Meretrice CAPÍTULO 11 #3
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CAPÍTULO 11 #3

Cuando mis talones se toparon con un curvo terrón de tierra y perdí el equilibrio hacia atrás, se me detuvo el corazón.

Instintivamente, solté la cuerda y el tablón, aleteé los brazos en el aire con muda desesperación, sin poder evitar caer de espaldas en el negro cieno que había sorteado aquella misma mañana.

Fue como si me tragara el más terrible de los infiernos. Negro, denso y pestilente.

Braceé estirando el cuello, embargada por el pánico más absoluto.

El lodo pegajoso y pesado tiraba de mí hacia el fondo.

Comprobé aterrada que, cuanto más me agitaba, más rápido me engullía.

Miré hacia la orilla, estaba casi a mi alcance, pero aun así aquella corta distancia suponía todo un reto.

Entre aquella espeluznante tersura, mis dedos tocaron lo que parecía un palo largo y rígido.

Me aferré a él y lo saqué de aquella brea infecta para intentar clavarlo en los cúmulos de tierra que había en el borde e impulsarme hacia fuera.

Lo alcé cuanto pude —por fortuna era largo— y, luchando por mantener la barbilla fuera de aquel cenagal, logré hincarlo entre jadeos y gruñidos en el montón de tierra que tenía más cerca.

Hice acopio de todas mis fuerzas, saqué toda la rabia que llevaba dentro y conseguí arrastrarme hasta la orilla.

Arañé con fuerza la tierra para poder ascender.

El palo se soltó y, cuando intenté cogerlo de nuevo, descubrí que era el hueso de una pierna.

El terror impelió cada músculo de mi cuerpo redoblando mis esfuerzos por salir de aquella pesadilla.

No jadeaba, gritaba de rabia, sollozaba desesperada, consiguiendo que aquella furia primigenia venciera al miedo.

Logré sacar mi cuerpo de aquella sustancia inmunda y me arrastré entre convulsos sollozos hasta que estuve a salvo.

Me tumbé boca arriba, cubierta de negrura y dolor.

Lloré desconsolada y clamé a la noche mi injusticia.

Supliqué ayuda divina para terminar maldiciendo a Dios por condenarme a semejante destino.

La inmundicia que me cubría era la muerte en su estado más lóbrego.

Eran los restos calcinados de centenares de desdichados.

Lloré por ellos, lloré por mí. Por aquella Alonza que había muerto allí y entonces, por aquella muchacha ingenua que había condenado a muerte la envidia y la crueldad.

Permanecí inmóvil, sacudida por bruscos temblores mirando al cielo, y jurando a esas parpadeantes e impías estrellas que tomaría venganza contra mis asesinos.

Agotada y rendida, dejé que la noche me arropara, que la muerte me abrazara y que el llanto me durmiera.

★ ★ ★

Cuando abrí los ojos, fui muy consciente de mi alrededor, de lo que debía hacer y de cómo lo haría.

No podía esperar a que Lanzo viniera por mí. En aquel lugar me volvería loca. Tampoco había agua dulce ni comida. Mis fuerzas menguaban a pasos agigantados y mi debilidad ya empezaba a ser mi peor enemiga.

Me puse en pie para caer a continuación de rodillas, laxa y exigua.

Maldije de nuevo, y en aquellas furibundas imprecaciones encontré solaz y fortaleza. Supe que lo único que me mantendría con vida era esa cólera que crecía tan implacable dentro de mí.

De repente, ya sin llanto que derramar, ni lamentos que gemir, sentí la imperiosa necesidad de gritar esa furia que me devastaba.

Quizá así se liberara el nudo opresivo que me atenazaba rindiendo mis fuerzas.

Alcé mi rostro al cielo, abrí mi boca y de ella manó un agudo alarido que se enredó entre las ramas de los árboles, que alteró el ordenado vuelo de los estorninos y que se enroscó en ese aire fétido e insalubre, quebrándolo.

Un grito que tuvo respuesta inmediata. Un trueno ensordeció mis oídos sobresaltándome, como si aquel dios impertérrito despertara de pronto, compartiendo mi furia.

Y, en efecto, se compadeció de mí, vertiendo su consuelo en forma de lluvia.

Abrí la boca con desespero, ávida de aquellas traslúcidas perlas de vida.

