CAPÍTULO 11
P OVEGLIA
Desperté de un sueño horrible que dejó un amargo sabor en mi boca. Parpadeé repetidas veces y sentí varios aguijonazos pulsantes en mi rostro que me contrajeron el gesto en una mueca dolorida. Me notaba acorchada y débil, y apenas lograba enfocar la vista. Una familiar voz me reconfortó.
—Mi pequeña Alonza. —Su tono cogitabundo me alertó—. Todo va a salir bien, no dejaré que se deshagan de ti. Tienes que levantarte, mi niña, debo sacarte de esta casa.
Concetta limpiaba mi rostro con un lienzo empapado. Lo aplicaba con delicados toques sobre mis magulladuras. Cuando logré fijar la vista, observé que un abundante reguero de lágrimas humedecía sus mejillas.
Entonces, la realidad de lo ocurrido despejó mi mente, sumiéndome en un dolor profundo.
—¿Mi... mi hijo?
La mujer negó con la cabeza. Apretó los labios y frunció el ceño aguantando un sollozo.
—Podréis tener más, espero. —Su mirada llorosa brilló de rabia contenida. No obstante, logró recomponerse para forzar un gesto apremiante—. Ahora sólo urge huir cuanto antes. ¿Puedes levantarme?
Me ayudó a incorporarme y yo exhalé un agudo gemido lastimero. Me dolía todo el cuerpo, en especial el bajo vientre. Me llevé la mano a él y apreté los dientes.
—Has perdido mucha sangre, ese... animal se cebó contigo. El señor Rizzoli no tardará en llegar acompañado de un médico, hemos de apresurarnos.
La miré confusa... yo necesitaba ser atendida. Tenía que curarme para poder escapar. En aquel estado no llegaría muy lejos.
—Quiero que me vea un médico, Concetta, que todos sepan lo que ese bastardo me ha hecho. Su padre lo castigará y...
—Alonza, escúchame —me interrumpió impaciente—. Nadie va a castigarlo. Su padre lo protegerá, nadie sabrá la atrocidad que ha cometido contigo.
—Pero... pero Fabrizio ha llamado a un médico para que me cure.
—No, pequeña, no lo ha llamado para eso.
Agrandé los ojos completamente confusa.
—Lo ha llamado para que atestigüe que estás infectada por la peste.
—¡No lo estoy! —exclamé asustada.
—Todos lo sabemos, pero quieren deshacerse de ti. Has malogrado el contrato matrimonial, Marco ha abusado de ti y has perdido al hijo de Lanzo. El señor no puede arriesgarse no sólo al escándalo, sino al enfrentamiento de sus hijos.
Negué angustiada con la cabeza y rompí en un sollozo que me punzó la garganta y oprimió mis entrañas.
—¿Me llevarán a Poveglia?
—Es lo que pretenden, condenarte a una muerte infame e inventar alguna patraña para Lanzo.
Un pánico atroz me sepultó bajo su yugo.
—¡No... no pueden hacerlo! —me lamenté en un agudo grito aterrado.
—No lo permitiremos. Te he limpiado como he podido y curado tus magulladuras. Sé que estás muy débil, pero tienes que levantarte de inmediato de esta cama. Te llevaré a casa de una buena amiga y te esconderás allí mientras envío un mensaje urgente a Lanzo.
Asentí y me esforcé en salir de la cama. Trastabillé al ponerme en pie, pero logré mantener el equilibrio. Me ardía el rostro y mi entrepierna se contraía punzante.
Concetta me agarró de la cintura y avanzamos hacia la puerta.
La abrió y asomó la cabeza. Asintió nerviosa y salimos del cuarto.
Yo arrastraba los pies y, más que caminar, me dejaba llevar por ella, que hacía un sobresfuerzo por evitar que me cayera.
No bien habíamos recorrido el tramo hasta el rellano de la escalera cuando, ante nosotras, mi peor pesadilla emergió de ella.
El hombre pájaro vestido con un hábito negro y aquella horripilante máscara de pico curvo se plantó frente a mí. Tras él, varios hombres, entre ellos, Marco y Fabrizio.
Retrocedimos angustiadas y, antes de que pudiéramos alejarnos, ya nos habían acorralado.
—Me temo, Concetta, que debo mantener una seria conversación contigo acerca de la lealtad.
Fabrizio miró acusador a la doncella. Ella alzó la barbilla y lo contempló con un profundo odio.
—No puedo permitir semejante aberración, mi conciencia no descansaría. Sois un monstruo si consentís esta injusticia.
—Soy lo que me obligan a ser —respondió él mirándome ofendido—. ¡Nada de esto tendría que haber pasado si hubiera respetado mi casa, maldición!
Su voz restalló como un látigo y yo me sobresalté con un respingo. El verdugón de esa fusta apareció en mi corazón. Gruesas lágrimas arrasaron mis ojos.
—Me provocó, padre, es una buscona —acicateó Marco con semblante perverso.
Fabrizio lo fulminó con la mirada.
—Has enfrentado a toda mi familia como una pérfida ingrata —agregó él furioso—. No puedo permitir que deshonres mi nombre y mi casa. Podrías haber sido mi hija, pero elegiste ser mi enemiga. Y, como tal, sólo hay un destino para ti.
—No, no, por favor —supliqué desesperada—. Me iré muy lejos de aquí, jamás volveréis a verme. Te lo ruego, Fabrizio, déjame marchar.
—Si lo hiciera, Lanzo te buscaría. Sólo hay un lugar donde no lo haría: en el más allá. ¡Apresadla!
