Meretrice CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

—Aquello ya pasó, ahora sólo tienes que pensar en recuperarte.

—Necesito a... Lanzo.

Berta asintió y le pidió a su esposo que indagara sobre su paradero. El hombre apretó los labios en un mohín desazonado.

—Los Rizzoli son una familia poderosa, muy cercana al dux, Berta. Son muy conocidos, no creo que me cueste mucho averiguar sobre ellos.

»¿Eres una Rizzoli? —espetó curioso.

—No. Pero Fabrizio era mi tutor, me... acogieron con ellos... cuando mi familia murió afectada... por la gran plaga, hace casi tres años.

—¿Por qué te internaron en esa isla si no estabas infectada?

—Porque Lanzo... y yo nos enamoramos —confesé en un hilo de voz—. Y arruinamos el compromiso de Lanzo con una joven de buena familia.

No me atreví a confesar la parte más truculenta de la historia.

—Malograste un buen contrato —resumió Aldo frunciendo el ceño pensativo—. Y ¿ese Lanzo permitió que te condenaran a muerte?

—Él no... no estaba en Venecia. Estudia en la... Universidad de Padua.

—Quizá siga allí y no sepa nada de tu desgracia.

—Tal vez Concetta... lo haya puesto al corriente, me... prometió que lo haría.

—Pero Concetta ha desaparecido, quizá corrió una suerte parecida a la tuya.

—¡Aldo! —lo reprendió ofuscada Berta—. Deja de preocuparla. Anda, viejo tonto, ve a buscar a su enamorado. No hay tiempo que perder.

El hombre hizo una mueca arrepentida y me pidió disculpas.

—Ya todo es posible —murmuré apesadumbrada.

El desasosiego que sentía por Concetta se había trocado en angustiosa preocupación. El miedo por su bienestar, además, añadía culpa al tormento que me afligía.

—Encontraremos a ambos, muchacha. Todo va a salir bien —aseveró Aldo poniéndose en pie. Inclinó la cabeza y salió de la cabaña.

—Es un buen hombre, y cumplidor. Hará todo lo posible por ayudarte.

—Ya lo ha hecho, me ha salvado la vida.

Berta sonrió orgullosa y palmeó mi mano con calidez. Luego me miró con cierto desasosiego y tomó una profunda bocanada de aire antes de hablar.

—Estabas encinta de ese muchacho, ¿verdad?

Asentí y sostuve su mirada, no hallé condena en ella. Eso me alivió.

—La infección procede de ese aborto, no te limpiaron bien, niña.

—Concetta no tuvo tiempo.

—Creo que debo avisar a una partera y que te limpie como es debido. Presumo que quedan restos en tu interior y, mientras no los extraigan, no te curarás.

Asentí entre lágrimas. Comencé a estar muy cansada de nuevo. Sentí el sopor abrazándome y me entregué a él.

—¿Fue un aborto natural?

Negué con la cabeza y sofoqué un sollozo. No quería recordar aquello, no entonces. En esos momentos debía estar fuerte y todavía no estaba preparada para hablar de ello. Berta lo entendió, alisó la manta sobre mi pecho y me dio un suave beso en la frente.

—Nunca pude darle hijos a Aldo —comenzó poniéndose en pie—, pero a él pareció no importarle, o al menos eso intentó hacerme creer.

Cuando te trajo ese día medio muerta, envuelta en un saco de sarga apestando a pescado, y vi su mirada conmovida sobre ti, supe que habría sido un buen padre y que por unos instantes yo podría ser una buena madre.

De algún curioso modo, Dios te envió a nosotros para que ambas partes gozáramos de un regalo inesperado.

Sonreí afectada, las lágrimas nublaron mis ojos.

Tras vivir la maldad más abominable, ante mí tenía a personas bondadosas, generosas y piadosas.

Ese intrigante Dios me llevaba a los extremos, pensé turbada.

Mi siguiente pensamiento antes de dejarme llevar por el sueño fue una pregunta: ¿qué me tendría preparado a continuación?

★ ★ ★

Aldo entró estrujando su bonete de punto entre las manos. Su desasosegada expresión hizo que me tensara en el acto.

—Lanzo Rizzoli... —hizo una pausa— se ha casado en Padua.

Sentí como si un hierro candente entrara en mi pecho, atravesándome de parte a parte. Contuve el aliento y negué vehemente con la cabeza.

—¡Eso no es posible! —exclamé furibunda.

Berta se cubrió la boca abierta con la mano y me miró pesarosa. Sus asombrados ojos brillaron compasivos.

—Es lo que he averiguado —reiteró Aldo, tan consternado como su esposa—.

Me lo contó uno de los criados de los Rizzoli cuando le dije que tenía una carta para él.

