y se llevó sus cosas.
—¿De dónde salió el rumor de... su casamiento y su paternidad?
—De esa discusión, toda la pensión la oyó.
Lo acusaron de haber deshonrado a su prometida y le exigieron una compensación.
—La mujer ladeó la cabeza y la sacudió con cierta diversión—.
Pero él lo negaba todo y comenzó a gritar que jamás se casaría con una mentirosa.
Todo fueron gritos y confusión. Creo que golpeó a su padre y lo echó a empujones de su cuarto.
Asentí con lágrimas en los ojos. Estaba mareada, y me acuclillé en un rincón. La mujer soltó la escoba y se acercó preocupada a mí.
—Has palidecido, muchacha, ¿te encuentras bien?
Negué con la cabeza, un hipido escapó entre mis sollozos.
—Tengo que encontrarlo —musité en un hilo de voz.
—No sé dónde podrá estar. El mundo es muy grande.
Abracé mis rodillas y escondí el rostro en ellas. No podía más, las fuerzas, la esperanza, la ilusión morían sin remedio, dejándome vacía.
—Regresé de la muerte para nada —susurré contra mi regazo.
Una mano se posó en mi hombro sacudiéndome ligeramente. Cuando alcé la vista, me topé con una expresión demudada.
—Recuerdo una frase —dijo la casera con un deje asombrado en su faz.
—¿Cuál?
—Una que gritó Lanzo con tanta fuerza que su voz se quebró y me dio escalofríos. Estaba en la portería y recuerdo que sentí un nudo en la garganta.
—¿Cuál?
—«Si ella está muerta, yo también.»
El corazón se detuvo en mi pecho.
—¡Oh, Santa Madonna!... ¿Eres tú a la que creyó muerta?
—Ahora es cuando lo estoy.
Me sacudieron los sollozos y el dolor me abatió. Intenté ponerme en pie, pero las rodillas me fallaron. Él no podía... No, no, nooo...
Caí al suelo antes de que la casera tuviera tiempo de reaccionar.