CAPÍTULO 12
T RAS LA LUZ DE UN CANDIL
En aquella ominosa oscuridad, una difusa y parpadeante luz se empecinaba en incomodarme.
Iba de un lado a otro, moviéndose decidida en la apacible negrura que me cubría, alejando el sopor y despertando mi curiosidad.
Antes de animarme a abrir los ojos, un fuerte olor a pescado me hizo arrugar la nariz.
Fue ese intenso hedor el que aceleró mi corazón ante el mensaje que encerraba. ¡Estaba viva!
Abrí lentamente los ojos y aquel anaranjado puntito luminoso comenzó a definirse: era la llama de un candil.
Tras él creí distinguir una silueta inconcreta, un rostro pálido que no logré perfilar.
Me escocían los ojos, y de nuevo los cerré.
Al instante oí voces soterradas que actuaron como un melódico arrullo que me acunó, adormeciéndome.
No fui capaz de descifrar lo que decían, detecté voces distintas y cómo unas manos me zarandeaban, pero yo estaba demasiado cansada para prestarles atención.
★ ★ ★
—Muchacha...
Gruñí y sacudí la cabeza, alguien me zarandeaba suavemente.
—Tienes que intentar comer algo.
Era una voz femenina, dulce y acariciadora.
Entreabrí apenas los ojos. Una luz agrisada y mortecina iluminó un rostro maduro, ajado pero bondadoso.
Los azules ojos de la mujer me trajeron otros de un color similar a la mente, y me encontré esgrimiendo una tímida sonrisa ante la constatación de que había logrado sobrevivir y que pronto volvería a verlo.
Asentí, pues no encontré voz con que tildar mi conformidad.
La mujer me alzó la cabeza y dobló la almohada bajo mi nuca.
—Eres sólo piel y huesos, muchacha. La fiebre ha consumido tu cuerpo. No pensamos ni que llegaras a despertar.
Tenía muchas preguntas en la mente, pero escasas fuerzas para pronunciarlas.
Mi única prioridad era recuperarme cuanto antes, así que abrí temblorosa la boca, relamí mis agrietados labios y esperé.
La mujer acercó con tiento una cuchara llena de un caldo oscuro a mi boca.
Lo tragué dificultosamente, sentí la garganta tan reseca como los labios, y aquel terso líquido fue como ambrosía para mis sentidos.
Abrí de nuevo la boca repitiendo el proceso.
Comencé a tragar tan ansiosamente que eso me provocó un abrupto golpe de tos.
La mujer dejó la escudilla en una mesa cercana y se apresuró a incorporarme para palmearme la espalda con brusquedad.
—Despacio, no te atragantes.
Asentí mientras ella me limpiaba con mimo.
Volvió a acercarme la cuchara y me tomé todo el contenido del cuenco.
—Estos días atrás te alimentaba empapando un lino en caldo, gota a gota. Resultaba desesperante. Apenas si puedo creer tu restablecimiento.
Abrí la boca para intentar vocalizar, y me sorprendió oír emerger de mi garganta un extraño y sibilante gemido rasgado.
—¿Có... mo...?
—Mi marido Aldo pescaba cerca de Poveglia.
Ningún pescador se atreve a echar sus redes tan cerca de esa isla, por esa razón los bancos de peces son más abundantes por ese litoral.
Ya regresaba a casa cuando vio algo flotando a la deriva.
Eras tú, atada a un madero. Te creyó muerta y te tanteó con el bichero.
Ya pensaba dejarte a la deriva y se alejaba cuando una gaviota se posó sobre ti y picoteó uno de tus mechones que ondeaban sobre el agua, tirando de él.
En ese momento, tú gemiste y Aldo te subió a la barcaza.
Ay, muchacha, un pájaro te salvó la vida.
«Y otro me la condenó», me dije sofocando un acceso furioso.
—¿Cómo te llamas? —inquirió la mujer con los ojos bien abiertos rezumantes de curiosidad.
—A... lonza.
Ella sonrió y tomó algo posado en mi escote.
—Entonces no es tu inicial.
Levantó lo que sus dedos sujetaban y me lo mostró.
—Ibas completamente desnuda con este colgante en tu cuello. Escapaste de esa isla, ¿verdad?
Asentí y mis ojos se humedecieron ante el recuerdo de lo vivido.
—Nadie ha logrado escapar nunca de ese infierno.
—No sólo... llevan allí a... los infectados —murmuré.
—Lo sé, Aldo te trajo porque no vio bubones en tu cuerpo. Se cuentan muchas cosas de esa isla. No imagino cómo debiste de sentirte allí sola.
—Fue... horrible.
Las lágrimas se deslizaron por mis mejillas y la mujer se apresuró a acercarme un paño.
—Ya pasó, Alonza, todo estará bien a partir de ahora. ¿Tienes a alguien que cuide de ti?
Asentí, y las lágrimas fluyeron más generosas.
—Haremos algo —propuso con voz tranquilizadora—. Cuando estés un poco más repuesta, escribirás un mensaje y me dirás a quién debo entregárselo, ¿de acuerdo?
Asentí de nuevo con una sonrisa titilando en mis labios.
—¿Cuánto... tiempo...
—Dos semanas. Pero me temo que tardarás algo más en recuperarte.
Todavía te asedia la fiebre. No tenemos dinero para proporcionarte un médico.
He hecho cuanto he podido por ti, pero me temo que, si no recibes atención médica, esta maldita fiebre acabará contigo.
Tienes el vientre hinchado y no logro detener los sangrados.