Dos hombres se cernieron sobre nosotras, separándonos. Caí al suelo y vi cómo golpeaban a Concetta hasta derribarla. Grité impotente y sollocé rota.
—¡Bastaaa..., bastaaa, dejadla! —imploré llorosa.
El hombre pájaro se adelantó y me tendió su mano. Pude ver sus oscuros y brillantes ojos, unos ojos que ya me habían buscado una vez.
—Alonza di Pietro, escapaste de la plaga en una ocasión, pero parece que te ha encontrado de nuevo.
—Arderéis en el infierno por tan magna crueldad —escupí furibunda—. Todos vosotros.
Me puse en pie temblorosa y avancé tambaleante hasta el hombre pájaro con los puños apretados, rezumando de lo más profundo de mi ser un odio poderoso.
—Juro por cuanto me asiste —comencé derramando mi mirada por cada uno de ellos— que, en esta vida o en la otra, os haré pagar por esto.
Marco me sonrió desdeñoso, su sesgada mirada verde refulgió burlona. Me acerqué retadora a él con un único propósito: rubricar mi amenaza. Clavé mis uñas en su mejilla y rasgué su piel con toda la fuerza que fui capaz de acumular. Él gritó y me empujó bruscamente, lanzándome al suelo.
Miré complacida los tres surcos que cruzaban su rostro y que ya comenzaban a sangrar.
Ante un gesto de Fabrizio, sus dos criados me levantaron en volandas y me llevaron escaleras abajo. Sentí de nuevo una pegajosa humedad entre mis muslos y las punzadas regresaron más tenaces.
Me revolví al límite de mis fuerzas, grité mi dolor y sollocé mi angustia. Ya en la puerta, descubrí la odiosa mirada de Caterina y Bianca, que, cogidas de la mano, sonreían triunfales. Comencé a marearme. Incapaz de dar un paso más, mi cuerpo laxo se rindió y fui sacada a rastras a la calle.
—¡Está infectada, que nadie se acerque! —tronó una voz tras de mí.
Murmullos sobrecogidos se alzaron a nuestro alrededor. Pude ver cómo la muchedumbre se apartaba y se tapaba la boca con pañuelos. Algunos se santiguaron y otros rezaron. No por mi salvación, sino por la de ellos.
Me alzaron en brazos y me trasladaron a una embarcación. El hombre pájaro y dos monjes se subieron también a ella. Me ataron a uno de los bancos como si fuera un fardo y comenzaron a remar.
Una pequeña mancha roja comenzó a extenderse entre mis piernas empapando mi camisola de lino blanca. Tan sólo iba vestida con eso y, a pesar de que la primavera atemperaba la brisa, comenzaron a sacudirme bruscos escalofríos.
Tumbada en aquel banco, cerré los ojos sofocando como pude aquellos violentos espasmos.
Percibía el rítmico movimiento de los remos entrando y saliendo del agua, el soterrado rumor del bullicio de la ciudad y el graznido de gaviotas y cormoranes.
Intenté tranquilizarme diciéndome que Concetta informaría a Lanzo de lo sucedido y él vendría a buscarme.
Me repetí incesante que debía sobrevivir para esperarlo.
Y, aunque desconocía qué horrores me aguardaban en aquella maldita isla, debía apelar a toda mi fortaleza para resistir cualquier cosa.
No podía rendirme y no lo haría, por el profundo amor que nos profesábamos.
No sé cuánto tiempo pasó, pero el silencio comenzó a dominar el ambiente. Tan sólo el golpeteo de los remos contra el agua, respiraciones agitadas y el susurro de ropas lo rompían.
—Se está desangrando —masculló uno de los remeros.
Abrí los ojos. Frente a mi rostro, aquel maldito hombre pájaro. Me sumergí en su negra mirada, imaginaba que tan oscura como su pútrida alma, y le regalé mi más avivado desprecio.
—Con suerte morirá hoy, si acaso Dios se apiada de ella.
—Hemos llegado —anunció otra voz.
El sonido hueco de madera contra madera, acompañado de un balanceo más brusco, me indicó que habíamos arribado a un embarcadero. Amarraron el bote y me desataron.
Me sacaron en brazos y nos adentramos en aquella isla. Una espesa vegetación nos recibió. De inmediato detecté un ácido aroma a podredumbre que me revolvió el estómago. Otro olor, algo más acre, se sobrepuso haciendo que el aire se volviese casi irrespirable.
Los hombres llevaban un pañuelo atado al rostro y, aun así, arrugaban el ceño ante la pestilencia que nos rodeaba.
Tras una tupida alameda divisamos la fachada de un decrépito hospital.
El sol iluminaba su fachada descascarillada, incidiendo en los polvorientos ventanales y arrancando un destello difuso y agrisado.
Era una mole fantasmagórica y abandonada, de paredes ennegrecidas por el humo, un moribundo vestigio de un lazareto activo en otro tiempo, pero que ahora tan sólo era un silencioso espectador de la muerte que tenía lugar a su alrededor.
Una ruina decadente e inservible, el último y tétrico refugio de moribundos y desgraciados.
Conforme me acercaban a él, lo sentí como un monstruo presto a engullirme.
Atravesamos una arcada amplia, donde debía de haber habido una puerta doble alguna vez.
Dentro, camillas vacías, mugrientas cortinas desgarradas mecidas por el viento, mesas y sillas desvencijadas.
Por las oquedades de las ventanas, la vegetación se asomaba curiosa, con la anhelante impaciencia de invadir el que antaño fue su reino.