Exhausta pero decidida, me puse en pie. Agarré de nuevo el tablón de madera y el rollo de soga y comencé a caminar bordeando con extrema precaución aquel cementerio cenagoso.

Trastabillaba continuamente, me caía y otra vez me ponía en pie.

Resbalaba y me magullaba los pies. El camisón cubierto de cieno dificultaba mis movimientos.

Me lo quité y, completamente desnuda y con una repugnante pátina reseca y oscura adherida a mi piel y a mi cabello, reanudé el camino.

Agoté todas mis fuerzas en llegar al lazareto y, cuando me adentré en la sala principal, solté el tablón y la cuerda y me tumbé de nuevo en el mugroso camastro, sólo por evitar compartir suelo con insectos y alimañas.

Cerré los ojos y regulé la respiración: necesitaba reponerme del sobresfuerzo.

Me pesaba el cuerpo, tenía la garganta reseca con el sabor ferroso de la sangre en el paladar.

Me escocían los rasguños y me palpitaba el bajo vientre.

Tenía frío y tiritaba, y, a pesar de que el sol incidía sobre aquel ponzoñoso jergón en el que me hallaba, no noté su calidez.

Volví a dormirme y las pesadillas me asaltaron con dureza.

El hombre pájaro me tomaba en su pico y me llevaba muy lejos, sobrevolando la laguna.

Oí los lamentos desgarrados de Lanzo ante mi lejanía.

Yo también gritaba alargando los brazos hacia donde provenía su voz.

No lo veía, pero lo oía llamándome. El alado hombre pájaro me depositó en su nido y comenzó a picotearme.

Su afilado pico rasgaba mi carne y yo lo golpeaba con denuedo, la sangre me cubrió y, como si me hundiera en un denso mar rojo, braceé desesperada, tragando mi propia sangre.

Desperté empapada en sudor, jadeante y embargada por un pánico tan atroz que me incorporé gritando.

Sin embargo, y a pesar de ser consciente de que había sido un sueño, no pude detenerme.

Grité de forma tan desgarradora que las aves aletearon espantadas, que a mi alrededor se hizo el silencio.

Y grité y grité hasta que los sollozos me doblaron en dos.

Lloré largo rato, lloré hasta que ya no me quedaron lágrimas.

Me abracé a mí misma y me repetí incesante que volvería a estar en brazos de Lanzo, que ese hijo que tan cruelmente habían arrancado de mi cuerpo regresaría a mi vientre de la mano de ese amor tan puro que nos profesábamos.

Sí, saldría de ese infierno para volver a él.

Trémula, extenuada y llorosa, me puse en pie por enésima vez, cogí mis utensilios y salí por la arcada principal para adentrarme en la espesa alameda. Recorrí el camino por el que me habían llevado en brazos y llegué al embarcadero al límite de mis fuerzas.

Miré la serena extensión de la laguna, en lontananza se perfilaba Venecia y sus islas colindantes.

Era una gran distancia y yo no sabía nadar.

Mi única oportunidad era que la corriente me arrastrara a otra isla o que algún pescador me encontrara a tiempo.

Pero, si me quedaba en Poveglia, no tendría ninguna posibilidad.

Era hora de volver a depositar mi vida en manos del destino.

Tomé el ancho tablón y comencé a anudar la soga en torno a él, ciñéndolo a mi pecho.

Pasé repetidas veces la cuerda tras mi espalda, apretándola con fuerza, cruzándola de modo que no se aflojara, anudándola con precisión.

Temí desfallecer en un par de ocasiones, cuando la vista se me desdibujaba por el agotamiento.

Tenía una sed horrible y la cabeza me daba vueltas, pero logré mantenerme en pie y terminar de atarme a aquel tablón de madera.

Tambaleante, me senté en el embarcadero y sumergí mis piernas en él.

Mi suciedad enturbió la claridad del agua, su frescor me reconfortó.

Fue cuando percibí que estaba ardiendo. Sin titubear, me deslicé hacia delante y caí al agua abrazada al tablón.

Apoyé mi mejilla contra la rugosa superficie lamida por el agua salada que chapoteaba dócil contra mi rostro y recé para mis adentros. Comencé a mover los pies y me alejé de aquella isla maldita con un solo rostro en mi mente.

Fueron sus grandes ojos azules los que me dieron esperanzas cuando el mar comenzó a llevarme a sus dominios. Tenía que vivir, tenía que vivir, me decía. Y, así, inicié una nueva lucha contra la muerte.