CAPÍTULO 13 #2
—¡Alonza, has de entrar en razón, te lo suplico!
—exclamó Berta vehemente—. Ese muchacho pertenece a una familia poderosa, una familia que ya te condenó a muerte y que no volverá a dudar ni un segundo en cargar contra ti si interfieres en sus vidas.
Acepta lo que el destino ha decidido, no te expongas.
Eres muy joven, muchacha, te enamorarás de nuevo.
—Pero Lanzo...
—No —me interrumpió ella poniéndose en pie y mirándome furiosa—. Lanzo ha decidido dejarse embaucar y ni se ha molestado en saber de ti. No merece que vuelvas a jugarte la vida por él.
—¡No sabemos qué le dijeron, no voy a renunciar a él! ¡No hasta saber la verdad de todo esto!
—¡La verdad ya te la ha dicho Aldo!
—¡No —casi grité indignada—, la verdad tendré que verla con mis propios ojos!
—Padua no está muy lejos —murmuró Aldo abatido—, pero nosotros no podemos viajar ahora.
—Ni yo os lo pediría. Bastante habéis hecho ya por mí.
A Berta le brillaron los ojos y apartó la mirada, conteniendo infructuosamente la emoción.
—No puedes ir tú sola, apenas eres una niña —repuso soliviantada.
—No, la vida me ha convertido a golpes en una mujer.
Había tomado una decisión y la llevaría a cabo.
No tenía nada que perder ya. En mis devaneos con la muerte, la había aceptado como fiel compañera de viaje.
En cuanto a la vida, sin Lanzo, perdía brillo.
Sin ese amor que me había rescatado del infierno, poco importaba ya lo que fuera de mí.
Según aquella partera, jamás podría tener hijos y, según yo, jamás podría volver a amar.
—Regresaré —prometí con lágrimas en los ojos— y os recompensaré con creces.
—Nuestra única recompensa es que regreses sin más —musitó Aldo poniéndose trabajosamente en pie.
Berta me estrechó entre sus brazos y Aldo nos abarcó entre los suyos a las dos. Permanecimos un largo instante abrazados envueltos en llanto, asumiendo mi pronta partida y prodigándonos el profundo afecto que nos había unido.
★ ★ ★
Accedí a que Aldo me organizara el viaje. Un antiguo compañero de trabajo, dueño de uno de los talleres de vidrio, solía ir a Padua a por materiales una vez al mes. El hombre había accedido a llevarme y ya sólo quedaba una semana para la partida.
Durante esos días, solía salir a pasear con bastante asiduidad aprovechando los últimos días de un verano ya mortecino. Y todos y cada uno de mis paseos eran interceptados por el díscolo discípulo de aquel taller, que se había empeñado en arruinarme mis salidas en solitario.
Leonardo Boccia era un incansable joven con dos grandes defectos: la sordera y el egoísmo. Por más que yo le dijera que me dejara tranquila, él sólo se atenía a sus propios deseos: perseguirme con una perorata interminable que aceleraba mis pasos y acentuaba mi ceño.
No obstante, no cejaba en su curioso cortejo. Aquella tarde logró desconcertarme con un inusitado cambio de actitud. Caminaba a mi lado cabizbajo y silencioso, y, aunque con mucho, era preferible a su continuo parloteo, no pude evitar indagar qué le pasaba.
—Me he estado preguntando qué hay de malo en mí —respondió alzando sus ojos avellanados.
—Y ¿por qué te haces semejante pregunta?
—Por cómo me tratas —adujo apesadumbrado.
Aquello me hizo mirarlo con sorpresa. ¿Dónde estaba su habitual bravuconería?
—Sólo te ignoro.
Leonardo alzó una ceja y chasqueó la lengua.
—Por eso mismo —aclaró contrariado—. Nunca me había ocurrido con ninguna otra chica.
—En ese caso, es más fácil que pienses que el problema lo tengo yo.
—Y ¿qué problema es ése?
—Uno que no te incumbe, pronto me iré de aquí.
—A Padua, lo sé.
—Pues entonces sabrás que pierdes el tiempo.
El joven negó con la cabeza y esbozó una sonrisa suficiente.
—No he perdido ni un solo instante contigo —repuso orgulloso—, puesto que, mientras yo hablaba y tú ni te molestabas en mirarme, he absorbido cada uno de tus rasgos. Algún día moldearé un hada de cristal con tu rostro.
—Entonces, ¿soy tu musa?
Leonardo me contempló con inquietante profundidad.
—¿Acaso puedo aspirar a algo más?
—No —respondí con franqueza.
—Quién sabe, Alonza, quién sabe... —masculló soñador—. Mi maestro suele decir que el vidrio es como la vida: gira sin parar y en cada giro se transforma y cambia de color. Quizá a mi sueño sólo le falten unos cuantos giros para hacerse realidad.
No pude evitar sonreír ante su conmovedor optimismo.
—Es una excelente comparación —repliqué frente a él—, pero en mi caso el vidrio ya está moldeado y lo hago girar yo.
—Afortunado el artesano que logró moldearte —musitó repasando con sus ojos mi rostro.
Su mirada se detuvo en mis labios y no pudo evitar morderse el labio inferior. Luego desvió la mirada hacia el canal y suspiró quedo.
—Mucha fortuna no hemos tenido, espero poder girarla a nuestro favor.
—¿Por eso vas a Padua? —preguntó con la mirada perdida en el horizonte.
