CAPÍTULO 11 #2
Me depositaron en un destartalado camastro. No me resistí.
—¿La atamos?
—No es necesario, nadie escapa de Poveglia —respondió el hombre pájaro.
Luego me miró y se arrodilló a mi lado, tomando mi mano—.
Muchacha, no salgas de aquí, deja que la muerte te lleve.
En la parte de atrás están los crematorios, el suelo es fangoso y sólo hallarás un extenso campo de cadáveres calcinados.
Intenta dormir, no luches contra el sopor, ríndete y encuentra la felicidad en la otra vida.
Lo observé con fijeza y me limité a asentir.
Los monjes rezaron una plegaria por mi alma y me dieron la extremaunción.
—Rezaré por tu alma, Alonza —murmuró el hombre pájaro.
—No —refuté—, mejor reza por la tuya, aunque dudo que tenga salvación.
—Rezaré por ambos.
—A... todo condenado se le concede un último deseo —susurré aletargada.
—Y ¿cuál es el tuyo?
—Ver tu rostro, hombre pájaro.
El hombre dirigió un gesto al resto, que lo interpretaron de inmediato y salieron del ruinoso edificio.
A continuación, alzó ambos brazos, tomó la máscara entre sus dedos y la desplazó sobre su cabeza mostrándome su rostro.
Me obligué a enfocar la vista, porque sentía los párpados pesados y apenas lograba mantenerlos abiertos.
Era más joven de lo que había supuesto. Sus profundos ojos negros eran sesgados como los de un gato, nariz algo aguileña, mandíbula marcada y labios gruesos.
—Tuve... pesadillas muchas noches contigo, pero no eres... más que un pobre hombre sin... sin corazón ni conciencia. Ya no te temo; ahora sólo... te compadezco.
Sentía la boca pastosa y la vista turbia.
—Ve con Dios, Alonza di Pietro, este mundo es demasiado miserable para alguien como tú.
Se incorporó, acomodó su máscara y salió dejándome allí, sobre aquel infecto camastro, rota y desolada, pero no rendida. Nunca rendida.
Sola en aquel vasto espacio, cerré los ojos y las lágrimas brotaron incontenibles.
No podía levantarme, mucho menos caminar sin ayuda, pero no debía dejarme llevar por el pánico.
Así pues, decidí descansar, dormir y soñar con Lanzo.
Cuando despertara quizá me encontrara más repuesta y pudiera buscar la manera de salir de aquel espantoso lugar.
★ ★ ★
Despertaba entre sudores fríos, gemía lastimera y volvía a dormir.
Perdí la noción del tiempo, sólo supe que la oscuridad me envolvía, que mi cuerpo libraba una batalla y que mi alma se aferraba a la vida con desesperación.
Únicamente un rostro me mantenía viva, un rostro amado, de grandes ojos azules y sonrisa tímida.
Lo oía susurrarme que no me rindiera, que vendría por mí, tal como había asegurado Concetta.
En aquella noche lúgubre, donde pendían lamentos que no eran míos y pasos que yo no daba, donde el ulular de un búho y el susurro de las hojas acompañaban mi febril duermevela, supe que aquella isla estaba tan maldita como mi destino.
Que los espíritus errantes vigilaban mi resuello, prestos a llevarme consigo al menor atisbo de rendición.
Veía oscuras siluetas emerger de rincones y acercarse a mí.
Y sólo hallé un modo de combatir el terror que me acuciaba, y fue pensando que entre esas almas desdichadas estaban las de mis padres y mis hermanos. Y a ellos me encomendé.
Aquel pensamiento me hizo sentir menos sola. Y, como si fueran ellos los que me rodeaban, les hablé:
—Padre, madre, sé que estáis aquí y quiero aprovechar este encuentro para deciros que os quiero, para deciros que estoy bien y que no podrán conmigo.
Para abrazaros en esta fría noche y refugiarme en vuestro recuerdo.
No tuve oportunidad de despedirme, pero lo hago ahora.
Conocí el amor, madre, ese del que tanto me hablabas, y es maravilloso.
También conocí el dolor, la envidia y la maldad, que son los que me han traído aquí.
Pero el amor es más fuerte que todo eso, y es el amor el que me salvará.
Algún día me reuniré de nuevo con vosotros, pero ese día aún no ha llegado. ¡Abrázame, madre, tengo tanto frío...!
Dormí de nuevo y no desperté más hasta que la luz del alba acarició mi rostro.
Tardé un buen rato en despejar mi mente.
Me sentía entumecida, dolorida y confusa.
Froté vigorosamente mi rostro y miré a mi alrededor.
Haces de luz solar iluminaban rodales puntuales del suelo, provenientes de los agujeros que había en el tejado.
Me incorporé con lentitud, la vista se me desdibujó momentáneamente.
Tenía mucha sed y la debilidad tiraba de mí, dificultándome ponerme en pie.
Noté cómo la sangre seca había pegado el lino del camisón a mi piel.