Pero no me conformé con esa información y trabé conversación y chanzas con algunos siervos de las familias vecinas, y me lo confirmaron.

La desposada es una tal Bianca Lombardi.

La ceremonia se celebró, con sospechosa urgencia, en la ciudad donde estudiaba el muchacho, pues pensaba seguir cursando sus estudios allí.

Me hirvió la sangre, apreté los puños y los dientes e intenté salir de la cama. Berta se precipitó sobre mí y me detuvo.

—¡Eso es una burda falacia! —grité impotente.

—Cálmate muchacha —musitó Berta preocupada—. Seguro que todo se arregla, quizá sea un malentendido.

Aldo avanzó determinante hacia mí, pero antes miró reprobador a su mujer.

—Cuanto antes asimile la verdad, mucho mejor, Berta —adujo con firmeza—.

Media Venecia murmura sibilina sobre los motivos de esa precipitada boda.

Todos coinciden en que los novios ya consumaron antes de pronunciar sus votos.

Es un escándalo en la familia de los Lombardi, pero al menos la joven contrajo matrimonio acallando los rumores de deshonra.

También se dice que usaron ese ardid para obligar al joven a contraer nupcias anticipadas.

Se decidió que vivieran en Padua no sólo por los estudios de Lanzo, sino por evitar a Bianca las chanzas que ya circulan en la ciudad sobre su ligera virtud.

—¡Nooo...! —gemí rota—. ¡Eso no puede ser cierto, es una infamia! ¡Lanzo jamás se casaría con esa serpiente! ¡No es cierto! ¡No lo es!

Berta me abrazó intentando calmarme, pero la angustia que me atenazaba era tan grande que creí desfallecer.

Me repetía incesantemente que era imposible, que todo lo habían tramado para extender esa mentira.

Pero otra voz de mi interior me decía que no había motivos para urdir algo así, puesto que a mí me daban por muerta.

Lo que sí supe es que habían atrapado a Lanzo en una farsa repugnante para obligarlo a aceptar aquel horrible futuro.

Y, aun así, no alcanzaba a comprender cómo había renunciado a mí tan pronto, incluso creyéndome muerta.

No entendía cómo su amor por mí no había logrado hacerlo invulnerable a cualquier engaño.

Él detestaba a Bianca, habría preferido cualquier tortura antes de unirse a alguien tan deplorable como ella.

Nada encajaba y, sin embargo, ésa parecía ser mi realidad.

Lanzo estaba lejos, yo no tenía fuerzas para ir en su busca, y sólo me quedaba ser paciente y esperar reponerme para trazar un plan.

Porque, si algo me juré en aquel momento, fue regresar para convertirme en la pesadilla de mis verdugos, de todos y cada uno de ellos. Pero, sobre todo, me juré recuperar a Lanzo, luchar por él, por nuestro amor, con uñas y dientes. Nada me detendría cuando estuviera preparada. Nada.

—No te preocupes, Alonza, nosotros cuidaremos de ti.

Sollocé mi desdicha en brazos de Berta, descargué en su hombro mi dolor y turbación, pero, cuando volví a tumbarme, permanecí largo tiempo hierática mirando al techo con un solo pensamiento en la mente: viajar a Padua.

★ ★ ★

Pasaron los días y mi salud empeoró. Los dolores regresaron y mis fuerzas languidecieron de nuevo.

Berta paseaba inquieta de un lado para otro, mostrando en la crispación de su rostro toda la impotencia que sentía.

Aldo me observaba afligido, rezando en voz baja por mi recuperación, pidiendo un milagro que no terminaba de obrarse.

Finalmente, y reuniendo algunos ahorros, llamaron a una experimentada partera para que me atendiera.

Aquella tarde apareció con una cesta de mimbre de la que sacó extraños instrumentos. Todos me produjeron intensos escalofríos.

—¿Le diste el preparado que te recomendé?

Berta asintió nerviosa y se ofreció de asistente. Aldo se acercó sombrío, se inclinó sobre mí y me besó dulcemente la frente antes de desaparecer raudo.

—Bien, pues dale algo que pueda morder.

A Berta se le desencajó el rostro, se acercó a la partera y le susurró algo al oído.

—Ese preparado espero que le evite lo peor, pero doler le dolerá. Con algo de suerte perderá el conocimiento —explicó la mujer sin reservas.

Cerré los ojos buscando la fortaleza que iba a necesitar, no obstante, sólo fue miedo lo que hallé.

Berta me miró mortificada, intenté sonreírle tranquilizadora y vi cómo sus ojos se humedecían.

—Todo saldrá bien —murmuré, más para mí que para ella.

Tragué saliva cuando la partera retiró la manta que me cubría con bastante hosquedad. Berta me subió el camisón hasta las caderas, flexionó mis rodillas y las abrió despejando la zona que se debía tratar. Luego me acercó un trozo duro de goma y respiró profundamente, casi más alterada que yo.