Asentí y contemplé la esplendorosa puesta de sol sobre la laguna. Una esfera de oro cobrizo comenzó a sumergirse perezosa en aquel horizonte líquido, tachonando de destellos dorados un sendero que lo despedía como el manto de una Virgen.
—Hermoso —susurré embriagada por el mágico ocaso.
Leonardo se giró hacia mí, me tomó las manos con actitud reverencial e inclinó respetuoso la cabeza antes de alzar su rostro hacia mí.
—Déjame ayudarte, Alonza. Si no puedo albergar ninguna esperanza en lo que a ti se refiere, déjame al menos el consuelo de llevarte a quien supo ganarte. De saberte protegida y querida.
—¿Por qué? —pregunté con aguda desconfianza—. No me conoces.
—Ni yo mismo lo sé, te lo aseguro, simplemente es lo que mi corazón me pide que haga.
Nos sostuvimos la mirada con expresiones contrapuestas. En la de él brillaba la esperanza; en la mía, el recelo.
—No, Leonardo. Pero te lo agradezco.
La desilusión pintó sus facciones, aunque asintió resignado.
—Tendré que pedirle a Dios que vele por ti en mi lugar —murmuró entristecido.
Acercó mi mano a sus labios y besó el dorso con galantería, sumergiéndose en mis ojos.
—Sé que algún día volveremos a encontrarnos, Hada de Cristal.
—Pues hasta ese día, futuro maestro.
Solté mi mano y me alejé de él.
★ ★ ★
Tras atravesar la laguna hasta la costa en una pequeña embarcación, los hombres alquilaron unas carretas para cargar con la mercancía que pensaban adquirir en Padua.
Se tardaba toda una jornada en llegar a la ciudad, y ante la expectación por volver a encontrarme con Lanzo, aquella distancia me pareció interminable.
Acampamos en una arboleda para pasar la noche.
Los hombres se sentaron a cenar frente a una hoguera y yo decidí quedarme dentro de la carreta con un simple trozo de pan y algo de queso.
Estaba ansiosa por dormirme y que amaneciera, por acortar el tiempo y la distancia, por volver a sentir sobre mí sus hermosos ojos azules.
Sin embargo, el sueño no accedió a mis ruegos.
Me removía inquieta, me despertaba con el pulso acelerado, sobresaltada por pensamientos que acudían traicioneros susurrándome que no lo encontraría, o que ya no querría saber nada de mí.
Entonces, yo me aferraba a los recuerdos para alejar ese implacable desasosiego, aun así, el malestar prevalecía.
Fue una noche larga, mucho más que todo el día anterior traqueteando por la campiña. Pero cuando el sol asomó perezoso, mi ánimo se iluminó con él.
Cepillé animada mi cabello y me lo trencé sobre el hombro. Desayuné con apetito y hasta sonreí a la mañana con un entusiasmo que casi había olvidado.
—Muchacha, da la impresión de que hoy es el día de Navidad y te esperan muchos regalos junto a la chimenea —bromeó el maestro amigo de Aldo.
—Sólo anhelo un regalo, y espero que me sea concedido hoy.
El hombre me sonrió comprensivo y me ayudó a subir a la carreta. Me senté junto a él.
—Bien, pues volveremos todos cargados de regalos.
Jaleó a los caballos al tiempo que sacudía enérgicamente las riendas y partimos rumbo a Padua entre chanzas e ilusiones.
Mi mente evocaba sin cesar cómo sería nuestro encuentro, tratando de imaginar su rostro al verme.
Ya casi sentía sus brazos en torno a mí.
Sólo en ellos desplegaría todo el pánico, la soledad y el sufrimiento que había sentido desde que se alejó de mi lado.
Y él, con su infinito amor, los borraría con besos y miradas.
No tardamos en llegar a la ciudad, un canal la rodeaba sinuoso. Cruzamos el puente de entrada y nos adentramos en la bulliciosa Padua.
A nuestro alrededor, una explosión de vida emergió entre coloridos tenderetes, vociferantes mercachifles y vibrante algarabía.
Por encima del piafar de los caballos se alzaban conversaciones variopintas, los reclamos de los mercaderes atrayendo a clientes, risas de niños y música de trovadores callejeros entonando canciones al ritmo de un laúd.
Escudriñé curiosa entre la gente, quizá esperando verlo por un golpe de suerte. No sabía dónde vivía, pero no importaba; mi destino era la Universidad de Padua, allí seguro que lo encontraría.
—Te dejaremos donde nos pediste y regresaremos al mercado.
No creo que puedas esperar más ese regalo.
—El maestro me guiñó un ojo cómplice y yo le sonreí ilusionada—.
Pero nosotros partiremos a la mañana siguiente.
Si deseas regresar, te esperaremos en cuanto salga el sol en la entrada de la ciudad.
Si para entonces no estás allí, nos iremos sin ti.
Asentí conforme y recé para mis adentros no tener que buscarlos.
Atravesamos estrechas callejuelas, llegamos al centro justo de la villa, donde se encontraba el palacio del Bo, el suntuoso edificio que al parecer albergaba la prestigiosa universidad.
Cuando la carreta se detuvo frente al hermoso palacio, tuve que obligarme a respirar hondo antes de descender.
—Ha llegado la Navidad, señorita.
—Gracias por el viaje.
—Lo habría hecho igualmente. Suerte ahí dentro.