Apreté los dientes y logré sentarme. Cerré los ojos un instante para evitar que el mundo siguiera girando vertiginoso a mi alrededor.
Y respiré hondo repetidas veces con las manos aferradas al borde de aquel colchón mugriento.
Algo más centrada, comencé a ponerme en pie.
Descubrí que mis piernas me sostenían y, titubeante, me atreví a caminar.
Me dirigí a la parte de atrás, donde otra abertura, cubierta de ramas y telarañas, parecía conducir al exterior.
Arrastraba los pies, pero al menos lograba avanzar.
Ante mí apareció un gran cenagal tan oscuro como la brea, rodeado por montones de tierra apilados en los bordes.
Tuve la sensación de que eran fosas excavadas que habían rellenado con otra sustancia.
Al fondo, una especie de almacén destartalado.
Quizá en su interior encontrara algo útil.
Rodeé con suma precaución aquel lodazal inmundo y pestilente, sorteando esbeltos álamos y vegetación espesa.
Iba descalza y no fue fácil avanzar por un terreno tan inhóspito.
Mechones de mi enmarañado cabello se enganchaban en tupidos arbustos, y salientes ramas parecían querer enredarme en su abrazo.
Una gran cantidad de insectos sobrevolaba aquel mar viscoso y oscuro que, bajo el sol, brillaba inquietante.
Avancé trabajosamente, por encima de terrones de tierra que se desmoronaban bajo mis pies, desestabilizándome.
Me aferraba a cuanto hallaba a mi alcance, ramas, arbustos y troncos, acusando el esfuerzo y agotando las escasas fuerzas que me quedaban.
Cuando por fin logré alcanzar una pequeña porción de terreno llano frente al almacén, me detuve a recuperar el resuello.
Miré la desvencijada puerta que colgaba sobre sus goznes cubiertos de robín y avancé hacia ella casi arrastrando los pies.
Empujé y cedió quejicosa. Me asomé con recelo y un insoportable hedor me golpeó implacable.
Retrocedí al instante, asqueada. Algo nauseabundo se estaba descomponiendo allí dentro, posiblemente algún animal que había quedado atrapado.
Rasgué los bajos de mi camisola y, con la tira de lino, me cubrí la boca y la nariz atándola a mi nuca. Me armé de valor y entré.
Los repugnantes zumbidos de numerosas moscardas me erizaron la piel.
Lo que había en una esquina no era el cadáver de una alimaña, sino el de dos mujeres y un hombre.
Giré la cabeza sobresaltada y de nuevo salí del cobertizo con el estómago revuelto.
Tomé una gran bocanada de aire y luché contra las lágrimas que amenazaban con doblegarme.
Recordé la conversación que había mantenido Lanzo con Matteo y supe que aquella familia eran los desdichados Boccaccio.
La desolación también me acechó insana, y la aparté con tesón de mi cabeza.
No, me dije, yo saldría con vida de allí.
Evoqué el rostro de Lanzo, apreté los dientes y reforcé mi decisión. Entré una vez más y me centré en inspeccionar con la mirada cada rincón de aquel horrible lugar. Descubrí tablones de madera, sogas, trapos y redes. También antorchas y grandes toneles. Descubrí, además, cadenas y argollas.
Conteniendo las continuas arcadas por el hediondo aire que me rodeaba, lagrimeando y casi aguantando respirar, me aproximé resuelta a la esquina donde se apilaban los maderos y, al moverlos, un chillido me arrancó un grito de mi garganta.
Una inmensa rata se escabulló entre mis piernas, di un salto y me aparté asustada con un tablón en la mano.
En aquel frenético movimiento, el resto de los maderos se deslizaron hacia delante y cayeron sobre mí.
Noté un bulto blando y cálido en la espalda y otro chillido más agudo que el mío.
Fue lo último que sentí antes de perder el conocimiento.
★ ★ ★
Parpadeé aturdida y me refregué con ahínco el rostro para despejarme.
Reconocí el sonido de la noche antes de abrir los ojos y verme rodeada de azulada oscuridad.
La plata de la luna se abría paso a mi alrededor, matizada por la mugrienta ventana que tenía sobre mí.
Sobre mi cuerpo, los maderos que me habían sepultado.
Los retiré no sin esfuerzo y, en aquel momento, mis sentidos, más despiertos, detectaron ese incómodo bulto que tenía bajo mi espalda.
Rodé entre espasmos de repugnancia para comprobar lo que temía: mi peso había atrapado a la rata, aplastándola debajo de mí.
Sentí la pegajosa sangre del roedor traspasar mi camisola y adherirse a mi piel, y me doblé presa de una violenta arcada.
Me obligué a no pensar en que, en la otra esquina, tres cadáveres putrefactos me hacían compañía.
Me puse en pie, tomé un rollo de cuerda y uno de los tablones, el más ancho, y forcejeé con él hasta la entrada.
Empujé la puerta con el hombro y salí del almacén arrastrando el madero.
Tanto empeño puse en avanzar de espaldas para alejarme de aquel lugar que, desorientada, no recordé lo que había un poco más adelante.