—Muerde con fuerza, jovencita. Si hubieras tenido las piernas cerradas cuando debías, ahora no tendrías que abrirlas para esto.

Apreté entre los dientes la goma y fulminé a la partera con la mirada. Era una mujer grande y tosca, de mirada dura y gesto indolente.

Berta me apretó la mano para imprimirme confianza y me dirigió una reconfortante mirada tierna.

Cuando alcé la cabeza para observar los movimientos de la partera, casi desfallezco al descubrir una larga y extraña cuchara afilada y curva en el extremo.

Pusieron gruesos lienzos bajo mis nalgas y una jofaina con agua caliente y una esponja a un lado de la cama. Berta tenía en las manos más lienzos limpios que estrujaba entre sus dedos con evidente inquietud.

—Bien, espero que la adormidera surta pronto efecto. Esto que veo no pinta bien.

Sentí cómo unos dedos fríos hurgaban en mi interior y me encogí, cerrando las piernas instintivamente.

—Ahora sí las cierras, ¿eh? —musitó burlona la mujer.

—Te agradecería que te guardaras tus opiniones. Se te ha pagado para que hagas bien tu trabajo, nada más —la reprendió Berta, regalándole un ceño furioso.

La mujer endureció el gesto, pero asintió.

—Acércame el candil —pidió asomada entre mis piernas.

Berta le aproximó la luz a mi entrepierna y yo me sentí expuesta y avergonzada.

Oí cómo la partera chasqueaba la lengua y mascullaba para sí. Alcé de nuevo la cabeza y me topé con una mirada sorprendida y una mueca arrepentida.

—Lamento haberte juzgado tan ligeramente —musitó entonces con inusitada humildad—. Te han desgarrado, muchacha. Fuiste forzada por una bestia, ¿no es así?

Por un instante fui incapaz hasta de tragar saliva. Permanecí mirándola fijamente, hasta que capté la mirada horrorizada de Berta. Me quité la goma de la boca y asentí.

—Sí, me forzó una bestia inmunda.

Berta exhaló un gemido contrito, apretó los labios conteniendo sus emociones y no pudo evitar abrazarme. Fue en ese momento cuando las lágrimas pugnaron por salir. Sin embargo, no lo permití. Tenía que ser fuerte.

—¿Fue lo que malogró tu embarazo?

Asentí y volví a reclinarme contra la almohada. No quería seguir respondiendo sus preguntas. Ya habría un momento para recordar, cuando tuviera a esa bestia frente a mí, no antes.

—Haré lo que pueda por ti, muchacha. Perdiste al niño, pero tu matriz está inflamada y supura inmundicia, señal de que quedan restos en tu interior. Eso provoca la infección, y es lo que voy a intentar expulsar de tu cuerpo. No será agradable, pero es de vital importancia si quieres vivir.

—Quiero vivir —pronuncié tajante.

—No me vendrá mal la ayuda de la santa Madonna, es hora de que te encomiendes a ella. No es una intervención fácil, el sangrado es un riesgo y tu debilidad otro. Pero al menos veo que tu espíritu es fuerte y pareces valiente.

—No me queda más remedio que serlo.

Volví a encajar entre mis dientes la goma y me tensé.

La mujer me sonrió. Creí percibir admiración en su gesto.

—Bien, vamos a ello. Aguanta, muchacha.

Sentí cómo aquella cucharilla se introducía en mi carne.

La partera la manejaba con brusca pericia contra las paredes de mi más tierno interior, consiguiendo que yo mordiera con saña la goma.

Y, aun así, mis gritos emergieron sofocados, desgarrando el silencio.

Estrujé las sábanas de áspero lino entre los puños y me retorcí apuñalada por un dolor atroz.

—¡Sujétala contra la cama! —ordenó agitada la partera.

Berta me afianzó sobre el colchón aferrando mis caderas con fuerza.

—Pronto pasará el dolor, ya verás.

Gruñí acometida por punzadas lacerantes y me debatí huyendo de aquella agonía.

Noté cómo mis muslos se empapaban en sangre y cómo imprecaba la partera ante mi resistencia. Intenté mantenerme quieta, pero mi cuerpo se retorcía incluso contra mi voluntad.

Hubo un momento en que el dolor fue tan agudo que mi cuerpo se quedó laxo, como si se hubiera acorchado, como si hubiera alcanzado el límite de lo soportable. Poco a poco, esa laxitud se acrecentó y pude sentir agradecida cómo un intenso sopor me alejaba de allí.

—Gracias a Dios, la adormidera ha hecho su efecto.

Tras esa frase, una mano me acarició el rostro. Fue lo último que sentí.