CAPÍTULO 13
A TRAPADA POR EL DESTINO
Pasó el tiempo, y aunque rocé el umbral de la muerte en varias ocasiones, subyugada por fiebres altas y dolores espantosos, no consiguió llevarme consigo.
Luché hasta el límite de mis fuerzas, pronunciando el nombre de Lanzo en mis delirios, suplicándole que me abrazara.
No podía morir si no era entre sus brazos.
Y así, esperándolo, evité a la Parca, que con tanta tenacidad me seguía.
Mi recuperación fue lenta, larga y difícil.
La partera solía acudir a visitarme para controlar mi estado y admirar maravillada mi lucha por vivir.
Bromeaba comparando mi batalla con la narración bíblica de David y Goliat.
En mis escasos momentos de conciencia, recordaba su voz alentándome: «¡Vamos, muchacha, apunta bien con la honda!
». Habría sonreído de haber podido, pues yo siempre apuntaba y disparaba piedras cuando la fría negrura me oprimía más fuerte que de costumbre.
El día que pude levantarme de la cama y dar unos titubeantes pasos, Berta y Aldo lloraron emocionados.
En efecto, durante esa larga convalecencia me había convertido en esa hija que nunca tuvieron, y ellos, en los padres que yo tan pronto perdí.
Mi gratitud se había convertido en un cariño profundo por aquellas dos almas puras y nobles que me habían dado tantas oportunidades de sobrevivir.
Incluso a costa de perder su propio bienestar.
A pesar de hablar en susurros entre ellos, intentando solventar sus acumuladas deudas por culpa de mis costosos cuidados y remedios, veía en los oscuros cercos que rodeaban sus ojos y en la acusada preocupación que nublaba sus rostros que su situación comenzaba a ser desesperada.
Quizá fue eso lo que empezó a acelerar mi recuperación, pues sentía la necesidad acuciante de ayudarlos.
Delante de mí, sonreían orgullosos y me prodigaban continuos mimos por mis avances. Y yo, con cada gesto recibido, me prometía saldar cada deuda contraída, y no sólo eso, sino ofrecerles una vida mejor.
Comencé a comer con más apetito y mi mejoría avanzó a pasos agigantados.
Daba pequeños paseos por la zona del brazo de Berta.
El primer día que salí me sorprendió comprobar que no estaba en Venecia, sino en Murano, una pequeña isla frente a la ciudad.
Descubrí maravillada una profusión de talleres donde fundían vidrio para confeccionar exquisitas y coloridas figuras y objetos de decoración.
Resultaba hermoso observar cómo trabajaban el cristal moldeándolo con tan increíble precisión.
—Aldo fue de joven un gran maestro cristalero —comentó Berta mientras nos deleitábamos en el trabajo de un joven aprendiz.
—Y ¿por qué lo dejó?
—No lo dejó —respondió apesadumbrada—. Comenzó a sufrir unos ataques nerviosos que lo convulsionaban en bruscos espasmos.
Durante uno de ellos, se quemó con cristal fundido al volcar la matriz.
El taller se prendió fuego y él casi muere aquel día.
Lo perdimos todo y tuvo que echarse a la mar para poder subsistir.
El muchacho ayudaba a su maestro concentrado sus explicaciones, lo que no impidió que me dedicara una tímida sonrisa al reparar en mí. Berta se alejó para conversar con los trabajadores, evitando que yo oyera su conversación, aunque sabía muy bien que buscaba trabajo.
Contemplé absorta cómo el maestro hacía girar un globo de vidrio azul ensartado a una larga vara hueca y le daba forma con unas pinzas.
Luego tomó unas extrañas tijeras y recortó los finos sobrantes.
Acto seguido entregó la vara con la pieza a su ayudante y el muchacho se apresuró a introducirla en un gran horno abierto por el que escapaban brasas candentes.
Aguardó un instante y la extrajo para acercarla raudo a su maestro.
Éste la apoyo en la barra de hierro donde la estaba trabajando, la giró un par de veces y, acercando la boca al otro extremo, sopló con fuerza.
El globo de cristal aumentó su tamaño y el artesano comenzó de nuevo a darle forma mientras la giraba con cautivadora pericia.
Tan ensimismada estaba, que no me percaté de lo cerca que me encontraba de la zona de trabajo.
Una mano apresó entonces mi muñeca, haciéndome retroceder con suavidad.
—Oh, lo lamento, no pretendía ser un estorbo —me disculpé azorada.
—Me preocupa más vuestra seguridad.
La dulce sonrisa del muchacho iluminó un rostro agraciado y complaciente.
—Gracias, ya nos íbamos.
—No es mi intención echaros, podéis quedaros a vernos trabajar.
Me limité a asentir y me aparté ligeramente, pero él me siguió tras dirigir un rápido vistazo a su maestro, que continuaba embebido en su trabajo.
—Nunca os había visto en la isla. Sois de Venecia, ¿verdad?
—Sí, sólo estoy de visita.
—Mi nombre es Leonardo Boccia. Si lo deseáis, puedo mostraros los rincones más bonitos de Murano.
Lo miré algo sorprendida y negué con una sonrisa para suavizar el rechazo.
—Os lo agradezco, pero mis parientes ya se encargan de eso.
Volví a girarme cuando de nuevo él se puso frente a mí, bloqueándome el paso.