.. no son muy abundantes, pero huelen mal.
No me gusta, y no sé qué más hacer. Así que dime a quién acudir.
Temo que vuelvas a dormirte para no despertar.
Pensé de inmediato en Lanzo, pero temí que interceptaran el mensaje si él seguía en Padua.
—Concetta —pronuncié con más firmeza—. Sirve en casa de los... Rizzoli. La... encontrarás en la cocina. Quiero... escribir ahora.
—¿Te ves con fuerzas?
Contesté incorporándome ligeramente. Aquel nimio esfuerzo me mareó.
—Aguarda, yo te ayudo. Por cierto, me llamo Berta.
Acomodó y ahuecó la almohada contra mi espalda y, con el ajetreo, mi estómago se resintió. Sentí náuseas y sofoqué una arcada mientras ella se alejaba buscando algo con que escribir.
Al cabo, me acercó un pliego amarillento y un carboncillo afilado.
—Gracias..., Berta. No olvidaré esto.
Le sonreí con profundo agradecimiento y ella me correspondió con afectada compasión.
Tomé el carboncillo entre los dedos y recordé las hierbas y los retratos que solía dibujar Lanzo. Tragué saliva y comencé a escribir...
Concetta:
Soy Alonza. Estoy viva pero muy enferma. Me escondo en casa de un pescador que me rescató del mar. Logré escapar de Poveglia. Ven a verme, te lo suplico, necesito saber qué pasó con Lanzo y encontrarlo. Confía en Berta, ella te traerá hasta mí.
Una punzada dolorosa me atravesó el bajo vientre y me recliné jadeante contra la almohada. Un sudor frío resbaló por mi piel.
Berta tomó el pliego y me miró con honda preocupación.
—Estás pálida como el mármol, muchacha.
Posó una mano en mi frente y torció el gesto con un mohín alarmado que se aprestó a ocultar sin éxito.
—Bebe un poco de agua, entregaré esta nota sin pérdida de tiempo.
Me acercó una jarra de barro y bebí apenas un trago. Tenía el estómago revuelto y la mirada enturbiada.
La mujer se envolvió en un chal gris y salió de la casa tras una última mirada inquieta.
Cerré los ojos e imaginé un hermoso día invernal bajo la nieve.
Tenía frío y comencé a sacudirme en espasmos, pero yo sonreía.
Lanzo estaba frente a mí y me sujetaba por la cintura bailando bajo los copos.
Giré entre sus brazos y me sumergí en su tierna mirada.
Casi sentí su aliento en mi boca y un escalofrío me recorrió. «Lanzo, abrázame...»
★ ★ ★
De nuevo, la negrura se desdibujó en colores difusos. Tardé un buen rato en percatarme de que alguien me zarandeaba. Una voz con un marcado deje angustiado despertó de golpe mi conciencia, obligándome a abrir los ojos.
—Alonza, atiéndeme.
Enfoqué la vista costosamente y asentí.
—Vengo de la mansión de los Rizzoli, no trabaja allí ninguna Concetta.
Parpadeé confusa y negué con la cabeza.
—No... puede... ser.
—Hablé con la cocinera, me dijo que no sabía a quién me refería.
Pero no me gustó su mirada y la forma en que me echó de allí, así que pregunté en la casa de al lado.
Unas sirvientas me contaron que Concetta había desaparecido el mismo día que tú fuiste llevada a Poveglia, nada saben de ella.
Creo que despidieron a todo el servicio, no sólo a Concetta.
Cerré los ojos, me pesaban los párpados. Una profunda desolación comenzó a hacer mella en mí, el miedo por el paradero de Concetta me sepultó.
—¿Sabes dónde vive?
Rebusqué en mi memoria algún dato sobre ella, para descubrir que no sabía nada de su vida. Abrí los ojos y negué con la cabeza.
Berta tragó saliva y me miró afligida.
—¿Conoces a alguien más?
—Lanzo... Lan... zo Rizzoli.
—Intentaré averiguar su paradero, te lo prometo —murmuró acariciándome la mejilla.
—Na... die más debe sa... ber... que estoy viva.
—No quieren que regreses, ¿verdad?
Negué con la cabeza de nuevo y las lágrimas asomaron a mis ojos, tan ardientes como mi piel.
—Debes intentar comer algo, muchacha. Tu cuerpo languidece cada día que pasa.
Asentí y Berta me incorporó cuidadosamente.
—He preguntado en una botica y me han aconsejado una infusión de ajo y caléndula con un poco de corteza de sauce para atacar las fiebres y combatir tu dolencia.
Me acercó una escudilla con el preparado y lo bebí despacio. Tenía la garganta seca, y cada trago fue revitalizador.
Cuando me lo terminé, volví a reclinarme respirando hondo. En ese momento apareció un hombre enjuto de rostro curtido por el sol, con marcadas arrugas y semblante cansado. Me miró con cierto asombro y se acercó sonriente.
—Es la primera vez que te veo despierta, Alonza.
Tomó un taburete y se sentó junto al jergón, observándome curioso.
Dibujé una sonrisa agradecida en mis temblorosos labios, y el hombre de cabello ralo me la devolvió con tinte paternal.
—Gra... cias, Aldo.
—Dáselas a Dios, muchacha, ese día no pensaba salir a faenar. Aunque parece que se ha empeñado en ponerte duras pruebas.
Berta me tomó la mano en un gesto cariñoso, amonestó a su esposo con mirada severa y, acto seguido, me sonrió beatífica.