—¿Puedo saber al menos vuestro nombre?
—No entiendo para qué.
—Para que, cuando os sueñe, no os apode Hada de Cristal .
Agrandé los ojos turbada por su atrevimiento. Sentí las mejillas arreboladas, pero logré sostener su penetrante mirada.
—Alonza.
—Vuestra apariencia es tan etérea, tan frágil como el vidrio que moldeamos.
—Sin embargo, soy muy resistente y poco moldeable —espeté altiva.
El joven sonrió complacido y se apartó para dejarme pasar.
—Pasaos por aquí cuando deseéis, me encantará enseñaros lo que sé hacer.
Detecté un brillo travieso en su mirada que evidenciaba la doble intencionalidad de sus palabras. Fruncí el ceño y me alejé con la espalda erguida hacia Berta.
Estaba en un rincón, hablando con un hombre de aspecto ladino. Se apresuró a terminar la conversación cuando me sorprendió acercándome.
—Estoy cansada, me gustaría regresar a casa.
—Claro, vamos.
En el camino de vuelta, Berta me contó que Aldo había ido a Venecia a cumplir un encargo de su patrón, y que aprovecharía para preguntar de nuevo por Lanzo y Concetta.
—He pensado que, si averiguara su dirección en Padua, podría escribirle una carta explicándoselo todo.
—Es justo lo que pretende descubrir Aldo. Y es un hombre tenaz, te lo aseguro. Yo creo que rechacé su cortejo al menos en una docena de ocasiones y, mírame, llevamos toda una vida juntos. Por cierto, ¿qué te ha dicho el guapo aprendiz? He visto que hablabas con él.
—En realidad era él quien hablaba conmigo —respondí con desidia.
—Alonza, eres una muchacha muy hermosa, y aunque te falta carne sobre los huesos, algo que pienso remediar muy pronto, tendrás que acostumbrarte a llamar la atención de los hombres.
—Son ellos los que no llaman mi atención. Mi corazón ya tiene dueño —aduje con firmeza.
Berta asintió conforme, aunque no pudo evitar traslucir en su gesto una nueva preocupación hacia mi persona, esta vez dirigida a mi corazón.
Caminamos el resto del trayecto en silencio, ambas sumidas en nuestras propias preocupaciones.
Llegué cansada, pero me negué a meterme en la cama. Ayudé a Berta a preparar la comida y oculté mi debilidad con sonrisas animadas. Mientras cortaba verduras, maduré un plan para encontrar trabajo y poder solventar así las deudas adquiridas y ahorrar para mi viaje a Padua.
Estábamos a la mesa sirviendo la sopa cuando Aldo apareció en el umbral. Por su semblante, supe que no traía buenas noticias. Tragué saliva y respiré hondo.
Me miró de soslayo mientras se lavaba las ajadas manos en la jofaina, temeroso de revelar su descubrimiento. Aquel huidizo gesto aceleró mi pulso, su atribulada expresión me constriñó el pecho. El miedo comenzó a latir casi con más rotundidad que mi propio corazón.
Soporté paciente su intencionada demora por sentarse a la mesa. Mis crispados dedos se frotaron unos contra otros y mis pies se movieron inquietos. La ansiedad me corroía.
Descubrí en Berta el mismo desasosiego que me apresaba a mí.
Ambas nos miramos nerviosas. Cuando Aldo se sentó a la mesa, nos miró detenidamente un instante.
Su rictus se estiró tenso, sus ojos se preñaron de tristeza, su estrangulada exhalación me alertó, advirtiéndome de que las palabras que estaba a punto de pronunciar serían vitales para mí.
—Alonza —comenzó mirándome con gravedad—, no traigo buenas nuevas para ti, me temo.
—¡Habla de una vez, viejo tonto! ¿No ves que le falta el aliento? —exigió Berta ceñuda, colocando las palmas sobre la mesa.
Aldo oprimió los labios y asintió compungido.
—Lanzo va a ser padre..., por eso lo obligaron a casarse.
Un fulminante acceso de furia me atravesó y me dejó trémula y jadeante.
Ahora sabía que todo era una patraña, Lanzo jamás tocaría a Bianca, jamás se casaría con ella, aunque el diablo lo obligara.
Tenía que salir de allí como fuera e ir a buscarlo.
Clavé la mirada en el rugoso tablero de la mesa, en mi cuenco de madera humeante, cavilando sobre aquel urgente viaje.
Cuando alcé la vista y me topé con la preocupada mirada de mis ángeles particulares, sonreí ante su completo desconcierto.
—Necesito la dirección de Lanzo en Padua.
—Ese muchacho te cree muerta, está casado y va a ser padre —arguyó Aldo mirándome a los ojos—. ¿Tan importante es para ti como para romper una familia?
—Rompería Venecia entera por él —respondí tajante.
Apreté los puños y me puse en pie, mirándolos alternativamente—.
Y no voy a romper nada porque nada hay, porque todo esto es una farsa bien urdida, un complot de Fabrizio para no perder otro jugoso contrato comercial y nobiliario.
No, no van a engañarme, ¿me oís? Conozco a Lanzo porque está aquí —me señalé el pecho—, y de aquí no saldrá jamás, como yo no saldré de él.
Está atrapado en la mentira y yo lo rescataré de ella.